lunes, 13 de agosto de 2012

..Empegotando las penas en mantequilla de maní...

domingo, 12 de agosto de 2012

Bendita sea Dios

lunes, 25 de junio de 2012

Érase una güeva miedosa y atea de sí misma...

lunes, 18 de junio de 2012


El cigarrillo es ese etcétera al que recurro cuando ya no sé que más hacer.
En vano intentaba recordar los personajes del sueño. Se había despertado antes de que pasaran los créditos.

jueves, 14 de junio de 2012

!Ay...!


En algunos momentos sentimos que para aliviar las cargas, presiones, miedos e incertidumbres de la vida, debemos chillar un conmovido ¡Ay!. Y sentimos que ese ¡Ay! debe ser dirigido a algo o a alguien que pueda, como el Chapulín Colorado, venir a salvarnos. Yo me pongo en eso, pero ningún ¡Ay! dirigido parece lograr su fin:

¡Ay!... (¿quién?)

¡Ay...!...  ¿Dios?
¡Ay...!... ¿Pachamama?
!Ay...!... ¿mamá?
...¿papá?

Ninguno surte el efecto esperado. Intento otras variaciones:

¡Ayy... Santiago…! (más o menos)

Solo me queda una posibilidad:

¡Ay...

...jueputa…!

miércoles, 13 de junio de 2012

RESTANDO

Me puse a restar.
 Primero tomé lo que creía que era uno
‒¿1 = yo?‒

Le resté la necesidad de hacer para ser
Después le resté el tabaco,
el café,
con un gran esfuerzo sustraje internet...

Y el teléfono
Y las fantasías de estar con alguien;

Saqué la leche de la ecuación,
Y un largo talonario de quejas.

También la golosina de la depresión
Y el rabioso chocolate de la emoción.

Fui restando esas cosas, tal vez unas más
Y al final quedó cero.

Eso soy. Cero, ni a la derecha ni a la izquierda
Simplemente cero,
cero al co(n)ciente

martes, 22 de mayo de 2012

Había una tierra en la que nunca había llovido... y sus habitantes no sabían qué era la lluvia.

Había una tierra en la que siempre había llovido... y sus habitantes no sabían qué era la lluvia.

domingo, 4 de marzo de 2012

Oír música es como ver televisión pero con el corazón

viernes, 3 de febrero de 2012

Antier soñé
que pasaba un semáforo en rojo.
En el sueño de ayer
me llegó la fotomulta

martes, 24 de enero de 2012

Tan bonitas las cosas bonitas y tan feas las cosas feas… (exceptuando las feas que son bonitas y las bonitas que son feas…)

miércoles, 18 de enero de 2012

TELEFONOS INTELIGENTES... Y CON VOLUNTAD

Ayer a eso de las 11:00 p.m. estaba leyendo un libro. Por algún motivo que no recuerdo alcé una mano y tiré al suelo una lámpara que estaba mal pegada a la cabecera de la cama.

Me levanté. Me senté, y comencé a oír un pitido suave, casi inaudible pero inconfundible; se trataba del tono de un teléfono mientras espera ser contestado. El tono que escucha el llamante mientras le contestan. Pero si en la habitación no hay teléfono, me dije algo sorprendido. Así que agucé mis oídos. Lo que vino después fue la voz de una persona: Aló?... Aló?... Todo me pareció misterioso en ese momento. Dije ya que eran las once de la noche y el silencio permitía oír cualquier cosa, hasta las voces silentes de la mente…

Noté que los sonidos provenían de mi bolsillo, así que empecé a auscultarlo con curiosidad pero también con algo de afán, no fuera que la voz se aburriera del silencio y colgara. Podría estar en el umbral de otra dimensión, de una experiencia paranormal o para-nada-normal.

De mi bolsillo no solamente emanaban ondas sonoras; también lo vi, ondas-partículas visibles; una luz al final del túnel de mi bolsillo.

Lo que siguió, fue terrenal. Se trataba del celular, que, por alguna extraña razón se marca sin que dedo alguno intervenga en el milagro; quizá un pliegue del pantalón suplante los apéndices digitales, quizá un pedazo de barriga apriete los botones contra el muslo, el caso es que los celulares se marcan solos, y no es poco frecuente. Alguna vez me llamó el celular de un profesor amigo y sólo se oía de fondo una canción en francés de Charles Asnavour… la boheme… la boheme… ¡Aló?! Musitaba yo del lado de mi célula. Colgué. A los pocos minutos volvió a sonar: ¿Aló profesor? Y ya casi con esa angustia absurda que provoca la incomunicación: ¡Profesorrr…..!, chillé suplicante. Nada… y así otras dos veces hasta que decidí tomar la ofensiva y marqué a su número. El celular, receloso, seguramente acalló su timbre. ‒si pueden marcarse solos por qué no van a poder ahogar el timbre que anuncia una llamada…‒ y no pudimos hablar.

Pero esta vez fue diferente, mi celular marcó y yo lo sorprendí cuando ya había entablado comunicación con su homólogo y con su dueño. Aló… alóooo, cambiando paulatinamente el tono que comienza desde el convencional ¿Aló? Que es como una pregunta, y siguiendo con un Aló in crescendo que se aproxima a la desesperación, mezcla de curiosidad e incertidumbre, hasta llegar a un recio y militar ¡ALÓ! que ya es rabia y es orden de que la otra voz se haga presente con su tono, su timbre y su mensaje.

Creo que en ese momento atrapé el celular y vi a quién estaba llamando: el nombre, Andrés, acompañado del dibujo de un telefonito verde intermitente. Ahí tomé la voz cantante, o la voz llamante: ¡Quiubo Andrés…!, sacándolo así de la agonía que seguramente ya empezaba a agobiarlo, y seguí sin esperar ninguna respuesta, a ¡felicitarlo por su cumpleaños!. En ese momento caí en cuenta de que mi amigo estaba de cumple años; ya lo había felicitado a través de un click por las red social que compartimos, y eso me pareció tan maravilloso, tan casi milagroso…! Felicitar a alguien por teléfono, cuando, en primer lugar mi memoria olvida sistemáticamente los cumpleaños de mis amigos, cuando, en segundo lugar evito los contactos sociales, cuando, en tercer lugar… no me acuerdo.

La verdad es que al final de mi pequeño discurso cumpleañero, mi interlocutor, agradecidísimo por el gesto me preguntó que quién era yo… Fulano de tal, le dije, le conté la misteriosa historia del celular autosuficiente y apuntalé un par de observaciones sobre los cumpleaños, la vida y el movimiento de los astros.

En el resumen de la experiencia decía: primero, que se marque, segundo, que me dé cuenta, tercero, que sea a alguien que está cumpliendo años… un sartal de coincidencias para un evento relativamente cotidiano. Milán Kundera decía que entre más coincidencias más significativos eran los sucesos….

sábado, 14 de enero de 2012

Cuando uno sonríe está tomando la vida en serio
La vida es un tratamiento que nunca termina

viernes, 13 de enero de 2012

Esta insabedumbre...

jueves, 29 de diciembre de 2011

HOY EN EL TEMA DEL DÍA… ¿SU OPINIÓN?

Hoy quiero hablaros sobre los programas de radio. Particularmente del que transmite Julio Sánchez Cristo en las mañanas. El tema es los oyentes que llaman a dar sus opiniones.

Yo nunca he llamado a una emisora. Bueno, ahora que lo recuerdo sí he llamado. Dos veces. La primera vez tenía quince años y llamé a pedir una canción a Veracruz Estéreo (una emisora local). La persona que contestaba las llamadas no tenía el carisma y la emotividad del presentador. Contestaba de afán, como de mala gana y decía en tono seco que la canción se iba a demorar. La segunda vez, tenía un poco más de edad y llamé a La Voz de Colombia (bésameee…)(otra emisora local) a dedicar una canción a mi novia. Me pareció que la mezcla del mensaje amoroso de cumpleaños y el medio escogido, podrían generar un complejo efecto cómico-afectivo. Así fue. También sirvió para reconciliarla a ella con la música de peluquería pero ese es otro cuento.

Dos llamadas, dos canciones (parece el título de una canción). Pero nunca he llamado a ningún programa radial a dar una opinión sobre nada. Alguna vez lo intenté en un programa televisivo pero no pude comunicarme. Y es precisamente, sobre este asunto, la dificultad de comunicarse con los programas radiales y el uso que hacen los oyentes del espacio cuando logran comunicación.

Yo llamé una vez a un programa; mi criterio estadístico sobre esa base no sería confiable, pero sí he escuchado en muchas oportunidades que los oyentes se quejan de la dificultad para comunicarse con el programa ¡Es un milagro! Dicen algunos; ¡por fin lo logré Julito, llevo más de dos meses tratando de comunicarme con ustedes y no he podido! Las personas experimentan una emoción parecida a la de un náufrago cuando ve un barco que viene a rescatarlo.

Bien. Es comprensible la dificultad para comunicarse con un programa radial que tiene mucha audiencia. En el caso de los programas de poca audiencia, los que celebran y se ponen eufóricos con las llamadas son los locutores y presentadores: ¡una llamada! ¡por fin!!creíamos que solo nos escuchábamos a nosotros mismos! Y alientan al oyente para que hable más, aún cuando se percibe que ya quiere colgar, que tiene que comer, dormir o trabajar “pero venga, cuál es el afán, ¿y cuál es su comida favorita?” Hasta quieren ofrecerle regalos para que no se vaya; que espere hasta que el proceso de una rifa improvisada se haya llevado a cabo. Ya después de mucho rato de tener al oyente como rehén telefónico, uno de los presentadores del programa dice: “bueno mamá, no te quitamos más tiempo, sigue con tus oficios” y la mamá: “bueno mijo, pero por favor no me obligue más a llamar allá”.

Es claro que el caso de la W es el contrario. Dicen que alguna vez llamó al programa la mamá de Julio Sánchez: “Julito no me cuelgue, cómo es posible que ustedes…” ‒Gracias, por su opinión, tenemos otro oyente en la línea, dice el señor Sánchez con su voz cavernosa y amable de locutor. No. No es posible darle tanto tiempo a los llamantes. El tiempo de las llamadas es inversamente proporcional a su cantidad.

Pero hablemos sobre un señor que llama y que que ha estado varios meses intentando comunicarse sin suerte. Finalmente lo logra: “Julio, llevo tres meses tratando de comunicarme, realmente es un milagro…” ‒¿El disco del año…? lo interrumpe Sánchez. Y este oyente, que lleva tantas horas de espera al teléfono, perdiéndose sus programas de tv favoritos, ayunando, marcando una y otra vez cuando el teléfono se cuelga por la larga espera; este oyente cuyo sueño más preciado, y al parecer, cuya única ocupación es llamar al show radial y que ha preparado en su mente la intervención más ingeniosa, la más afectuosa, la más vehemente que ha sido capaz, regala a la audiencia de todo el país con un avergonzado “no sé”. Como era de esperar, ante la avalancha de llamadas telefónicas es despedido con un “hay otro oyente en la línea…” Y ya. Hasta ahí llegó la llamada del sufrido oyente de la radio. No sé si alcanza a decir otra cosa, o se ha quedado petrificado como los héroes que miraban a la medusa a los ojos.

Rogelio, que así llamaremos a nuestro oyente, ha caído en el olvido absoluto. Rogelio, que soñó con caerle bien a Julito y sentirse amado con sus preguntas: Dónde vive, que hace, cuántos años tiene, de quien es hincha… etc... Ese Rogelio, que quería quedar repujado en la memoria de Julito y del país y solo ha atinado a decir “no sé” porque no se le pasó por la cabeza que le fueran a preguntar por el disco del año cuando él no escucha música.

Viene una pregunta a mí: ¿!Es qué no sabía cuál era el tema del día!?, ¿es que se trata de un fiel oyente que no oye el programa?, ¿no es un oyente sino un llamante? ¿será que su ocupación es llamar a uno y otro programa radial para responder lo que le preguntan aunque no lo sepa? ¿qué hay en la cabeza de este tipo? ¿una necesidad de escuchar su nombre en la radio y de que otros lo escuchen?

Una hipótesis que tengo en mente, para no denostar las capacidades mentales y sociales de nuestro amigo es que estaba esperando en el teléfono desde el tema del día anterior. Estaba preparado para dar su sesuda opinión acerca del matrimonio de la fiscal con el político y a cambio le preguntan por el disco del año ¿Pero qué engaño es este? Se preguntaría Rogelio quien, sumido en lucubraciones sobre las relaciones entre la justicia, el delito y el amor, no guardó espacio para los discos del año y no atinó a decir, como el despierto telefonista anterior, “los 14 cañonazos”.

Ese otro telefonista que, en cambio, destapará ese día una botella de champaña, presumirá con sus amigos sobre la llamada, se sentirá como un héroe nacional si su disco termina siendo uno de los elegidos (si es que la pregunta tiene ese fin), grabará el programa de radio y lo guardará como un tesoro en un lugar cercano al computador para felicitarse a solas con tono de inmortalidad: “14 cañonazos bailables…”, como un poeta, como un Martin Luther King, como un Pablo Neruda, un Churchil... “14 cañonazos bailables…”

En serio. Por qué esperar tanto para llamar a un programa radial, que le pregunten a uno cualquier cosa y ni siquiera poder contestarla? ¿era una llamada equivocada? El tipo estaba llamando a una carnicería o a una compañía de seguros y le preguntan cuál es el disco del año? ‒No sé, señor, yo lo que necesito… y le cuelgan sin darse cuenta de que salió al aire?.

Realmente no entiendo. Para solucionar este misterio lo viviré en carne propia. Llamaré a la emisora e intentaré (no sé si lo logre) formarme una opinión sobre el tema del día, sea el desarme nuclear o los implantes mamarios de una modelo. Aunque me gustaría, para comprender el fenómeno, que la pregunta del día fuera ¿por qué llaman los oyentes al programa?

Tenemos otro oyente..

lunes, 26 de diciembre de 2011

CONDORITO Y YO

Hace muchos años escribí una defensa a Condorito. Se habla muchas veces en tono de queja sobre este emplumado personaje. La revista que protagoniza se ha utilizado como paradigma de la mala o la escasa lectura: “No lee sino Condorito”. Bueno, eso hace unos diez años porque Condorito, aplastado por las botas plásticas de los “power rangers” y de otros bichos de habla inglesa ha sido olvidado. Ignoro si los jóvenes de hoy en día tienen idea de quien sea Condorito.

Para mí Condorito es y ha sido siempre un personaje entrañable, podría decir que hasta un amigo si cierta parte de mi personalidad no insistiera en que un personaje dibujado ‒no diré un comic‒ no puede ser amigo de nadie. Sea. Digamos que Condorito es un símbolo, una representación de algo muy querido.

Cuando yo estaba pequeño, Condorito era toda una institución en mi casa. Creo que pocas cosas son compartidas por todos los miembros de una familia: a algunos les gusta Coveñas, a otros no, a algunos la mermelada, a otros la mantequilla… pero en mi casa Condorito era querido por todos con igual devoción: mi papá, mi mamá y mis hermanos. Cuando llegaba una revista del plumífero personaje tenía que rotar obligadamente de uno a otro de los miembros de la familia y era toda una suerte, supongo, ser el primer favorecido, aunque de todas formas ser el último o el penúltimo implicaba la espera que aumenta el deseo.

No se trataba de una cosa solo para niños, como son las revistas que tienen ese propósito definido (no conozco muchas revistas de ese tipo). No. Condorito era tan digno del “jefe natural de la familia” como se calificaba a sí mismo mi padre como para mi madre y todos los hijos. Era todo un placer leernos mutuamente los chistes; mi madre disfrutaba que se los leyéramos, y se reía, no con una risa falsa para demostrar cariño a sus vástagos sino con una risa franca de adulto (y niño al mismo tiempo). No hay cosa más sublime que la risa de una madre y Condorito se prestaba con dignidad a ese propósito.

Condorito no era solo chistes. Condorito era todo un mundo: Pelotillehue, el Hocicón, Buenas Peras, esos cocodrilos entrando o saliendo de las basureras, El Bar el Tufo, Tome Pin y haga Pun... No era solo cumplir en la última viñeta el milagro del chiste con un ¡plop! que tal vez se convirtió en una expresión universal en Latinoamérica, o sentir esa especie de decepción cuando la historia terminaba en un “exijo una explicación”; leer a Condorito era meterse en su mundo, un mundo muy parecido al nuestro y, como lo han anotado en una página de internet, muy diferente a los fantásticos monicongos de Disney en cuyos escenarios quizá no hay restaurantes como el Pollo Farsante en donde las moscas gravitan alrededor de la comida de un comensal emplumado que no va a pagar la cuenta.

Era imposible no amar a Condorito. Es como cuando viene a vivir alguien a la casa y cuenta con el patrocinio y el cariño de los padres. Se termina amando, y los niños, ‒yo era un niño cuando conocí a Condorito‒ son expertos en ese arte.
Así que no venga nadie a meterse con Condorito, a rebajarlo porque no es una lectura larga, ardua y enseñosa. No me vengan con la perversión de que para Ser hay que leer a tal o a cual, por lo general tales o cuales extranjeros.

Condorito, siendo un Cóndor, símbolo de los Andes, era todos los hombres: astronauta, mafioso, médico, ladrón, cocinero, abogado… En un momento era millonario y en otro mendigo. No había oficio, ocupación, que Condorito no encarnara: cura, dentista, barbero, músico, empresario, hasta político, y siempre, a través del chiste, revelando los vicios, no sé si las virtudes de los hombres. Quizá la virtud de Condorito era seguir viviendo, como su personaje habitual, un “huaso” chileno, que vivía en la pobreza, en la amistad, en la enemistad, en el amor (era imposible no embelesarse con Yayita), en esa forma, no sé si ideal, pero en la que viven muchos latinoamericanos y muchos hombres del mundo.

Se habrá notado que utilizo el pasado en alguna parte para referirme a Condorito. Es triste, pero en lo que a mí respecta, Condorito se murió con Pepo. Este, antes de morir vendió los derechos a una compañía Televisa etcétera, y, aunque Condorito sigue apareciendo en las revistas y las revistas se siguen vendiendo, aunque menos, en las filas de los supermercados y en los puestos de revistas, Condorito no es el mismo. Es como si hubiera padecido alguna enfermedad que hubiera minado su capacidad para hacer chistes.

Hace quizá un par de años, en la fila de un supermercado se me dio, mientras llegaba a la caja, por abrir una revista del entrañable arquetipo y ¿qué me encuentro? Que las viñetas del anaranjado personaje ya no contienen ningún chiste, sino unos pálidos remedos de chiste que no sé si harían reír a un niño, o por lo menos no a un niño inteligente. Diría un hipotético niño hoy: ¿y este es el famoso Condorito? Creo que no leería más de una página.

Así es. Condorito ha muerto, aunque como dicen por ahí en las películas y en frases bajadas de internet, vive en nuestro recuerdo. Todavía hay revistas viejas por ahí de cuando Condorito era Condorito, de cuando hacía reír y de cuando era querido. Ahora es, junto con Pepe Cortisona, Don Chuma, Tremebunda, Comegato, y Huevoduro una especie de poseso que ha prestado su cuerpo al espíritu de un estúpido. Ahí ya no hay nada.

En fin, quería, por estos días en que se han cumplido 100 años del nacimiento de Pepo, padre y madre del inefable Condorito, compartir con el mundo mis recuerdos y emociones asociados al personaje que más he leído, dolerme por su muerte clínica y el mantenimiento de sus pulsaciones merced a fríos aparatos desprovistos de un mínimo de ingenio pero también homenajearlo en el Centenario de su creador.

Así que, a Condorito y a Pepo, que descansarán en la gloria de un Dios de Pelotillehue, un sentido y sincero ¡Plop!

martes, 12 de julio de 2011

LEYENDO EL PERIÓDICO

Yo no soy periodista. En mi fantasía me veo siendo periodista y escribiendo artículos para el periódico o para revistas. También me he imaginado siendo escritor, ingeniero, psiquiatra, diseñador y un montón de cosas. Lo que hago lo hago más o menos y no voy a decir qué es.

No me gusta el periódico. No siempre. Me parece demasiado doloroso para estarlo leyendo a diario: chanchullos, tragedias, asesinatos, robos, pobreza…
Hoy hice el ejercicio: La primera plana muestra los temas antedichos: Un barco se inunda y mueren muchas personas, a un señor le trasplantaron las dos piernas, se gestan componendas políticas oportunistas, las acciones de la petrolera se congelan (a propósito, en el fondo de sus gráficas muestran una iguana, será para decir que son muy ecológicos? Deberían ser honestos y decir que el petróleo no es muy bueno para el medio ambiente pero qué le vamos a hacer, la costumbre, los intereses…)
Me pone feliz que pongan bicicletas gratuitas en la calle para que los estudiantes se transporten y tal vez puedan contribuir a alargar unos segundos la vida de la iguana de la petrolera.

Después de lo de las bicicletas, que me emociona mucho, paso a ver que asesinaron a un líder. La emoción se convierte en tristeza por la brutalidad. Brutos con pistola.

Al final leo un artículo de Eduardo Escobar: “Miserables prejuicios”. Solo quería decir que es muy estimulante leer un buen escritor. Hasta dan ganas de escribir. Y piensa uno que no todo es muerte y exhibicionismo.

¡La gente inteligente es tan escasa!, la gente ingeniosa, la gente con humor…. La mayoría de las páginas del periódico hacen referencia a lo que pasa, pasó o pasará, pero se cuida muy bien de dejar la inteligencia de lado.

miércoles, 22 de junio de 2011

EL ---- QUE CANTA

No se si habéis tenido la experiencia de trabajar en una oficina en donde hay varios homo ¿sapiens? y depronto uno de ellos, en mi caso una tía, que tiene unos audífonos se pone a cantar?

Es una de las experiencias más enervantes que conozco. Y tiene sus agravantes:

1. La persona no es muy consciente de que está cantando y balbucea unos tonos casi siempre, por lo general, terriblemente desafinados.

2. La persona (o victimaria) no sabe cantar, y fuera de que balbucea intermitentemente ciertos gemidos que no llegan a ser palabras no llega a alcanzar una coherencia armónica.

3. "Canta" un género musical que a uno no le gusta o que detesta.

Esta experiencia tiene un carácter particular y es que uno, o por lo menos yo, no me atrevo a decirle a una persona desconocida que deje de torturar a los demás con lo que ella cree que es un canto. Pero es más particular que cuando se queda callada uno espera a que vuelva a rebuznar para morirse nuevamente de la rabia. Y es que en el intervalo silencio - cacofonía uno alberga la esperanza de que finalmente va a quedarse callada porque se ha cansado, nunca porque vaya a ser consciente del mal que hace a la humanidad y a la comunidad laboral.

lunes, 20 de junio de 2011

Tal vez es la falta de miedos reales lo que nos tiene aterrados con tantos miedos imaginarios