lunes, 31 de agosto de 2015

ESTUDIO SOBRE LA VACA

Basta con empezar a decir, por ejemplo, una vaca. Meterse en la vaca. Sentir lo que uno siente si se atraviesa una vaca en este momento aunque sea en el potrero de la imaginación.

Sentirlo de verdad. Uno de los sentimientos usuales es que la vaca nos es indiferente. Pero si la miramos bien, si nos adentramos en su bovina esencia…

Mientras en su bovina esencia le veo y le gozo…

El tema religioso es ineludible; y de la vaca a lo religioso no hay más que un paso, un mugido, baste con decir que en la india las vacas son sagradas, que los dioses hindúes parecen en Córdoba, Antioquia, tocando la cítara mientras al fondo pastan unos toros cebú…

(El ultra diestro por ahí, matando vacas sagradas, gente y dioses hindúes; dándole bala a Krishna –reguero de sangre azul– a Shajti, a Ghana, Ghanesh, Hanuman, y todos los demás).

Pero no nos engañemos; esas son asociaciones mentales de la vaca, vamos a la emoción:  Algo bonito de la vaca es el hocico. Siempre húmedo, siempre brillante, con esos puntitos. El hocico de la vaca siempre es nuevo. Y la lengua de la vaca, como de lija. Recuerdos pueden venirse pegados de la vaca, recuerdos personales: una vaca –es el nombre de la especie pero el individuo era tal vez macho– que me lamió la mano en el corral de la finca de mi papá, de “papa” como dicen los españoles. Pequeño recuerdo de sorpresa, de júbilo. No saber cómo era la lengua de la vaca y sentirla, tan diferente a la del perro… pequeña felicidad.

Lo otro es ser una vaca. Esa cosa buena de la vaca que no anda fingiendo a nadie su estado de ánimo, esa distancia de cero entre el sentimiento de la vaca y su semblante. Afortunadas las vacas a las que nadie les pregunta qué es esa cara. Esa cara de la vaca como de funcionario inexpresivo que no responde el saludo, que no da información, que solo pone el sello, entrega el recibo, indica la próxima oficina, el próximo trámite.

También la vaca se espanta las moscas con la cola. Me parece estar sintiendo el campo minado de bostas y de moscas, la vaca rumiando y dándose latigazos con la cola como si fuera un monje de esos que se autoflagelan aunque los animales no son tan estúpidos como para autoflagelarse.

Qué más de la vaca.

Los colores. 

Si las vacas no fueran normalmente sucias sus colores se verían mejor. Sus colores gustan tanto, lo que llaman “animal print”. Quitándoles lo peludo y lo maluco que huelen (aunque a decir verdad hace tanto tiempo que no huelo una vaca que digo que huelen mal por conclusión lógica, por su proximidad con las bostas –qué refinado– con la boñiga, decimos aquí).

¿A qué huele una vaca?

¿A qué huele una vaca? Ni idea. Muchos podrán utilizar el recurso fácil de decir que la vaca huele a vaca por aquello enseñado en la lógica de que siempre A=A, B=B y esas tonterías que funcionan para las letras pero no para las personas y las vacas. Habría que hacer un esfuerzo de ir a olerse una vaca y después hablar, alguna cosa habrá para decir; porque no es justo decir que la vaca huela a boñiga, sería como decir que los humanos olemos a… bueno, ya se sabe.

El sonido de la vaca:

El sonido de la vaca es como un mantra. Por eso será que son sagradas en la india. A mí me encanta el canto de la vaca y me he esmerado en imitarlo. Creo que no es ninguna novedad decir que entre la onomatopeya del sonido de la vaca y el sonido real hay varios potreros de distancia. La vaca desconoce los fonemas humanos. El fonema de la vaca no es conocido por los humanos. Se intenta aproximarlo a fonemas conocidos pero se trata solamente de eso, de una aproximación, como toda aproximación, diferente.

En una próxima edición:
Ordeñar una vaca: (¡Estos seres humanos!)
Las dificultades de la técnica de ordeño. 
Reflexiones sobre la ética del ordeño: ¿está bien ordeñar una vaca?

UNA REGLA PARA LA VIDA

UNA REGLA PARA LA VIDA

Las tijeras se encontraban metidas en un recipiente que, de no ser porque se veía repleto de “útiles”, a saber, dos lapiceros de tinta mojada (toda la tinta lo es ¿no?), un marcador, un chequeador de corriente amarillo y una pinza de colgar ropa, entre otros objetos ocultos, se diría que era un pocillo común y corriente para tomar café o cualquier tipo de bebida o de infusión.

Las tijeras eran disparejas, pero no es que se tratara de un defecto congénito o de un accidente. Se trataba de un diseño intencional. Una de las orejas superaba con creces a la otra, todos los sabemos, para que quepan más dedos. Las tijeras eran azules y amarillas; la desigualdad de sus ojos las hacía parecer un fantasma de caricatura, nada serio.  

Ahí estaban esas tijeras, quietas, esperando o no esperando –a los seres humanos se nos ha metido que las cosas esperan y las cosas simplemente están allí– esperando a que alguien las cogiera, a que alguien les atravesara por las cuencas de los ojos unos dedos dispuestos a hacer presión en ambos sentidos de un eje imaginario para cortar y abrirse. Cortar y abrirse, cortar y abrirse, no para descortar que tal cosa es imposible o si no, serían unas tijeras mágicas.

Pero sí, eran unas tijeras mágicas, como todas las tijeras de los cuentos porque unas tijeras por sí solas no darían nada para hablar a no ser que fueran meros instrumentos de personajes vivos: las tijeras de un peluquero maldito, las tijeras de un asesino a sueldo, las tijeras de una modista zombie, las tijeras de cualquiera, utilizadas siempre para delitos y homicidios y cosas malas al final, aunque al principio fungieran de instrumentos correctos para cualquier profesión u oficio.

No. Estas tijeras tenían vida propia, pero a diferencia de las tijeras de los cuentos morbosos estas tijeras eran más bien estúpidas o ridículas. Tenían una manera tan tonta de abrirse como si de unos labios sueltos y babosos se tratara. Ante cualquier movimiento o temblor se abrían y se cerraban. El eje que suele atravesar las dos patas se encontraba flácido, suelto y por eso las tijeras no tenían absolutamente ningún criterio sobre cuando abrirse o cerrarse. Y ni decir que a la hora de cortar, una de sus poquísimas funciones en la vida aparte de servir, y mal, para limpiar los intersticios entre las uñas y los dedos, su falta de rigor, la excesiva luz que quedaba cuando cerraba las piernas hacían, no solo que no cortara los papeles que le eran destinados sino que además los arrugaba, haciendo necesarios nuevos y costosos procesos en el sentido de que todo cuesta algo, así como todo, por pequeño que sea tiene una masa y un volumen.

Pero a la tijera esto le quedaba más o menos sin cuidado. Ante las burlas del destornillador y el lapicero y el marcador se defendía diciendo que ellos no sabían lo que era ser tijera, del mismo modo que ella nunca llegaría a saber qué se sentiría ser uno de ellos ni como hacer su trabajo a la perfección. –Y mientras esto decía unas pequeñas virutas de papel mal cortado se resbalaban por sus hojas. Las cosas tontas, las cosas ridículas siempre dejan caer otras cosas de sí sin que en ello medie intención consciente alguna.

Al gancho de ropa le parecía que razón podría haber en las palabras de la tijera –unas palabras a decir verdad más bien entrecortadas– aunque por su similitud sospechaba que algo no estaba bien en las tijeras. Pero no podía asegurar que la similitud asegurara una comprensión del ser–de–la–tijera–en–el–mundo, como había estudiado en los libros de filosofía para ganchos de ropa. Por lo demás el escritorio en el que vivían era tan pequeño que de más tijeras no se sabía nada más, para ellos, la ridícula tijera de ojos amarilliazules era la única tijera del mundo, la tijera primigenia, la única tijera que habían visto desde que tenían uso de metal, de plástico y de grafito.

Pero he aquí que, como era de esperarse, llegó al pueblo de escritorland, un nuevo húesped. Un nuevo forajido. Se trataba de… si… de… una regla azul.

–¿Y esta cosa tan rara qué es? Le preguntó el destornillador al marcador permanente que hacía justicia a su nombre pues ya llevaba más de cuatro años metido en el pocillo.

–No sabría decir, dijo con seca lengua de marcador viejo el marcador permanente… yo diría que se trata como de un pedazo de plástico azul trasparente con rayas y números!, y al decir frase tan larga se fue emocionando pues vino a su recuerdo el hecho de que en su juventud también el había dado mucho azul de qué hablar a hojas y cuadernos y carteleras y cuanta cosa porosa se decidiera a albergar su baba adherente y celeste.  

A las tijeras el nuevo habitante del escritorio no le produjo el más mínimo interés pues era la hora en que tomaba la luz de lámpara para mantenerse igual a como se mantenía con o sin la luz de la lámpara. Sin embargo en ese instante tuvo un momento de lucidez: ¡Qué ridícula soy!. Tuvo plena consciencia de su ridiculez de tijera fofa, de tijera patiabierta, de tijera dispareja, y mucho más ridícula y absurda aun cuando se oyó hablando en un lenguaje a claras vistas no diseñado para tijeras a quienes les queda muy difícil pronunciar fonemas para los cuales son necesarias lenguas, paladares y dientes… si al menos fuera una de esas tijeras de dientes… pero no, era lisa como una de las modelos vintage que había visto en una de sus últimas recortadas por la revista Vanidades.

En cuanto al gancho de ropa, un poco despistado, puesto en un lugar lejano al acostumbrado y que carraspeaba la lengua por ausencia de un poco de agua jabonosa, el tema de la regla sí le había dado un poco de curiosidad pero rígida como era su forma de ser, no le dio más importante de lo necesario. Pensó que nada tenía el que ver con esto y que a simple vista el artilugio no parecía tener nada que ver con ropa, jabón, alambres y ropa bailarina al compás del viento.

Se hizo, en el otro pocillo, que había otro, una asamblea de marcadores, algunos permanentes o “en propiedad” como a ellos les gustaba nombrarse y otros borrables o “provisionales” como les gustaba llamarlos a los permanentes para sentirse con un estatus mayor.

–Miren ese pedazo… –dijo uno de los más viejos–… me parece que he visto una cosa de esas antes cuando estuve en la escuela de ingeniería…

–Mmmmm… ni idea… –dijo uno negro a uno verde que estaban sin estrenar… yo hasta el momento solo he utilizado una treintaiseisava parte de mi contenido, son pocas las hojas y que han penetrado estas fibras apretadas.

–¡Uau! –Dijo el verde– No sabía que tenías talento para las palabras, nosotros, que parecemos más como de dibujo.

–No creas –dijo el negro humilde– es que llevo tanto tiempo aquí sin usar que ocupo mi mente en fantasear sobre las palabras que algún día escribiré si es que de pronto me coge un poeta o algo así y escribe cosas con migo.

–¡Con esa tapa a misa!, dijo con amargura y desilusión uno de los más viejos que era rojo. No te hagas muchas ilusiones, esta señora del escritorio no parece muy dada a hacer nada diferente a escribir en un computador (ese pretencioso computador) y no creo que algún día vaya a encontrarnos utilidad. Yo sé bien por qué te lo digo. Marcador viejo pinta parado…

En esas disquisiciones estaban cuando uno de los marcadores borrables llamó la atención:

–¡Shhh! ¡Creo que ha hablado!

Entonces todos dirigieron sus tapas de colores hacia el pedazo de plástico azul con números y rayas, suponiendo que era en la tapa en donde tenían sus oídos, aunque nunca supieron a ciencia cierta si los tenían.  Pero de todos modos era mejor, aunque fuera pretender tener oídos porque los del otro pocillo a lo mejor podían tener oídos y creerse más, y bueno… los marcadores suelen ser más bien orgullosos.

–Es que… –empezó a musitar con una suave voz, con una vocecita de oro, la reglita azul.

–¡Hey quiere hablar! –Dijo el chequeador de corriente desde el otro pocillo y ahí si todos, hasta la tijera pararon oreja (la tijera se preguntó si los huecos por donde metían los dedos eran ojos o eran orejas).

–Es que… –continuó la regla entre tímida e infantil– vine a cortar unas hojas…
Tremendos como siempre fueron los ojos que abrió las tijeras. Casi se aprieta su eje. Ahí si se cerró como una tijera inteligente.

–¿Qué has dicho?... ¿acaso has hablado de cortar hojas? ¿Es que no sabes que ese es mi trabajo?...

–Pero es que yo también sirvo para cortar hojas –dijo con su vocecita la regla.

–¡Ja! ¿tú?... permítame que me ría –y abrió y cerró las patas haciendo ese ruido como de máquina de escribir que hacen las tijeras cuando se abren y se cierran rápidamente. Y por supuesto que no era una risa sincera sino una mueca de risa, una risa sarcástica, una risa mordaz.

–¿Cómo así? –Respondió ingenua la regla– ¿Es que tú sirves para cortar hojas?

–¡Pero qué pregunta! ¡Claro que sí! –respondió cortante la tijera.

Y antes de que retara a la regla a cortar algo de papel para verlo vio como los dedos firmes de una mano se posaban en la regla que estaba encima de unas hojas de bloc. La otra mano tiró de las puntas de la hoja de block, y la tijera conoció un nuevo paradigma; vio que había otras formas de cortar hojas y que la presión era la clave para todas las cortaduras, así la juntura rigurosa de sus patas como la presión de la regla sobre las hojas y la velocidad.

Se dio cuenta que muchas eran las cosas que la separaban de la regla, muchas más de las que separaban sus patas e intuyó que la regla podía servir para otras cosas. Un poco más humilde, un poco más tranquila, ser la única tijera del universo del escritorio también era una carga considerable, decidió entablar una conversación más amigable con la regla.

–Y… con todo respeto (y hasta cariño) ¿eso es todo lo que sabes hacer? ¿sabes hacer más cosas? Eres una forma de tijera o tienes otros dones, otras virtudes?

La regla, ya sintiéndose en más confianza (le empezó a parecer que en el escritorio se practicaba una política de inclusión) dijo para tranquilizar a la tijera –la regla estaba pequeña pero no era tonta–: Esa es solo una de mis funciones, pero debo confesar –y bajó la voz un poco–, esa no es mi verdadera pasión, aún más, podría decirse que no es un uso apropiado para mí. Y ahí se le iluminaron los ojos:

–A mí lo que me gusta es servir de guía. Y se fue poniendo trascendental: yo solo soy una guía en la que vosotros, sí, vosotros, –dijo llamando la atención a marcadores, lápices, lapiceros, no al gancho de ropa, no al chequeador de corriente–, para que vosotros cumpláis vuestra labor cuando de andar por el camino recto se trate…

Yo soy guía y soy apoyo y soy también… lo dijo rascándose una inexistente barba de plástico… soy también la medida justa. Conmigo podéis contar siempre… tanto milímetros como centímetros… y.. casi dos decímetros, porque solo mido dieciocho centímetros, y nadie puede, como dijo el profeta, añadir un codo a su estatura, pero no importan las distancias, yo podré duplicarme y desplazarme y acomodarme hasta conquistar el metro, el decámetro, el hectómetro.

Soy vuestra guía, amigos, en el camino de la rectitud….

Los demás útiles quedaron estupefactos, hasta llegaron en un breve lapso sentirse inútiles pero, sin embargo, las palabras inspiradas de la pequeña regla azul llegaron a sus corazones de plástico a su sangre de tinta, a su alma de grafito.

–¿y cómo hemos de llamarte? –preguntó un cabo de lápiz que estaba en el fondo del pocillo y que sin embargo había estado atento a todos los hechos, desde las discusiones con la tijera hasta el sermón de la regla.

–¿Cómo os han dicho que me llamo?.

–No, nos han dicho, respondieron a coro todos los útiles.

–Pues llamadme regla –les dijo– y si os preguntan decid que yo soy la regla, el centímetro y la guía.

Y a vos, oh tijera que primero habéis sido inconsciente de vuestro valor y después habéis tenido celos y envidia quiero dejarte esta enseñanza: Cuando sientas que pierdes el filo… el feeling… ve a cortar lija que las suaves aspas se afilan en los duros granos.

La tijera guardó silencio y una pequeña lágrima de aire vino a correr por su ojo pequeño secando su eje y sus patas y fue a dar un abrazo a la regla que le había mostrado tantas cosas. Tan fuerte fue el abrazo de la tijera que le botó dos centímetros a la regla.     

Desde entonces puede verse en la patria de escritorland, una hueste feliz aunque las más veces inútil de útiles, un regla floja y fofa que volvió a ser afilada y patijunta y una regla sabia y azulada que sigue contando, que sigue midiendo, que sigue guiando, con toda la pasión de sus dieciséis centímetros restantes. 

miércoles, 18 de junio de 2014

Me emborraché. Quería hacer algunas cosas al escondido de mí mismo.

domingo, 20 de abril de 2014

IDEAS DESORDENADAS PARA UNA APOLOGÍA A LA GUEVA


Apreciados seres humanos: en el día de hoy venimos ofreciendo este rico caramelo masticable el cual tiene un valor y un precio de $200. La persona de buen corazón que quiera colaborar, Mi Dios se lo ha de pagar. Recuerde, uno le vale $200 tres por quinientos.

Bien.

Sin más preámbulos vamos a nombrar el título de nuestra charla de hoy: APOLOGÍA DE LA GUEVA, o DEFENSA DE LA GÜEVA, o DIGNIFICACIÓN DE LA GÜEVA.

Amigos:

En primer lugar no se tome el vocablo güeva en un sentido vulgar. Por el momento no TENDREMOS EN CUENTA su acepción anatómica de testículo o gónada. No. Lo que quiero que exploremos es el sentido psicológico de lo que significa SER una güeva; del sentido existencial, de lo que significa, como decía Heidegger, SER una güeva en el mundo.

Yo sé que muchos de nosotros en algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido como unas güevas. Otros lo vivimos día a día.

Porque ser una güeva es una vocación. Todos somos en alguna medida una güeva pero no todos llegamos a explotar el máximo potencial de ser una güeva, nuestro máximo potencial de gueveidad.

Algunos iluminados han llegado a sintonizarse profundamente con la güeveidad, a saber, la cualidad esencial de la güeva. Sin embargo, hay muchos que no han llegado a darse cuenta de la importancia.

Como aquí hay señoras, no quiero herir su sensibilidad y el tratamiento que voy a dar de la güeva será enteramente respetuoso.
Vamos a la fenomenología del asunto, o sea a la observación del fenómeno. Hace poco escuchaba a una niña preocupada diciendo que cuando estaba con la persona que le gustaba se comportaba como una güeva, decía estupideces. “va a creer que soy una güeva” decía. Yo le interpelaba: Va a creer que eres una güeva, o va a saber que eres una güeva. Porque ahí es donde está el enredo. Somos unas güevas pero queremos ocultarlo. Es connatural ocultar la güeva, pero no porque sea vergonzosa sino porque es muy importante. 

Ahora bien, que es ser una güeva en el habla común:

Ser una güeva es:
Equivocarse
No coincidir con un ideal que tenemos de nosotros mismos.
Ser torpe: la torpeza es una habilidad no desarrollada. Como vamos a desarrollar una cosa si no la aceptamos, no la reconocemos?

No reprimas tu güeva interna queriendo parecer importante, interesante, hábil o ágil; lo que de verdad enamora a las personas es esa güeva que habita en ti. Abraza a tu güeva interior, pero con amor

La función trascendente de la güeva: quiero contar…

Por qué se originó esto?
Dos personas que van a mi consulta se han quejado en algún momento de que se sienten como una güeva. Cómo se siente uno como una güeva? Yo diría que sentirse como una güeva implica cosas muy agradables tales como sentirse:
Calientico
Protegido
Suave
Flexible
Elástico
Escualizable
Acompañado por otro igual que está en tu misma situación y que por lo tanto te comprende, aunque esté un poco más arriba o un poco más abajo.

Me dicen, me siento como una güeva. Y yo invariablemente les respondo: y cuál es el problema con la güeva? El problema no es sentirse como una güeva, sino el poco valor que le damos a la güeva, como si ser güeva fuera algo negativo, algo malo. Cuál es el problema con la güeva, si uno asume que en ocasiones es una güeva está protegido de la reacción negativa cuando se piensa, o peor, cuando alguien sugiere que somos unas güevas. 

La respuesta que yo sugiero es asumir con orgullo que somos unas güevas. Es que usté es una güeva y uno responde, con conocimiento de causa, con conciencia, si… soy una güeva. 

IDEA PRINCIPAL:

Ser una güeva no es un problema, el problema es no aceptarlo, entonces la solución no es dejar de ser una güeva, cosa imposible, sino aceptar que se es una güeva. Porque la güeva es una cosa chévere, es una cosa digna y es una cosa valiosa.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

El problema surge de una expresión que han dicho dos personas en la consulta psicológica: “me siento como una güeva”. Yo he respondido en las dos ocasiones con una pregunta ¿cuál es el problema de ser una güeva?, por qué esa animadversión, esa pelea, ese conflicto con la güeva?.

DEFINICIÓN DE LA GÜEVA

En primer lugar la güeva es un órgano, una gónada que produce los espermatozoides y las hormonas masculinas, la testosterona. Sin embargo en el lenguaje psicológico, se alude a la güeva, en el sentido de “ser” una güeva o “parecer” una güeva, quizá más la primera expresión que la segunda. Es la definición de güeva que nos interesa. Hasta el momento, hay una definición anatómo-fisológica y una definición psicológica-caracterológica

LA GUEVA COMO ESTRUCTURA PSÍQUICA

La güeva corresponde a la imagen de una persona disminuida, devaluada, caracterizada por dos atributos fundamentales:

La lentitud motriz
La torpeza motriz o intelectual
Cierta falta de tensión  facial, falta de tonicidad, flacidez.

La imagen de la güeva siempre está presente, hace parte del repertorio mental, y en algunas ocasiones se hace consciente. 


Soy una güeva es una metonimia, procedimiento literario que consiste en tomar la parte por el todo. Ahora está el paradigma holográfico: en la parte está el todo. En la güeva está el ser humano y en el ser humano está todo. 

LA SACADA DE LA CÉDULA


En un lugar de la Villa, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que… boté la cédula. Una voz interior me preguntó ¿Dónde olvidaste la cédula, Santiago? Y me respondí a mí mismo: ¡Pues si supiera donde la dejé no las estaría buscando güevón! Entonces, corregido por mí mismo cambié la pregunta: ¡Eh! dónde habré dejado esa p… cédula… Dirán que es una vulgaridad utilizar esta palabra para referirse al documento en cuestión pero no encuentro una descripción más precisa para una que se ha perdido irremediablemente.

Hablemos un poco de la cédula. En primer lugar, ¿para qué le ponen la huella a la cédula? Imagínese de noche, un policía le pide su cédula, mira la foto, de pronto no le parece muy convincente, tiene sus dudas, y le dice: A ver, ¡muéstreme su índice derecho! Y usted procede a estirárselo al oficial. El se queda mirando, una curvita no le convence, llama a su compañero, vení Martínez, vos si ves esta curvita?, ¡no me mueva el dedo hágame el favor! Contemos las rayitas, a ver, una, dos, tres… veinticinco…. ¿veinticinco o veintiséis?... ahhh… volvamos a empezar: uno, dos, tres… 

Segundo, ¿qué es eso de fecha y lugar de expedición?, dice Envigado, 30 diciembre / 1992. Resulta que cuando eso, la próspera ciudad era entonces un paraje inhóspito; había que ir de expedición a sacar la cédula.

Otra cosa curiosa es la firma del Registrador Nacional ¿saben cómo se llama el registrador nacional?, ¿Quién puede decírmelo? Una pista: se encuentra en el respaldo de la cédula: Carlos Ariel Sánchez Torres. Es una persona de admirar. Yo lo admiro por su potente visión, por su pulso y, especialmente por su paciencia. Y es que es capaz, no solamente, de hacer la firma más diminuta que existe, sino también de estamparla en cada cédula que se expide en el territorio nacional. Si es que yo leyéndola me embizco y me mareo, como será ese señor todo el día firmando cédulas, sacando la lengua intentando la precisión, ¡hij… ya me tiré esta!... ¡Cómo saldrá de la oficina! Todo ese trabajo de don Ariel y vengo yo ¡y boto la cédula! Cómo le dará de rabia. Lee los datos de la cédula y dice, vení pero esta cédula yo ya la había firmado… ¿fue que ese pendejo la botó o qué? Por eso cobran treinta y cuatro mil pesos por el duplicado.

Al perder la cédula empecé la etapa de duelo que, como sabemos, inicia con la negación: Por eso no fui ni a la notaría a poner el denuncio, ni a la registraduría, que es un lugar al que temo instintivamente porque lo asocio con trámites, burocracia, filas y funcionarios que no funcionan. También, debo confesarlo, me daba pena volver a molestar a Carlos Ariel. Así, dejé pasar un mesecillo, pensando que podía aparecer en el bolsillo interior de una chaqueta, en la oficina, o por ahí “traspapelada” entre las cosas. Pero no aparecía. Entre mi fobia a las registraduría, mi registrofobia, y la esperanza de que la cédula apareciera por sí sola en algún lugar, no me animaba a preguntar por el trámite de una nueva cédula. Pero llegó el momento en que decidí enfrentar, tanto la pérdida irremisible de la cédula como el olor a madera vieja de la registraduría. 

Pregunté allí por el trámite. Para mi sorpresa me dieron en la puerta una fotocopia con las las indicaciones. Había que separar una cita (me pregunto cómo podrá sentirse la una pequeña citica separada de sus hermanas:  el dolor, la tristeza, la citica (sitica) aferrándose a las demás, el computador arrastrándola de la mano porque la cita se separaba por internet y las citas más viejas: “sabíamos que este día llegaría; pero hay que aceptarlo, es parte de la vida de toda cita…” (fin de la cita) 

Noté maravillado que había citas hasta para el día siguiente…! Yo preveía que la cita iba a coincidir con la del certificado de defunción, pero no. Después de un par de clicks ya tenía mi cita para dentro de tres días. Estaba tan emocionado estrenando cita que no puse mucha atención a los documentos que había que llevar, porque uno no se puede presentar a una cita así no más, con las manos vacías, no señor. Y así, como una cita amorosa requiere buena ropa, perfume y flores, una cita con la registradora, requiere cuatro fotos de cuatro por cinco  cuatro por cinco, veinte, por cuatro…, como quien dice ochenta, y de fondo blanco (parece que la registradora es aficionada a la bebida ¡fondo blancooo…!) y un recibo de pago en el banco popular por la módica suma de treinta y cuatro mil pesos. Ya mi padre me había advertido en mi niñez con su pródiga sabiduría sobre el valor de la identidad: ¡son treinta y cuatro mil pesos!.

Se llegó el día D. La cita era a las tres de la tarde y yo estaba en Bello, así que me dije a mi mismo que debía salir de allí a la una de la tarde para alcanzar a 1: imprimir las fotos que tenía guardadas en mi memoria usb de un reciente trámite y 2: hacer el pago, que había olvidado con la euforia de haber ganado la cita.

Calculé que podría cumplir mi itinerario. Así que me dirigí, bajo un sol calcitrante a Carrefour (chévere) y cuál no sería mi sorpresa al ver que el local de fotojapón estaba desocupado. Maldiciendo, volví caminando al metro para tomarme las fotos en Envigado y hacer el pago en el BP. Ya el tiempo se estrechaba. Subí al metro No. No es cierto, entré en el metro porque a uno no lo dejan subirse, es peligroso… y a los pocos minutos de arrancar ¡se detuvo! Se detuvo a mitad de camino y no arrancaba y no arrancaba. Fue muy angustiante porque una cosa es que no arranque, pero que no arranque y no arranque… es el doble de angustioso. Yo miraba el reloj diciéndome: tranquilo, por más que te angusties no va a arrancar, y mucho menos a arrancar-arrancar. Respiraba profundo. Digo profundo porque estaba en el fondo de una multitud de cuerpos y de axilas colgantes (las axilas colgantes de babilonia), y después de algunos minutos-horas, el metro, no solo arrancó, sino que arrancó-arrancó. Iba de estación en estación y yo hacía fuerza para que el tiempo me alcanzara. Tenía mucho miedo de perder la cita en la registraduría. Miedo de un nuevo trámite, y miedo de un castigo imaginario.

Imaginaba la cara del portero o del funcionario encogiendo los labios, levantando una ceja y con un gesto de desaprobación negándome la cita y haciendo una observación despectiva del tipo “es que no cumplen con la citas”, incluyéndome a mí en la masa informe de los que llegan tarde a las citas. Temí que me castigaran. Hasta llegué a imaginar que el funcionario me decía: si fue tan machito pa´ llegar tarde, entonces mire a ver cómo se las va a arreglar sin cédula. Y diciéndole después a otro funcionario:  Fue duro, pero es por su bien. Imaginaba que me iba a tocar la ardua tarea de independizarme y montar mi propia registraduría. 

En estas divagaciones iba cuando el metro llegó a su destino, la Estación Envigado, estación cercana al periódico el Colombiano, parque de Envigado, con rutas integradas… Bajé y fui rumbo a la ruta integrada con dirección parque Envigado. Allí buscaría el banco popular y un tomadero de fotos sabía que al frente de la registraduría había uno y después, a cumplir la cita. Lo que viví en adelante fue una mezcla intermitente de esperanza y derrota. A veces pensaba que sí iba a alcanzar, pero después miraba el reloj y me decía a mí mismo, no voy a alcanzar. También me decía: si no alcanzo no me voy a castigar. Si no alcanzo no alcancé y punto. 

Le tocó el turno al banco popular. Ya había ido a hacer una vuelta antes allí y entonces me dirigí concentrado. Cuando llegué caí en cuenta que la vuelta que había hecho en ese banco no era una vuelta del banco popular sino de AV Villas. A no ser que hubieran cambiado el banco en una semana. Pregunté por el banco popular. Un señor me lo señaló. Dudé del señor y una cuadra más adelante pregunté a otro señor. Y el señor me señaló. Entré al banco. Había una fila que uno no sabe. Unas diez personas ¿voy a alcanzar? En un momento me dije. Ya no alcancé, aceptando la realidad. Ya no alcancé me decía, pero voy a hacerlo, después vemos. 

Me puse en la cola de la fila. Es verdad que quise ponerme en la cabeza pero a algunos de los clientes pareció no agradarles mucho. Esto lo sospeché por su lenguaje corporal y por algunos escasos vocablos, del tipo “hey hey hey hey” cantados al unísono por todos los miembros de la fila. Tan pegajoso era el estribillo que me sumé a él y empecé a bailarlo, cuando un sutil empujón con el empeine de un pié me advirtió que los gritos no eran un estribillo de moda como el de Ricky Martin (¡un! ¡dos! ¡tres! Un pasito pa´ lante, María…) sino la imperativa amenaza de que ocupara mi lugar en el apéndice de la fila. 

Una vez allí, en la cola, que hacía honor a su nombre, porque la verdad es que no olía nada bien, empecé a observar el universo del banco popular. Había cosas interesantes. Llamémoslas a manera de síntesis, vejez y decadencia: un espacio pequeño, con carteleras y avisos de un verde desteñido y curtido, fracturas en el piso, desniveles peligrosos, caprichosos diseños del mugre en las baldosas, mostradores descascarados, señoras opulentas con trajes arcaicos y miradas gachas, tan curtidas como las paredes por el paso del tiempo, por una larga vida de largas filas a la espera de cualquier cosa. Las paredes, antaño de un blanco impoluto ahora mestizas de negro mugre, de negro tiempo.

Y en este ambiente retro, retro pobre, anidaban funcionarios también populares. Uno de los que más llamó mi atención fue el de la taquilla izquierda, consignaciones y cheques. No miento. Era un señor de edad avanzada (era lo único “de avanzada” que había en el banco) por ahí de unos sesenta y tantos años, calvo, canoso, barrigón y por lo visto orgulloso de un poderoso abdomen cuyo prólogo exhibía coqueto, abiertos los tres botones superiores de la camisa, haciendo alarde de un pecho poblado de bellos y níveos vellos, sudando por reflejo al calor distribuido por tres destartalados ventiladores de techo.

Mientras hacía la fila meditaba sobre el rechoncho y veterano cajero y en todo el lugar, oponiéndolo  a los nuevos y modernos bancos privados ¿cuándo ha visto usted un cajero viejo en Bancolombia? ¿Y un cajero calvo? ¿Y un cajero barrigón? ¡Jamás! ¡el departamento de recursos humanos decapitaría inmediatamente a un aspirante con este perfil! Y es que en Bancolombia no hacen proceso de selección sino casting: cómo registra el prospecto en las cámaras, su hoja de vida con fotos en traje de noche, en vestido de baño, la coquetería… 

A propósito de Bancolombia, o  Banco-lo-odia como le dice un amigo mío, ¿qué es eso de qué tan alto quieres llegar? Han visto ustedes los cajeros electrónicos cuyos botones se encuentran a treinta y cinco centímetros del suelo y en los que una persona de estatura promedio tiene que arrodillarse para digitar la clave? Siempre que retiro dinero y tengo que agacharme para meter el hocico en la rejilla que protege el teclado viene a mi mente el slogan ¿Qué tan alto quieres llegar? Me entra cierta sospecha ¿será a las rodillas del gerente del banco? ¿No es el tamaño de los cajeros un mensaje inconsciente de hasta dónde quiere el banco que lleguen sus clientes?.

En fin, volviendo a las oficinas de Bancolombia vs Banco Popular, no es extraño que cuando uno llega a una prístina e impoluta oficina de Bancolombia y está en traje informal, de tenis y camiseta, los cajeros se miren entre sí y se digan ¿y este guache para donde viene? Yo no lo voy a atender Señor, en este centro comercial no hay oficinas del Banco Popular, ¡pero qué tal el descaro!

Salí del banco Popular rumbo a la tomadera de fotos ¿alcanzaré, no alcanzaré? It was te question. Mi reloj marcaba la hora de la cita. En ese momento recordé algunas teorías sobre el tiempo: el tiempo es relativo, el tiempo es subjetivo, el tiempo es una variable más. Decidí entonces aminorar el paso, tranquilizarme, respirar más lento para enlentecer el universo (que también es nuestra creación) y es realmente sorprendente el poder de nuestra …. Estupidez, el tiempo siguió corriendo como si nunca hubiera visto un programa de Carl Sagan, ignorante por completo de la teoría de la relatividad.

Señorita imprímame esta foto… parece que ella también había estado leyendo sobre las teorías del tiempo y tenía puesta una camiseta que rezaba “movimiento slowly”, Nada que hacer. Había un señor antes de mí, cuya foto en pantalla la señorita enderezaba, torcía, retocaba, iluminaba con una meticulosidad de orfebre. Yo brincaba y miraba el reloj, zapateaba, veía las fotos de la familia del dueño de la papelería, limpiaba con la yema de los dedos el polvo de una mesa de madera, miraba por la ventana la puerta de la registraduría, recitaba los diez primeros capítulos del Corán, mordía los cueros de las uñas, (y también los míos), recordaba cronológicamente mis estudios académicos desde el preescolar… 

Hasta que llegó mi turno: 
Señor esa foto está con gafas
¿Y…?
En la registraduría no reciben fotos con gafas (qué imperdonable discriminación), ¿quiere que se las borre con el photo shop?
Señorita por Dios… tengo una cita a las 3:00 p.m. en la registraduría y ya son las tres y diez…(angustia).
Habló la voz del pueblo, la voz de la experiencia; habló un oráculo sin ambigüedades:
Eso lo esperan... 
Y procedió a consentir la foto, ora de un tamaño, ora de otro, ensayando diferentes contrastes. Finalmente la imprimió en una impresora también del movimiento slowly, pixel por pixel, sin afán, incluso devolviéndose para corregir algunos pixeles y haciendo su sonido de robotcito silencioso tzzzz….
Serían las 3:20 p.m. cuando entré a la registraduría:
¿A-qué-hora-tiene-la-cita?
(Con pena): mmm… a las tres de la tarde… lo que pasa es que...
Ah, bien pueda siéntese ahí que ya lo van a llamar
En ese momento recordé que estaba en Colombia y que los funcionarios de la registraduría no eran ni alemanes ni ingleses. Después de esperar un buen rato pasé: nombre, teléfono, dirección: Cra tal y pascual: la funcionaria se queda mirándome, como recordando, y me dice: ¿O sea que usté todavía vive con su mamá?
Sí su señoría es que… 
Ea… ve… ma… 
¿Cómo dice?
No, nada…
Cuando el plastificador me entregó la cédula, al final del trámite, me puse contento, orgulloso de haber hecho la vuelta, de conocer el terruño. Noté que la cédula provisional no cabía en ningún bolsillo de la billetera, el papelillo en cuestión era más un poster que un documento, hasta me sirvió para guarecerme de la lluvia que empezó a caer. Más que un documento era una cartelera. Me sumé entonces a una protesta que había en la puerta de la Registraduría en la que los manifestantes habían pegado un palo de escoba a sus contraseñas y gritaban: 

¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!
¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!
¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!

Pero bueno, ya estaba hecho el trámite ¡y la cédula nueva para dentro de dos meses!
Un par de días más tarde descubrí que ¡!!¡Se me había perdido la contraseña!!!! La historia de cómo saqué el duplicado del documento provisional para sacar el duplicado de la cédula merece capítulo aparte porque fue mucho más difícil.

LAS CONVERSACIONES


¿Habéis notado que en almuerzos, cuando hay visitas, siempre hay alguien que, elogiando al anfitrión le pregunta muy interesado cómo ha hecho el almuerzo, es decir, cuál es la receta?. Inmediatamente, el cocinero anfitrión comienza a dar una explicación detallada de los ingredientes y del proceso: primero, en una sartén mediana (no puede ser demasiado grande ni demasiado pequeña) que no sea de teflón, porque se ha descubierto que, dada la naturaleza del teflón al que nada se le pega, también tiene dificultades para mantenerse aferrado a la olla y empieza a desprender pequeños pedazos de sí mismo que además son altamente tóxicos…

Ahora que… ¿existe algún instrumento para cocinar que no sea tóxico?, la comida misma, según sostienen avanzados naturalistas de una y otra secta,  no es tóxica también?. ¿Es que hay algo que no sea tóxico en este mundo? Nosotros mismos, incluso, somos tóxicos, si no, preguntar al planeta.

Pero vuelvo al asunto: la sartén tiene que ser de tal modo, hay que echarle agua primero, dejarla hervir, pero no demasiado, después echarle los granos que han debido ser cuidadosamente remojados desde el día anterior (ojalá con luna llena) en agua enriquecida con especias y un pedacito de suela de zapato, y después adicionarle aceite de oliva, el aceite estrato cinco de los aceites que hasta puede tomarse directamente porque tiene yo no sé qué de omega tres o no tiene, o no sube el colesterol...

Igual yo no sé nada de cocinar. Es por eso que nunca pregunto cómo ha sido hecho lo que me he acabado de comer. Disfruto lo que se me da y lo agradezco, pero es que no podemos ir por allí preguntando cómo se hace lo que nos comemos… seguramente no comeríamos nada tal como recomiendan los grupos de desnutricionistas a ultranza. 

Ahora, el chef amateur ha dado una explicación minuciosa de cómo se prepara el plato con el que nos ha deleitado ¿Para qué?. El 100% de las veces, el que pregunta la receta no tiene ni la más mínima intención de preparar el plato. Si la tuviera sacaría una libreta y apuntaría la receta. Estoy seguro que cuando llega de nuevo a su casa, no solo ha olvidado la receta con sus sofisticados procesos y diversos ingredientes sino que además ha olvidado por completo el suceso. Llega a su casa y en algún momento se pregunta ¿eh qué fue lo que almorcé yo hoy…?

Son esas cosas que nos enseñamos por el placer de enseñar… y por el placer de aprender, o mejor por la pose de aprender. Es un juego, un juego de erudición. Hace parte de las conversaciones, y eso tiene un nombre: conversación ritual; se trata de unas conversaciones que sostenemos simplemente por conversar, sin ningún propósito cognoscitivo, gnoseológico, sin ningún interés por aplicar los “conocimientos” adquiridos. Una especie de Zapping presencial, no de televisión. 

Otros ejemplos de conversaciones rituales: el tema del clima. Por dios ¿qué haríamos sin el clima? Hacía ya mucho tiempo que nos habríamos extinguido. ¿De qué diablos hablaríamos con los taxistas, de Hegel? “¿y cómo le parece pues la idea de la fenomenología?”. No. Sería imposible conocernos con extraños.

Nos quedaríamos mudos si todos los días fueran iguales y no hubiera variaciones. Si todos los días son días soleados, entonces qué es un día soleado? Dice una película. No sé si lo cogen, es bastante profundo. Nos montaríamos en un taxi y nos quedaríamos callados, haciendo algo como un hmmmm…. Y pensando: juep…, si no siempre hiciera el mismo sol tendría algo que hablar con este señor. 

Lo otro son las noticias. Tal vez en el caso de acabarse el clima pues aún quedarían los noticieros, claro que sin la sección del clima que no volvieron a dar, a la que nadie atendía, en la que nadie creía y que a que nadie le interesaba. ¿todavía existe Max Henriquez?  Señalando a una pared verde. Si no veía las nubecitas en la pantalla verde… ahora iba a tener la menor idea de si iba a llover o no en la vida real!

Hay otro tipo de conversación de juguete que me ha llamado la atención y es aquella en la que, están dos personas conversando usualmente hombres, y en la conversación se cuela un lugar geográfico, una coordenada, una ubicación que uno de los interlocutores no conoce. Ahí se para abruptamente la conversación, o, si se ha seguido adelante, pues se devuelve, “¿dónde me dijiste?

En San Juan, al lado del restaurante, diagonal a la ferretería… y el otro, que no se ha ubicado, chequea, ¿pero como cuando uno viene desde la setenta y ocho? ¿Bajando?. No, subiendo, Responde el otro. Y vuelve sobre una explicación de cómo se llega allí desde su casa. Moriría por tener google maps y poderle indicar al otro el lugar preciso. Claro que así no sería tan emocionante como ese juego de ver si los dos se ubican en el mismo lugar, y sentir su ego inflado ¡yo sé dónde queda! Es algo masculino.

Muchos no se sienten tranquilos hasta que imaginariamente no se encuentran en el mismo sitio. Puedo ver los globitos de imaginación de cada uno de los conversantes en una cuadra diferente y los dos perdidos. ¿pero dónde estará este otro güevón?, hasta que después de muchas señas (porque no es posible coger un taxi imaginario y darle la dirección al chofer), se encuentran. Los globitos se juntan en el mismo lugar y los dos personajes se dan un abrazo ¡aquí es, por fin nos hemos encontrado! ¡qué felices somos! ¡los dos conocemos la ciudad!, y acto seguido se continúa la anécdota, en la que, por supuesto, la ubicación geográfica no aporta absolutamente ningún dato significativo a la historia.

Para mí es diferente. Cuando me están contando algo y el interlocutor que va a dar una ubicación topográfica me ausculta con mirada inquisitiva a ver si mis gestos indican que realmente me ubico en el lugar que está mencionando, yo finjo que sí me ubico. 
He aprendido a fingir que sé dónde me están indicando que sucedieron los hechos. De todas formas, un sexto sentido del narrador pregunta ¿seguro que sabe dónde es? Por allá hay un kokoriko y una óptica. “Sí sí sí”, respondo, o “ajá”. ¿Pero si sabe dónde es? Sí, sí. Estoy seguro que si las convenciones sociales no toleraran las mentirijillas, el interlocutor se sentiría autorizado a retarlo a uno, como una mamá que quiere saber si su hijo sí le entendió: ¿a ver dónde es? Explíqueme usted. Y uno tendría que empezar: vea, toma la avenida regional en sentido sur norte… Y sólo después de aprobar el examen, el narrador sentiría que puede continuar con su relato en el que, como dijimos, la situación geográfica no aporta nada fundamental a la tensión del relato. Es simplemente el paisaje.

Yo suelo, en las novelas, saltarme las descripciones de los paisajes y de los sitios, tipo En nombre de la rosa: Estaban en un edificio hexagonal, cuyo vértice septentrional apuntaba al sudeste. Más arriba, subiendo por unas escaleras helicoidales que subían en oposición a las manecillas del reloj se encontraba un vestíbulo… 

Cuando digo el “ajá, ajá, sé dónde queda”, la verdad es que ni siquiera me tomo la molestia de pensar en dónde es que me están diciendo. Me basta con saber en qué país sucedieron las cosas, y no siempre. 

Otra parte importante son las conversaciones en miniatura, que tienen formatos. Son los saludos, que son proporcionalmente coherentes al interés por el otro. ¿qué has hecho? Bien, responde el otro. O sea, ha hecho el bien, demás que sin mirar a quien. ¿cómo estás? Nadita. Responde el otro. ¿Cómo estás? Trabajando…  igual uno podría, haciendo el gesto de saludo, decir las cosas más inverosímiles y obtendría las respuestas automáticas, por defecto. ¿Qué tal cabrón hijueputa? Trabajando, responde el otro. ¿Qué hay de tu puta madre? Bien…, sonríe y sigue su camino.

Se trata de las convenciones sociales que tienen algún sentido pero que en el uso se van volviendo clichés automáticos que se repiten sin conciencia. En conclusión, todo el tiempo estamos hablando a los otros de cosas que no tienen la menor importancia, preguntándoles sobre cosas que inmediatamente olvidamos,  y los demás fingen que les interesa, aunque realmente nos importa un pito, pero es porque nos queremos.

UN HOMBRE A UNA NARIZ PEGADO


Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
Quevedo 

Quiero contar un secreto, que muy pocas personas conocen porque se los he confiado personalmente… soy narizón, o narigón. Aunque decir que soy narizón es una afirmación relativa; podría decirse también que tengo la cara pequeña o que la tengo muy atrás de la nariz. Y bueno, tiene sus ventajas. Cuando estaba en el colegio los profesores de educación física me elegían para atletismo porque siempre ganaba por una nariz. Ni siquiera tenía que correr. Digamos que la carrera consistía en que los otros corrían desde el principio hasta el final de mi nariz. Pero no hay que exagerar eso era solo en las carreras de 100 metros. Cuando había que dar vuelta a toda la pista, también ganaba pero valiéndome de otro artilugio y era que cuando me iban ganando simplemente eliminaba a mis competidores aspirándolos. Una vez que ganaba me sonaba y pasábamos a otra actividad. Es verdad que algunos protestaban porque les parecía antideportivo pero los profesores se hacían los de la vista gorda, los de la nariz respingada.  

La nariz, de frente,  se ve muy bien y yo me digo que soy muy guapo, muy apuesto, apuesto que sí, porque no suelo verme de perfil. No sé, tal vez el espejo tenga un problema porque no me puedo ver de lado en él, aún cuando he intentado ponerlo en la pared del lado para que no quede de frente, pero ni así. Tanta tecnología y aún los espejos solo nos miran de frente… por más que intento verme de perfil voy dando vueltas y vueltas como un perro que se persigue la cola y nada.

Sin embargo, hay situaciones en las que puedo verme de perfil, por ejemplo cuando me toman un foto, aunque usualmente las fotos suelen ser de frente, nos pasa con esto como con las caras de la luna. Yo solo veo una cara, pero, por ejemplo, cuando me filman y puedo verme de lado, me da un poco de pena conmigo mismo, parezco una caricatura de mí mismo, una caricatura de lo que veo en el espejo de frente.

Me parece que soy un pájaro desgarbado y ahí entiendo entonces, en los vericuetos de mi nariz el porqué de mi voz nasal,no sólo tengo una voz nasal, todo yo soy nasal, soy una persona nasal  el recorrido arduo que tiene que hacer el aire y el sonido a través del túnel de oriente de mi nariz, y además el largo camino que tiene que recorrer el aire acompañado de las notas musicales de mi voz. Si es que me ha pasado que digo cosas que no alcanzan a salir por la nariz… si es que cuando respiro, muchas veces el aire no alcanza a salir de la nariz y vuelvo y lo aspiro y termino respirando dentro de mí mismo, respirándome y oliéndome la nariz por dentro. Por eso a veces me sorprendo diciendo; hombre aquí huele como a nariz… 

Estimulado por la sociedad de consumo, porque soy un consumista, especialmente de aire (si necesitan un poco pueden salirse un rato, el de esta habitación apenas es para mí)... he caído en la tentación de hacerme una cirugía plástica. Me dio una vez por hacerme una rinoplastia. Dice Seinfeld que lo de rinoplastia es una burla cruel para los que tienen nariz grande, compararlos con un rinoceronte… 

Fui entonces donde un médico para averiguar cómo era la cosa, y me encontré en la sala de espera a otras personas de todos los tipos que iban a averiguar por una (o varias cirugías plásticas, ustedes saben el paquete…) Había gentes de toda clase con exageraciones anatómicas de todo tipo, unos por exceso y otros por defecto, aunque eso de defecto no suena bien (la nariz muy grande tampoco suena bien, o al menos no suena rápido porque el trabajo que hay que hacer es mucho). Había básicamente, personas gordas, y personas con la flaqueza mal distribuida, mujeres 60-90-60, unas quejándose por ser planas, ninguna quejándose de lo contrario, en fin, ya saben la locura que hay con las glándulas mamarias y con las sentaderas, no voy a ahondar sobre ese tema. 

La clínica era muy organizada. Siguiendo los estándares de la norma ISO no se qué  (a propósito de las normas ISO, quién las iso?) Tenían, como en las fábricas, bandas distribuidoras que dirigían a los pacientes a diferentes salas: así que había una en el que las mujeres eran todas “planas” no sé el gusto de ustedes pero a mí me hubiera gustado aprender a escribir con esas planas, porque voy a decirlo aquí, a mi me parecen muy bellas las mujeres con los pechos pequeños (también con los grandes). En esa sala había un aviso que decía, “en el fondo de cada teta chiquita hay una teta grande que puja por salir”. Era una sala muy bonica, lástima que después, al final de la banda,  muchas de ellas saldrían con esas barrocas tetas Golty, certificado  de la NBA incluido.

En otra sala estaban los y las arrugadas. Vuelvo sobre lo mismo, a mí me gustan las arrugas. Parece ser que las damas y caballeros que van allí tienen bien incorporadas las actitudes antioqueñas porque es gente que no se le arruga a nada, y que si se arruga, pues entonces bisturí. En cambio a mí me gustan las patas de gallina, especialmente en el sancocho. 

En otra sala estaban unos que, en las historias clínicas de los médicos figuraban con el nombre técnico de culisecos o culisecas, circunstancia que no veo por qué haya que cambiar porque no he experimentado sensación más desagradable que tener el culo mojado cuando uno está de pantalones: esa piquiña, ese sentimiento de abandono, ese deseo ferviente de llegar a la casa para secarse la nalga y ponerse ropa seca… vuelvo en defensa de la nalga. Sí, tal vez todos quisiéramos que las nalgas tuvieran cierta curvatura y rellenez, pero vivimos en la realidad y hay que aceptar las nalgas como son: nada más triste que una nalga con baja autoestima y nada mejor  que unas nalgas grandes o pequeñas que se sienten orgullosas de ser como son y que dicen no me importa lo que digan de mí, es más, ¡me importa un culo! Y el culo matando el ojo coqueto en señal de aprobación. También en esta sala había, no como en los talleres mecánicos, mujeres culonas publicitando llantas de camioneta, sino implantes marca Pirelli, Good Year, Yokohama, etc,. Y es que parece ser que estas empresas han visto un nicho de mercado en prótesis nalgatorias porque si bien solo son dos nalgas y los carros tienen cuatro llantas, una llanta puede valer doscientos mil pesos, en tanto que cada nalga puede valer ochocientos mil pesos, ustedes hagan la multiplicación. 

Para no hacer muy larga la cosa, había otra sala que se llamaba “varios” en donde esperaban aquellos que no se ajustaban a ninguna de las otras clasificaciones. El nombre de la sala era bastante apropiado porque al asomarse en ella uno veía que había varios. Estaban orejas, maxilares inferiores y superiores (a quienes había que someter a tratamiento psicológico también: superiores, inferiores…) manos, piernas, pies.

Y así, salas para barrigas, liposucción, llama la atención que no existe el proceso de lipoinyección, podrían hacerse interesantes transfusiones pero toda esa grasa se desperdicia, a no ser que hagan mantequilla con ella, sería una manera de diversificar el portafolio de la clínica, a la salida, unos buenos jabones, o… ya me dio asco imaginar. 

Finalmente estaba la sala de los narigones. En la sala había dos paredes con sillas, una enfrente de la otra y en las sillas sentados sendos narizones a los que les quedaba imposible leer las revistas (por la distancia). Las sillas se encontraban intercaladas, explico. Para que las narices no chocaran unas con otras formaban una especie de puente por el que el médico pasaba cantando: el tabique está quebrado, con qué lo curaremos… y uno sabía que era con bisturí, sierras, y quién sabe con qué más artículos de ferretería. Es una exageración. Quién iba a creer que las narices de los pacientes formaban un puente. Lo que formaban era una guardia de honor. Había que ver al médico cómo entraba estirando cuello, como la reina de Inglaterra con su estetoscopio, mientras los narigudos entonaban con sus narices Aída de Verdi : ta tan tata ta tá, tata ta tá… ta táa….

Al llegar a mi turno entré donde el médico quien, sin mirarme, sin olerme, me dijo: quítese la ropa. Me sorprendió un poco pero después advertí que también él estaba sin ropa. Me entró algo de desconfianza. Al preguntar por la particularidad de nuestros atuendos me preguntó si venía particular o con plan prepago. Yo le dije que particular, que si mi nariz no le parecía suficientemente particular. Ofreció excusas y dijo explicando que lo de la ropa era para un plan de pago especial que tenía la clínica para clientes prepago, podían pagar con trabajo, no sé si entiende. 

Una vez que volvimos a vestirnos (sin aceptar por supuesto el arreglo prepago), miró primero la nariz y después a mí. Me preguntó: ¿usted viene con ella? Sí doctor, desde chiquito, hemos sido inseparables. Edad? Treinta y siete. ¿Sexo? De vez en cuando ¿sexo nasal? No gracias acabé de desayunar. Después de las preguntas de rigor, sacó unos marcadores  de colores y comenzó a hacerme unos dibujos en la nariz. Pensé que se trataba de líneas guías para el diseño de olfato. Me dejé. Después se quedó contemplándome un rato con atención. 

¿Y bien doctor?, le pregunté. 
Me dijo con semblante tierno: ¡Es que se parece a Sam… 
¿A Sam? 
El tucancito de froot loops…!
Después de tomarme una foto y salir a mostrársela a las secretarias y a algunos colegas, podía oír las risas desde el consultorio regresó un poco más aplomado. Ahora sí, en serio, se compuso, y me pasó un paño húmedo para que me borrara las líneas del marcador.
Cómo quién quiere tener la nariz, Richard Geere, Kevin Costner, Nick Noltie, Alec Baldwin, George Clooney…?
Mmmm… Qué tal Richard Geere?
Sacó un catálogo de una gaveta y empezó a buscar: (actores y actrices con las letras del alfabeto) ¡Geere!. “La” Richard Geere, la tenemos en $2´500.000 antes de iva, garantía de seis meses, si no se siente conforme le devolvemos la original... 
Doctor, y no pueden facturar sin iva?... es que yo soy persona natural 
Perdóneme que se lo diga, con todo respeto, ¿pero a usted esa nariz le parece natural?
No doctor, me refiero al régimen…
Bueno, régimen si va a tener que hacer, pero de aire. Después de la cirugía ya no va a poder consumir esas cantidades exageradas. Si es que ya voy a tener que usar el oxígeno.
Me pareció demasiada costosa “La” Richard Geere
y trayendo yo la nariz?
Mhmmm…. Carraspeó el galeno. Le podría pasar lo de las pyp 
No tiene otra más favorable, no sé, Miguel Varoni, Víctor Mallarino, Manolo Cardona… Luis Alirio Calle… 
No, pues pa´ la de Luis Alirio Calle déjese la suya… pero bueno, le cotizo una nacional, digamos una de protagonistas de novela, se le puede dejar en $950.0000, si quiere, y hay material suficiente le podemos poner dos respingadas, tres tipo Michael Jackson. ¿qué dice?.
Yo digo que sale muy costoso ese proceso de latonería – ladronería. ¿no tiene un maquillaje que ayude a disimular un poco?, un juego de sombras y rubor?.

Un poco decepcionado por el fracaso en la venta, sacó el doctor de su maletín un pequeño estuche de lancome y en una actitud generosa me lo entregó, tenga que yo consigo otro… 

A la salida se encontraban los otros narigudos en la sala de espera, y al ver mi cara de decepción que interpretaron como una negativa al festival del cuchillo y la lima, entonaron la canción de los scouts (para trompeta nasal en si bemol):  “No es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós…”

En fin, es mucho lo que podría escribir sobre mi nariz y yo, en una cruzada por la autoaceptación y para que tantas otras narices discriminadas puedan reconciliarse con sus dueños, o tantos dueños con sus narices, pero es el momento de dejar paso a otros tópicos, a otras historias, a otros aromas, a otros apéndices, porque como bien dice el dicho aire que no has de sorber déjalo correr.