lunes, 2 de diciembre de 2024

Me venden

Voy en el carro, despacio, entre un centro comercial y un parque. En la acera derecha, la del parque, hay un señor que sujeta con los dedos un marco que contiene mi cabeza. Veo que me están vendiendo. Pero como no soy el tipo de persona que entabla querellas, en este caso por la propiedad de mi mismo, y además el tránsito me obliga a avanzar sigo mi camino y me voy pensado en lo que va a pasar cuando mi comprador (aunque prefiero que sea una compradora, una que quiera ver en mí su lado masculino o que quiera sentirse acompañada por mi cara en el espejo) me lleve y me cuelgue en la sala de su casa (supongo que no tiene dinero suficiente para comprar varias unidades y ponerlas en diferentes habitaciones o, quien sabe, a lo mejor solo estoy disponible en el formato de sala).

Supongo pues que cuando me desempaque y me cuelgue en la pared de su sala mi compradora se va a parar justo enfrente de mí para estrenarme y yo instintivamente voy a correr mi cabeza hacia un lado como intentando darle permiso. Ella, entre divertida, confundida y contrariada, se va a retirar del espejo y va a volver a ponerse enfrente de él. Después de tres repeticiones yo entenderé que lo que quiere ver es mi cara. Claro, me diré: si me ha comprado es porque quiere verla, porque le ha gustado. Entonces me quedo quieto y le obsequio mi mejor sonrisa. Ella también sonríe (todavía no sé si es su mejor sonrisa) y ahí caeré en cuenta de que soy una muy buena compra porque proveerse de sonrisas matutinas y a demanda puede ser una de las cosas más valiosas del mundo. Le sonrío porque en general soy propenso a la sonrisa y por una pauta biológica y social de amabilidad que me impide mostrarme plano, inexpresivo, muchísimo menos indiferente. 

Pero la sonrisa será solo al principio. Con los días mi cara irá mostrando un repertorio cada vez más amplio de matices. Llegará el día, por ejemplo, en el que no haya dormido bien o esté cansado -permanecer todo el tiempo disponible en el espejo debe cansar mucho- o que experimente ese rechazo gratuito que siento a veces por mis congéneres; entonces la mujer no verá la sonrisa. O al revés, la mujer se levantará de mala parada y contra todo pronóstico no le sonreirá a mi sonrisa o hasta se molestará porque hay días en que la gente feliz da asco, y yo voy a quedar herido, no de muerte, claro, pero herido, y al día siguiente lo que la mujer verá en el espejo no será la sonrisa de hasta entonces sino una cara fría, distante, herida (en el sentido emocional, no físico, que sería horroroso, porque qué hacer con una cara herida, y ajena, al otro lado del espejo). 

Otras veces, lo sé, la mujer se sentirá cuestionada. 

-“Qué…” -preguntará cuando encuentre en mi cara una actitud que no sepa interpretar. Asumirá mi cara como cuestionadora y se va a cuestionar: Qué tengo, qué me ve, qué quiere… y como los espejos no hablan se va a quedar con una duda que le va a dar vueltas hasta que encuentre algo. Como digo, una buenísima compra.

Pero la cosa no se quedará ahí porque muchas visitas se miran en el espejo. Por ejemplo, -me parece estarla viendo- una señora voluminosa, vestida con traje sastre y un peinado engolado de grandes bucles -como los del marco del espejo-, la típica señora que se mira al espejo en las casas ajenas, que gira el cuello con pequeños movimientos de loro para mirarse los dos lados de la cara, que abre la boca y se limpia el labial corrido con un dedo; el tipo de señora que, con un tirón seco, se hala las solapas de una chaquetilla verde. 

Esa señora, pues, se va a mirar en el espejo, va a verme y se va a sorprender; con un salto y un grito llamará la atención de la dueña de casa que le va a explicar que me compró en la calle a un señor que etcétera y la señora se va a volver a asomar al espejo con renovada curiosidad de loro; se va a interesar mucho, tanto, que va a repetir las visitas para mirarme o mirarse en mí, y, como el deseo es el deseo del Otro, entonces preguntará a su amiga dónde me compró. Con la información recibida va a ir a comprarme (¿ya dije que soy una buena compra?) y allá estará el tipo de los espejos al que le queda al menos uno -ya ha vendido el mío-. La señora, por supuesto, no va a encontrar el espejo con mi imagen, sino con la suya y va a intentar explicarle al tipo que me busca a mí, pero el tipo, como respuesta, pensando que está loca, le dirá que no e intentará despacharla con cuerdas destempladas, o, si es humilde dirá que no, que no conoce ese tipo de espejos; conjeturarará tal vez que el espejo que le vendió a su amiga podía tener un desperfecto o hasta una ventaja pero en cualquier caso un desperfecto o una ventaja no intencional y podrá dar por cerrada la conversación con una sentencia sobre el misterio de la vida, sobre que hay tantas cosas que no se comprenden y sin embargo suceden, vea no más, mi señora, lo que dicen de los extraterrestres.

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