lunes, 2 de diciembre de 2024

La sonrisa deliberada

Existe la idea de que hacer "caras" o gestos induce estados emocionales. O sea, que sonreír, por ejemplo, puede inducir un estado de alegría. El psicólogo norteamericano Silvan Tomkins propuso en 1962 la teoría de la "retroalimentación facial". Esta teoría sugiere que la activación de algunos músculos faciales envía información sensorial al cerebro e induce una experiencia emocional en el sujeto.

Existe también la idea, probada además experimentalmente, de que sonreír y reír contribuye a producir estados emocionales positivos y a contrarrestar estados emocionales negativos, es decir, ayuda a regular las emociones, una habilidad que constituye un signo y un criterio de salud mental. Una persona mentalmente sana regula exitosamente sus emociones.

Dicho lo anterior, parece que la sugerencia de reír o sonreír tiene sentido. Sin embargo, hay quienes, cuando se les sugiere sonreír o asumir una actitud determinada, se enojan. ¡Como si fuera tan fácil!, dicen, y dan un portazo imaginario con el que dan por terminada la conversación. Tal vez se deba a que perciben la sugerencia como una imposición, como un mandato al que se rebelan instintivamente o sienten que quien les hace la recomendación desconoce su contexto personal, su sufrimiento; entonces perciben la sugerencia de reír o de adoptar una actitud positiva, no como una expresión de empatía, sino más bien como una de esas salidas fáciles que se usan cuando se quiere "salir" de alguien.

Vamos a ver: todo con medida. Sonreír no va a curar una depresión, pero hasta ciertos límites sonreír o asumir una actitud positiva puede ayudarnos a estar mejor. Puede ayudar a desrigidizarnos o mejor, en positivo, a flexibilizarnos. Muchas veces no nos damos cuenta de nuestra rigidez: fruncimos el ceño, tensionamos los músculos de los hombros... nos empezamos a tomar las cosas demasiado en serio y nos mantenemos en esa actitud por un tiempo prolongado. 

El catálogo de los experimentos de la risa y la sonrisa es amplio: sonreír, hacer un personaje feliz, pensar en la felicidad, intentar actuar un estado de alegría, interactuar con alguien gracioso, ver películas, escuchar audios graciosos. A este catálogo quiero sumar el de la sonrisa deliberada. 

Hace tiempo que hago el experimento. Sonrío en cualquier momento -incluidos momentos de estrés-, no como respuesta a un estímulo particular que me cause la sonrisa, sino de manera voluntaria, deliberada.

Empecé haciendo el experimento solo y después con mi pareja. Algunas veces respondía a una mirada suya con la sonrisa voluntaria. El gesto a veces le producía risa, otras veces un rechazo juguetón, el gesto nunca ha pasado desapercibido.  

Después empecé a practicar la sonrisa deliberada de manera social, con los compañeros del trabajo. Algunos lo interpretan como una sonrisa verdadera (en la que a veces se convierte) a la que corresponden con una sonrisa, también, verdadera. Otras veces ríen y otras veces sonríen porque el gesto les parece extraño. Otras veces lo toman como una broma.

Quiero describir la técnica con mayor detalle. Uno de sus fundamentos es que se debe practicar con independencia del estado emocional que uno tenga. Otro, que no es necesario -ni recomendable- esperar como resultado -ni forzar-, un estado emocional específico. Su efecto consiste en que  la mueca resulta graciosa, a veces para uno mismo, a veces para los demás, porque exhibe un contraste entre dos representaciones o entre dos estados emocionales diferentes -el contraste, por cierto, es uno de los elementos principales del humor-. Si resulta gracioso para uno mismo, la respuesta es a veces una risa o una sonrisa genuina. Si resulta gracioso para otro y se ríe, se sonríe, o hace algún comentario, uno puede experimentar la reacción risible -o sonrisible- que produce la experiencia cómica. En el “peor” de los casos puede no resultar gracioso para nadie, pero el ejercicio de sonreír, que obliga, mínimamente, a cambiar la expresión facial produce un efecto de relajación, digamos, una pausa activa para la cara, que permite regresar luego a los gestos habituales pero con un tono más relajado.

Hay otro dato que no quiero dejar pasar de largo y es el resultado de un experimento típico en las investigaciones sobre el humor y la risa: se pone a un grupo de personas a sostener un lápiz con la boca mordiéndolo como lo haría un perro con un hueso, de tal modo que la postura fuerza los músculos de la sonrisa; a otro grupo se le pide que sostenga el lápiz pero con los labios de modo que se impide el gesto de la sonrisa. Mientras lo hacen, a los dos grupos se les muestran caricaturas. Los resultados del experimento son consistentes: al grupo que ha practicado la sonrisa forzada al morder el lápiz, siempre, las caricaturas les parecen más graciosas. Esto quiere decir que sonreír, así sea de manera forzada, nos predispone a una percepción más alegre de la realidad, a una mayor disposición para disfrutar de los estímulos cómicos o humorísticos, o, en general, a tener una percepción más amigable y alegre de la vida. 

Así pues que sonría de manera deliberada, practique cualquiera de los experimentos mencionados o, todavía mejor, los que usted invente. Ya sabe que adoptar el gesto produce un cambio de percepción y relaja un poco. Hágalo pues. Si quiere, claro, si le parece, tampoco es que sea una obligación hacerlo.


El exquisito tejido erótico de la pubertad

La pubertad no goza, lastimosamente, de muy buena prensa. Ni de buen nombre: Pubertad... Pronunciarla obliga a la liberar, a través de los labios, aire comprimido: Pub… la palabra sugiere explosiones de materia aprisionada en la piel; pubertad: inestabilidad, desagradables secreciones. 

Tal vez sea por eso que tendemos a recordar la pubertad como una época vergonzosa de nuestras vidas, la época del acné, la inocencia y la inexperiencia, que juzgamos en etapas posteriores como estupidez. Sin embargo, en su defensa hay que decir que la pubertad es la época en la que el goce erótico es el más refinado. Me refiero, por supuesto, a su aspecto visual y pasivo, al lado voyeur del espectro.

Y es que en la pubertad la chispa más sutil bastaba para incendiar nuestras pasiones. A diferencia de los adolescentes mayores –y aún de muchos adultos– ostentábamos la sensibilidad extrema de un catador. Ni los más volátiles taninos, ni los más sutiles grados de acidez, ni las más tenues “notas” del manjar visual lograban escapar a la tensa receptividad de nuestros sentidos.

Todavía recuerdo –tenía once o doce años– una visión. La manga ancha de la camiseta de una chica mayor me permitió ver, por unos breves instantes, su brassiere. Y no es que la chica tuviera la voluntad de mostrarme sus prendas íntimas, nada de eso. Es que, en los movimientos naturales de su conversación (que no era conmigo), en algún momento, el ángulo propicio dio pie a la visión. 

Pero no eran solamente las visiones las que provocaban mis respuestas psicofisiológicas. Las palabras, asociadas a esas visiones, venían a sumarse a esas respuestas. Porque no era solamente ver el brassiere, era saber que eso se llamaba brassiere y repetir la palabra como un mantra en el escondite de la mente: brassiere... brassiere... brassiere... Han pasado varias décadas desde entonces pero todavía atesoro el momento como uno de los más valiosos de mi eroticoteca personal.

Otra fuente de imágenes incunables eran las revistas. Pero no, como acaso imaginará el lector, las icónicas –y explícitas– Macho, Hustler o Playboy (un hallazgo posterior), sino las también icónicas, aunque destinadas a un público femenino, Vanidades y Cosmopolitan. Guardadas en una cesta en el baño de mi mamá me esperaban –eso sentía yo– para ser liberadas y leídas, para que yo, asegurando la puerta, las desplegara y las examinara con minuciosidad de filatelista.

Mi primera experiencia de lectura me mostró que, además de sus consejos para conseguir marido, retenerlo o abandonarlo, o de sus ejercicios para eliminar la grasa inconveniente (“esos molestos bananitos”), o de las últimas tendencias en decoración de interiores, las Vanidades y las Cosmopolitan incluían, con fines identificatorios, ilustrativos y hasta didácticos, fotos e ilustraciones de mujeres (como la de la bañera, como la de la piel dorada) que exhibían, aunque de manera parcial, la desnudez de sus cuerpos. 

Era hacia los límites de esa semidesnudez hacia donde se dirigían mis más denodados esfuerzos visuales. Quería ver más; quería atravesar, como Supermán con sus rayos X, la insidiosa espuma que tapaba los pechos de la mujer de la bañera; quería que mis ojos traspasaran el piso sobre el que se recostaba boca abajo la mujer de la piel dorada para ver sus pechos desprovistos de brassiere; quería poder empujarla suave pero firmemente para hacerla cambiar de posición y poder contemplar así, aunque solo fuera por unos segundos, su relieve posterior.

Quería verlo todo pero no podía. Creo que esa fricción, nunca resignada, entre el querer y el no poder era la que mantenía la inflamable yesca de mi erotismo. La mujer de la piel dorada era, para colmo, la modelo de la sugestiva marca “Nude” que mis suficientes conocimientos lingüísticos me traducían como “desnudo” o, todavía mejor, “desnuda”, y que, como la palabra brassiere, provocaba en mí esos temblores que se parecían tanto al miedo y a la felicidad.

Alguna vez, haciendo gala de catador y de sus inevitables clasificaciones, se me ocurrió establecer un “ranking” de las imágenes o fotos con mayor carga erótica. Las mejores, de acuerdo a mi criterio, eran calificadas, lapicero en mano, con un rotundo “Ok”. Días después, sin embargo, el recién iniciado certamen sería censurado por las autoridades competentes (mi mamá) con un desaprobatorio “Eh avemaría...” sin que los organizadores del certamen (o sea yo) supieran a ciencia cierta si la causa de la censura era la torpe caligrafía que mancillaba la integridad de las revistas, el acto cosificador de asignar calificaciones a las mujeres de acuerdo con un supuesto coeficiente erótico, o simplemente el católico temor por el despliegue de la curiosidad sexual de los niños. Nunca lo supe porque nunca pregunté. Solo me avergoncé y esperé que el episodio quedara en el olvido. –Ojo–, el episodio, no el certamen. Prueba de ello es que se repitió aunque con modificaciones: las calificaciones pasaron del formato escrito al mental. 

La búsqueda de protuberancias, pieles, y curvas en las revistas era consistente, por supuesto, con búsquedas, en general, de lo oculto, de lo privado de lo íntimo, empresa que demandaba rigurosas pesquisas cuando no había nadie en casa. En una de ellas hice un hallazgo que me enseñaría mucho sobre el poder de las palabras y sobre cómo las más tempranas experiencias configuran nuestras preferencias posteriores, particularmente en cuestiones de erotismo.

Poco visible, dentro de un cajón del vestier de mi mamá, descubrí un nuevo lote de revistas. El hecho de que no estuvieran, como las otras, en un revistero a la vista de todos, reclamó de mí el más inmediato examen. Las puse en el suelo y sentado ante ellas vi que no eran –dato sorpresivo– las ya familiares y conocidas Vanidades ni Cosmopolitan. Unos amplios y contundentes caracteres blancos en la portada las identificaban: “Burda”... 

Burda... Sin siquiera abrir las revistas su nombre ya sonaba a prohibido, a grosero, a vulgar. Burda... El adjetivo, aplicado a las mujeres de la revista –seguro que las había–, las pintaba en mi mente agresivas, toscas, sin reparos a la hora de exhibir su desnudez.

Las primeras páginas mostraban, sin embargo, mujeres muy bien vestidas, –tal vez excesivamente vestidas para mi expectativa– pero no me amilané; supuse que como en las Vanidades y las Cosmopolitan las imágenes eran variadas y que las mujeres Burdas, como todo lo bueno en la vida, estaban reservadas para más adelante. 

Después de haber hojeado media revista, sin embargo, mis esperanzas empezaron a flaquear. Por no dejar, o porque todavía quedaba algún resto de esperanza, continué hasta el final. Nada. El ejemplar rehuía decididamente cualquier viso de desnudez. Pero la persistencia de la ilusión me hizo pensar que tal vez algún otro ejemplar pudiera contener lo que buscaba. Con velocidad redoblada hojeé una a una las revistas, pero la revista “Burda” no tenía nada que ver con desnudez; todo lo contrario, era una revista destinada a ocultarla, una revista de costura: crochet, tejido de punto, nuevas tendencias, modelos de yo no se qué, era todo lo que ofrecía.

Estoy seguro, aunque no lo recuerdo con precisión, que el episodio de las “Burda” –burda desilusión– clausuró definitivamente el ritual de las revistas femeninas. Con el tiempo transitaría hacia la etapa de los desnudos artísticos de la enciclopedia de fotografía Salvat y después a las revistas explícitas con sus nuevos vértigos y sus nuevas prácticas solitarias. 

Sin embargo, dos secuelas persisten aún de la primera época: la primera, que a veces, sin que venga a cuento, aparecen en mi mente –a veces hasta en sueños– las imágenes de la mujer de la bañera y de la mujer de la piel dorada que me seducen pero que al mismo tiempo me refriegan en la cara la imposibilidad de volver a los días de nuestros primeros encuentros. La segunda, que a pesar del tiempo y de la cantidad ingente de estímulos eróticos que existen, yo no puedo ver un buzo tejido en crochet tunecino sin que mis más sensibles fibras se estremezcan, como en los mejores días del baño o del vestier de mi mamá.


Me venden

Voy en el carro, despacio, entre un centro comercial y un parque. En la acera derecha, la del parque, hay un señor que sujeta con los dedos un marco que contiene mi cabeza. Veo que me están vendiendo. Pero como no soy el tipo de persona que entabla querellas, en este caso por la propiedad de mi mismo, y además el tránsito me obliga a avanzar sigo mi camino y me voy pensado en lo que va a pasar cuando mi comprador (aunque prefiero que sea una compradora, una que quiera ver en mí su lado masculino o que quiera sentirse acompañada por mi cara en el espejo) me lleve y me cuelgue en la sala de su casa (supongo que no tiene dinero suficiente para comprar varias unidades y ponerlas en diferentes habitaciones o, quien sabe, a lo mejor solo estoy disponible en el formato de sala).

Supongo pues que cuando me desempaque y me cuelgue en la pared de su sala mi compradora se va a parar justo enfrente de mí para estrenarme y yo instintivamente voy a correr mi cabeza hacia un lado como intentando darle permiso. Ella, entre divertida, confundida y contrariada, se va a retirar del espejo y va a volver a ponerse enfrente de él. Después de tres repeticiones yo entenderé que lo que quiere ver es mi cara. Claro, me diré: si me ha comprado es porque quiere verla, porque le ha gustado. Entonces me quedo quieto y le obsequio mi mejor sonrisa. Ella también sonríe (todavía no sé si es su mejor sonrisa) y ahí caeré en cuenta de que soy una muy buena compra porque proveerse de sonrisas matutinas y a demanda puede ser una de las cosas más valiosas del mundo. Le sonrío porque en general soy propenso a la sonrisa y por una pauta biológica y social de amabilidad que me impide mostrarme plano, inexpresivo, muchísimo menos indiferente. 

Pero la sonrisa será solo al principio. Con los días mi cara irá mostrando un repertorio cada vez más amplio de matices. Llegará el día, por ejemplo, en el que no haya dormido bien o esté cansado -permanecer todo el tiempo disponible en el espejo debe cansar mucho- o que experimente ese rechazo gratuito que siento a veces por mis congéneres; entonces la mujer no verá la sonrisa. O al revés, la mujer se levantará de mala parada y contra todo pronóstico no le sonreirá a mi sonrisa o hasta se molestará porque hay días en que la gente feliz da asco, y yo voy a quedar herido, no de muerte, claro, pero herido, y al día siguiente lo que la mujer verá en el espejo no será la sonrisa de hasta entonces sino una cara fría, distante, herida (en el sentido emocional, no físico, que sería horroroso, porque qué hacer con una cara herida, y ajena, al otro lado del espejo). 

Otras veces, lo sé, la mujer se sentirá cuestionada. 

-“Qué…” -preguntará cuando encuentre en mi cara una actitud que no sepa interpretar. Asumirá mi cara como cuestionadora y se va a cuestionar: Qué tengo, qué me ve, qué quiere… y como los espejos no hablan se va a quedar con una duda que le va a dar vueltas hasta que encuentre algo. Como digo, una buenísima compra.

Pero la cosa no se quedará ahí porque muchas visitas se miran en el espejo. Por ejemplo, -me parece estarla viendo- una señora voluminosa, vestida con traje sastre y un peinado engolado de grandes bucles -como los del marco del espejo-, la típica señora que se mira al espejo en las casas ajenas, que gira el cuello con pequeños movimientos de loro para mirarse los dos lados de la cara, que abre la boca y se limpia el labial corrido con un dedo; el tipo de señora que, con un tirón seco, se hala las solapas de una chaquetilla verde. 

Esa señora, pues, se va a mirar en el espejo, va a verme y se va a sorprender; con un salto y un grito llamará la atención de la dueña de casa que le va a explicar que me compró en la calle a un señor que etcétera y la señora se va a volver a asomar al espejo con renovada curiosidad de loro; se va a interesar mucho, tanto, que va a repetir las visitas para mirarme o mirarse en mí, y, como el deseo es el deseo del Otro, entonces preguntará a su amiga dónde me compró. Con la información recibida va a ir a comprarme (¿ya dije que soy una buena compra?) y allá estará el tipo de los espejos al que le queda al menos uno -ya ha vendido el mío-. La señora, por supuesto, no va a encontrar el espejo con mi imagen, sino con la suya y va a intentar explicarle al tipo que me busca a mí, pero el tipo, como respuesta, pensando que está loca, le dirá que no e intentará despacharla con cuerdas destempladas, o, si es humilde dirá que no, que no conoce ese tipo de espejos; conjeturarará tal vez que el espejo que le vendió a su amiga podía tener un desperfecto o hasta una ventaja pero en cualquier caso un desperfecto o una ventaja no intencional y podrá dar por cerrada la conversación con una sentencia sobre el misterio de la vida, sobre que hay tantas cosas que no se comprenden y sin embargo suceden, vea no más, mi señora, lo que dicen de los extraterrestres.

Maimónides

Como si fueran restos de sueños me vienen a la cabeza, nonas, sin contexto, palabras que repito, más que por su significado, por su sonido. La de hoy, “Maimónides". Maimónides, yourmónides, ourmónides… juego con ella, desperezándome. Flexibilizo así mi actitud ante la vida. Otro juego: Maimónides: mis monedas, en inglés. 

Después, pensando que los sonidos quieren decirme algo, me sumerjo en la Wikipedia y sus innúmeros saberes: 

"Moisés ben Maimón, más conocido como Maimónides (Córdoba, al-Ándalus, Imperio almorávide, 30 de marzo de 1138 - El Cairo, Egipto ayubí, 12 de diciembre de 1204). 

Córdoba Al Andalus… 

Ahí me es imposible no acordarme de mi madre, la única persona a quien le he oído pronunciar esa singular combinación de fonemas en un contexto más bien catedrático. No es raro escucharla decir que “Los árabes ocuparon España por ocho siglos”... ni oírla hablar sobre la cultura, la historia -y las historias- de los árabes, ni sobre sus visitas a los países en donde su cultura vive y palpita. No es raro oírla hablar, tampoco, de sus visitas a la mismísima Andalucía, o a Granada en donde -cita con tono dramático- la madre del sultán le dijo a éste: "Ahora llora como niño lo que no pudiste defender como hombre".... Honra en sus relatos un profundo y misterioso vínculo con el pueblo de Scherezada, de Al-Khwarizmi y de Mahoma.  

Asociadas a Maimónides, también, aparecen en la Wikipedia Torá, Yemen, Averroes, Avicena, Egipto… hermosos nombres para endulzarse los oídos y los labios y llenarse la cabeza de sentidos. Averroes y Avicena, por ejemplo, sabios y médicos también como Maimónides y como tantos otros sabios y médicos; gente curiosa, interesada por igual por las uñas enterradas, la mecánica celeste, la existencia de Dios o de los dioses. 

No puedo pensar en los médicos sin pensar en mi padre, médico también, polifacético, y de una manera, harto singular, sabio. No son poco frecuentes en la historia los médicos astrónomos, filósofos, músicos, y más. La tarjeta de Maimónides: médico, filósofo, astrólogo y rabino. Comentador de la Mishná. A sus órdenes. 

He oído también hablar de Maimónides a Memo Ánjel, un profesor reconocido en la ciudad por sus programas radiales, convertido, según creo, al judaísmo. Memo Ánjel es, como lo era Maimonides, otro sabio y erudito. Escucharlo me hace pensar a veces sobre el sentido y utilidad del conocimiento. Quiero creer, al escucharlo, que el conocimiento sirve para disfrutar más de la vida, para catarla mejor, y que no hay mayor riqueza que esa, la del mayor disfrute de la vida.  

Tal vez para eso aparece Maimónides en mi mente, para acordarme de mi riqueza: del don de las palabras, y del amor, heredado de mi padres, por el conocimiento; práctico el de mi padre, histórico, cultural, ancestral, espiritual, el de mi madre. Maimónides, mi riqueza; Maimónides: mis monedas. 


Baúl

Abrir el baúl, ese baúl con caras de colores en forma de cubo y sacar el tigre. Ese tigre que, aunque desprovisto ya de los botines y los guantes -garras de ficción-, y de las orejas brotadas de la capucha era el favorito de todos: enterizo, como un mameluco, cerrado al frente con cremallera. Quedaba uno con él como una especie de mecánico felino. También estaba el vikingo, que había olvidado su casco en forma de cono; duro, durísimo y forrado con piel de vaca y dos cachos de lo mismo que se prolongaban a los lados y amenazaban con feroces embestidas. Del chef, el gorro: blanco y alto, y del bombero -rojo- el casco de plástico, dudoso escudo contra el fuego, duro también como el de vikingo y áspero al cráneo por ausencia de espuma interior. Calzárselo era como ponerse los “zuecos” de madera que mamá usaba como adorno y que nunca supe si estaban hechos para adornar o para torturar los pies de un usuario condenado. 

Cascos, tocados, gorros, zuecos… trajes de otros tiempos... La memoria es también un baúl de colores del que se sacan, para ponerse, para lucir y volver a guardar, los recuerdos.

De adiciones y adicciones

No atendí a lo que decía la voz indistinta y en altos decibeles del locutor porque supe que hacía parte de uno de esos eventos para promocionar productos. Odio el ruido, detesto el escándalo y no me gusta sentirme presionado o sugestionado para comprar productos o servicios que siento que no necesito. Cuando necesite este producto -les digo en declaraciones imaginarias a promotores y vendedores-, yo lo busco. 

Seguí caminando hasta identificar el epicentro del barullo: una carpa de esas que se usan para hacer eventos instalada en una bomba de gasolina. En el techo de la carpa, un logo: Petrolabs. El primer término, en mayúsculas y alto contraste con la lona, hacía prácticamente invisible las letras minúsculas del segundo, casi del mismo color de la lona. Me pregunté si el primer término podría resultar disuasivo a los potenciales compradores de productos para mezclar con la gasolina, que eran los que se promocionaban. Podría ser que la asociación entre ese primer término (un presidente con baja popularidad, entre otras, por el precio de la gasolina) y la gasolina, no resultara muy favorable para la compra.

Otro aspecto que me pareció controversial fue que el locutor se refiriera a los productos como “adictivos”. Sí. Adictivos para el combustible, decía. Lo primero que pensé fue que se equivocaba (un error de lectura o de pronunciación imperdonables en un locutor), pero después pensé que se trataba de una apuesta ética de la empresa consistente en  advertir a los potenciales compradores sobre los riesgos de alimentar el motor con sustancias adictivas, tales como tolerancia, o sea, la necesidad del motor de consumir cada vez más sustancia para mantener el mismo funcionamiento; mal funcionamiento (cambios inesperados de velocidad, corcoveos, valvuleos, dificultad para encender, entre otros síntomas), y, en general, un deterioro significativo de la capacidad del vehículo para cumplir sus actividades habituales de transporte en ausencia de la sustancia (síndrome de abstinencia).

Me pareció bien advertir sobre los riesgos del producto pero me pareció que el tono del locutor, alegre, festivo, sofisticado, ese tono de que todo es maravilloso, valioso e inmejorable, no era el más adecuado habida cuenta de la seriedad del mensaje; tampoco me pareció adecuada la música -demasiado festiva para la seriedad del mensaje- que el locutor puso después de su mensaje verbal. Prueba de ello, el instintivo y festivo ¡Eeeepaaaa! con que una de las bomberas reaccionó al escuchar la irrupción de las trompetas, timbales y güiros. 

Otro punto que me pareció, ya no controversial sino curioso, fue que al cabo de un par de compases hiciera la entrada el cantante, y que el cantante fuera -ahí sí voltee para asegurarme de que mi percepción era cierta- ¡nada más y nada menos que el mismísimo locutor!.

Me pregunté si los elementos que componían la estrategia, a saber, una marca con nombre de presidente impopular y un locutor de bigote canoso con boina a lo Rolando Laserie cantando guapachoso e insistiendo sobre la adictividad de los productos lograrían torcer el destino de algún conductor en la ruta de su casa o de su trabajo para hacer escala en la bomba y comprar los productos. Mi respuesta inmediata: no. 

Sin embargo me pareció que la situación podría tener interés. Tal vez para hacer chistes (imaginaba al locutor presentándose a sí mismo como cantante en un evento: -y ahora reciban con un fuerte aplauso… ¡a mí!)... O tal vez para escribir un cuento, un relato, algo, y, como para escribir cuentos relatos y algos los detalles son importantes porque a veces funcionan como símbolos o como pequeñas cajas de Pandora que despliegan muchos sentidos, me di a explorar un detalle que no me había quedado claro: los productos promocionados ¿eran solo los adi(c)tivos, o había otro tipo de productos?  

Con la marca claramente definida en mi memoria busqué en internet y aprendí que la empresa se especializa en la venta y comercialización de aditivos para gasolina y diésel; que los aditivos tienen dos funciones específicas: una, liberar el motor de humedad, limpiar carburadores e inyectores y quitar ¡algas!... (nunca se me hubiera ocurrido que el motor pudiera albergarlas) y dos, limpiar el carbono del sistema para evitar el humo negro y disminuir las emisiones de dióxido de carbono y de óxido de hidrógeno. 

Entonces me puse a meditar sobre los aditivos. Nunca los había usado porque alguien -creo- en algún momento de mi vida me había dicho que no eran buenos ¿Quién, por qué? Ni idea. (¡Dios sabe cuántos juicios y prejuicios que escuchamos por ahí al desgaire condicionan nuestra conducta de manera religiosa! “A mí me dijeron una vez”... decimos, y nos aferramos a esos dichos de manera acrítica como argumentos absolutos, contundentes e irrevocables). Otro criterio de mi resistencia a los aditivos era de tipo purista (seguramente escuchado por ahí a alguien más); según este criterio, si el whisky necesitara cocacola, el café azúcar o la gasolina aditivos, ya vendrían con ellos incorporados. Finalmente, nunca había echado aditivos con la idea de que se trata de un producto innecesario promovido por los fabricantes solo con el objetivo de hacernos consumir.

A esa altura me di cuenta de que tanta información sobre los aditivos me había hecho reflexionar sobre ellos al grado de cuestionar mis prejuicios. Entonces se me ocurrió que tal vez mis investigaciones y reflexiones eran un efecto previsto y premeditado; que los aspectos contradictorios y disruptivos de la estrategia estaban pensados precisamente para instigar el interés del público. Imaginé al jefe de la campaña hablando con el locutor:  

-Don Pedro (el locutor tenía cara de llamarse así) diga “adictivo”. 
-¡Pero aditivo es sin ce! -protestaría, profesional, don Pedro- 
-Sí, don Pedro -replicaría, comprensivo, el diseñador de la campaña-  nosotros sabemos, pero, háganos caso, dígalo así.
-Está bien, ustedes son los que mandan -diría resignado don Pedro- El cliente siempre tiene la razón… 

La verdad, no tengo cómo saber si la campaña era producto del desconocimiento de estrategias más eficaces de mercadeo (¿carpas con chicas voluptuosas, embutidas en lycra y contoneándose a ritmo de reguetón?), o si era producto, al estilo de “La Casa de Papel”,  de un estudio profundo de la psicología humana que contaba con mis reacciones y conductas para interesarme por la marca. No lo sé. Lo que sí sé es que llevo dos meses echándole, Fulloctane y Nosequesán a la gasolina y que cuando voy a tanquear me sorprendo preguntando con nostalgia, mientras siseo mentalmente el ritmo de una cumbia cienaguera: ¿Y el señor de los aditivos qué, no ha vuelto?

Lluvia

 Aunque empiezan a caer las gotitas, confío en llegar seco a la estación. Dos segundos después, sin embargo, las gotitas se convierten en una llovizna pareja que empieza a mojarme seriamente la camisa y que me obliga a guarecerme en algún lugar. Se me ocurre, ignorando mis experiencias fallidas de otros aguaceros, hacerlo debajo de uno de los árboles de mango que hay al borde de la via. Claro, me sigo mojando, la lluvia tiene la habilidad de escurrirse entre las hojas del árbol. Por eso exploro el área en busca de una protección real. La más cercana, un tramo de acera protegido por el alero de una fábrica. Cruzo la calle y me hago debajo del alero, al lado de un motociclista. Cada uno se ocupa de lo que se ocupa uno en los casos de lluvia imprevista: mirar: los árboles, los riachuelos que se forman con la lluvia, la calle, la lluvia misma. Al rato viene a hacernos compañía una chica joven, uniforme de empresa, pelo negro, brillante, lacio. Registramos su presencia y regresamos a la contemplación y a la espera, a los charcos, al taxi que intenta meterse a la via principal proveniente de una via secundaria. Pasa otro rato y al alero se aproxima otra mujer. Tiene el pelo ancho como el cuello de una cobra (le queda bien); mientras se aproxima va cerrando un paraguas, tal vez no suficientemente fino como para soportar el vendaval. Ahora somos cuatro debajo de alero. Yo regreso a los árboles, a los charquitos, al taco y me acuerdo del pediatra que dijo que los niños deben ver llover. Cuando el aguacero amaina oigo una voz que dice: “Hasta la estación”. Es una voz de mujer mayor, la del paraguas. Cuando volteo a mirar la veo, junto a la chica joven, apretadas las dos, debajo del paraguas, rumbo a la estación. 


miércoles, 1 de marzo de 2023

INSECTOS

Un insecto camina sobre la superficie exterior de la ventana. Sus alas, alargadas, se prolongan más allá de su cuerpo de gusano; en la cabeza, dos antenas largas que parecen cumplir la función de ojos se agitan incesantemente en todas direcciones. Su trayectoria sobre el cristal parece errática: sube, baja, camina hacia izquierda y derecha, practica diagonales ascendentes y descendentes. 


Después de un rato de verlo caminar por el vidrio caigo en cuenta de que no me sorprende que lo haga y ahí me sorprendo de que no me sorprenda ¡Camina sobre una superficie vertical y no me sorprende!. Después pienso que si bien existe esa fuerza que llamamos gravedad según la cual los cuerpos no pueden sostenerse -¡menos caminar!- en superficies verticales, también existe esa otra fuerza, la de la costumbre, que dice que es natural que ocurra lo que hemos visto ocurrir más de dos o tres veces.


Me pregunto después si he visto antes este tipo de insecto y ahí pienso que es posible que haya estado antes en mi campo visual y yo no lo haya visto. Pienso que es posible que en nuestra relativa larga vida (en comparación con la de los insectos) solo haya una oportunidad de ver un insecto determinado. Un encuentro único. 


¿Cuántos miles de encuentros únicos tenemos en la vida? 


¿Qué valor tendrá eso?  


Me proyecto en el insecto. Imagino mi vientre contra la fría ventana nocturna y me estremezco, no digo de frío, sino de la imagen del frío. Sin embargo dudo de la verosimilitud de mi identificación porque a los insectos el frío y el calor, me parece, les resultan indiferentes. 


Vuelvo sobre el hecho de la caminata vertical: ¿Por qué lo hace? Después de pensar un poco creo que su objetivo es llegar a las lámparas interiores de la casa. Tal vez su trayectoria, errática en apariencia, tiene la intención de "peinar" la zona en busca de un espacio, de un hueco para llegar a la luz. 


La imagen me interesa. Pienso en las personas que salen en la televisión diciendo que han regresado de la muerte. Dicen que vieron una luz que los atraía y que, de haberla seguido, tal vez no hubieran regresado. ¡No vayas hacia la luz! le dice Sid, el perezoso de la Era del Hielo, a otro personaje para que regrese porque cree que está muriendo. Tánatos: un insecto que busca un hueco para acercarse a la luz. Algo dentro de nosotros busca constantemente ese hueco.


A todas estas el insecto se pierde detrás de la pantalla del computador. 


Otros insectos diminutos caminan y vuelan y aterrizan y saltan de un lugar a otro en la ventana como si la gravedad no actuara en sentido vertical sino horizontal. Los dejo. Dirijo mi atención -la dejo que vaya donde quiera- hacia la base de madera de la pantalla, una base en forma de caja en donde un diminuto cuerpo -no sé si es un insecto diminuto o una viruta de madera pegada a la caja-, parece moverse. No. No se mueve. O tal vez sí. O… Tal vez es una ilusión provocada por mi falta de agudeza visual. O tal vez la visión de los pequeños insectos móviles me hace parecer que esa pequeña protuberancia es otro insecto. Por más que me acerco no logro determinar si se mueve o no. Me doy por vencido y vuelvo a la ventana en donde el insecto grande, que ahora me parece que está del lado de adentro -aunque sé que está afuera-, se cruza, como si fuera un camión, con los pequeños, -diríase patinadores por la diferencia de tamaño- que vienen en dirección contraria. Por fracciones de segundo, antes de corregir su trayectoria, se detienen: 


-¡Quiubo! -me parece que les dice el grande a los pequeños- ¿Ya encontraron el hueco hacia la luz?


-Nada patrón -me parece que le responden aquellos- Como que va a ser una vida larga.


sábado, 15 de octubre de 2022

Ascensor

 Lo cogí, por equivocación, subiendo. Una rubia bonita lo abordó en el piso 17. En el dieciséis, dos señores, uno gordo y bajito y otro flaco y canoso que llevaba una escalera.


En el piso dieciséis, en el quince, en el catorce subieron nuevos pasajeros. El ascensor estaba al límite de su capacidad. En el trece, con la última tanda, no tuve más remedio que hacerlo. Dos lustros costumbre  (cien años hace que se instaló el primer ascensor en Medellín) me obligaban a decir: "El lechero". 

Alguien tiene que decirlo siempre: "El lechero". Significa que, como el carro de la leche que paraba de casa en casa, el ascensor lo hace de piso en piso. Finalmente, para completar el ritual, los demás deben celebrar el símil, si no con una risa, al menos, con una sonrisa.

Al señor de la escalera le hizo más gracia de lo acostumbrado. Reía gozoso, como si fuera la primera vez que oía el viejo chiste. Tal vez acostumbraba más la escalera que el ascensor. 

De ahí en adelante la gente de todos los pisos, o Dios, o el universo o el azar, que a lo mejor son la misma cosa, determinaron que el ascensor siguiera parando en cada piso para risa general de los pasajeros y perplejidad de los esperantes que eran recibidos por gente que reía cuando se abrian las puertas.

La rubia, con sorpresivo acento gringo comentó que en Miami vivió en un edificio de cincuenta pisos, en el que había cuatro apartamentos por ascensor. Decía "uff" y "oh mi god", y todo el ascensor oyó la historia que se prólongó hasta el primer piso. El gordo bajito le dijo "gracias".  

Alguien hizo otro comentario y yo aproveché para decir, cuando llegué al sótano, "y yo que lo cogí desde el décimo y me tocó subir". Recibí risas de los pasajeros que habían vivido todo el periplo y me baje riendo, pensando como buen nativo que estas cosas solo pasan en Medellín.





martes, 1 de febrero de 2022

Taller de escritura: la máquina Freudiana Con énfasis en textos cómicos y/o material humorístico

A lo mejor no sabes por qué pero tienes el deseo de escribir, tal vez no sabes qué, tal vez te gusta y no lo haces con mucha frecuencia o nunca lo has hecho pero se te ha ocurrido hacerlo.

¿A quién va dirigido el taller?

A personas que quieran explorar la escritura como forma de disfrute, de autoconocimiento o como herramienta para producir ideas con fines artísticos, publicitarios o de cualquier otro tipo como comedia, cuentos o guiones.

¿Qué lograrás en el taller?

·         Disfrutar el acto de escribir.

·         Explorar los contenidos que se te pueden dar más fácil.

·         Superar obstáculos que te impiden una escritura fluida.

·         Explorar usos de la escritura: herramienta de creación, de autoconocimiento, de diversión.

·         Conocer fenómenos que ocurren en el acto de escritura y que puedes aprovechar para la creación.

¿Qué te vamos a enseñar?

·         Pautas y técnicas para desbloquearte.

·         Cómo producir ideas para tus textos o material cómico.

·         La lógica del proceso creativo basado en conceptos y técnica del psicoanálisis.

¿Qué no te vamos a enseñar?

·         A escribir géneros particulares (cuentos, novelas, guiones para producciones audiovisuales).

·         Puntuación.

·         Corrección.

 

Ejercicios de escritura que realizaremos 

·         Escritura de calentamiento.

·         Escritura de sueños: argumentos, conflictos, conexión emocional, reflexión.

·         Elección y desarrollo de temas: experiencia, referentes.  

·         Escritura para conectar: lo que está pasando.

·         Reescritura.

 

¿Quién lidera el taller?

Santiago Trujillo Velásquez – Psicólogo

Autor del blog: el blogcutorio

Autor de libros digitales: La vuelta al pénsum en 40 meses, Así de simple (en Amazon), Todo se supo, Edmundo y la pitadora de Oro (disponibles para los asistentes).  

Copywriting y artículos web y redes sociales de Inversora JK

Stand up comedy performer

¿Dónde haremos el Taller?

Ártiga, Café y Centro cultural 

Tv. 5a #45-140, Medellín (Patio Bonito)

Aporte:

$140.000

4 sesiones

Marzo 24 y 28; abril  4 y 7

Horario: 7 a 9 p.m.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Baldaquio continúa su camino

Como la resultante de las fuerzas motrices le resulta favorable, Baldaquio inicia su camino hacia el parque. Unas cuadras más adelante, sin embargo, llegando al supermercado, disminuye la velocidad de su marcha hasta detenerse. Mira hacia un lado; mira hacia el otro. Observa el entorno, como indeciso. La experiencia no le es extraña. La frecuencia con que se queda clavado en algún sitio de la calle sin que haya poder humano -incluído el suyo propio- que lo mueva, no es escasa.  

Por eso ha aprendido a esperar. No sabe muy bien qué, pero espera. Sin rumbo, sin deseo, sin objeto. Desde afuera parece que alguien lo va a recoger en un carro o que espera un taxi, o que quedó de encontrarse con alguien para ir a una cafetería a conversar o a discutir algún negocio.

Mientras espera, cree reconocer, en una calva que se le acerca por la acera la de un conocido de cuyo campo visual, a fin de evitar el saludo, quiere sustraerse. Utilísimas le resultan las escaleras que conducen a la puerta de un banco porque la calva y su dueño siguen de largo bajo la mirada identificadora de Baldaquio que constata aliviado desde la vista de planta que el tipo no era el que creía. 

Su estado mental es modificado de improviso por el chirrido de los neumáticos de una moto que ha frenado en seco.

Inmediatamente el deseo de que ocurra un accidente le descubre la presencia, hasta entonces oculta, de impulsos y deseos homicidas en su alma.

 y algo se le destraba adentro que le permite. continuar su camino hacia el parque. 

El espacio para perros del parque, una especie de corral propicio para que los canes satisfagan sus necesidades de juego, de excreción, de socialización, de ejercicio.

Uno de los perros, “Titán”, no parece tener otro interés en la vida que matar a los demás. Ha de ser el motivo por el cual su dueña lo saca con bozal y trata de contenerlo con una traílla como la que usan los perros de los ciegos. (Un perro asesino no debería guiar a un ciego) El perro, ladrando furioso, la arrastra como una lancha a un esquiador. Los ojos, inyectados en sangre, parecen invocar las oscuras fuerzas del mal y de la muerte. Tal vez sea el estorbo del bozal lo que hace ineficaces sus invocaciones porque la mujer logra contenerlo.

¡Maldita sea! –imagina Baldaquio que se dice Titán– ¿A qué salir al parque si no puedo matar a nadie?

Los otros perros, en cambio juegan, corren, persiguen pelotas.

Uno blanco, grande y sin correa, esponjoso como una mota de algodón, se dispara hacia el Titán. Sus cuerpos se traban de inmediato en una lucha que a la distancia semeja la rueda del ying y el yang. A mordiscos quieren los perros liberarse la muerte que llevan dentro; Titán, embozalado, se anota la desventaja. Los gritos de la dueña de “Ode”, el perro blanco, llegan al escenario de la pelea. Al poco tiempo llega la dueña que advierte, repite sin cesar el nombre del perro, grita, separa.

Tractor.

En el parque hay también la réplica de un tractor. Papel brillante amarillo rojo naranja lo recubre a manera de pintura.

¿Un tractor? ¡Pero qué!… ¿Cuándo, dónde, a qué horas, en el prolijo repertorio de símbolos e imágenes navideñas aparece el tractor?, ¿un tractor navideño? La mirada de Baldaquio busca otros referentes hasta que alcanza la figura, también de artificio, de un campesino gigante.  

Campesino – tractor – navidad, ahí sí le hace sentido porque los campesinos, no importa que lejanos de los brillos multitudinarios de la ciudad, no importa que distantes del rojo coca–cola de Santa Claus, del glamour de la ciudad, también celebran la navidad; también, tras apearse del tractor, van a la tutaina, a los peces del río, a la nanita nana.   

Las niñas

Los niños, pastilla efervescente en el potaje de la vida... 

Llenas de vida, tres niñas juegan, se persiguen, celebran rápidos acuerdos. Ora suben a la tarima pequeña adornada con muñecos, emblemas y avisos alusivos a la navidad (vivamos en paz, cuidemos los niños); ora bajan los peldaños y tornan a subir. Corren, suben, bajan, repiten.

–¡Juliana! ¡me voy!... –grita, empujando un coche de bebé vacío, una señora.

Juliana es la más pequeña, la que persigue a las más grandes. Tiene a lo sumo tres años, las otras ocho o nueve.

–¡Chao Juliana!... –insiste la señora.

La amenaza del abandono, sin embargo, como técnica de coacción no le funciona en esta ocasión.   

La gente sola

Hay gente que se entretiene sola; así el señor maduro y musculoso y la mujer enjuta de los audífonos. Sentados en las sillas empotradas del parque, el uno contempla sin mirar el celular mientras que la otra canta y baila con las manos una música inaudible. 

Treinta minutos parece ser el tiempo que una persona permanece sola en un parque de manera espontánea: primero se va el anciano fornido. Después la mujer enjuta con sus pantalones de color violeta.  

Se jubila la tarde y las bombillas de la tarima, del tractor y de la estructura gigante de alambre que representa a un campesino se encienden a un mismo tiempo.  

¡Uau! Se iluminan también las niñas tomadas por sorpresa justo cuando miraban a la tarima.

Suben al rato al tractor, diseñado para que puedan subir. Se asoman sobre la supuesta portezuela, obedientes a su madre, que reclama el derecho inalienable a tomarles fotos con el celular.  

La más “papeleta” hace una mueca para la foto.  

A todas estas, sentado al aire libre, quieto, en las sillas de hierro y madera dispuestas por la administración municipal -para que los ciudadanos a los que hace enfurecer con sus iniquidades, omisiones, y negligencias se calmen-, han servido también a Baldaquio. Su ira se ha ido, cansada, a dormir con las sombras del crepúsculo.      

sábado, 6 de febrero de 2021

UN DÍA EN LA VIDA SUYA

Usted no durmió bien porque tal vez los del piso de arriba se pasaron la noche tirando alfileres al piso –tiene usted esa hipersensibilidad que cualquier cosa, si es que logra dormirse, lo despierta–, o porque hizo mucho calor o porque simplemente tiene usted esa mala costumbre de no dormir. Más de una vez, cuando dudaba si enojarse cabalmente porque a lo mejor se le espantaba el poco sueño que todavía confiaba tener, una de las neuronas diseñadas para preocuparse, la más hiperactiva, despertó a sus compañeras y las animó a resolver asuntos que no era el momento de resolver:

–A ver, entonces, ¿Cómo vamos a hacer con los gastos del mes, con el arriendo, con el trabajo que quedó pendiente?, ¿Cómo vamos a ajustar esas cuentas para que den, cómo vamos a resolver al fin lo de la tesis de la maestría? recuerden que el asesor dijo que la pregunta de investigación es falsa, o carece de todo interés, no me acuerdo…  

En fin que usted empezó a darle vueltas a las cosas, o mejor las cosas empezaron a darle vueltas como cuando en las caricaturas le dan un palazo a un personaje y unas estrellitas empiezan a girarle alrededor de la cabeza, pero, por fortuna, el murmullo de sus pensamientos, en un momento dado, sin que se diera cuenta le arrulló y se volvió a dormir.

A las tres y cinco de la mañana un “no” apareció en su cabeza; no puede ser, se dijo, porque la vejiga consideró que era un buen momento para descargarse, y usted sabe muy bien que su vejiga no es de las que se aguantan; no quiso que volviera a relajarse como esa vez en que, ya hombre o mujer derecho o derecha, se orinó en la cama y no supo si reír o avergonzarse y le tocó inventar alguna excusa creíble para justificar la volteada del colchón: que hay que cambiarlo de lado cada año, dijo usted cuando se lo preguntaron, fingiendo suficiencia científica.

En resumen, pasó una noche de perros aunque hace mucho que el dicho no le parece veraz porque ha podido constatar, una y otra vez, cómo su perro duerme, sin excepción, todas las noches a baba suelta. Ya quisiera usted dormir como su perro, se dice, que parece tener tan poca necesidad de sueño, que no se molesta cuando despierta, que tiene la fortuna de dormir de día, que nunca parece faltarle ni el sueño ni la vigilia.

Después de apagar el despertador del celular en la mañana durmió cinco minutos más y después de esos cinco minutos otros cinco más y después media hora hasta que llegó el momento preciso de llegar tarde al trabajo si bien su oficina por estos días queda en el comedor y puede llegar, no en tren, automóvil o taxi sino en chanclas, a lo mejor las de su pareja porque por alguna extraña razón no puede encontrar las suyas que, como constatará más tarde, están siempre en su lugar.  

Se levantó como un resorte a sabiendas de lo malo que es eso y sin bañarse y sin cambiarse, se arrastró hasta el computador como lo hacen los zombies, los híbridos humanos o cualquier tipo de monstruo humanoide, con las manos estiradas, haciendo ese sonido que hacen las chanclas que es como una palmada en los talones.

Sin sentarse pero bostezando de la manera menos glamorosa posible, el pelo revuelto como un nido de pájaros, presionó el botón de encendido del computador y tomó el camino a la cocina para hacerse un café. Caminó un poco, estiró las manos, volvió a bostezar e intentó hacer a un lado esos pensamientos difusos de la mañana, tal vez una canción oída en sueños –avisos de publicidad incluidos– o alguna palabra sin sentido como “elefandro”.

Cuando calculó que el café ya estaría listo se dirigió a la cocina para comprobar que no, que no estaba listo porque, una de tres, olvidó echarle el agua, olvidó echarle el café, o en lugar de la cafetera conectó la licuadora, o todo junto.  

Cerciorado o cerciorada esta vez del correcto funcionamiento de la cafetera, se rascó la nalga por debajo de la piyama y escuchó con odio el ominoso taraaaaá de la cortinilla de Windows. Con la decisión de supervisar el fin del proceso del café lo sirvió al final, regó un poco sobre las paredes del pocillo y se sentó en la mesa del comedor sin saber todavía por dónde empezar o continuando el trabajo que no alcanzó a terminar el día anterior a pesar de que se quedó haciéndolo varias horas más del horario laboral, esto quien me lo paga, nadie, refunfuñó, y siguió con su labor.

Como la telereunión de teletrabajo no podía faltar tuvo que arreglarse la cara a sabiendas de que debajo de las pantallas de los asistentes medraban el calzoncillo, el calzón, la piyama rota, a lo mejor el alma rota pero no nos pongamos dramáticos, y observó que todos se fingían una lucidez y una energía que envidiarían el Dalai Lama y el gurú histriónico de los cursos de marketing del Facebook juntos, aunque es cierto que uno de los asistentes de la reunión siempre tiene esa energía –todos sospechan que es un robot conectado al mismo tomacorriente del pc– porque a esa hora habitualmente ya ha trotado, ha hecho pilates (sus pilatunas, dice, en el colmo de la ridiculez), ha ido a la clase de yoga, de inglés y de hebreo y ha barrido y trapeado la casa ¿Este qué mete para tener tanta energía? se preguntan mentalmente todos, y a continuación: no se lo deben aguantar en la casa.

La reunión fue de nuevos problemas, cosas que ya se habían hecho y que había que volver a hacer porque a alguien le pareció a última hora que no estaban bien y usted rezó un rosario de improperios dentro de su mente que tomaron la forma de una sonrisa complaciente en su cara maquillada a la carrera (si usted es mujer o si es un hombre con gustos vanguardistas). Sí, claro, no hay ningún problema, qué más iba a decir. Por lo menos ya tengo chicharrón para el almuerzo, se consoló con una melancólica broma.

Terminada la reunión colgó e hizo el desayuno mientras deseó que alguien lo hubiera preparado y se lo hubiera llevado a la cama antes de todo el voleo.  

Siguió trabajando hasta la hora de almuerzo y otra vez volvió a desear que alguien se lo hubiera preparado. Se demoró una hora haciéndolo, quince minutos comiéndolo y treinta lavando los platos que se resisten a mantenerse limpios y que al parecer, mientras usted no los vigila se ensucian obedeciendo las leyes de una progresión exponencial.

Almorzó y dejó los platos en la poceta sabiendo que a la hora de la comida le iba a tocar lavar, si todavía tenía aliento, las dos tandas. Se lavó los dientes y nuevamente se presentó la hora de una nueva reunión o de seguir con el trabajo que regularmente ambientan el timbre del teléfono, los golpes incesantes de la construcción de al lado, el vendedor de aguacates que a juzgar por su potencia podría promocionarlos desde su propia casa, o la campanilla del whatsapp que anuncia consultas de los compañeros de trabajo o citas extra laborales que tendrá que cumplir –si es que no trabaja los sábados– el sábado  o cualquier otro día de la semana a expensas de su hora de almuerzo.   

Al final de la jornada, que se prolongó, como el día anterior y el anterior al anterior y uno de los días del fin de semana, un poco más, usted se sentó, apagó el computador y entonces ya tuvo tiempo para castigarse por no haber hecho ejercicio, no haber cultivado conocimientos adicionales, leído uno de los diez libros que se supone que tiene que leer al año y no haber desarrollado un nuevo emprendimiento para obtener recursos adicionales como el compañero de los pilates que además de trabajar en la empresa tiene dos negocios por internet y es voluntario en la perrera municipal.

Volvió a hacer la comida, comió, revisó el celular, rió con los memes y los videos de rigor, consultó su suerte a las estrellas, a los signos zodiacales, a los ángeles, conversó un rato, lavó los platos, lavó la ropa, sacó la basura, le dio comida al perro –que no había sacado a pasear y se la pasó todo el día aruñando la puerta–, y se dijo que ahora sí iba a dormir, deseo frustrado por el paradójico exceso de cansancio que suele impedírselo.

Intentando más tarde quitar una arruga de la sábana de la cama, al fin, se desmayó o creyó desmayarse y ahora duerme, no se sabe si plácidamente, pero duerme al fin y al cabo.

Lo único que va a diferenciar esta noche de las otras es que esta vez al escuchar el taconeo de la vecina de arriba, va a abrir el cajón del nochero, va a sacar el revólver que compró en la prendería y se va a dirigir con él, arrastrando los pies, hacia la puerta de salida.

jueves, 15 de octubre de 2020

PSICOTERAPIA DE PALOMAS

 –Y qué le sucede, cuénteme…  

–Bueno doctor, lo primero es que vengo estreñida hace mucho tiempo…

–¿En qué trabaja usted?

–En un parque. Ese es el problema: intento cagar en el atrio de la iglesia y no lo logro…

–Será la alimentación.

–No creo. Maíz, pedazos de pastel de la panadería, la dieta es la misma… A veces me sale algo, pero de una consistencia tan sólida que no se adhiere a las camisas de la gente, a los carros, al parque… usted sabe, la idea es que se adhiera, no que rebote. Ya las compañeras me están empezando a mirar feo, a gorjear feo, por eso decidí buscar otro trabajo.

–Ajá.

–Conseguí un trabajo adicional con un mago y ese es el otro problema. Cuando me tengo que meter en el sombrero. De meterme, me meto, pero me empieza una angustia tenaz, como una agorafobia, una claustrofobia un sombrerofobia…

–¿Pero siempre está metida en el sombrero, o en dónde más se tiene que meter?

–Doctor, eso son secretos de magia ¡no pretenderá usted que se los revele! ¡el show se echaría a perder!

–Si no me dice no veo como pueda ayudarle.

–Está bien. En el bolsillo del mago.  

–¿En algún otro lugar?

–El mago tiene una especie de sala de espera detrás del escenario. Me siento ahí y de pronto estoy en el sombrero; no sé cómo llego, solo aparezco, y ahí es donde empiezo a experiementar esa ansiedad, esa idea de que me voy a morir; me empiezo a ahogar, a hiperventilar, ¡un verdadero infierno!… Hasta que por fin me saca del sombrero. Después, cuando los aplausos, me asusto y salgo volando. Afortunadamente se puede salir volando porque hay otros actos en los que dejan la paloma encima de una mesa hasta que la asistente viene y se las lleva, hay variaciones sobre el tema.

–Y por qué continúa en ese trabajo.

–Con lo del parque no me alcanza. Además, desde la última visita que la Sociedad Protectora de Animales le hizo al mago la comida mejoró notablemente. Para evitar maltrato a los animales, usted sabe. Pero no es suficiente. Tengo que combinar lo del parque con lo de la magia.

–¿Ha intentado hablar con el mago?

–Muchas veces.

–¿Y?

–No me entiende… me canso de arrullar y él parece entender que quiero algo pero no logra decifrarlo. Si todas las personas fueran como usted doctor...

–«Ajá, transferencia» Continúe…

–Vivo con miedo del día siguiente. Para evitarlo, algún día falté al trabajo, pero no me puedo dar ese lujo. La competencia es alta, no soy la única paloma, y también están los conejos, mucho más acostumbrados a vivir en madrigueras oscuras... Y está ese conejo que intenta seducirme… ¡Horrible!…

–A lo mejor esa sea la causa de su fobia; no tanto el encierro sino la posibilidad de que el conejo la seduzca o... quizá se siente algo atraída…

–La verdad sí, pero eso no puede ser; las relaciones interespecíficas son absolutamente rechazadas en mi familia.

–Jmmmm. Después examinamos eso, que Roma no se hizo en un día. Vamos a intentar una terapia de desensibilización. Venga a ver. No tengo un sombrero pero métase en esta cachucha…

–A ver… No me atrevo, doctor…

–Venga le ayudo.

–¡Así no, doctor! me lastima la pata; me hice un esguince intentando escapar de un niño que me persigue en el parque. 

–¿Así?  

–Bueno.

–Cálmese, comparado con la mujer a la que parten en dos esto no es nada…

–Bueno, ya me siento un poco más tranquila. Pero no me quite su mano de encima, me hace sentir segura, como mamá cuando me metía debajo de su ala…

–¿Ala?…

–¿Es usted bogotano doctor?

–Quiero decir, se sentía segura cuando su mamá la metía debajo de ala…

–Sí, su ala era calientica, segura.

–Bueno, voy a empezar a retirar la mano… ¿cómo se siente?…

–Tengo un poco de miedo pero creo que puedo manejarlo…

–¡Vea! Ya retiré la mano. Ahora voy a apagar la luz.  

–¡No! ¡La luz no, doctor!...

–Tranquila. Imagine un ala grande, siéntase confortada… ahora voy a salir de la habitación.

–¿Y bien?

–¡Doctor! ¡Creo que estoy curada!...

–¿Ya no tiene miedo?

–No. Me cagué en la cachucha.

JENGA

La primera vez que la vi fue en la peluquería. Yo estaba sentado en la silla y ella le estaba enjuagando la cabeza a una señora de pelo morado. Me sonrió. Con algo de pena, como se hace con los adultos –ella tendría más o menos veinte años– le devolví la sonrisa.

–¡María! –escuché que le dijo la dueña del salón– ¿Me colabora por favor con la señora cuando termine ahí?...

Y María dijo que sí con esos dientes blancos y puliditos y con ese pelo liso, brillante, y negro que la hacía parecer una de las modelos de Sedal.

Me volví a acordar de ella cuando estaba calcando el mapa de sociales y ya no quise buscar la población de Uruguay ni su economía ni sus ciudades principales ni ninguno de esos datos que siempre se me olvidan en los exámenes.

Como era de esperarse saqué mala nota. Tal vez fue por eso, para animarme un poco, que pasé por la peluquería de María después del colegio. No es que tuviera un plan, solamente pasar. Estaba seguro de que ahí estaba María pero la vidriera no la dejaba ver. No quise que nadie me preguntara nada y por eso seguí mi camino.

Cuando llegué a la casa y descargué la mochila en el sofá de la sala, encontré sobre la mesita el catálogo nuevo de ventas de mi mamá. Me puse a hojearlo y me detuve en el capítulo de las tinturas, del shampoo y de los acondicionadores. Una mujer de pelo negro, muy negro, sonreía al lado de una caja de Igora Royal 101. Negro Noche. $17.950, rebajado.  

–¡Jorge! –era mi mamá desde la cocina. Tiré el catálogo sobre la mesa como asustado, como si fuera una de las revistas que Jorge –el primo mío que también se llama Jorge–, guarda debajo del colchón.

–¡Jorge! –repitió...

Que se le había borrado el contacto de Miriam del teléfono y quería que se lo recuperara.

Reinstalé la aplicación y empecé a deslizar la lista de contactos para buscar a Miriam: Marcela V, Marco Puert, Margarita B,  María–Abelardo, María Avendaño, Maria botica… ¡María Peluq!...

Cerré la lista de contactos y abrí el WhatsApp. La foto de perfil la mostraba, otra vez, sonriendo. Estaba vestida con una camiseta de algodón –US NAVY– y unos leggins morados. En el estado aparecía una ilustración de una pareja besándose: “El amor no se trata de edades, distancia o sociedad, solo de dos corazones”.

Hasta ese momento solo se me había pasado por la cabeza la imagen de María, pero ahora se me pasó una pregunta ¿Tenía novio? Algo dentro de mí, como cuando uno saca una ficha de Jenga se empezó a tambalear. Pero al segundo siguiente un análisis volvió a estabilizar mi torre interior: ni en la foto de perfil ni en el estado aparecía ningún novio.

Le dejé el celular a mi mamá en la mesa del comedor y me fui al cuarto a hacer la recuperación. Iba perdiendo sociales y no me podía dar el lujo de dejar la mala nota de los mapas.

Pero duré muy poco completando la tarea. Una especie de instinto me hizo levantar del asiento como un resorte y me llevó a la cocina. No era hambre.

En la mesa estaba todavía el celular. Aproveché que mi mamá se estaba bañando –siempre se baña a las seis de la tarde– y me envié el contacto de María cuidando de borrar la evidencia del envío. La campanita de notificación sonó en mi cuarto.

 “El amor no se trata de edades, distancia o sociedad, solo de dos corazones”… volví a leer ya en mi teléfono.

Tal vez fue eso, sin darme cuenta lo que me dio la idea de escribirle, aunque no inmediatamente. Siempre he sido de aplazar las cosas aunque sean buenas. Me dije que iba a cabar la tarea de los mapas primero y que después vería si le escribía.

Terminé la tarea pero me dije que quería comer algo. Comí. Después apareció mi mamá pidiéndome que sacara la basura. La saqué. Después entré la bicicleta. Cerré la puerta del cuarto con llave y me senté en la cama. Me entretuve viendo los mensajes, un video. Aplazaba la cosa. Mañana le escribo –me acobardé. Pero a los cinco minutos cambié de decisión:

–¿Hola cómo estás?

Respondió más rápido de lo que esperaba.

–Hola ¿Quién eres?

Le dije la verdad, que era Jorge –aunque la foto de perfil era la de Jorge, mi primo.

A esa altura no había pensado qué le iba a decir, simplemente obedecí a un impulso más fuerte que el de jugar play station, comer pizza o ver videos de youtube.

–Hola Jorge… ¿en qué te puedo servir? –Seguro pensó que era algo de trabajo.

Realmente no sabía en qué me podía servir y no supe qué contestar. ¿Es que la iba a invitar a salir? ¿Le seguía la corriente y le decía que era para una cita de peluquería? ¿Qué hacía?

Apagué el teléfono y lo tiré  en la cama como había tirado el catálogo de ventas en la mesita de la sala.

Pero no aguanté mucho tiempo. Volví a revisar el chat.

–Hola…–había vuelto a escribir.

¡Tenía que responder algo! Si no, a lo mejor se enojaba y me bloqueaba y entonces adiós fotos de perfil y estados y… 

–Hola… –escribí.

–¿Te puedo servir en algo? –repitió–

Y como me demorara para responder,

–La verdad es que estoy muy ocupada -emoticón sudando-.

-Te vi en la peluquería -respondí sin perder tiempo- y me pareciste muy linda.

Ya estaba. Lo había dicho. Sentí más adrenalina que con el Fortnite. Ahora salía en la pantalla:

…Escribiendo…

…Escribiendo…

Después no salió nada.

¿Qué habría escrito? ¿Se arrepentía de haber escrito algo bueno o algo malo?

Pensé volver a escribir, ¿pero qué?...

Un emoticón de sorpresa salió de su lado del chat.

–No quiero molestarte -empecé a recular asustado- si estás ocupada…

–Está bien ya me desocupé… no hay problema…

Y después:

–¿Y tú que haces Jorge?

Me hice el que era Jorge, mi primo.

–Estudio. En la universidad.

–¡Oh!... ¿Y qué?

Jorge estudiaba en un tecnológico algo de ventas.

–Medicina.

Nuevo emoticón de sorpresa…

–Siempre he querido estudiar medicina…  ¿En qué semestre estás?...

–Segundo.

Me sorprendió mi capacidad para decir mentiras.

–Ah ¿Y qué materias estás viendo?...

Aproveché que tenía el computador encendido y empecé a buscar en google.

–…Histología… lo de los microorganismos y eso…

–Súper…

Después, justo cuando iba a ampliar el concepto de histología para reforzar la mentira, me escribió que había llegado un cliente.

–Después me sigues contando…  -terminó.

¡No lo podía creer! Temblaba y tenía la cara roja –lo supe porque me miré en el espejo para ver si yo era el mismo valiente y mentiroso que había acabado de escribir en el chat. 

Al día siguiente no veía la hora de que acabara la clase de biología –la última– para volver  a escribirle. Había tenido suficiente tiempo de estudiar, no geografía ni inglés, sino lo qué  hace un médico, qué materias hay en la universidad, qué especializaciones existen. Borré la foto de Dragon Ball Z del perfil –ojalá no la hubiera visto– y la reemplacé por una de un señor antiguo que decía: “En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada” Franklin D. Roosvelt. La había puesto al azar de la página de “frases célebres” pero ya me estaba convenciendo de ello.

Esa vez –era lunes– me dijo que le enviara mensajes de audio, que quería escuchar mi voz, pero inventé que el celular tenía problemas y que no grababa mensajes.

El miércoles dijo que le parecía maduro pero también con alma de niño.

–¿Quieres que nos veamos? –me preguntó.  

-Sí,  claro –escribieron mis dedos, no yo.

–¿En dónde?  

Caí en cuenta de que había que resolver el problema de dejarle ver mi alma de niño, pero sin que se diera cuenta de mi cuerpo de preadolescente.

Quedamos que al día siguiente y me pasé el resto de la tarde intentando resolver el asunto.

En mi mente revoloteaban las imágenes de María, de las modelos Igora Royal, de los catálogos, de las revistas de mi primo Jorge…

¡Jorge!  Se me ocurrió  que si iba en mi lugar, Jorge podría decirle a María todo lo que yo pensaba y sentía. Yo haría del que le dice al actor qué decir y Jorge haría de actor.

Sin mucho tiempo que perder fui a la casa de Jorge. Afortunadamente quedaba cerca y podía ir en bicicleta. Cuando le expliqué el asunto, lo primero que hizo fue pedir la foto del “público objetivo”, así  dijo, con las palabras que dicen lo que estudian lo de él.

Después de ver la foto dijo que sí, y tuvo paciencia de escuchar una y otra vez las explicaciones de lo que tenía que hacer. Le hice prometer que no me iba a traicionar. Repetía que sí, que había entendido, que me daba su palabra. Decidí confiar en el. Tampoco veía más alternativas.

Quedé con María de “vernos” a las cinco de la tarde después de que ella terminara su turno en la peluquería.

A las cuatro de la tarde, Dios sabe que intentaba encontrar mínimos comunes múltiplos, resumir la  batalla de Boyacá, y modelar con plastilina las partes de la célula pero solo podía pensar en María y en la riesgosa misión de mi emisario.  

A las cinco y veintidós le escribí a Jorge. Grises. Los malditos chulos grises. No sabía si había desactivado los chulos azules o simplemente no contestaba porque estaba tan entretenido que no quería ser interrumpido. A las cinco y media, desesperado, decidí comprobar por mí mismo y asomarme a la heladería pero fui atajado en la puerta por mi mamá: que si ya había acabado las tareas, que si quería perder el período, que ella pagaba el colegio, que si era que a mí no me importaba; así que tuve que resignarme y volver a las tareas. El aparato de Golgi, la mitocondria y los centriolos se me confundían en un masacote deforme y de colores dudosos.

Jorge no contestó nunca. Un largo nunca que duró hasta la tarde del día siguiente porque no me contestó tampoco por la mañana y en el colegio no nos dejaban usar el celular.

–¿Y?... le escribí a Jorge cuando salí del colegio, presionando las letras con más fuerza que de costumbre. Cuando apareció “escribiendo” pensé que me iba a desmayar.

–¿Y? –fue su respuesta.

¿Y qué? ¿Y qué? ¿Acaso estaba loco?...

–¡María! –escribí.

–Ah… bien.

–¿Bien? ¿Bien?... ¿A qué jugaba? Mándame un audio –le exigí–, y me respondió que el celular no mandaba audios, que si quería podía ir a su casa.

En su casa tuve que saludar a la tía que me preguntó por los productos de mi mamá, que si todo bien por la casa, sí señora todo bien, y usted ¿cómo está? ¿Está Jorge?...

Se estaba bañando. Cuando por fin salió, le pregunté:

–¿Y?...

–Bien, pero calma, primo -me dijo.

Lo primero que me dijo es que tenía buen gusto. María era mejor en persona que en la foto de perfil. Me contó que le había dicho todo lo que yo le había dicho: que me parecía muy linda, y dijo que había respondido bien, pero que era muy prematuro dar un concepto en una primera salida. Que había tenido que evadir el tema de medicina porque no sabía nada de eso, que por qué no le había dicho.

Me dijo que la había invitado nuevamente el sábado. 

Me calmé como un adicto cuando recibe su droga. Aunque no podía estar tranquilo del todo.    

Le decía mis palabras y luego me traía las de María que yo volvía a responder. Después de tres citas, sus reportes eran halagadores: él decía, ella respondía, yo volvía a responder.

Empezó a venir todos días a  preguntarme qué más le decía. Yo le daba cada más palabras, cada vez más comprometedoras, y, hay que decirlo también, cada vez más elaboradas.

El día que Jorge le declaró su amor a nombre propio, María lo rechazó. Que le parecía atractivo, le dijo, pero que -ella no era mujer de medias tintas- sentía algo falso en él y que lo único que no soportaba en la vida eran las mentiras,  que por lo que habían hablado era claro que él no estudiaba medicina y que le aconsejaba ir con la verdad por la vida, que a ninguna mujer le gusta que le anden diciendo mentiras.

Tal vez por una lealtad familiar de segunda mano viendo terminada su empresa le contó todo: que era yo, que la foto de perfil, que Jorge… y María, a lo mejor por curiosidad –aunque no me escribió por el chat–  me mandó a decir con Jorge que me esperaba en la heladería al día siguiente.

Mi plan volvió a su cauce aunque por un camino diferente al que yo había calculado…

Así que ahí estaba yo. Esperaba y, a pesar de estar en una tienda de helados, sudaba como en una clase de educación física, sin atreverme a pedir nada hasta que llegara María. A las cinco de la tarde apareció. Se había hecho una trenza como la de la foto de Pantene Provitamina B5 del catálogo de ventas.

Cuando me vio sentado en la silla, algo en sus ojos relampagueó y se dirigió muy seria a la mesa. Se sentó.

–¿Jorge?

–¿María? –Respondí, queriendo hacer una broma que ella respondió con un sí en el que no pude adivinar encanto ni enojo ni sorpresa ni decepción ni nada, un tono difícil de descifrar, como el de la psicóloga del colegio cuando me llevaron porque iba perdiendo el año.

Se sentó y tomó  la carta de los helados.

–¿Y?...- Me precipité a preguntarle. Mi inexperiencia era total.

Se quedó callada un rato. Parecía tranquila.

–De mora -dijo.

–¿De mora? Tardé unos segundos en entender que se refería al helado.

–Claro –dije fingiendo seguridad y llamé al mesero con un gesto que tardó más de la cuenta en detectar–: un helado de mora para la señorita, y para mí, chocolate con pasas.

El silencio volvió a reinar en la mesa.

Insistí:

–¿Y?...

–¿Y qué?... -respondió ella poniendo las palmas de las manos hacia arriba. Me pareció que sonrió.

Caí en cuenta de que “Y” podía significar muchas cosas. Di una lamida al helado para darme valor:

–¿Yo también te gusto?

Como tomaba algunos segundos en responder casi le suelto un discurso de que yo tenía certezas de grande, de que hay algo en uno que es grande aunque uno lo sea tanto, pero no fue necesario porque siguió:

–A mí lo de la edad no me importa Jorge…

¡Lo sabía! ¡Sabía que nuestra conexión era profunda!  Ahí me tembló un poco la mano y quise darle una lamida nerviosa al helado pero me contuve. No quería parecer infantil…

Dijo que sabía que había gente grande en cuerpo de chicos y viceversa; que ella misma había se había enamorado a los 12 años de un hombre de 20 y que había sido su novia.  

¿Novia? ¿había dicho novia?... escuchaba sus palabras. Un chorrito de helado derretido se deslizó por mi mano.

Dijo también que no estaba molesta porque hubiera utilizado un “actor”; que lo consideraba como una idea ingeniosa y que, aunque no toleraba las mentiras podía entender mi situación…

Y se detuvo para dar una largo lametazo al helado. Miró hacia la puerta y dijo.

–Mmmm…. No me gusta…

No supe qué decir; me debatía entre decirle que cambiáramos de helado pero pensé que el helado es algo muy personal, o decirle que lo cambiara, pero no tenía mas dinero para otro helado.

Como si hubiera escuchado mis pensamientos dijo con suavidad:

-No Jorge, el helado está bien. El que no me gusta es usted.