jueves, 27 de agosto de 2020

A LA LOQUILLA

Con un par de arrobas de sueño entre las cejas, después de leer por leer a un autoproclamado intelectual, la rabia, incapaz de convertirse en insulto, aparece como producto de una repetida sensación de sinsentido (Qué cursi hablar de la existencia y de su pérdida temporal de sustancia).

¿Saldrá algo que valga la pena?... 

Empiezo a formulario en modo de pregunta pero en el camino cambia el tono, se convierte en decreto.  Interesante caso, pasar con la música de la incertidumbre al vaticinio. 

Saldrá algo que valga la pena.

miércoles, 12 de agosto de 2020

LAS PALETAS Y LA FELICIDAD

Es frecuente que el deseo de chupar una paleta no llegue a tener la osadía de presentarse cuando se experimenta un alto grado de infelicidad. Sin embargo, si a un infeliz llega a presentársele por vía de un tercero la posibilidad de acceder a esta congelada golosina, no le quedará más remedio que optar entre dos alternativas: el rechazo, motivado por apego al sentimiento de infelicidad, o la aceptación y consecuente desprendimiento del apego antedicho.

Y es que la paleta obliga. En primer lugar, a respirar. En el 100% de las ocasiones en que un chupador de paleta –amateur o profesional– ejerza su actividad, lo primero que sobrevendrá será un suspiro más o menos intenso. Quien suspira pone freno, disminuye la inercia. Las vertiginosas actividades de la vida moderna pueden compararse con una extensa piscina que hay que atravesar aguantando el aliento para ser recuperado solo al final de la travesía.

Pero en el acto de respirar no se agotan los beneficiosos efectos de la paleta. El factor termostático es crucial. Por una parte refresca los tejidos con los que hace contacto de manera directa, e indirecta por vía digestiva, y por otra parte, quizá la más importante, disminuye la energía cinética de átomos y moléculas del cuerpo. El calor ofusca, desordena; el frío tranquiliza, arregla.

Por último, la significación erótica de la paleta como sustituto, y más aún como símbolo de la lactancia materna, con su concomitante experiencia de tranquilidad, saciedad y confianza en el mundo no pueden ser dejadas de lado. Así pues, que el acto de chupar paleta y la infelicidad son experiencias radicalmente excluyentes, es una verdad que cualquier ser humano, sin importar la etapa de la vida que atraviese, puede  certificar.

Vendo paletas a $3.000

lunes, 20 de julio de 2020

AVANCES Y RETROCESOS EN FILOSOFÍA

Había unos filósofos que, aunque nacidos en el XX, se consideraban a sí mismos como presocráticos. Para ellos no había existido ni existiría jamás pensador más grande que aquel filósofo visionario que se sabía previo a Sócrates y que afirmaba, sin que nadie se lo preguntara, cosas como que era lunes 24 de octubre del año VII antes de Cristo sin que nadie supiera a ciencia cierta qué o quién era Cristo. El filósofo, como el lector ya habrá adivinado, no era
nada más ni nada menos que Presócrates. 

Y no es que estos filósofos presocráticos desconocieran los aportes de Heidegger, de Marx, de Kant, Etcétera, esta última, una destacada filósofa del siglo tercero que merece una digresión: 

Etcétera desarrolló un principio a la vez técnico y pedagógico que consistía en dejar sus proposiciones inconclusas para estimular el ejercicio del cógito en sus discípulos. Su proposición más recordada sobre el origen del universo reza así: Los tres principios del universo son el ser... etcétera. 

Algunos de sus discípulos, que tuvieron desencuentros teóricos con ella crearon una escuela disidente, la de los puntosuspensivistas, en esencia similar pero con algunas diferencias conceptuales sutiles solo comprendidas por filósofos avezados. 

Como se dijo, no es que los filósofos desconocieran los aportes de los demás pensadores sino que para ellos Presócrates seguiría siendo siempre su guía, su faro, su empresa. 

Quizá uno de los aportes más valiosos de estos filósofos presocráticos no fue teórico, sino técnico. Consistía en la práctica del calentamiento previo al ejercicio de pensar, que se verificaba barajando ideas básicas y de corto alcance al principio, como la de que dos más dos son cuatro, que el tráfico vespertino es imposible y que la calidad de las maquinillas de afeitar del mercado de bajo costo es deplorable, entre otras. 

En otras ocasiones –a manera de calentamiento siempre–, se valían de un estímulo físico, por ejemplo un celular, para aceitar los engranajes de la que ellos gustaban llamar la cogito machina. La contemplación del celular generaba hipótesis sobre la forma, el peso, el 
volumen. Otras veces, buscando nuevas posibilidades, lo encendían y buscaban 
publicaciones al azar en las redes sociales como la de María Marai, cosmetóloga, 
cosmenauta, la más reputada influencer de Instagram y diva del mundo del maquillaje por internet. 

La publicación declaraba a sus seguidores y a sus patrocinadores la tajante negativa por su parte a promocionar marcas cosméticas que atentaran contra la integridad psicofísica de los animales. Las pruebas de cosméticos en animales, especialmente en monos, siempre 
resultan perjudiciales para ellos. 

Esta forma de calentamiento produjo en los filósofos reflexiones cada vez más 
sofisticadas, en este caso sobre la evolución: ¿Es la resistencia al maquillaje un logro evolutivo de la especie humana, y particularmente de las mujeres?, ¿Pudo algún tipo de maquillaje jurásico acabar con los dinosaurios y conservar sin embargo a las mujeres? ¿es el maquillaje una ventaja evolutiva? ¿existía maquillaje en aquella época?, ideas más o menos prometedoras pero todavía propias del calentamiento por pertenecer más bien al 
campo de la biología que al de la filosofía. 

Este método de calentamiento, tal como lo esperaban los filósofos, no tardó en rendir sus frutos. Los filósofos desarrollaron pensamientos complejos y cercanos a la verdad como ningunos otros lo hubieran logrado: cada idea se convertía en calentamiento de la próxima. Así fue que llegaron a saber tanto que estuvieron seguros de que en el transcurso de un par de meses llegarían a saberlo todo, absolutamente todo. Y hubieran 
llegado a hacerlo si no hubiera sido porque uno de los filósofos del grupo –tal vez más pragmático que presocrático– advirtió el hecho de que si llegaban a saberlo todo, más temprano que tarde iban a quedarse sin trabajo –su trabajo era pensar, y si no había nada más que pensar, ¿entonces qué trabajo les quedaba?-.

Esta idea a tiempo los impulsó a desarrollar quizá el más grande de sus aportes a la tradición filosófica: el método para olvidar, para des–saber que practicaban intercalado cada tanto tiempo para no llegar al fin del pensamiento. Por supuesto, nadie fuera de la comunidad filosófica sabía que estaban a punto de saberlo todo, aunque, por lo demás a nadie le interesaba tampoco lo que los filósofos pensaran o llegaran a saber, cómo a María Marai concentrada en llevar hasta extremos impensables el noble 
arte del maquillaje, un arte mucho, muchísimo más difícil de agotar que el de los filósofos.

martes, 16 de junio de 2020

EL DÍA


Unas veces hacía su aparición disfrazado con atuendos absurdos, otras veces fingiendo escenas de películas, otras, haciendo malabares. Para Joey, para Katherin y para Carmen se había convertido en un ritual esperar a Robert en el bar y verlo llegar con esos números circenses improvisados. 

Sin embargo, cuando apareció con el ramo de rosas en la mano y el sombrero de mago, Carmen entendió que esta vez el show del día era solo una fachada; que las rosas eran para ella. Por eso su perversa sonrisa de triunfo. Después de tantas sutiles insinuaciones –como la de descalzarse en el bar–, Robert había sucumbido a sus encantos latinos. Lo que venía adelante, lo conocía bien: Robert le pediría que abandonaran el lugar con alguna excusa, irían a su apartamento y pasarían una salvaje noche de pasión. 

Lo de Katherin era un poco más platónico. Hacía mucho tiempo que estaba secretamente enamorada de Robert sin que éste hubiera dado jamás una mínima muestra de interés. Recordó la infinidad de veces que había mencionado su gusto por las rosas, especialmente por las rojas. Las flores, sin duda, eran para ella.
Lo miraba y suspiraba. Evidentemente Robert era de los que se tomaba su tiempo, cosa que para ella, chica de tradiciones, estaba muy bien, pero el tiempo de espera, se decía Katherin, había terminado.

A Joey, por su parte, el truco de magia de la flores le recordó su tiempo de secundaria, el castigo en el que habían aprendido, de una revista, a hacer el truco. Esperaba celebrar con una risa el desenlace del viejo y gastado truco, ignorando que las rosas eran para él porque Robert se había decidido a declararle su amor -guardado en secreto desde la secundaria- y que esperaba consumar, después del bar, con una salvaje noche de pasión.

EL ELEGIDO


–No sé… serían algo así como las tres de la mañana... Me desperté y sentí una extraña necesidad de sentarme a escribir…

Aunque solo le había sucedido una vez había decidido consultar al psiquiatra. Y, no es que se creyera loco, claro que no, pero las historias de locura en su familia, aunque remotas, no dejaban de causarle alguna inquietud. Si en la política era conveniente ganar tiempo no veía por qué no lo fuera en cuestiones de salud mental.

–¿Algún informe pendiente, algún proyecto de ley, un artículo, un libro? –dijo el psiquiatra.

–¡Oh no, no! ¡para nada! Detesto escribir. Le digo que sentía que tenía que escribir, como si una fuerza… algo… no muy fuerte pero tampoco fácil de dominar ¿entiende?... una fuerza me obligaba a permanecer sentado hasta escribir…
»“Idiota”…

–¿Qué dice?

–Digo que “Idiota” fue lo que escribí después de treinta minutos de espera. Después sentí, ¡por fin!, que esa misma fuerza que me había obligado a escribir, me liberaba.

–¿Ha estado bajo presión últimamente… algún tipo de estrés...?  

–¡Siempre hay presión y estrés doctor! ¡Soy senador del Parlamento de los Estados Unidos! ¿Lo olvida?... Si supiera las cosas con las que tengo que lidiar, las responsabilidades que recaen sobre mis hombros... ¡Claro que hay presión, doctor!, ¡pero ese es mi trabajo!... –y después un poco más calmado–: Perdone, pero no creo que se trate de presión o de estrés. Debe ser otra cosa, no sé… algo más… 

–Es probable –continuó el psiquiatra– que esté usted autorreprochandose algún tipo de transgresión, alguna omisión… no del todo consciente, por supuesto…

El senador guardó silencio un par de segundos en los que, como hombre de poder descartó cualquier hipótesis, por ínfima que fuera, alusiva a la locura. Algunos borrosos antecedentes de locura en la familia –se reafirmó– no eran suficientes. Si llegó a dudar de su cordura había sido tal vez por encontrarse en un estado de somnolencia. Por otra parte, ¿quién no tenía algún caso de locura en la familia? Si esa circunstancia determinara la cordura no habría nadie cuerdo en el mundo. No. Estaba seguro de que su salud mental era la de un roble, inclusive mucho mayor que la del promedio ¡era un senador de la república por Dios!... y se despidió del psiquiatra con un gesto diplomático y displicente.

Tal vez el asunto hubiera terminado allí si la experiencia no hubiera seguido repitiéndose, si después de la noche “idiota”, no hubiera venido otra “imbécil” y después otra “ridículo”...

Era extraño. Su razón le decía, cuando escribía en sus nocturnas sesiones involuntarias, que lo escrito le era ajeno, que no tenía nada que ver con él, y sin embargo, si atendía con más cuidado sus reacciones sentía que la cualidad de lo escrito se le transmitía. Así se sentía ridículo, o según el caso, idiota o imbécil.
Para acabar de ajustar –algo que había callado al psiquiatra–, algunas noches tenía sueños mucho más confusos que los sueños habituales: luces, formas, sensaciones imposibles de definir. Al día siguiente, a punto de llenar el vaso con jugo de naranja, la palabra “extraterrestre” apareció en su mente.

Más tarde, en una reunión de su despacho, miró por la ventana y le pareció ver un brillo especial en el cielo, no demasiado intenso y sin embargo diferente, imposible también de explicar. El documental sobre el caso Roswell que había visto en la televisión la noche anterior lo había hecho pensar en nuevas hipótesis. En el gobierno siempre se hablaba a medias sobre la existencia de alienígenas, pruebas…

Fue su asesor más cercano quien lo conectó con Starks, el científico que se presentó a su casa arrastrando una maleta de viajero.

–Y… –le preguntó Starks una vez sentado en el sillón de la sala– ¿ha estado bajo mucha presión últimamente?

–¿Usted también? –respondió el senador con un tono de evidente desagrado.

–¿Qué?

–Digo… –respiró el senador–, ¿usted también es psiquiatra?

–Oh, no, claro que no, corrigió Starks, pero no hay que ser psiquiatra para saber que la hipótesis “extraterrestre” es bastante común en los delirios paranoicos. La policía existe, sabe, y sin embargo, hay quienes juran que les persigue… Pero no he venido a cuestionar su salud mental; no es esa mi ciencia.

Sin duda esa última declaración del científico le dio al senador la confianza para contarle a Starks mucho más que al psiquiatra:

–Estoy seguro de que no es algo mental, ¿sabe? Me siento y que estoy perfectamente bien. Creo que precisamente es por eso es que… es decir…  

–¿Qué?

–Intuyo que he sido… elegido.
»Y no me refiero solamente a los millones de ciudadanos que confiaron en mis capacidades para que vele por su bienestar y por sus intereses. Siento que mi destino ha sido marcado para procurar grandes transformaciones.

»Los extraterrestres. Sí. Ahora estoy convencido de que se trata de extraterrestres. Estoy seguro… no buscarían a alguien… cómo decirlo… a… un humano promedio… para algo tan crucial como las relaciones interplanetarias. He sido –seguro lo sabe–, canciller y ministro de asuntos exteriores ¿A quién si no a un diplomático iban a buscar los extraterrestres?… Sabía que estaba destinado para algo importante y sentía que no bastaba con ser senador; sabía que mi luz estaba destinada a iluminar asuntos mucho más grandes…

Como respuesta al improvisado discurso, Starks extrajo de su maleta un pequeño dispositivo que conectó al computador del senador y que con un “bip” señaló su correcto funcionamiento. En caso de algún tipo de intrusión –explicó–  se encenderá y registrará la actividad y, si estamos de suerte, su fuente. Acto seguido, sacó otro dispositivo del que emergían, como tentáculos, varios electrodos que empezó a instalar sin ninguna advertencia en la cabeza del senador. Si los humanos pueden hackear cerebros informáticos –dijo, celebrando previamente el final de la frase–, ¿por qué no podrían los extraterrestres hackear cerebros diplomáticos?...  

Los aparatos, sin embargo, permanecieron indiferentes. Nada nuevo sucedió esa noche, ni la noche siguiente. Ni los extraños fenómenos oníricos, ni las vigilias mecanográficas antes del amanecer, ni brillos acentuados en el cielo, nada. La semana siguiente, sin embargo, el senador escribió, tres y veinte de la mañana, en la pantalla de su computador un “Tenemos un mensaje para ustedes…”, esta vez tan claro, tan ajeno a su propia mente, que tomó el teléfono y llamó de inmediato a Starks.

–Espero que valga la pena –dijo cuando el senador le abrió la puerta.

Los ojos del científico parecieron hacer “bip” cuando leyó la información de los aparatos. Sí que había valido la pena despertarse y conducir los casi veinte kilómetros hasta la casa del senador. Evidentemente se trataba de una actividad inusual en el cerebro del senador, un comportamiento –dijo, con un leve temblor en los labios– que habría que estudiar, pero que sin duda correspondía a una actividad inusual y –que el supiera– sin antecedentes en un cerebro humano.  

Mientras revisaba los aparatos escuchó un nuevo teclear del senador que entonces había vuelto a sentarse en el escritorio. Se dio vuelta y leyó:

Ustedes… Sí ustedes, señor senador, señor Starks…, que piensan que los extraterrestres no tenemos más oficio que ocuparnos de lo que sucede en la tierra; ustedes, que están convencidos ¡siempre tan geocéntricos! de que todo gira alrededor de su especie y de su planeta, que suponen que las únicas comunicaciones extraterrestres están destinadas a ayudarlos o por el contrario a destruirlos, a robarlos, a invadirlos… ¡lo único que hacen es proyectar su propia naturaleza en nosotros!

Nunca se les pasa por la cabeza, –lo sabemos porque podemos saber qué pasa por sus cabezas–, que nuestro verdadero propósito sea el que hemos estado llevando a cabo: divertirnos a su costa.
Si quieren saber cómo –sabemos que su curiosidad es insaciable–  es algo similar a sus “teleconferencias”. Uno de nosotros escribe algo pero no directamente a su interlocutor, sino a través del ser humano con el que se comunica telepáticamente, aunque la conexión con el ser humano, dado su grado bajo de evolución, es bastante lenta.

Esto es, por supuesto, un juego, una especie de juego ¿cómo le llamarían ustedes? “retro”. Nos hace gracia ver cómo podemos transmitir ciertas emociones o comportamientos a ustedes y que ustedes, confundidos, neuróticos e inconscientes, no saben si eso que sienten les pertenece o no…

En cuanto a sus sueños, senador, a veces nos quedamos, por descuido, conectados a la mente del humano y cuando este duerme percibe extrañas entidades, incomprensibles para él. Siempre es hilarante (¡sí, también tenemos la risa!) ver sus reacciones a nuestra pornografía, a nuestras bromas ¡Es desopilante verlos ir al psiquiatra! ¡Ja! ¡al psiquiatra!... 

Si usted, senador, intuyó acertadamente nuestra intervención fue porque uno de nosotros penetró en su mente con un poco más intensidad, –un caso que sucede a veces por algún tipo de debilidad mental del receptor o por una mayor potencia en la señal del emisor, o ambas, no quisiéramos decirle cuál de los casos fue este.

Y sí, había sido usted elegido, el diplomático y senador del honorable Congreso de los Estados Unidos de América, elegido para un juego.

Después de un largo silencio, de muchas emociones encontradas, el primero en reaccionar fue el científico:

– ¿Se imagina lo que esto puede significar?... ¡el primer contacto demostrable! ¡Lo tengo todo sus encefalogramas! ¡La actividad de su red digital!... ¡tenemos pruebas! ¡Pruebas fehacientes!...

–Pruebas de qué –Preguntó el senador.

–¿Pruebas de qué?- –Se quedó otra vez estupefacto Starks… pruebas de…

–De nada. Completó el senador.  

sábado, 1 de febrero de 2020

IMPRESIONES SIN PENSAR MUCHO SOBRE UN “ACTO POÉTICO”


Llego al famoso Café Vallejo y todo está dispuesto para el “acto poético” que es lo que me dicen que va a ocurrir. No sé bien qué será eso del “acto poético” pero tengo mis intuiciones.

Vengo de manejar un buen rato, conectado con otros asuntos. Me hago de pie para descansar un rato. Después me siento a escuchar a los poetas.

El primero de ellos es un señor ya de ciertos años con la barba blanca. La barba pareciera ser una especie de requisito, un signo de filiación a la comunidad poética, aunque también, parafraseando a Freud, a veces una barba es solo una barba.…

El señor hace una introducción. Alude a Fernando Vallejo quien al parecer había estado en el café hacía un rato. Dice que una vez se lo encontró en el centro y que le pidió, sin conocerlo personalmente, que le permitiera acompañarlo a cruzar la calle. El maestro accedió, y, dice el poeta –no recuerdo su nombre, tal vez Oscar–, que fue algo “hermoso”. 

El poeta repite varias veces esta palabra a lo largo de su introducción.  Lee dos poemas: uno sobre un alacrán negro que hace alusión, según ha dicho, a su lado oscuro; es todo lo que logro recordar. Después lee otro. No recuerdo el nombre del poema, ni el poema; ni una sola palabra, ni una sola idea.

Después lee una poetisa –o una poeta; hay mujeres que prefieren este último título–. La poetisa –o poeta– tiene unas gafas grandes de esas que se oscurecen con la luz. Tiene el pelo largo. Insustancial dar el dato de la edad. Un poeta diría, a lo mejor, que uno tiene los años que siente.

Dice en su introducción que viene de un pueblo poco conocido. A lo mejor la poetisa no está muy habituada a hablar por micrófono o a lo mejor yo soy un poco sordo. Creí entender que el pueblo se llamaba Puerto Mosquito. Dice que en ese lugar no había carros ni alarmas, ni los ruidos de la ciudad sino pájaros. Lee dos poemas. No recuerdo el nombre de los poemas. Empieza el primero diciendo que vive en la calle 48, eso sí lo recuerdo porque empiezo a imaginar en qué parte de la ciudad queda la calle 48. Más adelante, en otro de sus poemas, hace alusión a la soledad. Algo sobre la soledad.

Escucho a los poetas –y digo “escucho” en el sentido más mecánico del término, en el sentido de que las ondas sonoras que emiten alcanzan mis órganos receptores–.  Mientras los escucho pienso que tengo una sordera para la poesía, tal vez incrementada por las condiciones del sonido, tal vez por mi propia sordera general.

No logro escuchar bien lo que dicen. Es como un murmullo en el que de pronto sobresale una que otra palabra: “calle 48”, “soledad”… es lo único que mi memoria y mi percepción del momento logran rescatar.

Me pasa eso con la poesía. Que no logro oír. Y si lo logro no logro recordar. Puedo escuchar una línea, pero en la siguiente ya he olvidado lo que decían en la primera. El sentido me huye diligentemente.

Sigue mi amigo, Andrés, el artífice del encuentro y hace una presentación breve sobre lo que va a leer: un cuento que escribió mientras vivió en la casa Vallejo y trabajaba con pedagogía Waldorf en un instituto que acogía a niños con diferentes condiciones especiales: retardo mental (dice), síndrome de Down, autismo.

A diferencia de sus compañeros lee sin micrófono. A diferencia de sus compañeros lo hace de pie. Declama, hace gestos, se dirige a diferentes sectores del público. 

Lo que lee me gusta. No sé si lo entiendo. Es algo surrealista… Cosas como que aquí no yace quien no existe… Me gustan mucho esas ideas porque creo que tienen relación con el humor que tanto me gusta y que tanto echo de menos en la poesía.  Los poetas parecen a veces siempre tan graves, tan lánguidos cuando dicen sus palabras len–ta–men–te, como saboreándolas, atendiendo a cada inflexión de la voz, a cada sonido. Será por eso que hablan de “La Palabra”, con mayúscula, como lo hacía la poeta de las gafas.

Termina de leer mi amigo. Me gusta. Logro escuchar lo que dice pero no podría decir hasta qué grado puedo “entender”, aunque, he oído, no es ese siempre el fin de la poesía.

Después lee el otro poeta, un señor de ciertos años, de barba –de barba– y pelo largo. Hace muchos juegos de palabras; juega a los diferentes sentidos de las frases, de las palabras, del estilo de: en lo que he sido… enloquecido. Nuevamente tiene cierta cercanía con el humor, con el doble, triple y hasta cuádruple sentido que pueden tener las palabras, las frases. Creo que es un “poeta sonoro”. Su poesía depende mucho de los sonidos.

¿Qué recuerdo de este poeta? Recuerdo que decía sobre la locura y sobre los cátaros. Que hacía muchos juegos de palabras. No recuerdo más.

Allí termina la primera ronda.

Mientras escuchaba a los poetas, a mi mente venían estas palabras: “esta gente está loca”; loca, como decía el último poeta. También pensaba: “están en otra frecuencia”.  

Llego a la casa después del acto poético a contarle Lía. Insisto sobre lo que me genera la  lectura de poesía: una especie de sordera y de frustración. Sé que el lenguaje poético es “encriptado”, como dice Andrés. –Dice que no entiende cómo el poeta lee las confesiones adoloridas de sus poemas y después la gente le aplaude en lugar de confortarlo o ponérsele a la orden para lo que necesite. “Si supieran por lo que uno tuvo que pasar para escribir eso”, dice.

Mi frustración es saber que allí hay un mensaje, hasta del tipo de una revelación, y sentir que no puedo decodificarlo o, como se dice vulgarmente “entenderlo”. Le digo a Andrés que la dificultad para decodificar el mensaje debe ser la razón por la cual la gente aplaude en lugar de mostrar su compasión al poeta, aunque por otra parte se supone que hay que aplaudir cuando alguien, un actor, un músico, o cualquier artista presenta su obra.

Esta mañana pensaba que todo parece tener, o tiene, una faz ridícula. Tal vez el poeta exagera en la expresión de sus sentimientos. “Fue hermoso” repite el poeta, y uno piensa, le pone mucha tiza a eso… sobre todo cuando lo repite más de dos o tres veces. Hay sospecha de cliché. Hay sospecha de pose. Hay sospecha de falta de autenticidad porque se puede ser poeta pero también se es ciudadano de a pie que se encuentra con otro y no le parece “hermoso” sino que simplemente se lo encuentra. Aunque por otro lado, puede ser perfectamente hermoso. El poeta se mueve, a mi juicio, en la cuerda floja entre lo sublime y lo ridículo. Seguro entre eso nos movemos todos.

Después hablo con Andrés. Le digo que mi mente piensa que están locos pero advierto que no se lo digo como un elogio o como una injuria.  Después hablamos del acto poético. Él dice que el acto poético no es leer poesía, que no es solo la lectura o la escritura, y que acaso ni siquiera es eso, sino estar siendo, circunstancia que aumenta el rango del acto poético a casi todo –o a todo–  lo que se haga con cierta conciencia.

Hablamos sobre la dinámica que se genera. Tras mi huida del evento, según me contó Andrés, el grupo se cohesionó: algunas personas, de manera espontánea, leyeron sus poemas, sin saber si lo eran. (Según lo que parece nunca es posible saber si lo que se escribe es un poema o no. “Eso es lo que dice la gente, que escribo poemas, habrá que creerles” dice la poeta de las gafas). Se generó algo, una dinámica grupal, algo que, dice Andrés, va más allá de leer poesía. Suceden cosas de la vida…

Ahí nos encontramos y hasta ahí llega nuestra conversación porque el celular se apaga sin avisar: ¿agotamiento de la batería, contingencia poética, cosas de la vida? No sé.     

miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA MÁQUINA

Cuando sacaron la máquina de la caja no le vieron ningún recipiente para echar aceite; tampoco nada parecido a una superficie generadora de calor. La máquina constaba de un tubo –similar al de un órgano de iglesia– que iba conectado a una base cónica parecida a la de una licuadora y que tenía un tablero con botones de colores.  


Al ver que no era lo que esperaban se dispusieron a guardarla de nuevo, pero el hijo mayor, curioso de temperamento, pidió que lo dejaran accionarla para ver qué era lo que hacía. Concedido el permiso, conectó el cable a la corriente y después presionó el botón que, según el dibujo, encendía la máquina.

Lo único que parecía hacer la máquina era un sonido que no supieron si era porque tenía una falla o era el que, hiciera lo que hiciera la máquina, le correspondía. Casi al mismo tiempo escucharon un sonido similar que provenía, no de la máquina, sino de la boca del niño pequeño de la casa. Tardaron una fracción de segundo en reconocer el sonido: era el de una carcajada.

Un poco desconcertados volvieron a leer –esta vez bien–, las instrucciones de la caja, y entonces lo entendieron: la máquina no era una máquina Freidora. Era una máquina reidora.

Conocido el propósito de la máquina cayeron en cuenta de que el niño, que casi no se reía, lo había hecho. Para constatar la relación causa–efecto volvieron a accionar la máquina y el niño se volvió a reír. Hasta el papá, que era un tipo muy serio, al ver reír a su hijo, no pudo evitar hacer lo mismo y la máquina se ganó la aprobación de la familia. Ahora el hijo mayor tuvo vía libre para explorar sus posibilidades: unas veces variaba –pues la máquina permitía hacerlo– la  intensidad, otras veces la frecuencia y otras el tono, con lo que logró obtener una notable variedad de risas que a su vez hicieron reír a la familia.

La máquina también tenía un programa para a imitar el tono, la intensidad, y las oscilaciones de las risas que escuchaba. Cuando estaba encendida costaba trabajo diferenciar si se trataba de las risas artificiales o de las de sus dueños.

Decidieron –como recomendaba el manual– dejar la máquina encendida todo el día como quien pone un ambientador, pero en este caso no de olores sino de risas.

Se les volvió costumbre dejar la máquina encendida todo el día de modo que entre las risas programadas y las que la máquina aprendía, en la casa se escuchaban risas frecuentes sin que se supiera con precisión si eran las de los miembros de la familia o las de la máquina. A veces eran unas, a veces otras y a veces ambas; así que por efecto de la máquina, esa gente, que antes era reconocida en el barrio por su gravedad y seriedad, se volvió tan risueña que los vecinos se atrevieron a tocar la puerta para saber qué pasaba, qué era lo que hacían, por qué tanta risa.

Los de la casa, que se habían convertido en personas de buen humor, los invitaban a pasar y los vecinos la pasaban muy bien. Al salir, sin embargo, por falta de costumbre, cuando volvían a sus casas, se olvidaban de reír así que las nuevas máquinas no se hicieron esperar y desde entonces se oyen constantemente risas en el barrio a pesar de que las máquinas se fueron dañando paulatinamente y nunca fueron arregladas ni reemplazadas.

viernes, 4 de octubre de 2019

EL ARTISTA

El tipo, impecablemente vestido, está en su casa. El humo del tabaco asciende sinuoso por las vigas del techo. Toma un whisky. Mira por la ventana: los pájaros, las pequeñas flores amarillas que caen como hélices de los árboles.

¡Púmmmmmmm!… una explosión. Los vidrios de la ventana se quiebran, las porcelanas caen de las mesa del café, la lámpara de lágrimas oscila en el techo. El tipo baja las escaleras lentamente (está en el segundo piso). Abre la puerta de calle y se asoma. El humo negro y denso no deja ver qué ha explotado aunque sí deja oír los gritos de la gente, los murmullos, las conversaciones, las sirenas de las ambulancias y de la policía que se acercan desde lo lejos.

¡Bum! otra explosión, menos grande que la primera, y vuelan tejas, esquirlas de aluminio de las canaletas de un techo; huele a polvo, a sustancias químicas indefinibles. Un trozo de vidrio ha ido a dar a la pierna de una mujer que lanza gemidos de dolor.

Cuando el humo se disipa deja a la vista los restos de la casa del empresario de la multinacional.

Que no había nadie en la casa, informa un rescatista y se susurra que la explosión, demasiado uniforme para tratarse del caño del gas abierto o de un corto circuito, puede ser el producto de una venganza, de un chantaje, de alguien que ha querido enviar un mensaje de amenaza, de protesta, de reivindicación, pero el autor parece haber calculado el momento poco frecuente en que la casa estuviera vacía. No es un asesino.  

-¿Se encuentra bien? Le preguntan los bomberos que interpretan su indiferencia como efecto de un shock emocional porque contempla el cuadro como si fuera eso, un cuadro, un cuadro en una galería porque parecen no importarle los daños, el dolor ajeno, el ruido, el gesto, el despliegue vigoroso de los rescatistas, las pesquisas cuidadosas de los policías, las preguntas, las libretas, las cámaras de televisión…

-Señor ¿qué ha sucedido?…

No responde. Le vuelven a atribuir un shock y esta vez llaman a los paramédicos que lo recuestan en una camilla. Sigue sin hablar. Se lo llevan, se deja llevar, le examinan las pupilas, mi nombre es Carlos, cuántos dedos ve, cuál es su nombre… Sigue sin responder. Lo dejan acostado en la camilla provisionalmente esperando a que reaccione, hay otras personas que atender.

Al final de la tarde, excepto por la casa destruida, todo vuelve a la normalidad. Le quedan algunas partes inalteradas, un pedazo de cocina, los baños -el sanitario del empresario más poderoso de la ciudad, descubierto, como cualquier baño miserable de barrio pobre-, los cordones de la policía. El silencio retorna. La calma.  

Al mediodía del día siguiente los albañiles, los vidrieros y los pintores han restaurado la casa del tipo que vuelve a estar impecable. En la biblioteca del segundo piso suena música clásica, Brahms tal vez. El tipo enciende un tabaco, se sirve un whisky, contempla por la ventana los árboles, las pequeñas flores amarillas que caen como hélices, los pájaros…

¡Buuuum! Algo explota. 

EL GATO



De vez en cuando, a diferencia de los niños que le prodigan arrumacos violentos y de los visitantes citadinos que le dedican gestos hiperbólicos de devoción dirigidos a un lente real o imaginario, el tipo le soba un par de veces la cabeza al gato, masculla un sonido gutural y sigue su camino.

En las noches, probablemente en busca de roedores, el gato trepa al techo y con ruido notorio, desacomoda las tejas de la casa. El dueño de casa, a medias dormido, a medias despierto, se promete que al día siguiente va a tomar cartas en el asunto. Pero ¿qué puede hacer? ¿regañarlo?, ¿dedicarle un discurso? ¿golpearlo? No puede decir que el gato, aparecido un día cualquiera, sea suyo. De todos modos los gatos no tienen dueño ni obedecen órdenes. ¿Matarlo? no es para tanto; además, el gato controla la población ratonil. El tipo se da vuelta en la cama sabiendo que no va a hacer nada, que el gato va a seguir trepando al tejado cuando quiera y que cada tanto, cuando llueva, cuando las goteras, va a subirse al techo y maldecirlo.

Un día el gato desaparece. El tipo intuye que una misión suprahumana o suprafelina ha sido cumplida y que es menester que el gato desparrame tejas en otro lugar. Ha sido una pérdida limpia y sin dolor, aunque en las noches el tipo sigue despertándose a constatar el silencio de las tejas y vuelve al sueño sin soñar con el gato ni con nada que se le parezca.  

lunes, 26 de agosto de 2019

EL VENDEDOR

-Una aspiradora? Pero señor! ya no se venden cosas puerta a puerta!
-Y por qué?
-Pues...  la gente está más ocupada y pasa menos tiempo en su casa; muy pocos tienen empleada doméstica y si la tienen no le autorizan hacer compras. Además, ya casi nadie usa tapetes, y en cuanto a la seguridad... oh! Déjeme decirle! La seguridad... o mejor, la inseguridad!... Si yo le estoy atendiendo en la puerta de mi casa es porque llevo un revólver conmigo y nunca dudo en usarlo cuando alguien quiere hacerme daño. Pero es evidente que usted no tiene intenciones, yo sé reconocer cuando alguien quiere hacerme daño...  Usted, usted... parece un tipo que se ha montado o que lo han montado (sin que usted se diera cuenta) en una máquina del tiempo y ahora, inocentemente, quiere seguir haciendo su trabajo como lo hacía en su época, en la que se vendían aspiradoras, biblias y enciclopedias puerta a puerta.

El tipo, realmente preocupado, se preguntó qué iba a ser de él en un mundo sin aspiradoras, sin enciclopedias, sin biblias puerta a puerta. Se despidió cabizbajo, dando la espalda a su imposible comprador para iniciar una lánguida e incierta caminata hacia ningún lado. Un par de pasos más adelante se detuvo, los ojos iluminados por un brillo fortuito. Se metió el tubo de la aspiradora por dentro de la pretina del pantalón, caminó un par de pasos más, se dio vuelta rápidamente y sacó el tubo del pantalón apuntándole con él al tipo de la puerta quien, curtido en duelos del siglo XXI, desenfundó el treinta y ocho y lo vació completo en el cuerpo del vendedor. Un par de balas lograron colarse por el tubo de la aspiradora apagada.

domingo, 3 de febrero de 2019

Piscina

El reflejo del edificio en el agua de la piscina, invertido. El edificio se contrae y se expande así como sus habitantes, seres de una visión de pesadilla, de traba, de delirio alucinante y el mismo pertrecho de pájaros, de nubes, la misma cosa azul en el cielo.

Los pájaros que bajan como aviones a tomar buches de la piscina.

Una mariposa liviana.

Dos o tres aviones de vuelo cómico y cauchudo reflejados en las piscinas.

Los inefables gallinazos como cuchillas en el cielo.

La vulgaridad de una pelea en la televisión.

El olor fuerte de inmundicias y jabones.

El viento que limpia, que aleja los malos espíritus.

viernes, 28 de septiembre de 2018

IN THE MALL

La gente es también una especie de paisaje.

El ruido es doloroso. Los operarios de la empresa de sonido golpean, para desarmarlo, un altísimo marco metálico que se usa para sostener luces, bafles y adornos. Después llevan las piezas –parecen grandes escaleras–, a un camión. Todo hombre enfrentado a un objeto que lo supera en tamaño parece un enano.
Un tipo con dos cachorros de raza pequeña entra a la plazoleta. Uno de los fornidos operarios de la empresa de sonido, al verlos, se enternece: los acaricia, pregunta cómo se llaman, de qué raza son, cuenta que él también tiene una perrita.  
Un observatorio de gente. El centro comercial es también un observatorio.
El centro comercial alberga un gimnasio de una franquicia reconocida; por eso desfilan hombres y mujeres en lycra, tenis y camiseta que van o vienen al o del gimnasio… 
Un viejito encorvado se pierde en las fauces de la escalera eléctrica.
Una jovencita sube detrás del viejito multiplicando su velocidad sobre los escalones en movimiento.
Una niña de vestido naranja habla para sí misma, para el aire. Su papá, que viene unos pasos adelante, se detiene para que ella lo alcance. Algo le dice.

miércoles, 8 de agosto de 2018

LOS HÁBITOS Y EL ARTE

Al menos un hábito tengo en la vida. Bueno, tal vez más, pero quizá el más sagrado sea el de lavar los calzoncillos mientras me ducho. No es un hábito antiguo. Es relativamente reciente pero ha logrado arraigarse. Que se necesitan veintiún días para fijar un hábito, dicen.

Es una de mis felicidades ver que, sin importar las condiciones –si estoy triste, aburrido, contento, si estoy somnoliento–, el hábito siempre se verifica. Algunas veces pienso –por una fracción de segundo– en la posibilidad de obviarlo o aplazarlo, para bañarme más rápido si estoy de afán, o por pura y simple rebeldía; por esa tendencia que tenemos a decir ¡qué va,! por ese placer de desdeñar la costumbre o la ley y decir ¡Ah, hoy no voy a hacer esto!... Pero siempre termino lavándolos. Es lo que llaman la fuerza del hábito: dejar de hacerlo no es nada grave, pero es algo que simplemente se hace, tal vez porque uno no quiere dañar un récord.

Después de lavarlos los cuelgo en un tendedero, una estructura de varillas, fija en la pared, que se extiende y encoge como un acordeón y que vista desde arriba se ve más o menos así: IIIII. Pero no los cuelgo de cada varilla individual, doblegados, como si hubieran quedado exhaustos y vencidos a medio camino de pasar una barda, sino de tal manera que hacen un puente entre varilla y varilla. El aire circula con más facilidad entre sus fibras y se secan más rápido.

Cuando hay varios, unos cinco o seis -tengo uno para cada día-, me detengo a contemplarlos: parecen leopardos perezosos, las patas colgando, acostados en la rama gruesa de un árbol ¡Me parece tan bonita mi simple y diaria obra de arte!... 

lunes, 18 de junio de 2018

UN ENSAYO

Esto no es fácil; a veces se experimenta una particular forma del dolor, un sentimiento de futilidad, de vergonzosa pérdida de tiempo.

Pero otras veces, entre línea y línea, surge algo: un chispazo, una conexión con cosas que uno no sabía que tenía por ahí en sus mientes inconscientes y que termina generando un sentimiento de unidad, una  felicidad (efímera, sí, pero al fin y al cabo felicidad). Es como si esa cosa indescifrable que se siente encontrara un modo de expresarse -que hasta terapéutico será–. 

A lo mejor, o seguro, ese chispazo es la razón por la cual uno decide arriesgarse entre la producción creativa y el sentimiento de futilidad, a sabiendas de que no se sabe, de que en general nunca se sabe nada.

miércoles, 6 de junio de 2018


Recuerdo que me gustaba mucho sincronizar el reloj con el del “06”; que los segundos coincidieran. Había que llamar varias veces para lograr “coger” a la “muñequita” –como le decían algunos– cuando fuera en cero: por fortuna la muñequita decía los segundos de diez en diez.

Era toda una experiencia sincronizar el reloj con el servicio de hora de la empresa telefónica.

Siempre me gustó medir, contar, sincronizar. Especialmente el tiempo.

Creo que lo heredé o lo aprendí de mi papá. También a él le gustaba medir, contar, contabilizar.

Hay un texto cómico en el que se comparan los diversos signos del zodiaco. Se hace referencia a la pasión de los virgo –era el signo de mi padre– por medir y controlar situaciones. El texto se pregunta cuántas personas del mismo signo se necesitan para cambiar un bombillo. En el caso de virgo, dice, se necesitan cinco: uno para cambiar el bombillo, otro para tomar nota sobre la hora en que el bombillo se dañó, otro para registrar la hora en que se cambió, otro para determinar quién fue el responsable de que se hubiera fundido y  otro para dejar por escrito de cuántos watts era el bombillo.

Los relojes digitales me recuerdan mi niñez, mi carácter, y de paso me recuerdan a mi padre, a quien también le gustaba mucho medir.

Cómo es que detrás de cada cosa hay un recuerdo…

Cómo es que es imposible agotar los recuerdos. Cuando crees que ya no vas a recordar nada más, por olvido, o porque crees que ya no hay más recuerdos, ¡zas!, aparece uno que te vincula con la niñez, con el padre, los hermanos, la madre…

Y esos recuerdos te traen emociones: nostalgia o tristeza, a veces dolor. Y bueno, también alegría a veces.

miércoles, 9 de mayo de 2018

MARTÍNEZ


Era “querido” desde Pedrito, desde que jugaba con piedras, bichos y esqueletos de bichos. Su apellido, Martínez, parecía predestinarlo a ser oficinista: Martínez, como los ángulos filosos de un escritorio notarial. Su padre, un Martínez que combinaba a la perfección con muebles viejos, antiparras y maletines no parecía guardar nada de la secreta etimología de su apellido: Marte, dios de la guerra, Martillo, herramienta contundente. Martínez, llamado por su apellido y subordinado.
Martínez podía generar cariño o indiferencia pero nunca, jamás, odio. Ni podía esperarse que él mismo lo experimentara hacia alguien. Martínez era un buenazo; bien peinado, cumplidor de su deber, el tipo de persona que nunca se sale de la raya, que nunca cae en los extremos...
Por eso sorprendió la súbita locura de Martínez. A nadie le cabía en la cabeza como es que había dado en un comportamiento “tan poco Martínez” como ponerse a bailar de súbito, sin orden ni concierto, nunca mejor dicho, al principio, de manera casi imperceptible hasta para él mismo, un pie zapateando debajo del escritorio, y de pronto el talón alternado con la punta, y unos movimientos sutilísimos del cuello que se sumaban al zapateo, al principio silencioso pero cada vez más decidido y más cadente, los labios con el aire una suavísima percusión, los dedos soltándose de la máquina de escribir para apoyarse en la mesa y en un solo movimiento poniéndose de pie para dar algunos pasos, todavía muy Martínez, confundibles con un breve y justificado desplazamiento en busca de un folio, una fotocopia un dato… hasta que la señora vieja de bolso y pelo morado que hacía fila para un trámite de sucesión no pudo negarse a la mano que se le extendía pidiéndole bailar una pieza inaudible, al menos fuera de la cabeza de Pedro Martínez, Aunque, de todos modos no puede asegurarse que los tangos cantados hace miles de años no vivan en el ambiente porque nada realmente se agota (aunque después de un rato la señora sí) o que los teclazos de las máquinas no marcaran un ritmo disimulado, clandestino al que Pedro obedecía mientras guiaba a la señora, ya entregada, por entre los escritorios de sus colegas, rompiendo la fila de autenticaciones, de escrituras públicas, y haciendo torcer el camino a la empleada de oficios varios que trapeaba para entonces el piso. 
Ese podría haber sido un hecho aislado, anecdótico, que hubiera pasado desapercibido si no es que Pedro hubiera seguido con relativa frecuencia interrumpiendo sus labores con los folios para pararse y dar unos pasos, algunas veces de tango como aquella vez, y otras veces de bailes exóticos como la Matruschka rusa, la Salsa caribeña y hasta unos movimientos de Ballet.

En la cabeza de Martínez apareció este pensamiento involuntario: «Voy a dar vueltas como un loco que espera en la sala de un psiquiatra» y se puso piernas a la obra: caminaba en círculos pequeños cuyo radio iba ampliando paulatinamente logrando espirales; cuando la espiral se encontraba con las sillas y las paredes de la sala de espera, se desplazaba en línea recta, cambiaba su centro y empezaba a describir nuevas espirales. Otras veces se limitaba al círculo. Iba de la espiral al círculo. Las suelas de caucho chirreaban en el piso recién encerado. Después de unos minutos sacudió la cabeza como sacudiéndose un estado mental y volvió a su sitio junto a la señora de mirada paralítica y al señor (o señora) con traje, corbata y maletín que rebotaba las piernas en el piso, miraba el reloj, tomaba y dejaba una revista y volvía a mirar el reloj.
Por su parte Pedro ojea una revista vieja, imagina la entrevista,
Yo no quiero contradecirlo doctor… –el psiquiatra en cuestión es Pedro Andersen– Martínez estaría dispuesto a reconocer que si el doctor Andersen dijera que estaba loco entonces era porque estaba loco, no sería capaz de discutirle al doctor con todo su conocimiento sobre un tema que él apenas ha pensado ocasionalmente y sin duda no a causa de los sucesos recientes en la notaría.  Pero si me lo pregunta.
–si no se trata de eso Pedro, puedo llamarlo Pedro? Sabe disocia. ¿disocia qué? Pedro no sabe qué significa disociar, desconoce la jerga, tanto como el doctor desconoce la jerga de las notarías… tal y tal, y las certificaciones, jerga de notaría.
No hombre, quiere decirle Pedro, pero no quiere traspasar las fronteras de la abstinencia técnica, le ha caído, como a la mayoría de gente, bien al doctor si no se trata de eso Pedro a veces lo que pasa es que mínimamente … cómo decirlo… un tipo que trabaja como usted en una notaría y de pronto… se pone a baila…
– ¿A qué doctor?.
–A bailar…
–¿Bailar?,
No tenía idea de que esto le sucedía. Sí, era cierto que una vez recuperaba su estado normal sacudía la cabeza sentía que algo había pasado pero era incapaz de decir qué, una sensación, y la constatación aunque no sin cierta duda de que sus colegas y los clientes de la notaría lo miraban con cierta extrañeza mal disimulada. Pero Pedro no tenía, no sabe si es que le parecía o que efectivamente la gente lo miraba. De todos modos la gente se encontraba haciendo y tenía la necesidad de hacer sus trámites y tampoco quiere ser demasiado explícita, la conducta social ante quien realiza un acto socialmente inapropiado o poco común.  Pedro no sabía si realmente lo estaban mirando o al él le parecía. Sí podía constatar la aceleración del ritmo de su corazón y el sudor como si hubiera corrido un par de cuadras, y cierta difusa sensación de haber sentido algo bueno, como cuando unos está contento y no sabe por qué es que está contento, sabe que hay un motivo pero no puede recordarlo….
–¿Bailar doctor? ¿A qué se refiere usted?…
–En la notaría, ¿no lo recuerda?
Pedro se ve sorprendido y alcanza a pensar que se trata de una broma de sus compañeros de la oficina aunque él no es tipo de ese tipo de confianzas y por lo tanto no muy dado a las burlas, a las chanzas, a ese tipo de cosas. Se diría que pedro Martínez desconoce el humor porque el humor tiene una algo de irrespetuoso, de mala educación… sin ser demasiado rígido Martínez… pero descarta la posibilidad, no es de bromas con sus compañeros y de todos modos sus compañeros son personas, la mayoría mucho más adultos que él, una señora, Gladis, de esas de gafas con estilo gatúbelo y un collarín pegado a las gafas que paulatinamente ha ido cogiendo el mismo olor de la notaría, una mezcla de madera vieja, perfume y cigarrillo porque intenta, sin éxito, tapar el perfume con el olor a los cigarrillos de los descansos un perfume de persona de mayor edad,  y está todavía Bertulfo, un funcionario que trabaja en la notaría desde que se abrió y que era compañero de su padre, no, no creía que podría tratarse de una broma de sus compañeros, y menos del señor notario que vivía bastante ocupado y que no era del estilo de intimar con sus subalternos más de lo necesario y mucho menos de permitirse la intimidad de hacer un a broma. Pedro está convencido de que no se trata de una broma ni de un programa de esos de la televisión en los que hay una cámara escondida… piensa entonces que efectivamente le ha pasado algo, el doctor se ve suficientemente serio como para estarle haciendo una broma…
¿Bailar?... pero qué cosa tan extraña si pedro Martínez nunca ha bailado. Nunca bailó en las fiestas de su juventud. Su sentido de la armonía y el orden no le permitían exponerse a bailar porque lo había intentado y cada una de su piernas parecía tener autonomía individual así que había abandonado la intención de hacerlo sin ningún tipo de violencia, simplemente con la aceptación de quien no puede distinguir los colores o tiene una deficiencia visual, nada demasiado grave y que acepta su limitación sin mucho drama porque si algo no era Pedro Martínez era dramático.  
descarga la revista en la mesita y se retira afuera de la sala donde lo recibe una calle poco transitada en cuya esquina una señora vende cigarrillos y dulces dispuestos ordenadamente en un carrito de bebé. Lleva una gorra vieja con un logotipo blanco a medio borrar. Al frente prospera una panadería. El olor del pan y de los pasteles recién horneados se impone sobre el humo de las chimeneas, y el hollín adherido a las aceras, a los muros, a los pulmones.

En la sala de espera del psiquiatra la empleada de oficios varios contempla las huellas de Pedro en el piso. Se le parecen a esos diseños que –vio en la televisión–, hacen los extraterrestres en los trigales. 

miércoles, 28 de marzo de 2018

EL CORAZÓN


El corazón es el que más sufre porque reacciona a todo. Es bastante sensible. Se encoge con mucha fuerza, intenta reducirse a su menor expresión. Es como si el corazón quisiera implotar, replegarse sobre sí mismo, hacer una especie de big bang invertido...

A propósito, dicen que eso es lo que va a suceder un día con el universo; que después del final de su expansión, empezará el proceso contrario. Ying yang... el universo es como un pulmón que se infla y se desinfla o también como un corazón que hace sístole y diástole…

Sí. Eso es. Es lo que intenta hacer el corazón: implotar… pero claro, como no tiene la suficiente fuerza, entonces permanece lo más agazapado posible. Y de pronto se empieza a asomar, como un niño que se asoma desde debajo de la mesa a ver si ya todo pasó, si ya todo está bien, y como le parezca que ya todo ha pasado, empieza a relajarse y a volver a su tamaño natural y a sentirse bien consigo mismo. A latir, flexible, a conectarse con la respiración.

El pulmón y el corazón se sincronizan como si fueran dos músicos, y ahí todo es armonía, un jazz orgánico… Los pulmones se empiezan a relajar: también las costillas, y los huesos que protegen el pulmón… y el tórax… y el pecho… 

Y se empieza a disfrutar el hecho de vivir; lo que equivale a vivir porque no disfrutar la vida es sinónimo de no vivir.

lunes, 22 de enero de 2018

EN EL "MONDA Y LIRONDA"

No es que el ruido disminuya sino que cambia su forma. Ahora es un parloteo indiferenciado de mujeres hablando, platos chocando, murmullos inidentificables. Una niña–niño–bebé quejándose.

–Oiga señor…  El internet no está funcionando…  –le dice al mesero con dulzura absoluta la muchacha de ojos y pelo y cejas negras largas como sombreros de ala ancha.

En otra mesa dos tipos se sonríen.

Una joven con un águila tatuada en el pecho se va al baño. Mientras la espera, su compañero o amigo se frota la barbilla con el dedo y ejecuta ese gesto entre ansioso y placentero de zapatear en el piso.

Algo muy rápido se cuela por los arbustos (una especie de pinos tupidos), tal vez un pájaro, que desordena las hojas del árbol (casi todo lo que se dice de los pájaros es poético o es bonito).  Una humarada se desprende del tipo que se reía y que ahora bosteza, un tipo con esa extraña barba sin bigote. La del pelo negro sorbe una taza gigante de algo que parece chocolate.

Las miradas que se cruzan los mirantes con los mirados, los miradores con los mirantes.

Las sensaciones en los pulmones.

La flaca del tatuaje hace un reguero al echarle café caliente al helado. El humo se deprende de su cenicero pintando siluetas efímeras en el aire.

El cielo aparece en escena. Un par de nubes sin mucha forma. Se parecen a los dibujos del humo. Los ojos muy abiertos de la negra que espera al camarero –conociendo este café se sabe que le va a tocar esperar bastante–.  Serísima operando su celular.

Hay gente que tiene una forma nerviosa de fumar, como la joven del tatuaje de pájaro o de águila. Podría hacerse un tratado de personalidad según la forma como la gente fuma. Esta coge el cigarrillo en un ademán rápido. Rápido lleva la mano al cenicero para cazar el cigarrillo, rápido se lo mete en la boca, rápido lo aspira, rápido exhala. No vale la pena fumar así, fumar de afán, fumar de prisa… es como si hubiera cierta culpa en ello, cierto temor de ser sorprendida por un ojo externo o interno. La pelada del tatuaje se ha calado unas gafas gatúbelas. 

–Ey parce háblame de ese tatuaje por favor…. Ustedes los tatuados no pueden pensar que pueden pasearse impunemente por el mundo exhibiendo sus dibujos, sin nadie los mire ni les pregunte por ese misterio…

La columna se endereza un poco. Toro sentado cruza los brazos sobre el pecho.  La tórtola –Zenaida auriculata– vuela de izquierda a derecha -en el sentido de la lectura- y aterriza en un muro.

Punto.

YA SE ABRE LA CAJA

Oscuro. Adentro. Estoy encerrado en esta caja y juro que no vi el palo ni la pita ni el cazador. Se está bien en esta cajita mientras tanto aunque ya sé que voy a morir, sea porque me utilicen directamente como alimento, o porque me tomen por mascota sin serlo. Me van a coger y me van a hacer pedazos; me van a cargar todo el tiempo ¡Si soy un viejo! Creen que porque soy pequeño soy como ellos, no pueden ver otra cosa que a ellos mismos. Me van a sobar y a sobar y a cargar y me van a dejar caer y no faltará quien me intente pinchar los ojos o deleitarse con mis reacciones de molestia o de fastidio que a los otros les hará gracia, hijos de puta, o querrán quererme pero su amor será tan invasivo, tal asfixiante que terminaré por morir también, o por su poca o nula responsabilidad me dejarán y me olvidarán como hacen con sus juguetes, así son ellos, y cuando pase la novedad dejarán de alimentarme y moriré a no ser que encuentre una buena oportunidad para escapar, algunos lo han logrado, en un momento de descuido, a total velocidad, y volver a casa, si no es que te han llevado muy lejos de tu lugar de origen y entonces tendrás que adaptarte a unas nuevas condiciones. Podrías adaptarte o no adaptarte. Algunos sobreviven, muchos sobremueren, porque estar en cautiverio no es vivir, es una especie de sobremorir...


¡Ya se abre la caja!... ya escucho la risa de los verdugos inocentes. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

CRÓNICA MATUTINA

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…
…chispean platillos de música electrónica.
Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…
…sueñan con oídos electrones musicales...
Chiqui chí, chiqui chí…
Es lo único que se escucha...

El barrio está silencioso esta mañana:
Chiqui– chí…
el ciclo de la nevera,
Chiqui– chí…
el rugido distante de los camiones,
Chiqui– chí…
el vapor levitando en el tendedero,
Chiqui– chí…
las tripas trasnochadas demandan su salario,
Chiqui– chí…
los perros se trenzan en ladridos de batalla...

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…

El que no tiene nombre mira el eclipse de pájaros y sol,
se endereza traqueando la marimba de su espalda,
sorbe una porción gourmet de viento,

Endereza la espalda bailando el chiqui–chí.
se estira como un gato que intenta cosechar un mirlo.
E intuye el nirvana de las diez de la mañana.

Se acuerda de Ella, a esta hora, apéndice del laburo:
Su cola de caballo dorada, amarrada a la pantalla de un mundo de murmullos laborales.

El hambre lo remolca a la cocina, chiqui chí repetido en distintas ocasiones:
Las futuras tostadas se calientan en la parrilla,
las dos cargas de café, la taza, el agua,  
la avalancha de leche en polvo y azúcar que la licuadora atormenta…

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…

La cafetera incontiene la infusión
Exhala vaporosa y sostenida
–ese orgasmo que le es propio–.
(La que si tiene nombre vuelve a la memoria)…

Libra desayuna con la imagen de la cabra
así como los perros conversan desde los balcones.
El estómago notifica al cerebro su alivio y esperanza,
Cesa el chiqui chí, saciado su hambre de oídos,
se trueca en vallenato la montaña…
edita sus notas el colibrí…