miércoles, 8 de agosto de 2018

LOS HÁBITOS Y EL ARTE

Al menos un hábito tengo en la vida. Bueno, tal vez más, pero quizá el más sagrado sea el de lavar los calzoncillos mientras me ducho. No es un hábito antiguo. Es relativamente reciente pero ha logrado arraigarse. Que se necesitan veintiún días para fijar un hábito, dicen.

Es una de mis felicidades ver que, sin importar las condiciones –si estoy triste, aburrido, contento, si estoy somnoliento–, el hábito siempre se verifica. Algunas veces pienso –por una fracción de segundo– en la posibilidad de obviarlo o aplazarlo, para bañarme más rápido si estoy de afán, o por pura y simple rebeldía; por esa tendencia que tenemos a decir ¡qué va,! por ese placer de desdeñar la costumbre o la ley y decir ¡Ah, hoy no voy a hacer esto!... Pero siempre termino lavándolos. Es lo que llaman la fuerza del hábito: dejar de hacerlo no es nada grave, pero es algo que simplemente se hace, tal vez porque uno no quiere dañar un récord.

Después de lavarlos los cuelgo en un tendedero, una estructura de varillas, fija en la pared, que se extiende y encoge como un acordeón y que vista desde arriba se ve más o menos así: IIIII. Pero no los cuelgo de cada varilla individual, doblegados, como si hubieran quedado exhaustos y vencidos a medio camino de pasar una barda, sino de tal manera que hacen un puente entre varilla y varilla. El aire circula con más facilidad entre sus fibras y se secan más rápido.

Cuando hay varios, unos cinco o seis -tengo uno para cada día-, me detengo a contemplarlos: parecen leopardos perezosos, las patas colgando, acostados en la rama gruesa de un árbol ¡Me parece tan bonita mi simple y diaria obra de arte!... 

lunes, 18 de junio de 2018

UN ENSAYO

Esto no es fácil; a veces se experimenta una particular forma del dolor, un sentimiento de futilidad, de vergonzosa pérdida de tiempo.

Pero otras veces, entre línea y línea, surge algo: un chispazo, una conexión con cosas que uno no sabía que tenía por ahí en sus mientes inconscientes y que termina generando un sentimiento de unidad, una  felicidad (efímera, sí, pero al fin y al cabo felicidad). Es como si esa cosa indescifrable que se siente encontrara un modo de expresarse -que hasta terapéutico será–. 

A lo mejor, o seguro, ese chispazo es la razón por la cual uno decide arriesgarse entre la producción creativa y el sentimiento de futilidad, a sabiendas de que no se sabe, de que en general nunca se sabe nada.

miércoles, 6 de junio de 2018


Recuerdo que me gustaba mucho sincronizar el reloj con el del “06”; que los segundos coincidieran. Había que llamar varias veces para lograr “coger” a la “muñequita” –como le decían algunos– cuando fuera en cero: por fortuna la muñequita decía los segundos de diez en diez.

Era toda una experiencia sincronizar el reloj con el servicio de hora de la empresa telefónica.

Siempre me gustó medir, contar, sincronizar. Especialmente el tiempo.

Creo que lo heredé o lo aprendí de mi papá. También a él le gustaba medir, contar, contabilizar.

Hay un texto cómico en el que se comparan los diversos signos del zodiaco. Se hace referencia a la pasión de los virgo –era el signo de mi padre– por medir y controlar situaciones. El texto se pregunta cuántas personas del mismo signo se necesitan para cambiar un bombillo. En el caso de virgo, dice, se necesitan cinco: uno para cambiar el bombillo, otro para tomar nota sobre la hora en que el bombillo se dañó, otro para registrar la hora en que se cambió, otro para determinar quién fue el responsable de que se hubiera fundido y  otro para dejar por escrito de cuántos watts era el bombillo.

Los relojes digitales me recuerdan mi niñez, mi carácter, y de paso me recuerdan a mi padre, a quien también le gustaba mucho medir.

Cómo es que detrás de cada cosa hay un recuerdo…

Cómo es que es imposible agotar los recuerdos. Cuando crees que ya no vas a recordar nada más, por olvido, o porque crees que ya no hay más recuerdos, ¡zas!, aparece uno que te vincula con la niñez, con el padre, los hermanos, la madre…

Y esos recuerdos te traen emociones: nostalgia o tristeza, a veces dolor. Y bueno, también alegría a veces.

miércoles, 9 de mayo de 2018

MARTÍNEZ


Era “querido” desde Pedrito, desde que jugaba con piedras, bichos y esqueletos de bichos. Su apellido, Martínez, parecía predestinarlo a ser oficinista: Martínez, como los ángulos filosos de un escritorio notarial. Su padre, un Martínez que combinaba a la perfección con muebles viejos, antiparras y maletines no parecía guardar nada de la secreta etimología de su apellido: Marte, dios de la guerra, Martillo, herramienta contundente. Martínez, llamado por su apellido y subordinado.
Martínez podía generar cariño o indiferencia pero nunca, jamás, odio. Ni podía esperarse que él mismo lo experimentara hacia alguien. Martínez era un buenazo; bien peinado, cumplidor de su deber, el tipo de persona que nunca se sale de la raya, que nunca cae en los extremos...
Por eso sorprendió la súbita locura de Martínez. A nadie le cabía en la cabeza como es que había dado en un comportamiento “tan poco Martínez” como ponerse a bailar de súbito, sin orden ni concierto, nunca mejor dicho, al principio, de manera casi imperceptible hasta para él mismo, un pie zapateando debajo del escritorio, y de pronto el talón alternado con la punta, y unos movimientos sutilísimos del cuello que se sumaban al zapateo, al principio silencioso pero cada vez más decidido y más cadente, los labios con el aire una suavísima percusión, los dedos soltándose de la máquina de escribir para apoyarse en la mesa y en un solo movimiento poniéndose de pie para dar algunos pasos, todavía muy Martínez, confundibles con un breve y justificado desplazamiento en busca de un folio, una fotocopia un dato… hasta que la señora vieja de bolso y pelo morado que hacía fila para un trámite de sucesión no pudo negarse a la mano que se le extendía pidiéndole bailar una pieza inaudible, al menos fuera de la cabeza de Pedro Martínez, Aunque, de todos modos no puede asegurarse que los tangos cantados hace miles de años no vivan en el ambiente porque nada realmente se agota (aunque después de un rato la señora sí) o que los teclazos de las máquinas no marcaran un ritmo disimulado, clandestino al que Pedro obedecía mientras guiaba a la señora, ya entregada, por entre los escritorios de sus colegas, rompiendo la fila de autenticaciones, de escrituras públicas, y haciendo torcer el camino a la empleada de oficios varios que trapeaba para entonces el piso. 
Ese podría haber sido un hecho aislado, anecdótico, que hubiera pasado desapercibido si no es que Pedro hubiera seguido con relativa frecuencia interrumpiendo sus labores con los folios para pararse y dar unos pasos, algunas veces de tango como aquella vez, y otras veces de bailes exóticos como la Matruschka rusa, la Salsa caribeña y hasta unos movimientos de Ballet.

En la cabeza de Martínez apareció este pensamiento involuntario: «Voy a dar vueltas como un loco que espera en la sala de un psiquiatra» y se puso piernas a la obra: caminaba en círculos pequeños cuyo radio iba ampliando paulatinamente logrando espirales; cuando la espiral se encontraba con las sillas y las paredes de la sala de espera, se desplazaba en línea recta, cambiaba su centro y empezaba a describir nuevas espirales. Otras veces se limitaba al círculo. Iba de la espiral al círculo. Las suelas de caucho chirreaban en el piso recién encerado. Después de unos minutos sacudió la cabeza como sacudiéndose un estado mental y volvió a su sitio junto a la señora de mirada paralítica y al señor (o señora) con traje, corbata y maletín que rebotaba las piernas en el piso, miraba el reloj, tomaba y dejaba una revista y volvía a mirar el reloj.
Por su parte Pedro ojea una revista vieja, imagina la entrevista,
Yo no quiero contradecirlo doctor… –el psiquiatra en cuestión es Pedro Andersen– Martínez estaría dispuesto a reconocer que si el doctor Andersen dijera que estaba loco entonces era porque estaba loco, no sería capaz de discutirle al doctor con todo su conocimiento sobre un tema que él apenas ha pensado ocasionalmente y sin duda no a causa de los sucesos recientes en la notaría.  Pero si me lo pregunta.
–si no se trata de eso Pedro, puedo llamarlo Pedro? Sabe disocia. ¿disocia qué? Pedro no sabe qué significa disociar, desconoce la jerga, tanto como el doctor desconoce la jerga de las notarías… tal y tal, y las certificaciones, jerga de notaría.
No hombre, quiere decirle Pedro, pero no quiere traspasar las fronteras de la abstinencia técnica, le ha caído, como a la mayoría de gente, bien al doctor si no se trata de eso Pedro a veces lo que pasa es que mínimamente … cómo decirlo… un tipo que trabaja como usted en una notaría y de pronto… se pone a baila…
– ¿A qué doctor?.
–A bailar…
–¿Bailar?,
No tenía idea de que esto le sucedía. Sí, era cierto que una vez recuperaba su estado normal sacudía la cabeza sentía que algo había pasado pero era incapaz de decir qué, una sensación, y la constatación aunque no sin cierta duda de que sus colegas y los clientes de la notaría lo miraban con cierta extrañeza mal disimulada. Pero Pedro no tenía, no sabe si es que le parecía o que efectivamente la gente lo miraba. De todos modos la gente se encontraba haciendo y tenía la necesidad de hacer sus trámites y tampoco quiere ser demasiado explícita, la conducta social ante quien realiza un acto socialmente inapropiado o poco común.  Pedro no sabía si realmente lo estaban mirando o al él le parecía. Sí podía constatar la aceleración del ritmo de su corazón y el sudor como si hubiera corrido un par de cuadras, y cierta difusa sensación de haber sentido algo bueno, como cuando unos está contento y no sabe por qué es que está contento, sabe que hay un motivo pero no puede recordarlo….
–¿Bailar doctor? ¿A qué se refiere usted?…
–En la notaría, ¿no lo recuerda?
Pedro se ve sorprendido y alcanza a pensar que se trata de una broma de sus compañeros de la oficina aunque él no es tipo de ese tipo de confianzas y por lo tanto no muy dado a las burlas, a las chanzas, a ese tipo de cosas. Se diría que pedro Martínez desconoce el humor porque el humor tiene una algo de irrespetuoso, de mala educación… sin ser demasiado rígido Martínez… pero descarta la posibilidad, no es de bromas con sus compañeros y de todos modos sus compañeros son personas, la mayoría mucho más adultos que él, una señora, Gladis, de esas de gafas con estilo gatúbelo y un collarín pegado a las gafas que paulatinamente ha ido cogiendo el mismo olor de la notaría, una mezcla de madera vieja, perfume y cigarrillo porque intenta, sin éxito, tapar el perfume con el olor a los cigarrillos de los descansos un perfume de persona de mayor edad,  y está todavía Bertulfo, un funcionario que trabaja en la notaría desde que se abrió y que era compañero de su padre, no, no creía que podría tratarse de una broma de sus compañeros, y menos del señor notario que vivía bastante ocupado y que no era del estilo de intimar con sus subalternos más de lo necesario y mucho menos de permitirse la intimidad de hacer un a broma. Pedro está convencido de que no se trata de una broma ni de un programa de esos de la televisión en los que hay una cámara escondida… piensa entonces que efectivamente le ha pasado algo, el doctor se ve suficientemente serio como para estarle haciendo una broma…
¿Bailar?... pero qué cosa tan extraña si pedro Martínez nunca ha bailado. Nunca bailó en las fiestas de su juventud. Su sentido de la armonía y el orden no le permitían exponerse a bailar porque lo había intentado y cada una de su piernas parecía tener autonomía individual así que había abandonado la intención de hacerlo sin ningún tipo de violencia, simplemente con la aceptación de quien no puede distinguir los colores o tiene una deficiencia visual, nada demasiado grave y que acepta su limitación sin mucho drama porque si algo no era Pedro Martínez era dramático.  
descarga la revista en la mesita y se retira afuera de la sala donde lo recibe una calle poco transitada en cuya esquina una señora vende cigarrillos y dulces dispuestos ordenadamente en un carrito de bebé. Lleva una gorra vieja con un logotipo blanco a medio borrar. Al frente prospera una panadería. El olor del pan y de los pasteles recién horneados se impone sobre el humo de las chimeneas, y el hollín adherido a las aceras, a los muros, a los pulmones.

En la sala de espera del psiquiatra la empleada de oficios varios contempla las huellas de Pedro en el piso. Se le parecen a esos diseños que –vio en la televisión–, hacen los extraterrestres en los trigales. 

miércoles, 28 de marzo de 2018

EL CORAZÓN


El corazón es el que más sufre porque reacciona a todo. Es bastante sensible. Se encoge con mucha fuerza, intenta reducirse a su menor expresión. Es como si el corazón quisiera implotar, replegarse sobre sí mismo, hacer una especie de big bang invertido...

A propósito, dicen que eso es lo que va a suceder un día con el universo; que después del final de su expansión, empezará el proceso contrario. Ying yang... el universo es como un pulmón que se infla y se desinfla o también como un corazón que hace sístole y diástole…

Sí. Eso es. Es lo que intenta hacer el corazón: implotar… pero claro, como no tiene la suficiente fuerza, entonces permanece lo más agazapado posible. Y de pronto se empieza a asomar, como un niño que se asoma desde debajo de la mesa a ver si ya todo pasó, si ya todo está bien, y como le parezca que ya todo ha pasado, empieza a relajarse y a volver a su tamaño natural y a sentirse bien consigo mismo. A latir, flexible, a conectarse con la respiración.

El pulmón y el corazón se sincronizan como si fueran dos músicos, y ahí todo es armonía, un jazz orgánico… Los pulmones se empiezan a relajar: también las costillas, y los huesos que protegen el pulmón… y el tórax… y el pecho… 

Y se empieza a disfrutar el hecho de vivir; lo que equivale a vivir porque no disfrutar la vida es sinónimo de no vivir.

lunes, 22 de enero de 2018

EN EL "MONDA Y LIRONDA"

No es que el ruido disminuya sino que cambia su forma. Ahora es un parloteo indiferenciado de mujeres hablando, platos chocando, murmullos inidentificables. Una niña–niño–bebé quejándose.

–Oiga señor…  El internet no está funcionando…  –le dice al mesero con dulzura absoluta la muchacha de ojos y pelo y cejas negras largas como sombreros de ala ancha.

En otra mesa dos tipos se sonríen.

Una joven con un águila tatuada en el pecho se va al baño. Mientras la espera, su compañero o amigo se frota la barbilla con el dedo y ejecuta ese gesto entre ansioso y placentero de zapatear en el piso.

Algo muy rápido se cuela por los arbustos (una especie de pinos tupidos), tal vez un pájaro, que desordena las hojas del árbol (casi todo lo que se dice de los pájaros es poético o es bonito).  Una humarada se desprende del tipo que se reía y que ahora bosteza, un tipo con esa extraña barba sin bigote. La del pelo negro sorbe una taza gigante de algo que parece chocolate.

Las miradas que se cruzan los mirantes con los mirados, los miradores con los mirantes.

Las sensaciones en los pulmones.

La flaca del tatuaje hace un reguero al echarle café caliente al helado. El humo se deprende de su cenicero pintando siluetas efímeras en el aire.

El cielo aparece en escena. Un par de nubes sin mucha forma. Se parecen a los dibujos del humo. Los ojos muy abiertos de la negra que espera al camarero –conociendo este café se sabe que le va a tocar esperar bastante–.  Serísima operando su celular.

Hay gente que tiene una forma nerviosa de fumar, como la joven del tatuaje de pájaro o de águila. Podría hacerse un tratado de personalidad según la forma como la gente fuma. Esta coge el cigarrillo en un ademán rápido. Rápido lleva la mano al cenicero para cazar el cigarrillo, rápido se lo mete en la boca, rápido lo aspira, rápido exhala. No vale la pena fumar así, fumar de afán, fumar de prisa… es como si hubiera cierta culpa en ello, cierto temor de ser sorprendida por un ojo externo o interno. La pelada del tatuaje se ha calado unas gafas gatúbelas. 

–Ey parce háblame de ese tatuaje por favor…. Ustedes los tatuados no pueden pensar que pueden pasearse impunemente por el mundo exhibiendo sus dibujos, sin nadie los mire ni les pregunte por ese misterio…

La columna se endereza un poco. Toro sentado cruza los brazos sobre el pecho.  La tórtola –Zenaida auriculata– vuela de izquierda a derecha -en el sentido de la lectura- y aterriza en un muro.

Punto.

YA SE ABRE LA CAJA

Oscuro. Adentro. Estoy encerrado en esta caja y juro que no vi el palo ni la pita ni el cazador. Se está bien en esta cajita mientras tanto aunque ya sé que voy a morir, sea porque me utilicen directamente como alimento, o porque me tomen por mascota sin serlo. Me van a coger y me van a hacer pedazos; me van a cargar todo el tiempo ¡Si soy un viejo! Creen que porque soy pequeño soy como ellos, no pueden ver otra cosa que a ellos mismos. Me van a sobar y a sobar y a cargar y me van a dejar caer y no faltará quien me intente pinchar los ojos o deleitarse con mis reacciones de molestia o de fastidio que a los otros les hará gracia, hijos de puta, o querrán quererme pero su amor será tan invasivo, tal asfixiante que terminaré por morir también, o por su poca o nula responsabilidad me dejarán y me olvidarán como hacen con sus juguetes, así son ellos, y cuando pase la novedad dejarán de alimentarme y moriré a no ser que encuentre una buena oportunidad para escapar, algunos lo han logrado, en un momento de descuido, a total velocidad, y volver a casa, si no es que te han llevado muy lejos de tu lugar de origen y entonces tendrás que adaptarte a unas nuevas condiciones. Podrías adaptarte o no adaptarte. Algunos sobreviven, muchos sobremueren, porque estar en cautiverio no es vivir, es una especie de sobremorir...


¡Ya se abre la caja!... ya escucho la risa de los verdugos inocentes. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

CRÓNICA MATUTINA

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…
…chispean platillos de música electrónica.
Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…
…sueñan con oídos electrones musicales...
Chiqui chí, chiqui chí…
Es lo único que se escucha...

El barrio está silencioso esta mañana:
Chiqui– chí…
el ciclo de la nevera,
Chiqui– chí…
el rugido distante de los camiones,
Chiqui– chí…
el vapor levitando en el tendedero,
Chiqui– chí…
las tripas trasnochadas demandan su salario,
Chiqui– chí…
los perros se trenzan en ladridos de batalla...

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…

El que no tiene nombre mira el eclipse de pájaros y sol,
se endereza traqueando la marimba de su espalda,
sorbe una porción gourmet de viento,

Endereza la espalda bailando el chiqui–chí.
se estira como un gato que intenta cosechar un mirlo.
E intuye el nirvana de las diez de la mañana.

Se acuerda de Ella, a esta hora, apéndice del laburo:
Su cola de caballo dorada, amarrada a la pantalla de un mundo de murmullos laborales.

El hambre lo remolca a la cocina, chiqui chí repetido en distintas ocasiones:
Las futuras tostadas se calientan en la parrilla,
las dos cargas de café, la taza, el agua,  
la avalancha de leche en polvo y azúcar que la licuadora atormenta…

Chiqui–chí, chiqui–chí, chiqui–chí…

La cafetera incontiene la infusión
Exhala vaporosa y sostenida
–ese orgasmo que le es propio–.
(La que si tiene nombre vuelve a la memoria)…

Libra desayuna con la imagen de la cabra
así como los perros conversan desde los balcones.
El estómago notifica al cerebro su alivio y esperanza,
Cesa el chiqui chí, saciado su hambre de oídos,
se trueca en vallenato la montaña…
edita sus notas el colibrí… 

EL ALMA

Me gusta buscar el alma y en el alma.
Soy un fan del alma.

Cuando me la encuentro
me salen poemas,
cuentos,
chistes.
Otras veces silencio…

Buscándola a veces me topo con Dios
Que me habla con su absoluta elocuencia silenciosa.
Y hasta con palabras humanas.

Otras veces aparece el diablo:
que habla mucho y hace ruido
–Le he recomendado visitar un psicólogo–.

Otras veces son los ángeles
me muestran las 11:11
no sé qué me quieren decir
pero igual agradezco.

Otras veces me encuentro el alma oyendo música:
Me saca a bailar y yo me dejo.
Y bailamos canciones que se supone no son bailables.
Pero se supone mal.
Todas las canciones son bailables.

También toco la flauta y la guitarra cuando nadie me está mirando.
Algunas veces cuando me miran ojos niños.

Otras veces me sorprende el alma en forma animal
Y me estremezco con la lagartija, el cucarrón, el pato…

Hablo con el alma también por teléfono
y río y converso.
–Soy un converso de la conversa–.
(Cuando se conversa cualquiera es un amigo de siempre).

Me subo y me banjo.
Me lleno y me vacio.
Dos ojos amarillos me miran desde la cacerola.

viernes, 18 de agosto de 2017

EN EL TDA

Son las dos de la tarde. Las nubes y la lluvia por fin se apiadan de nosotros, habitantes del wok de montañas en que se ha convertido el valle.

Las nubes grises simulan, en la tarde incipiente, la luz blanca de las seis de la tarde y contra ellas, en el tercer piso del bloque uno se recorta la silueta de un joven fumando. 

La trayectoria del humo delata el milagro: hay una grieta en el infierno y por ella ¡ventea!

jueves, 17 de agosto de 2017

EN SANDIEGO

Es un regalo cuando, de tantas formas posibles, la vida se presenta en palabras escritas. Uno siente cómo algo que estaba quieto adentro empieza a moverse, a relajarse; es la vida que estaba embolatada, escondida, oprimida, agazapada por allá en un misterioso lugar en la espalda. 

Vi cosas interesantes hoy, por ejemplo las cuchibarbies con sus labios y sus nalgas prominentes y su pelo amarillo. Caminaban juntas y eran parecidas –a lo mejor eran hermanas– embutidas en sus “vaqueros”. Se veían bien las cuchibarbies.

También vi un muchacho ejecutivo con un saco azul claro que llevaba en la oreja un audífono rectangular de teléfono, un bluetooth. Caminaba con una mujer, caminaban rápido, y sus gestos eran vigorosos, ágiles, seguros y elegantes.

Derrochaba vida el ejecutivo del saco azul y el bluetooth, yo era muy consciente, yo veía bien la vida porque estaba bastante muerto, casi muerto del todo.
El empleado del café preguntó:
–¿Jesús?
Y yo dije que no con la cabeza.
Llegó otro señor.
–¿Jesús?...

Y Jesús dijo que sí, que era él y fue muy bonito verlo porque Jesús tiene más de sesenta años y fenotipo costeño: cegatón, con gafas y cara de tortuga vieja.

Jesús sonrió exhibiendo una moneda de $20 y dijo que creyó que era de $100. Jesús sonríe por una diferencia de $80, Jesús goza barato.

También vi una niña de más o menos ocho años que iba de la mano de una señora mayor que podría ser su madre o su abuela; la niña era más alta que la madre o la abuela y se veía como que no se sabía quién llevaba a quién. La niña era flaquita y la abuela era redondita y las dos eran de gafas.

La fila del café crecía pegada de la barra y llegó un señor que no se hizo en la cola sino de una vez en la registradora. Una señora blanca de cara redonda y llena le dijo “Señor la fila va por allá” y le señaló la cola.

El señor no se movió de inmediato. Se quedó donde estaba –a lo mejor defendía su ego–, y después empezó a dudar: miraba la caja y miraba la fila. Después de hacer lo que pareció un cálculo mental se fue y yo entendí al señor porque también he estado en esa situación.

En la barra del café había esperando dos señores, uno con cara de lugareño y otro con cara de japonés y era curioso ver al que tenía cara de japonés hablando en perfecto paisa y haciendo gestos de paisa.

Con el japonés y el otro señor se cruzó una mujer bonita que se sonrió porque necesitaba unos palillos para mezclar y yo pensé que la belleza y la risa hacen que la máquina oxidada de la vida se vuelva a mover. 

lunes, 24 de julio de 2017

Escucho el clack clack del reloj y me sincronizo con él. Hago un movimiento del cuerpo con cada clack.  A veces el reloj sigue caminando pero deja de sonar y me siento desolado. Entonces me quedo quieto hasta que vuelvo a escuchar su clack, clack, que,  dicho sea de paso, odio.

miércoles, 5 de julio de 2017

TOMANDO LISTA

Me doy cuenta de un montón de cosas inútiles: la mosca que se posa en el cuaderno de un man sentado en una mesa. Trabaja. Habla por teléfono (el man). Nada raro. Esto pasa en una fracción de segundo (la mosca en el cuaderno) Nadie se da cuenta de eso, solo yo. Si le preguntaras al tipo después si una mosca se posó en su cuaderno seguramente se extrañaría ante la pregunta. Después diría que no, que no se acuerda, porque no querría hacer el esfuerzo de recordar una trivialidad de ese tipo o a lo mejor no se acordaría ni haciendo el esfuerzo.

Habla de inventario, de no sé qué. “Eso es lo que tenemos que mandar” dice su compañera de trabajo mientras le pasa el computador que se turnan para mirar tablas en una hoja de cálculo. Hay otro tipo en otra mesa. Parece chino. Muchos rasgos de chino menos el color. Mestizo, medianamente calvo y rapado, con barba. Sonríe mucho. No sé si los chinos sonríen mucho o no. Tiene orejas afiladas como de murciélago. Se parece a Confucio. Todos los chinos se parecen de algún modo a Confucio.

Apenas hoy me vengo a dar cuenta de que el decorado es el de un salón de clases, el de una escuelita: siluetas pixeladas del sistema óseo y del sistema circulatorio, protegido su pudor por los pixeles. Y por supuesto el abecedario con un diseño de muy buen gusto, como esas ilustraciones hechas para niños por artistas de alto vuelo. Y pupitres y representaciones del átomo y de la fórmula de una molécula.

Es una escuela quien lo duda. Y es a esta escuela que viene el chino que a lo mejor no es chino o que sus padres son chinos, o que tiene ancestros chinos o en quien son más visibles los ancestros chinos porque a lo mejor todos tenemos genes de chino.  Y el joven y la joven que trabajan juntos haciendo inventarios. Y la ejecutiva pelirroja con cara de niña que habla una y otra vez por teléfono, vigorosa, veloz, acerca de toneladas y miles de metros cúbicos de materiales de construcción. O el señor de oficio indescifrable que teclea de continuo en un computador –en casi todas las mesas hay abierto uno o varios computadores portátiles.

La mayoría de la gente viene a la escuelita a trabajar: algunos al aire libre, otros en el salón; uno que otro de recreo por el gusto de jugar con palabras, de contarse cosas, de escuchar, de contemplar a la persona que le gusta mientras habla, haciendo cara de tímido, chorreando una baba imaginaria, poniendo todo su interés en los labios que le cuentan historias de amigos, de la familia o del trabajo.

También está una chica de vestido, pelo y tatuajes negros que le entrega una copa envuelta en papel al hombre con el que conversa.

Y está el tipo sentado en un pupitre, tomando café, preguntándose por qué diablos escribe las cosas que ve si nadie lo ha mandado, si nadie le paga. 

jueves, 4 de mayo de 2017

SOLO YO

Flaquita, con frenos y trenza larga sobre el hombro izquierdo. Es amable con los clientes; a lo mejor, porque está nueva, no ha asimilado la antipatía y un –sano, según el gerente– grado de negligencia, valores corporativos del negocio.

Pero la nueva, mona, flaca, de frenos y trenza es algo más; solo yo me doy cuenta por la discreta pero brillante hebilla dorada de sus zapatos que es una princesa condenada por el hechizo de un malvado gerente que la tiene amarrada con una cadena de papel moneda.

Solo yo me doy cuenta, solo yo, que soy un príncipe que finge ser un vendedor ambulante de cursos de inglés. 

EL NO BARRIO

Nunca fui chico de barrio. Fui chico de loma, chico de las afueras, chico de finca. Sin vecinos, o con vecinos distantes.


Para ir a la tienda había que ir en carro o hacer largas caminatas deportivas.

No había otros chicos de la cuadra porque no había cuadra. Solo una calle estrecha que daba a la loma. 

Había un chico con el que montaba en bicicleta. Era mi amigo. Ese chico vivía también en mi casa. Era mi hermano. 

Tenía otro hermano más grande pero no montaba tanto en bici como nosotros, con nosotros. 


Por eso me sorprendía cuando iba al pueblo y la gente se saludaba.No comprendía cómo en un lugar tan grande, en la calle, dos personas podían conocerse. 

Otras veces iba al centro con mi padre. Me daba un poco de miedo pero iba con él. Me impresionaba el ruido, tanta gente, los indigentes (todavía me impresionan lo indigentes) 

Mis amigos eran los amigos del colegio. Ese era mi barrio, aunque no era un barrio muy libre. Estaba cerrado y uno no podía salirse. o bueno, después de cierta edad podía salirse a la hora del almuerzo, ir a la tienda de la esquina, la de Hugo, hincha furibundo del Medellín. Yo no era hincha. Mi padre no fue hincha, mis hermanos no eran hinchas. 

No barrio
No cuadra
No tienda
No hinchas.

En donde Hugo tomábamos gaseosa, chitos, papitas, rosquitas, cosas de esas. Después tomamos cerveza.

Aprendí a tomar cerveza en barrios que no eran el mío. 

Iba también a los barrios en donde vivían mis amigos. 
Al poblado. 
Subíamos y bajábamos por la nueve, por la diez, por la diez A en busca de amigas. 

Nacho era al que más fácil le quedaba hacer amigas. Tenía un encanto para ellas. Yo no diría que fuera bonito, pero había algo en su forma de ser que le gustaba a las mujeres. Yo le tenía esa envidia benigna que se tiene a los amigos.

Más grande conocí Carlos E. Me parecía maravilloso que tuviera una biblioteca. La biblioteca se convirtió en una especie de refugio, pero quiero pasar de largo por esos días.  

Me fui de la casa. viví en Belén, después en la Villa. Paseaba a mi hija en su coche por la Villa. Iba de vez en cuando al parque para tomarme una cerveza.

Después volví a la misma loma en que nací. 

Tampoco era un barrio. Era un "unidad cerrada" y en verdad que era cerrada. En cierto sentido nunca me dejaron entrar. La vecina odiaba nuestra basura, la que no se podía tirar por el "chut" y la pateaba. Nos dolía que pateara nuestra basura. 

Yo no sabía muy bien cómo era tener vecinos. Al estar tan pegados,creo que los vecinos hacemos lo posible por distanciarnos.

CUÉNTEME COSAS BONITAS

Cuénteme cosas bonitas, dice Leonor, y yo digo: casita de campo, naranjalimón, garza, pan con queso, optimismo, piquiña en la mano que anuncia dinero por venir; dedos calientes escribiendo, baño con agua caliente, natación con aurora y piel que se seca en las piedras blancas.
 
Digo alegría, baile… felicidad que no te quita nada ni nadie; naranjas que alumbran el árbol todo el año sin la excusa de una fecha. Y otra vez garza y otra vez aire en los pulmones que suenan como el fuelle del cebú.
 
Me siento con ánimos de decir aquí y ahora. Me siento con alientos de ver el milagro evidente, desvestido de futuro, de pasado, de geografía o de dinero. Hablo de este momento en el que tengo la total posibilidad de practicar la felicidad cantando con los dedos.
 
Hablo de aquí y de ahora. De tenerlo todo, de serlo todo, de un mundo al que no le faltan ni le sobran comas. Hablo de la piel bañada pero también del calorcito heredado a las cobijas convertido en pegote por el frío de la mañana.
 
Hablo de un nuevo día; de un día sin pasado y sin futuro, de dos pájaros canosos que se persiguen en pleno vuelo, del árbol gigante traído del Serengueti, de perros distantes que se ponen al día como vecinas parlanchinas.
 
Hablo de la lluvia que arrulla cabezas empotradas en la almohada, y por supuesto de aquella que seguro se moja ahora las retinas con las gotas del cristal, pechiamarilla guarecida en el árbol de limón, ardilla que despeina las hojas del árbol de mangos.
 
Un bostezo abre los brazos y después los puños para recibir el regalo. Ki ki kiiii…. Canta el bichofué como cantando el cumple días que los demás pájaros secundan con sus cantos imposibles de escribir.
 
La hoja del jazmín tiembla aparando las gotas que resbalan de las tejas.
 
La ardilla corre, compite con las cuatrimotos y les gana en velocidad y en silencio.
 
La lluvia va y vuelve, pasando del piano al crescendo como se acostumbra en las buenas sinfonías.
 
Y aquí estoy, empezando a bailar el canto de las garzas, sintonizando los chacras que se desperezan como perros secándose la lluvia, las rodillas rebotando, animando los músculos, invocando el aire.
 
Aquí estoy, obedeciendo al pájaro que pita como agente de tránsito, sincronizándome con la percusión de la lluvia en la lata, con la asamblea cacareante de las gallinas, con el arrullo blanco que trae paz a los oídos que amo...  

DESPERTAR

Mientras la cafetera suelta su chorrito en la jarra la vecina ajusta cuentas pendientes con la ropa.

Santiago se hace millonario de repente y estira el cuerpo arrugado por ocho horas de sueño maltratado.

Espera con paciencia los milagros: el café, el aplauso alar de la paloma, el megáfono que entona la compra de chatarra, el repique de la moto que arrulla a los durmientes rezagados, la salsa que retumba y se mezcla con trinos de pájaro enjaulado (una especie de radio primitivo) y colisiones obligadas en la street del lavaplatos.

Cri crí… canta el pájaro en la jaula; cri crí se queja la alarma del carro; estornuda la flauta y una señora se suena en la cocina.

La rana se despereza ronroneando como un gato, señal de que ya es hora de hacerle el desayuno para que tenga un tránsito amable entre el hambre matutino y su extinción. 

viernes, 28 de abril de 2017

NARRADURÍAS

Ahora estaba solo, totalmente solo en el cuartucho que por un momento no le pareció tan miserable; hasta bellos le parecieron los mapas de humierdad en el techo, la paciente y parsimoniosa proliferación de los hongos, su canto de humedad y moho. 

Era el momento preciso para que entrara un viento fresco de renovación pero no entró ningún viento porque el cubo de cemento que tenía por cuarto no tenía ventanas. Se quedó dormido y se desprendió de su cuerpo. Voló hasta el techo, rebotó en las paredes, su cuerpo etérneo no podía salir del cuarto porque no tenía materia para abrir la chapa y no era lo suficientemente liviano para colarse por debajo de la puerta. Su cuerpo dormía y su espíritu rebotaba en el cubo como una bola de pinball sin luces.

Despertó. Se contempló el ombligo peliforme rodeado de vellos. Por primera vez en su vida no pensó y descubrió el milagro del aire en su estómago: el vientre se ensanchaba y se desinflaba, se ensanchaba y se desinflaba. También las paredes se hinchaban y se desinflaban al ritmo de su vientre; la danza de vientre del universo.

Abrió la puerta. Sintió el malestar de un cigarrillo recién encendido, la culpa, la ansiosa espera del advenimiento de una nueva paz móvil, de una paz caminante. Bajó el mismo camino de las escaleras trillado por la ratas. No más ratas. Nunca más.

Llovía. Se dejó mojar sintiendo cómo las gotas se llevaban su malestar, se llevaban al diablo todo rasgo del pasado y del futuro. Caminó. Temblaba de frío y lloraba sutilmente una felicidad. Necesitaba salir de ahí (Dios miraba por una de las ventanas de los ranchos). Sabía  que debía salir de ahí caminando, manteniendo la fe, manteniendo la mirada puesta en el horizonte, tolerando el aparente sinsentido de su tránsito. Siempre llegaba. Siempre llegaba la paz, la luz, el aire, la levedad, la homeostasis del cerebro, del alma y del cuerpo. Iba a caminar hasta pasar al otro lado sin importar los límites transitorios de su cuerpo. Esta vez lo iba a hacer hasta el final, no importaba el sudor frío en sus piernas y en su ropa mezclado con el agua de la lluvia, pucho cerebro conectado a las piernas en pos de la liberación. Solo, todavía no preparado para encontrarse a alguien. Buscándose a sí mismo. Esta vez no iba a cejar, a distraerse con fantasías de compañía. Que la compañía lo encontrara acompañado de sí mismo. Sabía de la cursilería de estos pensamientos, pero la vida era cursi y contra eso no podía hacerse nada. La vida era un cliché, un ejercicio. Caminaría hasta llenar el cerebro de corriente y tomaría una mano verdadera, no una prolongación imaginaria de la suya. Todas las cosas que había leído en las redes sociales en los periódicos, en los libros de autoayuda eran ciertas ¿cómo no iba a ser cierto todo?...

Fantaseó. Dios sabe que fantaseó. El caldo cerebral, el oxígeno en su sangre le permitía llegar a la etapa de la fantasía. Las fantasías, el futuro, las posibilidades, se alimentan con aire en los pulmones, en la sangre, en el cerebro.  Se sentía mejor. El dolor de cabeza había desaparecido, la náusea, el malestar el sudor. Había esperanza si podía dejar de concentrarse en los dolores que el cuerpo le enviaba para que se concentrara en el camino.

Encontró un túnel. Nada de túneles metafóricos; un vulgar túnel de carretera provisto de un vulgar peaje para automóviles y de una señal radial que indicaba las normas para atravesarlo; el túnel, ese balazo en la montaña, ese enorme hueco para ratones de combustión interna (No sintió nostalgia de los ratones). Estaba prohibido atravesarlo a pié pero tampoco había vigilancia para verificar que un tonto  lo hiciera. 

Atravesó el tonto túnel  y el tonto túnel no fue la metáfora de un renacimiento. Un poco de oscuridad, pitazos azarosos de automóviles que lo regañaban, que lo insultaban por encontrarse en un lugar proscrito para transeúntes y peatones.

–¡Estúpido!

Oyó el grito como una palabra de Dios y cayó en cuenta de cuánto tiempo hacía que se encontraba solo en el mar picado de sus cavilaciones.

¡Estúpido!... Se sintió reconocido, visible. La soledad le había hecho olvidar que existía, que a lo mejor era una mente solitaria que pensaba y que alucinaba un cuerpo, un fantasma o algo por el estilo. Por lo menos contaba con que era un estúpido y eso ya era bastante. Era  mejor ser un estúpido que unas voces en su cabeza que dialogaban, que se contradecían, que se decían estúpido a sí mismas. Su estupidez o al menos la posibilidad de su estupidez ya era un dato contrastado con la realidad. Se sentía de mejor humor. “Estúpido” podía ser una reacción de alguien que se había asustado de hacerle daño, de matarlo. ¡A alguien en el mundo le importaba su vida! ¡Era amado!

¡Si el tipo de la camioneta supiera el efecto de su insulto!...  ¡si hubiera sabido que había, no salvado, sino animado una vida!… Los misteriosos caminos del señor, hubiera dicho un pastor… la ley del caos… hubiera dicho un científico. 

Siguió caminando por la carretera. Los pasos calentaban su cuerpo y su mente y oxigenaban su cerebro. Esa era toda la filosofía: oxígeno en el cerebro.

Caminó y de vez en cuando suspiraba. Nada de abstracta nostalgia; eran los músculos y el cerebro reclamando oxígeno.

Caminó y respiró y el cuerpo le iba reclamando actitudes, que él convertía en personajes. Una mano tensa le sugería una rigidez epiléptica, otras tensiones lo hacían marchar con altas elevaciones de las piernas: un dos, un dos, como un payaso soldidificado, después una cojera disimulada. Después como un autómata. Ajena a su voluntad, la cara le estiraba los labios haciendo ridículos morros y después una sonrisa inventada previa a una risa verdadera. Era la vida manifestándose en los músculos de la cara.Ese placer del cuerpo en el cuerpo, esa sensación de calor en el pecho, la mente dormida tras haber mamado su dosis urgente de oxígeno,  

Los pasos lo llevaron a las tiendas del camino que despachaban música popular a todo volumen. Un tipo negro y solo se emborrachaba en una de las mesas y se bamboleaba de camino al mostrador para hacerle la segunda a cantantes melosos que atraían a las moscas tanto como los restos de caña fermentada en el borde de las copas. La canción era sobre una fulana que había dejado a un fulano. El fulano la mancillaba con versos y acordes. Una puta, en síntesis, le decía.

Pidió una cerveza y un cigarrillo para compensar el bienestar encontrado con la caminata. Fumó el cigarrillo, se tomó la cerveza y siguió caminando. Vio un ciervo en un pastizal al borde de la carretera, un hallazgo bastante insólito en una región en la que no hay ciervos, probablemente fugado o perteneciente a algún distinguido comerciante de alcaloides. O un ciervo que había caminado muchísimo más que él y se había visto perdido aunque el pasto es lo mismo en todas partes y los ciervos no se sienten perdidos en la tierra. Y unos gavilanes. Y animales en los que no puso más cuidado que el que ponía cuando pasaba de largo los canales de la televisión.

Nuevo momento de sinsentido. Encontró un pastor de ciervos. Sin muchas ganas de hablar. Todavía no se encontraba con nadie. Que road film tan insípido de un tipo que no se encontraba con nadie, a no ser un tipo borracho en una tienda. Pero estaba bien porque no quería encontrarse con nadie. No era capaz de entablar una conversación fuera de sí mismo. Inconcebible. Le rondaba la aparición de una mujer pero le pareció demasiado trillado. Y otra vez el malestar por el cigarrillo.

Sabía que tenía que encontrarse con alguien para salir de sí mismo. O tal vez no. Tal vez siguiera horadando en sus caminos trillados, en lo mismo de siempre, en la rueda de hámster de siempre. Daría vueltas hasta salir. Tenía esa esperanza.

Cogió la tarde y un camino de vereda y una casa de madera. Había un tipo afilando un palo con una navaja, tal vez una lanza para atravesar con ella al primer caminante que pasara, tal vez para clavarla en el piso, o simplemente para hacer un palo con filo, tirarlo a un lado y seguir haciendo más palos con filo. Se acercó. El tipo estaba totalmente embebido en su tarea autista. No parecía amenazador ni amigable. Plano como el filo de la navaja, iba deslizando la hoja de acero por el palo y sacando pequeñas lajas de madera. Se sentó al lado del tipo, en un pedazo de tronco cortado y el tipo no dijo nada ni fabricó un gesto de saludo o de repulsa como si fuera un amigo silencioso con el cual no hay que hablar para sentirse cómodo.

Solo se oía la fricción de la navaja contra el palo. Lo miró hacer. El tipo se daba cuenta pero parecía indiferente a su nueva compañía. Quizá estaba acostumbrado, quizá otros caminantes se habían sentado a su lado, en el tronco cortado para acompañarlo o para ser acompañado.  O quizá él había sido el único caminante que se había sentado al lado del tipo, un tipo que parecía sacado de una estampa: sombrero con rotos, barba rala picada con canas, la piel curtida por el sol, las manos duras como la madera que retiraba de los palos.

Se sentía feliz de encontrar compañía silenciosa. La mayoría de las compañías que lograba granjearse siempre parecían alérgicas al silencio. Tarde o temprano aparecía la pregunta ¿qué pasa? ¿qué hay?,  preguntas para generar conversación, para romper un hielo que a él no le interesaba romper ¿por qué había que romper algo y no solamente dejar que la sopa cerebral hiciera su trabajo lentamente, que las palabras salieran cuando quisieran hacerlo sin catalizadores para suscitarla, acelerarla o mantenerla?

Tomó un suspiro hondo que preparaba la garganta y las cuerdas bucales para empezar  a hablar.

–Mmmmmmm….

Ya era bastante. Tenía buenas expectativas de hablar. No es que no le gustara hacerlo. Es que requería de una gran preparación para hacer cualquier cosa. Algunas veces hablaba más de la cuenta, por eso alternaba con largos silencios para compensar.
El otro tipo parecía dispuesto con igual tranquilidad a la conversación o al silencio. Al tipo de las lanzas de madera no parecía esperar nada de él.

–Mmmmmmmm…. Mmmmmmm….. empezó a entretenerse con esa especie de mugido ahogado, de mantra desprovisto de cualquier propósito espiritual iluminatorio.

–Ahhh… –parecía un suspiro de descanso, de alivio. El descanso de un largo silencio. Después de un buen rato parecía empezar a respirar.

–Mmmmmm… –respondió el tipo de la lanzas.

–Mmmmm…

Empezaron a cantar sus mmmm– Estaban jugando. Sostenían una especie de conversación vacuna.  
Y otra vez el silencio. La luz escaseaba y el frío cundía. El tipo de las lanzas –ya tenía unas veinte en el piso– se levantó, entró a la casa y sin decir nada le entregó una ruana y encendió el fuego. Lo enciende más rápido –pensó– de lo que yo enciendo la estufa eléctrica. En efecto el tipo de las lanzas las dispuso en una estructura similar a las que había visto en la piras inquisitoriales y con el mínimo estímulo de un fósforo y un puñado de paja la fogata encendió. Con una explosión similar a la que se produce cuando hay un exceso de gas en la estufa. ¡pum!. se iluminó la cara del tipo. Sus rasgos duros parecían también de madera, como si él mismo se hubiera tallado con la navaja.      

Se puso la ruana y adelantó las manos hacia el fuego. El otro tipo ya no tenía más lanzas que fabricar. 
Se aventuró:

–¿Por qué en forma de lanza?...


El otro tipo levantó los hombros de manera mínima para ser percibido y el fuego comenzó a improvisar dibujos en el aire, melenas, salamandras, y a crepitar, a lanzar pequeños proyectiles y humo que por alguna misteriosa razón nunca se dirigía hacia el tipo.

IRLO DEJANDO

No ha sido fácil dejarlo. Como se entiende, debe hacerse de manera gradual. Primero ajustarse hasta el máximo de una página y tolerar las ganas. Después, paulatinamente, dos o tres párrafos. Aunque tenía recaídas. A veces me despertaba por la noche y escribía diez, doce páginas. Ya se sabe que las recaídas son mucho más violentas que el hábito. Pero no me dejé derrotar. Volvía a empezar nuevamente desde cinco, bajando a cuatro, después a una. Después al párrafo. Después fui capaz de hacer un solo párrafo y salir corriendo para disipar la ansiedad. Hacía un párrafo y meditaba, hablaba por teléfono. Pasaba semanas así, de un párrafo.

El avance siguiente era hacer un párrafo día de por medio. Lo logré. Me sentía mucho mejor, encontraba otras cosas para hacer como lavar lo platos y/o el carro, hablar con otras personas, bañarme. 

Después fue la frase. Dos o tres, o cuatro… con el mismo procedimiento: llegar a una sola frase, por ejemplo "la tarde está fría". Suficiente. Después un sustantivo: el carro. Y así, hasta llegar a palabras solas: un día era carro, el otro perro, el otro celular.  Y después día de por medio. 

Llegó el día en que no escribí nada y pude soportarlo pero seguía sintiendo esa necesidad de golpear las teclas. Debía encontrar una forma de dejar de hacerlo de la manera paulatina como había hecho lo demás. Así que me sentaba a golpear las teclas con ritmo, pero teniendo cuidado de no escribir ninguna palabra con sentido: ñlshdg ñlajdsg ujdssna ljla lla oll.

Empecé el mismo tratamiento: del "parrafo" a la "frase" a la "palabra".

Hace varios días que no escribo nada de nada. Excepto hoy que quise explicar mi método. Claro que tendré que empezar de nuevo, pero esta vez tengo fe.