viernes, 23 de diciembre de 2016

NAVIDAD

La esposa del mecánico siembra una balinera en la trastienda del taller y la riega todos los días juiciosamente con aceite de transmisión. La dedicación rinde sus frutos porque a los seis meses brota, acerado y brillante, un árbol de levas. En la navidad los hijos buscan y recogen tuercas, tornillos y arandelas que cuelgan del árbol con la remachadora y en las noches tañen campanas de freno mientras rezan un manual de operación intercalado con un sentido villancico: “ponle el tornillo a la máquina”… 

RESURRECCIÓN

El frío empezaba a calarle desde adentro. Su corazón, intermitente, los dedos ya casi en las rocas, pero tenía la certeza de que esa luz en su interior refulgía, así que todavía había esperanza para un viejo como él; ya era bastante haber transitado desde la muerte hasta el frío y sentía esa profunda conexión a la que estaba acostumbrado; sabía que sus lágrimas ya no chorrearían miserablemente por su cuerpo, que sus temblores acostumbrados volverían, que sus articulaciones le permitirían volverse a abrir al mundo, para prodigar, generoso, sus riquezas. Atrás quedaría su frustración, la dolorosa improductividad y, aunque no sabía cuánto tiempo más le quedaba de vida celebraba la felicidad de no ser ya más un congelador averiado. 

EL TATARANIETO

Se despertó una mañana sin saber si era el tataranieto de Chuang Tzu al que le habían implantado un móvil en el cerebro o era un móvil al que le habían implantado un tataranieto de Chuang Tzu en un circuito.  



DIÁLOGO DE CONSULTA

–¿Edad?...
–4470 millones de años.
–Hmmm…¿ejercicio?
–Rotación y traslación, religiosamente.  
–A ver, a ver… diga mil novecientos noventa y cinco.
–Mil novecientos noventa y cinco.
–Mmmmm…. Veo que tiene usted problemas respiratorios.
–Sí, tos, carraspera, mareos frecuentes, cambios bruscos de temperatura…
–¿Hace cuánto?...
–Cosa como de 2000 años, pero mucho más acusados en estos últimos doscientos.
–¿Le duele?
–Como por aquí, al costado derecho…
–Mmmm… Es mejor hacer exámenes de laboratorio, una biopsia, una atmosferometría...

...

–Y bien ¿qué encontró doctor?...
–Microorganismos…. Se reproducen. Le están extrayendo la  sangre, se la queman... Tiene muchos… Por otra parte le veo ese PM2,5 muy alto… vea, muestra niveles hasta de 170… ¿No ha sentido más calor últimamente?
–Mucho… pero pensé que era la geopausia…
–Y  ¿gases?...
–Muchísimos, sobre todo de efecto invernadero…
–¿Fuma?...
–¡Muchísimo!, pero a mi pesar: he sido fumadora pasiva.
–Déjeme adivinar ¿buses a diesel?...
–Sí.
–Le voy a prescribir una terapia de reemplazo: vamos a ir cambiando los buses a diesel paulatinamente por buses a gas ¿le parece?
–Todo lo que sea por mi salud doctor.

CONFUSIÓN

¿Cómo llegué aquí?... ¡Me asfixio. Este aire denso!…  ¿A qué huele?... ¿Qué es esto?... ¿Y este olor?... ¡Oh! ¡Sale de mí!... ¡Qué vergüenza!... Y este ruido ¡Dios mío!.... ¡este ruido como de ametralladora! ¡me miran, se tapan los oídos… y esas máscaras-… ¿son tapabocas?... ¡Qué vergüenza! ¡Brrrummmm, brrrummmm!... No puedo evitarlo: ¡Brrrummmm,  brrrummmm!...

–Oye… hola… hola… Despierta… ¡Despierta!... ¿Qué pasa?...  

–¡Uff!... –respira– ¡El ruido, el olor… ese aire turbio saliendo de mí!… ¡y la atmósfera!… 

–Shhh… Ya pasó, ya pasó… Tranquilo. Fue una pesadilla. Todo está bien. Eres un autobús a gas ¿no te acuerdas?…

EL HOMBRE Y LA MUJER

En la calle, de camino a la oficina el hombre mira a la mujer –otra de las cientos o miles de mujeres con que se cruza–. Pasados tres segundos el hombre ha olvidado a la mujer y la mujer, la mirada. –no es la única que recibe de camino a la oficina–.
Están sentados en sus escritorios, teléfono en mano. El hombre trabaja en la empresa cliente, la mujer en la proveedora.
–Buenas –dice el hombre– necesito equis tuercas de tal dimensión…  
–Claro, a nombre de quién, dirección...
Hablan sin saber que se han cruzado en la calle.
El hombre y la mujer salen de su trabajo. Suben al mismo vagón del metro: cientos de conversaciones presenciales y telefónicas, el parlante que dicta las normas de urbanidad y los canturreos de hombres y mujeres que oyen música con audífonos inundan el aire como avispas.
Los morrales que cuelgan de hombros reclaman su espacio en el vagón, interponiéndose como guardias en el camino de los demás. El aroma de un perfume sobresale, intermitente, en el olfato del hombre. Le recuerda cosechas de vainilla con sus abuelos, quizá un primer amor. La breve memoria es sustituida por recuerdos, planes, pequeños pensamientos que se suceden a la velocidad del tren.
A la mujer, por su parte, le llega una colonia varonil que le recuerda –no sabe por qué, nunca ha olido uno– a un actor de cine… un Humphrey Bogart, uno de esos… pero igual la asociación de la imagen y el olor es sustituida por la leche que falta en la nevera, el pago al casero, la bendita canilla que no deja de gotear…
Salen extruidos a través de la misma puerta del tren, sus cuerpos estrujados, codo con codo, la mano ajena que cada uno ha sentido y que le provoca la reacción instintiva de separarla.  
Él toma para la derecha, ella para la izquierda. Llegan a sus casas. Duermen y sueñan, el hombre con la mujer y viceversa; se levantan con la sensación de haber soñado con un desconocido conocido o viceversa. Tienen razón: se han visto, tocado, olido y oído. La pega del sueño ha hecho el resto del trabajo. 



LA DECISIÓN

Lo que le hizo tomar la decisión de no volver fue el amor por sus ideas. ¿Qué podía pasar si volviera?... su regreso iba a tener consecuencias a diferentes niveles: Por una parte –con independencia de sus ideas–, sus familiares y amigos –que dicho sea de paso no eran muchos–, iban a alegrarse, o al menos eso creía: celebraciones, repetidos “no lo puedo creer”. La incondicionalidad de los afectos.

Pero por otra parte estaban sus “seguidores” como le gustaba llamarlos. Había dos posibilidades, una, que creyeran en su regreso y entonces se sentirían decepcionados y traicionados porque su decisión de volver contradecía todas sus ideas. Otra, –que podía pasar–, era que no le creyeran e interpretaran su regreso como una jugarreta para ganar publicidad, vender libros, salir en la televisión, aumentar el tráfico en sus páginas de internet.

En cuanto a sus detractores, en caso de que le creyeran –cosa poco posible– le enrostrarían su regreso como una contradicción ideológica y por consiguiente un apoyo a la oposición. Aunque, no se decía mentiras, lo más probable era que nadie le creyera, ni seguidores ni detractores. 

Pero suponiendo que alguien le creyera ¿qué?... ¿Realmente en qué cambiarían las cosas después de su regreso?... Lo que le hizo tomar la decisión de no volver era que no iba a echar para atrás sus ideas –lo único que había tenido valor en su vida– sobre la inexistencia de la vida después de la muerte y la imposibilidad de la resurrección. Ni muerto –como estaba– iba a echarse para atrás, no señor.


DIARIO DE LA BOMBA DE GASOLINA 2

El ruido venía de la puerta del baño.
-¿Qué es eso?... se preguntó la dependienta número uno. Después, al oír un ruido que parecía de arañazos se le ocurrió, con miedo, que podía ser una rata.

Llamó a la dependienta número dos para discutir soluciones: abrir la puerta y el asco y dejar salir la rata y el miedo. O dejar la puerta cerrada y rezar para que la rata dejara de arañar, subir el volumen de la radio para que Eros Ramazzoti gritara a todo pulmón “por ti me casaré” y confiar en que ningún cliente decidiera entrar al baño.

La dependienta número uno llegó a la conclusión de que era mejor morirse de vergüenza y reconocer con humildad ante los clientes que había una rata en el baño; abrir la condenada puerta de una vez por todas y esperar con la escoba cualquier cosa que pudiera salir de ahí –Sebas, el perro de la bomba no era porque yacía la siesta en las baldosas de la entrada–. No. Tenía que ser una rata, el único animal que por su cuerpo de plastilina puede caber por debajo de la ranura de una puerta.

Después de una breve y acalorada deliberación por parte de la dependienta número uno –porque la dependienta número dos parecía más bien sosegada– sobre cómo se repartirían las funciones de la caza, la dependienta número uno asignó a la dependienta número dos sostener la escoba y golpear con contundencia a la rata después de que ella girara la chapa y abriera la puerta, asignación a la que la número dos no puso ninguna objeción. 

Así, con mano temblorosa se acercó la dependienta número uno a la chapa, bajo la mirada curiosa y divertida de algunos clientes y los gestos de desaprobación corporativa de otros. Temblaba; tomaba la chapa y la soltaba con un trémolo «no soy capaz» –la dependienta número dos ni la animaba ni la reconvenía–. Por fin tomó aire, cerró los ojos, abrió la puerta con un grito y de la puerta salió, como un misil grisáceo y voluminoso una rata gigante. Eso fue lo que vio, inyectada de adrenalina y de miedo, la dependiente número uno en la primera diezmilésima de segundo. 

Pero lo que en realidad salió por la puerta fue… ¡Una liebre! Que corrió libre como lo que era, mucho más veloz que un Nissan Sentra (que tanqueaba en el surtidor de gasolina). Cruzó la calle y se internó en un bosquecito de bambú, arbustos y guayabas de donde sería teóricamente imposible descubrirla ya que en lo práctico nadie se interesaría en dar caza a una liebre.


Después los clientes y la dependienta número uno discutieron y se preguntaron cómo diablos había aparecido una liebre en el baño de una bomba de gasolina de una ciudad en la que las liebres solo se encuentran escondidas en las fábulas de las bibliotecas. Alicia, la dependienta número dos callaba con una sutil sonrisa de complicidad. 

QUÉ TAL

Qué tal que se asomen un par de personajes de esos que nunca se asoman: el tipo de sombrero y la rubia del cartoon y de pronto se encuentren y pase algo que nunca ha pasado. El tipo le ofrece un cigarrillo, la rubia lo recibe y lo encaba en uno de esos filtros largos como los de la pantera rosa. Y qué tal que se sienten a fumar y a mirar al infinito sin decirse ni media palabra, sin que entre los dos medie ninguna historia de amor o de deseo, y que, contradiciendo todos los moldes no se enamoren el uno del otro sino que se hagan compañía y que después no tengan el afán de llamarse ni encontrarse sino que se lo dejen al destino y el destino los vuelva a juntar en la vejez cosa que ya es bastante esperanzadora y que entonces se sientan, ya no a fumar porque habrán dejado de sobra el vicio y se quedan otra vez en silencio y descubren ese par de encuentros como encuentros significativos en sus vidas porque han sido poco frecuentes, porque a lo mejor lo frecuente es la frecuencia, o por otro lado los encuentros aislados y únicos.
Y por eso se van a encontrar sin ningún tipo de nostalgia. Habrán sido, enterrados en dos cementerios distantes y sin deudos en común, el tipo del sombrero y la rubia de cartoon que solo se encontraron dos veces en la vida para contemplar el atardecer y no pasar de ahí, aunque es justo reconocer que pasar un atardecer, y en compañía, ya es bastante. 

DIARIO DE LA BOMBA DE GASOLINA

Sin aire, sin sobreponer, carriquí dando vueltas sobre mí mismo. Lo mismo de siempre, basura de Basora; la vulgar y profunda realidad, sin un objetivo concreto. Debilidad. Y esa mierda que sale, que no sale… basura. 

–¡Tiliiiín!... Es el timbre de la emisora, como de avión. ¡Tiilíiin!… una noticia nueva. "Edilberto buenos días ¿cuál es su opinión sobre el tema de hoy?"...

Todos con sus objetivos, con sus para qué, con sus porqués, con sus ponqués. Solo que hoy es más difícil. Algunos días es más difícil por lo que se siente. Algunos días Khattam Shud desde el principio. Ojalá uno pudiera salirse de sí mismo, pero no es posible a no ser después de mucho tiempo. El corazón. Siento el corazón, mucho corazón, el corazón a flor de pecho. El corazón como un croissant. Palpitante. Ese tire y afloje entre adentro y afuera.

Un tipo se rasca el cuello mientras digita su clave en el datáfono y dos tipos conscientes hablan por teléfono. Llega la policía, dos policías. No siempre cuando llega la policía es porque ha pasado algo, los policías también tanquean sus motocicletas y comen croissants y beben café. 

Rompecabezas. Pedazos que de pronto se juntan, pedazos que a lo mejor dan espacio a algún pedazo significativo, nada más que pedazos grandes. Y este sueño...

El perro de la bomba se lame la pata delantera izquierda.  El policía lee la noticia sobre el presunto robo o asesinato del alcalde. Quiere leerlo, tiene que ver con su trabajo. Un tipo ancho de camiseta y camisa desabotonada, un tipo relajado, pasa. Y una buseta verde. Y dos tipos de la mesa de al lado se ríen. 

El negrito viene con el recogedor y la escoba, con su tumbao. Con la punta de la escoba va montando pequeñas basuras en el recogedor verde. La escoba de cerdas rosadas, como todas. La señorita de la tienda sonríe porque el negrito le ha dicho algo. Van a la despensa al lado del baño, saca un jugo de caja, un jugo de cajita, un juguito de caja, un juguito de cajita para uno de los polis. Una señora pasea un perro negro grande. Otra señora pasea un perro blanco pequeño, un llavero de perro.

Uno de los policías llega a la conclusión, por el armamento de los delincuentes, que al alcalde lo iban a robar. Dice “Lo iban a robar”, con tono de cosa obvia, por el arma que tenían. Leen el periódico, se oyen comentarios por sus radios. Cosas de trabajo. Una pistola. El policía negro tiene una superpistola al cinto. Las macanas descansan sobre la mesa, macanudas macanas. 

El atrapamoscas ganadero busca su comida en una rejilla del piso. Con sabor a gasolina seguro. Moscas a la gasolina come. Sus amigos le dicen que debe dejarlo: “mirá como estás volando, mirá que podés tener un accidente”… pero él no hace caso, está demasiado enviciado a los moscos con gasolina, y además está joven; es un moscoso impertinente. Camina con su andar cómico de pájaro o de borracho. Hace pequeñas carreritas. Camina, mira. Una especie de mascota inmascotable.

Mucha comida dejan estos automovilistas pechiamarillos.  Y come y come ¿de dónde saca tanta comida? ¿cómo puede encontrarse comida en el asfalto de las bombas de gasolina?. pasa otro pájaro, un compañero más de esos que no se saludan por la costumbre y le sermonea: "Mira a los pájaros del campo ¿se preocupan?"... Preocupado no, atareado glotón que come todo el día, poquito pero constante, no sabe qué es una gastritis.

Ahora se aproxima a la tienda a la cafetería. Le valen madres los clientes y los carros. Siempre atento, se pierde debajo del Sandero. Reaparece. Pájaro mago con el pecho color de mango. Un avispón negro, helicóptero diminuto, voletea alrededor de los policías buscando protección, huyendo del atrapamoscas. 

Música guapachosa y más duro. Han subido el volumen de la radio y el policía hace lo propio con el suyo para poder oír instrucciones, comentarios, persecusiones en desarrollo.

El perro de la bomba ladra emocionado a un tipo gordo de cachucha y radio –parece personaje de reality gringo–, una segura fuente de comida. Los tipos de la mesa de al lado se montan en el Sandero para irse, el policía sacude el jugo de cajita.

Aterriza un carro frigorífico que tumba el frágil castillo de naipes del silencio. Se van los policías dejando la música electrónica y las cajas de jugo artificial en el tacho de la basura.

Se va el carro frigorífico. En el intermedio entre una canción y otra se hace un silencio relativo. Y vuelve el beat electrónico.

Una historia sin nudo y sin desenlace. Mi vida, una película sin nudos y sin desenlaces. Una de esas historias que no se sabe de qué son, una de esas historias sobre nada, sobre una cotidianidad mucho menos que común y corriente. La cotidianidad del tipo que llena el tiempo con palabras en una computadora. No es más. A la esperanza de que llegue a recogerlo una historia que muchas veces no llega. Una historia desentendida, una historia abandónica (enseñarle palabras al computador).

Volcarse hacia el maravilloso sinsentido de todo, hacia el absurdo, Alberto; hacia el Alberto, absurdo.

Ni una sonrisa se ha colado hoy por la cara del tipo.  De nada le valen las sonrisas de las señoritas de la cafetería cuando traen el café. De nada le sirven los resbalones en el piso de papiro, los resbalones de la mente. Eso, el chiste, un resbalón de la mente, un pastelazo imprevisto en la cara de la lógica previsible.

Aparece el perro lámpara. Triste. Y otro perro gordo, blanco y chiquito como un conejo.

–¿Este grande no le tira?... pregunta la “dueña” del conejo.

Y no, no le tira. “Sebas”, el perro pacífico y anaranjado de la bomba no le tira a nadie. Le tira al sueño, le tira a la siesta. Le tira a las galletas de la tienda que venden para tirarle (Tienen un tarro de galletas que dice “Galletas para Sebas”). La gente quiere a los perros. Perro gasolinero, perro de bomba de gasolina que se acurruca y se arrulla con la suave música electrónica. El perro sueña psicodelias. Sueña con luces verdes, mandalas rojos, caleidoscopios que explotan al ritmo del beat: tacatá chí. Tacatá chí. Tacatá chí… pun pun pun pun pun pun… la cola baila, izquierda y derecha, izquierda... marca el beat en el piso. Tá tac tac tac… tá tac tac tac…   Sebas no tiene problemas con la dulce monotonía de la vida.




domingo, 25 de septiembre de 2016

EN EL SUPER

En el supermercado, los estantes repletos de ataúdes, la diosa de la muerte empuja el  carrito de la compra. Su pequeño hijo de veinte siglos le hala las faldas, primero pidiendo, después suplicando:  

–¡Quiero un muerto mamá! ¡Quiero un muerto!... “el de la caja café con ventanita de vidrio”, mamá…

La mamá diosa no se lo compra. El niño dios de la muerte grita a todo pulmón con mocos y lágrimas  ¡yo quiero! ¡yo quiero! ¡yo quiero!…

Poco a poco irá aprendiendo que cada día lleva su afán y cada noche su parsimonia; que no se pueden tener todos los muertos en un día porque podrían indigestarnos, embotar nuestro deseo, y con el tiempo, hacernos incapaces de valorarlos.

LA SELVA MALL

La señora treintaycincoañera picoteaa el chat con su dedo índice. Un gallinazo, cóndor citadino y genérico, vuela suavemente por la ventana mientras en la fila del café restalla, desde un bolso de cuero, el cascabel de una serpiente. Una pareja homínida mira vitrinas en busca de objetos que sirvan a su cueva cúbica, igual que hace miles de años, en el plecioceno, buscaban bayas, palos, pieles que pudieran servir.

La selva respira todavía en los estampados tigrescos de la señora volumniosa. La selva sigue viviendo en la paciente hembra que espera a su cría mientras aprende el indispensable arte de abrir empaques de cartón.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

ZZZZZZ

Cerebráculo dormebundo que se vino a despertar a las cinco de la tarde. Cerebrículo de vacaciones, cesante; qué injusto cerebro musical: do–re–mi–do, pariendo zetas todo el día.

Quiere soñar mi cerebro –¡con esa hambre de almohada que tiene! –... y yo, verdugo, no lo dejo. 

Cabecea, cerebrea, y yo lo obligo a ver estas cosas de piedra, a oler este polvillo de cemento, efluvio de zorrillos de concreto.

Él queriendo a Bethoven vivo y yo dándole tractores, sopa de máquina a la gasolina, silbidos de obrero arreando mulas de acero revenido, gemidos de retro jugando con su comida de tierra –como prohíben las madres– sin comerla, y luego los pedruscos que caen ¡pobre cerebro! a punta de cincel.

Se va a ir de vacaciones mi cerebro, se va a ir, por la noche, para la costa de la almohada y, como Alfonsina, se va a meter al sueño hasta ahogarse de luces, de recuerdos deformados, de jeroglíficas imágenes, de promiscuos personajes.

Nunca había tenido tanto sueño tanto tiempo seguido. Qué horrorosa cuerda floja de un malabarista que queriendo caer no puede o no lo dejan. 

martes, 8 de septiembre de 2015

PERRO

Perro. Peludito, de esos perros que parecen de inmediato raza callejera, gris, con manchas negras de melanina o de mugre. Perro de barbas presumiendo de intelectual en espontáneas asambleas de basurero, perro que a fuerza de mucho condicionamiento operante aprendió a fumar la pipa como había visto que lo hacían algunos humanos mientras velaba sus mesas en la cafetería de manteles de cuadros rojos.

Perro callejero, y sin embargo, tierno. Los niños callejeros se ponían felices pues a su casa había llegado un perro nuevo. Un perro gris–negro que en sus momentos de pegamento parecía una nube que parecía un perro. Lo bautizaron con el nombre de nube. Nube gris, a punto de llover. Y en verdad que llovía a chorros, llovía sobre los hidrantes y sobre las paredes dejando su firma de grafitero efímero.  

Hambriento, hábil en la selección de la basura. Los perros de basura no comen cualquier cosa. Perro. Gris, negro, peludo, sin bañar. Una vez se bañó y le gustó, pero no siempre estaba dispuesto a dejarse mojar por la lluvia, demasiado ácida para su gusto.

No era cierto que perseguía gatos. El perro gris, peludo, barbado, se metía por callejones cuyo destino desconocía, su olfato de curiosidad insaciable lo llevó a recorrer una buena parte del mundo. Hay tanto que oler…

Un día se encontró una perra que no era gris, peluda, de barba –la barba le parecía un atributo demasiado masculino–, una perra de pelo corto, con manchas cafés y grandes. De no saber que se trataba de una perra por los delicados efluvios de su trasero, a vista compleja, a vista borrosa, se diría que era de la raza Holstein.

Se encontró con la perra en la esquina del hidrante número cuatro. Y fue muy respetuoso. No pasó de las olfateadas corteses que se obsequian los perros. No intentó, como se piensa erróneamente proponerle una intimidad o una extimidad amorosa. En cambio se ofreció a llevarle los paquetes, una bolsa raída de parva que había obtenido en un basurero exclusivo del norte.

Les pareció que hacía un buen día para hacer un pic–nic, o en su jerga, un dog–nic, a la sombra de un casco de vaca. El dog–nic no duró mucho. De un solo trago apuraron las almojábanas con hongos que los llevaron a hacer un viaje hacia su interior. Se vieron en otras vidas y descubrieron que la multiplicidad de vidas no es asunto exclusivo de gatos. Así el barbudo gris se vio acompañando a Gengis Kan y la holstein se vio en una vida muchísimo anterior, como una loba que corría con mujeres.

Después se vieron como palomas en el atrio de una iglesia y ensoñaron que les tiraban pedacitos de pan, maíz, de vez en cuando una piedra perversa. A veces perseguidos por perros, qué ironía.
Con las lenguas afuera, jadeantes, patas arriba, se calentaron con un rayo de sol que entonces les pareció un rayo extraterrestre que les abducía las pulgas y la mugre.

Nunca soñaron con tener dueños, los perros saben bien que nadie es dueño de nadie. Cuando volvieron en sí ladraron un poco para aclarar la garganta de tanto silencio y ladraron como ellos lo hacían no con esa pobre onomatopeya de humanos analfabetas en la lengua canina. Se despidieron con la cortés olida de traseros y cada uno rumbo a sus respectivos callejones. 

GALLINA

La pluma de la gallina pelirroja parecía teñida. ¡Esos visos que daba en el aire mientras caía del palo de guayabo cuando se subía a dormir! Como la gallina, la pluma también era de corto vuelo. Mírela, ahí va surfeando en el aire, pa´ cá pa´ llá, como si de un juego de parque de diversiones se tratara. Va y se devuelve, va y se devuelve, y esto lo hace como ocho veces porque la altura desde la que se madura no es mucha. Las gallinas no se preocupan por estas caídas porque saben que cada vez que una pluma cae otra nace.

Y esa gallina no tenía conflictos con nadie: picoteaba el piso, dejaba sus cagarrutas, comía maíz, y lombrices –sus preferidas– porque era una gallina italiana, de esas que saben de alimentos cilíndricos y estirados ¡mama mía! parecía decir cuando sorbía el último tramo de lombriz.

Pongamos a la gallina a encontrarse con el gallo fumando un tabaco. Realmente la comunicación de los gallináceos no es mucha; si los ponemos a hacer cosas humanas es para hacer alegorías. Uno se pone en el lugar del gallo y le parece que no hace mucho: cantar y fecundar. La gallina, cacarear –pues no es muy dada al canto–, poner huevos, comer y lo que queda dicho.

La gallina, a eso de las seis de la tarde, porque la gallina es un animal puntal como todos, se sube al palo de guayabas que el campesino, queriendo hacerle la vida un poco más fácil ha hecho accesible con una vara de bambú. La gallina sube; de vez en cuando aletea un poco para mantener el equilibrio. Se para, se acurruca, y listo, a dormir, hasta el día siguiente en que realiza el proceso inverso.

También sueñan las gallinas que se caen del árbol; y sueñan que se les cae un diente como si nada porque en los sueños es totalmente posible que las gallinas tengan dientes. También sueñan que pronuncian, desprovistas de plumas, discursos de graduación en auditorios concurridos, o que vuelven a la primaria y no logran resolver un examen. Todas estas cosas sueñan las gallinas subidas en el palo de guayabas, pues los sueños no son cosa exclusiva de los humanos; más bien, los sueños son más o menos estándar y se manifiestan en diferentes seres, así como se ha sabido de personas humanas que sueñan que ponen un huevo o hacen cortos vuelos que un psicoanalista solía interpretar como deseos de tipo sexual.

Las gallinas no van al psicoanalista; bastante acostumbradas están a esa pequeña depresión post–huevo, bastante acostumbradas están a esas relaciones tan fugaces con el gallo y a compartir los oficios amatorios con sus compañeras, aunque se tiene registro de una gallina que una vez logró elucubrar el mecanismo de la tutela para exigir lo que consideraba su derecho inalienable a la exclusividad marital.


Parece injusto, por el estilo de vida gallináceo que no figure en ningún calendario el año de la gallina (el del gallo sí) pero debería haberlo. El año de la gallina ha de ser un año en el que todo anda más o menos normal a no ser que se esté de huésped en una casa en la que escasee la comida y los anfitriones nos miren como una opción posible para el menú de la tarde. 

lunes, 31 de agosto de 2015

ESTUDIO SOBRE LA VACA

Basta con empezar a decir, por ejemplo, una vaca. Meterse en la vaca. Sentir lo que uno siente si se atraviesa una vaca en este momento aunque sea en el potrero de la imaginación.

Sentirlo de verdad. Uno de los sentimientos usuales es que la vaca nos es indiferente. Pero si la miramos bien, si nos adentramos en su bovina esencia…

Mientras en su bovina esencia le veo y le gozo…

El tema religioso es ineludible; y de la vaca a lo religioso no hay más que un paso, un mugido, baste con decir que en la india las vacas son sagradas, que los dioses hindúes parecen en Córdoba, Antioquia, tocando la cítara mientras al fondo pastan unos toros cebú…

(El ultra diestro por ahí, matando vacas sagradas, gente y dioses hindúes; dándole bala a Krishna –reguero de sangre azul– a Shajti, a Ghana, Ghanesh, Hanuman, y todos los demás).

Pero no nos engañemos; esas son asociaciones mentales de la vaca, vamos a la emoción:  Algo bonito de la vaca es el hocico. Siempre húmedo, siempre brillante, con esos puntitos. El hocico de la vaca siempre es nuevo. Y la lengua de la vaca, como de lija. Recuerdos pueden venirse pegados de la vaca, recuerdos personales: una vaca –es el nombre de la especie pero el individuo era tal vez macho– que me lamió la mano en el corral de la finca de mi papá, de “papa” como dicen los españoles. Pequeño recuerdo de sorpresa, de júbilo. No saber cómo era la lengua de la vaca y sentirla, tan diferente a la del perro… pequeña felicidad.

Lo otro es ser una vaca. Esa cosa buena de la vaca que no anda fingiendo a nadie su estado de ánimo, esa distancia de cero entre el sentimiento de la vaca y su semblante. Afortunadas las vacas a las que nadie les pregunta qué es esa cara. Esa cara de la vaca como de funcionario inexpresivo que no responde el saludo, que no da información, que solo pone el sello, entrega el recibo, indica la próxima oficina, el próximo trámite.

También la vaca se espanta las moscas con la cola. Me parece estar sintiendo el campo minado de bostas y de moscas, la vaca rumiando y dándose latigazos con la cola como si fuera un monje de esos que se autoflagelan aunque los animales no son tan estúpidos como para autoflagelarse.

Qué más de la vaca.

Los colores. 

Si las vacas no fueran normalmente sucias sus colores se verían mejor. Sus colores gustan tanto, lo que llaman “animal print”. Quitándoles lo peludo y lo maluco que huelen (aunque a decir verdad hace tanto tiempo que no huelo una vaca que digo que huelen mal por conclusión lógica, por su proximidad con las bostas –qué refinado– con la boñiga, decimos aquí).

¿A qué huele una vaca?

¿A qué huele una vaca? Ni idea. Muchos podrán utilizar el recurso fácil de decir que la vaca huele a vaca por aquello enseñado en la lógica de que siempre A=A, B=B y esas tonterías que funcionan para las letras pero no para las personas y las vacas. Habría que hacer un esfuerzo de ir a olerse una vaca y después hablar, alguna cosa habrá para decir; porque no es justo decir que la vaca huela a boñiga, sería como decir que los humanos olemos a… bueno, ya se sabe.

El sonido de la vaca:

El sonido de la vaca es como un mantra. Por eso será que son sagradas en la india. A mí me encanta el canto de la vaca y me he esmerado en imitarlo. Creo que no es ninguna novedad decir que entre la onomatopeya del sonido de la vaca y el sonido real hay varios potreros de distancia. La vaca desconoce los fonemas humanos. El fonema de la vaca no es conocido por los humanos. Se intenta aproximarlo a fonemas conocidos pero se trata solamente de eso, de una aproximación, como toda aproximación, diferente.

En una próxima edición:
Ordeñar una vaca: (¡Estos seres humanos!)
Las dificultades de la técnica de ordeño. 
Reflexiones sobre la ética del ordeño: ¿está bien ordeñar una vaca?

UNA REGLA PARA LA VIDA

UNA REGLA PARA LA VIDA

Las tijeras se encontraban metidas en un recipiente que, de no ser porque se veía repleto de “útiles”, a saber, dos lapiceros de tinta mojada (toda la tinta lo es ¿no?), un marcador, un chequeador de corriente amarillo y una pinza de colgar ropa, entre otros objetos ocultos, se diría que era un pocillo común y corriente para tomar café o cualquier tipo de bebida o de infusión.

Las tijeras eran disparejas, pero no es que se tratara de un defecto congénito o de un accidente. Se trataba de un diseño intencional. Una de las orejas superaba con creces a la otra, todos los sabemos, para que quepan más dedos. Las tijeras eran azules y amarillas; la desigualdad de sus ojos las hacía parecer un fantasma de caricatura, nada serio.  

Ahí estaban esas tijeras, quietas, esperando o no esperando –a los seres humanos se nos ha metido que las cosas esperan y las cosas simplemente están allí– esperando a que alguien las cogiera, a que alguien les atravesara por las cuencas de los ojos unos dedos dispuestos a hacer presión en ambos sentidos de un eje imaginario para cortar y abrirse. Cortar y abrirse, cortar y abrirse, no para descortar que tal cosa es imposible o si no, serían unas tijeras mágicas.

Pero sí, eran unas tijeras mágicas, como todas las tijeras de los cuentos porque unas tijeras por sí solas no darían nada para hablar a no ser que fueran meros instrumentos de personajes vivos: las tijeras de un peluquero maldito, las tijeras de un asesino a sueldo, las tijeras de una modista zombie, las tijeras de cualquiera, utilizadas siempre para delitos y homicidios y cosas malas al final, aunque al principio fungieran de instrumentos correctos para cualquier profesión u oficio.

No. Estas tijeras tenían vida propia, pero a diferencia de las tijeras de los cuentos morbosos estas tijeras eran más bien estúpidas o ridículas. Tenían una manera tan tonta de abrirse como si de unos labios sueltos y babosos se tratara. Ante cualquier movimiento o temblor se abrían y se cerraban. El eje que suele atravesar las dos patas se encontraba flácido, suelto y por eso las tijeras no tenían absolutamente ningún criterio sobre cuando abrirse o cerrarse. Y ni decir que a la hora de cortar, una de sus poquísimas funciones en la vida aparte de servir, y mal, para limpiar los intersticios entre las uñas y los dedos, su falta de rigor, la excesiva luz que quedaba cuando cerraba las piernas hacían, no solo que no cortara los papeles que le eran destinados sino que además los arrugaba, haciendo necesarios nuevos y costosos procesos en el sentido de que todo cuesta algo, así como todo, por pequeño que sea tiene una masa y un volumen.

Pero a la tijera esto le quedaba más o menos sin cuidado. Ante las burlas del destornillador y el lapicero y el marcador se defendía diciendo que ellos no sabían lo que era ser tijera, del mismo modo que ella nunca llegaría a saber qué se sentiría ser uno de ellos ni como hacer su trabajo a la perfección. –Y mientras esto decía unas pequeñas virutas de papel mal cortado se resbalaban por sus hojas. Las cosas tontas, las cosas ridículas siempre dejan caer otras cosas de sí sin que en ello medie intención consciente alguna.

Al gancho de ropa le parecía que razón podría haber en las palabras de la tijera –unas palabras a decir verdad más bien entrecortadas– aunque por su similitud sospechaba que algo no estaba bien en las tijeras. Pero no podía asegurar que la similitud asegurara una comprensión del ser–de–la–tijera–en–el–mundo, como había estudiado en los libros de filosofía para ganchos de ropa. Por lo demás el escritorio en el que vivían era tan pequeño que de más tijeras no se sabía nada más, para ellos, la ridícula tijera de ojos amarilliazules era la única tijera del mundo, la tijera primigenia, la única tijera que habían visto desde que tenían uso de metal, de plástico y de grafito.

Pero he aquí que, como era de esperarse, llegó al pueblo de escritorland, un nuevo húesped. Un nuevo forajido. Se trataba de… si… de… una regla azul.

–¿Y esta cosa tan rara qué es? Le preguntó el destornillador al marcador permanente que hacía justicia a su nombre pues ya llevaba más de cuatro años metido en el pocillo.

–No sabría decir, dijo con seca lengua de marcador viejo el marcador permanente… yo diría que se trata como de un pedazo de plástico azul trasparente con rayas y números!, y al decir frase tan larga se fue emocionando pues vino a su recuerdo el hecho de que en su juventud también el había dado mucho azul de qué hablar a hojas y cuadernos y carteleras y cuanta cosa porosa se decidiera a albergar su baba adherente y celeste.  

A las tijeras el nuevo habitante del escritorio no le produjo el más mínimo interés pues era la hora en que tomaba la luz de lámpara para mantenerse igual a como se mantenía con o sin la luz de la lámpara. Sin embargo en ese instante tuvo un momento de lucidez: ¡Qué ridícula soy!. Tuvo plena consciencia de su ridiculez de tijera fofa, de tijera patiabierta, de tijera dispareja, y mucho más ridícula y absurda aun cuando se oyó hablando en un lenguaje a claras vistas no diseñado para tijeras a quienes les queda muy difícil pronunciar fonemas para los cuales son necesarias lenguas, paladares y dientes… si al menos fuera una de esas tijeras de dientes… pero no, era lisa como una de las modelos vintage que había visto en una de sus últimas recortadas por la revista Vanidades.

En cuanto al gancho de ropa, un poco despistado, puesto en un lugar lejano al acostumbrado y que carraspeaba la lengua por ausencia de un poco de agua jabonosa, el tema de la regla sí le había dado un poco de curiosidad pero rígida como era su forma de ser, no le dio más importante de lo necesario. Pensó que nada tenía el que ver con esto y que a simple vista el artilugio no parecía tener nada que ver con ropa, jabón, alambres y ropa bailarina al compás del viento.

Se hizo, en el otro pocillo, que había otro, una asamblea de marcadores, algunos permanentes o “en propiedad” como a ellos les gustaba nombrarse y otros borrables o “provisionales” como les gustaba llamarlos a los permanentes para sentirse con un estatus mayor.

–Miren ese pedazo… –dijo uno de los más viejos–… me parece que he visto una cosa de esas antes cuando estuve en la escuela de ingeniería…

–Mmmmm… ni idea… –dijo uno negro a uno verde que estaban sin estrenar… yo hasta el momento solo he utilizado una treintaiseisava parte de mi contenido, son pocas las hojas y que han penetrado estas fibras apretadas.

–¡Uau! –Dijo el verde– No sabía que tenías talento para las palabras, nosotros, que parecemos más como de dibujo.

–No creas –dijo el negro humilde– es que llevo tanto tiempo aquí sin usar que ocupo mi mente en fantasear sobre las palabras que algún día escribiré si es que de pronto me coge un poeta o algo así y escribe cosas con migo.

–¡Con esa tapa a misa!, dijo con amargura y desilusión uno de los más viejos que era rojo. No te hagas muchas ilusiones, esta señora del escritorio no parece muy dada a hacer nada diferente a escribir en un computador (ese pretencioso computador) y no creo que algún día vaya a encontrarnos utilidad. Yo sé bien por qué te lo digo. Marcador viejo pinta parado…

En esas disquisiciones estaban cuando uno de los marcadores borrables llamó la atención:

–¡Shhh! ¡Creo que ha hablado!

Entonces todos dirigieron sus tapas de colores hacia el pedazo de plástico azul con números y rayas, suponiendo que era en la tapa en donde tenían sus oídos, aunque nunca supieron a ciencia cierta si los tenían.  Pero de todos modos era mejor, aunque fuera pretender tener oídos porque los del otro pocillo a lo mejor podían tener oídos y creerse más, y bueno… los marcadores suelen ser más bien orgullosos.

–Es que… –empezó a musitar con una suave voz, con una vocecita de oro, la reglita azul.

–¡Hey quiere hablar! –Dijo el chequeador de corriente desde el otro pocillo y ahí si todos, hasta la tijera pararon oreja (la tijera se preguntó si los huecos por donde metían los dedos eran ojos o eran orejas).

–Es que… –continuó la regla entre tímida e infantil– vine a cortar unas hojas…
Tremendos como siempre fueron los ojos que abrió las tijeras. Casi se aprieta su eje. Ahí si se cerró como una tijera inteligente.

–¿Qué has dicho?... ¿acaso has hablado de cortar hojas? ¿Es que no sabes que ese es mi trabajo?...

–Pero es que yo también sirvo para cortar hojas –dijo con su vocecita la regla.

–¡Ja! ¿tú?... permítame que me ría –y abrió y cerró las patas haciendo ese ruido como de máquina de escribir que hacen las tijeras cuando se abren y se cierran rápidamente. Y por supuesto que no era una risa sincera sino una mueca de risa, una risa sarcástica, una risa mordaz.

–¿Cómo así? –Respondió ingenua la regla– ¿Es que tú sirves para cortar hojas?

–¡Pero qué pregunta! ¡Claro que sí! –respondió cortante la tijera.

Y antes de que retara a la regla a cortar algo de papel para verlo vio como los dedos firmes de una mano se posaban en la regla que estaba encima de unas hojas de bloc. La otra mano tiró de las puntas de la hoja de block, y la tijera conoció un nuevo paradigma; vio que había otras formas de cortar hojas y que la presión era la clave para todas las cortaduras, así la juntura rigurosa de sus patas como la presión de la regla sobre las hojas y la velocidad.

Se dio cuenta que muchas eran las cosas que la separaban de la regla, muchas más de las que separaban sus patas e intuyó que la regla podía servir para otras cosas. Un poco más humilde, un poco más tranquila, ser la única tijera del universo del escritorio también era una carga considerable, decidió entablar una conversación más amigable con la regla.

–Y… con todo respeto (y hasta cariño) ¿eso es todo lo que sabes hacer? ¿sabes hacer más cosas? Eres una forma de tijera o tienes otros dones, otras virtudes?

La regla, ya sintiéndose en más confianza (le empezó a parecer que en el escritorio se practicaba una política de inclusión) dijo para tranquilizar a la tijera –la regla estaba pequeña pero no era tonta–: Esa es solo una de mis funciones, pero debo confesar –y bajó la voz un poco–, esa no es mi verdadera pasión, aún más, podría decirse que no es un uso apropiado para mí. Y ahí se le iluminaron los ojos:

–A mí lo que me gusta es servir de guía. Y se fue poniendo trascendental: yo solo soy una guía en la que vosotros, sí, vosotros, –dijo llamando la atención a marcadores, lápices, lapiceros, no al gancho de ropa, no al chequeador de corriente–, para que vosotros cumpláis vuestra labor cuando de andar por el camino recto se trate…

Yo soy guía y soy apoyo y soy también… lo dijo rascándose una inexistente barba de plástico… soy también la medida justa. Conmigo podéis contar siempre… tanto milímetros como centímetros… y.. casi dos decímetros, porque solo mido dieciocho centímetros, y nadie puede, como dijo el profeta, añadir un codo a su estatura, pero no importan las distancias, yo podré duplicarme y desplazarme y acomodarme hasta conquistar el metro, el decámetro, el hectómetro.

Soy vuestra guía, amigos, en el camino de la rectitud….

Los demás útiles quedaron estupefactos, hasta llegaron en un breve lapso sentirse inútiles pero, sin embargo, las palabras inspiradas de la pequeña regla azul llegaron a sus corazones de plástico a su sangre de tinta, a su alma de grafito.

–¿y cómo hemos de llamarte? –preguntó un cabo de lápiz que estaba en el fondo del pocillo y que sin embargo había estado atento a todos los hechos, desde las discusiones con la tijera hasta el sermón de la regla.

–¿Cómo os han dicho que me llamo?.

–No, nos han dicho, respondieron a coro todos los útiles.

–Pues llamadme regla –les dijo– y si os preguntan decid que yo soy la regla, el centímetro y la guía.

Y a vos, oh tijera que primero habéis sido inconsciente de vuestro valor y después habéis tenido celos y envidia quiero dejarte esta enseñanza: Cuando sientas que pierdes el filo… el feeling… ve a cortar lija que las suaves aspas se afilan en los duros granos.

La tijera guardó silencio y una pequeña lágrima de aire vino a correr por su ojo pequeño secando su eje y sus patas y fue a dar un abrazo a la regla que le había mostrado tantas cosas. Tan fuerte fue el abrazo de la tijera que le botó dos centímetros a la regla.     

Desde entonces puede verse en la patria de escritorland, una hueste feliz aunque las más veces inútil de útiles, un regla floja y fofa que volvió a ser afilada y patijunta y una regla sabia y azulada que sigue contando, que sigue midiendo, que sigue guiando, con toda la pasión de sus dieciséis centímetros restantes. 

miércoles, 18 de junio de 2014

Me emborraché. Quería hacer algunas cosas al escondido de mí mismo.

domingo, 20 de abril de 2014

IDEAS DESORDENADAS PARA UNA APOLOGÍA A LA GUEVA


Apreciados seres humanos: en el día de hoy venimos ofreciendo este rico caramelo masticable el cual tiene un valor y un precio de $200. La persona de buen corazón que quiera colaborar, Mi Dios se lo ha de pagar. Recuerde, uno le vale $200 tres por quinientos.

Bien.

Sin más preámbulos vamos a nombrar el título de nuestra charla de hoy: APOLOGÍA DE LA GUEVA, o DEFENSA DE LA GÜEVA, o DIGNIFICACIÓN DE LA GÜEVA.

Amigos:

En primer lugar no se tome el vocablo güeva en un sentido vulgar. Por el momento no TENDREMOS EN CUENTA su acepción anatómica de testículo o gónada. No. Lo que quiero que exploremos es el sentido psicológico de lo que significa SER una güeva; del sentido existencial, de lo que significa, como decía Heidegger, SER una güeva en el mundo.

Yo sé que muchos de nosotros en algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido como unas güevas. Otros lo vivimos día a día.

Porque ser una güeva es una vocación. Todos somos en alguna medida una güeva pero no todos llegamos a explotar el máximo potencial de ser una güeva, nuestro máximo potencial de gueveidad.

Algunos iluminados han llegado a sintonizarse profundamente con la güeveidad, a saber, la cualidad esencial de la güeva. Sin embargo, hay muchos que no han llegado a darse cuenta de la importancia.

Como aquí hay señoras, no quiero herir su sensibilidad y el tratamiento que voy a dar de la güeva será enteramente respetuoso.
Vamos a la fenomenología del asunto, o sea a la observación del fenómeno. Hace poco escuchaba a una niña preocupada diciendo que cuando estaba con la persona que le gustaba se comportaba como una güeva, decía estupideces. “va a creer que soy una güeva” decía. Yo le interpelaba: Va a creer que eres una güeva, o va a saber que eres una güeva. Porque ahí es donde está el enredo. Somos unas güevas pero queremos ocultarlo. Es connatural ocultar la güeva, pero no porque sea vergonzosa sino porque es muy importante. 

Ahora bien, que es ser una güeva en el habla común:

Ser una güeva es:
Equivocarse
No coincidir con un ideal que tenemos de nosotros mismos.
Ser torpe: la torpeza es una habilidad no desarrollada. Como vamos a desarrollar una cosa si no la aceptamos, no la reconocemos?

No reprimas tu güeva interna queriendo parecer importante, interesante, hábil o ágil; lo que de verdad enamora a las personas es esa güeva que habita en ti. Abraza a tu güeva interior, pero con amor

La función trascendente de la güeva: quiero contar…

Por qué se originó esto?
Dos personas que van a mi consulta se han quejado en algún momento de que se sienten como una güeva. Cómo se siente uno como una güeva? Yo diría que sentirse como una güeva implica cosas muy agradables tales como sentirse:
Calientico
Protegido
Suave
Flexible
Elástico
Escualizable
Acompañado por otro igual que está en tu misma situación y que por lo tanto te comprende, aunque esté un poco más arriba o un poco más abajo.

Me dicen, me siento como una güeva. Y yo invariablemente les respondo: y cuál es el problema con la güeva? El problema no es sentirse como una güeva, sino el poco valor que le damos a la güeva, como si ser güeva fuera algo negativo, algo malo. Cuál es el problema con la güeva, si uno asume que en ocasiones es una güeva está protegido de la reacción negativa cuando se piensa, o peor, cuando alguien sugiere que somos unas güevas. 

La respuesta que yo sugiero es asumir con orgullo que somos unas güevas. Es que usté es una güeva y uno responde, con conocimiento de causa, con conciencia, si… soy una güeva. 

IDEA PRINCIPAL:

Ser una güeva no es un problema, el problema es no aceptarlo, entonces la solución no es dejar de ser una güeva, cosa imposible, sino aceptar que se es una güeva. Porque la güeva es una cosa chévere, es una cosa digna y es una cosa valiosa.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

El problema surge de una expresión que han dicho dos personas en la consulta psicológica: “me siento como una güeva”. Yo he respondido en las dos ocasiones con una pregunta ¿cuál es el problema de ser una güeva?, por qué esa animadversión, esa pelea, ese conflicto con la güeva?.

DEFINICIÓN DE LA GÜEVA

En primer lugar la güeva es un órgano, una gónada que produce los espermatozoides y las hormonas masculinas, la testosterona. Sin embargo en el lenguaje psicológico, se alude a la güeva, en el sentido de “ser” una güeva o “parecer” una güeva, quizá más la primera expresión que la segunda. Es la definición de güeva que nos interesa. Hasta el momento, hay una definición anatómo-fisológica y una definición psicológica-caracterológica

LA GUEVA COMO ESTRUCTURA PSÍQUICA

La güeva corresponde a la imagen de una persona disminuida, devaluada, caracterizada por dos atributos fundamentales:

La lentitud motriz
La torpeza motriz o intelectual
Cierta falta de tensión  facial, falta de tonicidad, flacidez.

La imagen de la güeva siempre está presente, hace parte del repertorio mental, y en algunas ocasiones se hace consciente. 


Soy una güeva es una metonimia, procedimiento literario que consiste en tomar la parte por el todo. Ahora está el paradigma holográfico: en la parte está el todo. En la güeva está el ser humano y en el ser humano está todo. 

LA SACADA DE LA CÉDULA


En un lugar de la Villa, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que… boté la cédula. Una voz interior me preguntó ¿Dónde olvidaste la cédula, Santiago? Y me respondí a mí mismo: ¡Pues si supiera donde la dejé no las estaría buscando güevón! Entonces, corregido por mí mismo cambié la pregunta: ¡Eh! dónde habré dejado esa p… cédula… Dirán que es una vulgaridad utilizar esta palabra para referirse al documento en cuestión pero no encuentro una descripción más precisa para una que se ha perdido irremediablemente.

Hablemos un poco de la cédula. En primer lugar, ¿para qué le ponen la huella a la cédula? Imagínese de noche, un policía le pide su cédula, mira la foto, de pronto no le parece muy convincente, tiene sus dudas, y le dice: A ver, ¡muéstreme su índice derecho! Y usted procede a estirárselo al oficial. El se queda mirando, una curvita no le convence, llama a su compañero, vení Martínez, vos si ves esta curvita?, ¡no me mueva el dedo hágame el favor! Contemos las rayitas, a ver, una, dos, tres… veinticinco…. ¿veinticinco o veintiséis?... ahhh… volvamos a empezar: uno, dos, tres… 

Segundo, ¿qué es eso de fecha y lugar de expedición?, dice Envigado, 30 diciembre / 1992. Resulta que cuando eso, la próspera ciudad era entonces un paraje inhóspito; había que ir de expedición a sacar la cédula.

Otra cosa curiosa es la firma del Registrador Nacional ¿saben cómo se llama el registrador nacional?, ¿Quién puede decírmelo? Una pista: se encuentra en el respaldo de la cédula: Carlos Ariel Sánchez Torres. Es una persona de admirar. Yo lo admiro por su potente visión, por su pulso y, especialmente por su paciencia. Y es que es capaz, no solamente, de hacer la firma más diminuta que existe, sino también de estamparla en cada cédula que se expide en el territorio nacional. Si es que yo leyéndola me embizco y me mareo, como será ese señor todo el día firmando cédulas, sacando la lengua intentando la precisión, ¡hij… ya me tiré esta!... ¡Cómo saldrá de la oficina! Todo ese trabajo de don Ariel y vengo yo ¡y boto la cédula! Cómo le dará de rabia. Lee los datos de la cédula y dice, vení pero esta cédula yo ya la había firmado… ¿fue que ese pendejo la botó o qué? Por eso cobran treinta y cuatro mil pesos por el duplicado.

Al perder la cédula empecé la etapa de duelo que, como sabemos, inicia con la negación: Por eso no fui ni a la notaría a poner el denuncio, ni a la registraduría, que es un lugar al que temo instintivamente porque lo asocio con trámites, burocracia, filas y funcionarios que no funcionan. También, debo confesarlo, me daba pena volver a molestar a Carlos Ariel. Así, dejé pasar un mesecillo, pensando que podía aparecer en el bolsillo interior de una chaqueta, en la oficina, o por ahí “traspapelada” entre las cosas. Pero no aparecía. Entre mi fobia a las registraduría, mi registrofobia, y la esperanza de que la cédula apareciera por sí sola en algún lugar, no me animaba a preguntar por el trámite de una nueva cédula. Pero llegó el momento en que decidí enfrentar, tanto la pérdida irremisible de la cédula como el olor a madera vieja de la registraduría. 

Pregunté allí por el trámite. Para mi sorpresa me dieron en la puerta una fotocopia con las las indicaciones. Había que separar una cita (me pregunto cómo podrá sentirse la una pequeña citica separada de sus hermanas:  el dolor, la tristeza, la citica (sitica) aferrándose a las demás, el computador arrastrándola de la mano porque la cita se separaba por internet y las citas más viejas: “sabíamos que este día llegaría; pero hay que aceptarlo, es parte de la vida de toda cita…” (fin de la cita) 

Noté maravillado que había citas hasta para el día siguiente…! Yo preveía que la cita iba a coincidir con la del certificado de defunción, pero no. Después de un par de clicks ya tenía mi cita para dentro de tres días. Estaba tan emocionado estrenando cita que no puse mucha atención a los documentos que había que llevar, porque uno no se puede presentar a una cita así no más, con las manos vacías, no señor. Y así, como una cita amorosa requiere buena ropa, perfume y flores, una cita con la registradora, requiere cuatro fotos de cuatro por cinco  cuatro por cinco, veinte, por cuatro…, como quien dice ochenta, y de fondo blanco (parece que la registradora es aficionada a la bebida ¡fondo blancooo…!) y un recibo de pago en el banco popular por la módica suma de treinta y cuatro mil pesos. Ya mi padre me había advertido en mi niñez con su pródiga sabiduría sobre el valor de la identidad: ¡son treinta y cuatro mil pesos!.

Se llegó el día D. La cita era a las tres de la tarde y yo estaba en Bello, así que me dije a mi mismo que debía salir de allí a la una de la tarde para alcanzar a 1: imprimir las fotos que tenía guardadas en mi memoria usb de un reciente trámite y 2: hacer el pago, que había olvidado con la euforia de haber ganado la cita.

Calculé que podría cumplir mi itinerario. Así que me dirigí, bajo un sol calcitrante a Carrefour (chévere) y cuál no sería mi sorpresa al ver que el local de fotojapón estaba desocupado. Maldiciendo, volví caminando al metro para tomarme las fotos en Envigado y hacer el pago en el BP. Ya el tiempo se estrechaba. Subí al metro No. No es cierto, entré en el metro porque a uno no lo dejan subirse, es peligroso… y a los pocos minutos de arrancar ¡se detuvo! Se detuvo a mitad de camino y no arrancaba y no arrancaba. Fue muy angustiante porque una cosa es que no arranque, pero que no arranque y no arranque… es el doble de angustioso. Yo miraba el reloj diciéndome: tranquilo, por más que te angusties no va a arrancar, y mucho menos a arrancar-arrancar. Respiraba profundo. Digo profundo porque estaba en el fondo de una multitud de cuerpos y de axilas colgantes (las axilas colgantes de babilonia), y después de algunos minutos-horas, el metro, no solo arrancó, sino que arrancó-arrancó. Iba de estación en estación y yo hacía fuerza para que el tiempo me alcanzara. Tenía mucho miedo de perder la cita en la registraduría. Miedo de un nuevo trámite, y miedo de un castigo imaginario.

Imaginaba la cara del portero o del funcionario encogiendo los labios, levantando una ceja y con un gesto de desaprobación negándome la cita y haciendo una observación despectiva del tipo “es que no cumplen con la citas”, incluyéndome a mí en la masa informe de los que llegan tarde a las citas. Temí que me castigaran. Hasta llegué a imaginar que el funcionario me decía: si fue tan machito pa´ llegar tarde, entonces mire a ver cómo se las va a arreglar sin cédula. Y diciéndole después a otro funcionario:  Fue duro, pero es por su bien. Imaginaba que me iba a tocar la ardua tarea de independizarme y montar mi propia registraduría. 

En estas divagaciones iba cuando el metro llegó a su destino, la Estación Envigado, estación cercana al periódico el Colombiano, parque de Envigado, con rutas integradas… Bajé y fui rumbo a la ruta integrada con dirección parque Envigado. Allí buscaría el banco popular y un tomadero de fotos sabía que al frente de la registraduría había uno y después, a cumplir la cita. Lo que viví en adelante fue una mezcla intermitente de esperanza y derrota. A veces pensaba que sí iba a alcanzar, pero después miraba el reloj y me decía a mí mismo, no voy a alcanzar. También me decía: si no alcanzo no me voy a castigar. Si no alcanzo no alcancé y punto. 

Le tocó el turno al banco popular. Ya había ido a hacer una vuelta antes allí y entonces me dirigí concentrado. Cuando llegué caí en cuenta que la vuelta que había hecho en ese banco no era una vuelta del banco popular sino de AV Villas. A no ser que hubieran cambiado el banco en una semana. Pregunté por el banco popular. Un señor me lo señaló. Dudé del señor y una cuadra más adelante pregunté a otro señor. Y el señor me señaló. Entré al banco. Había una fila que uno no sabe. Unas diez personas ¿voy a alcanzar? En un momento me dije. Ya no alcancé, aceptando la realidad. Ya no alcancé me decía, pero voy a hacerlo, después vemos. 

Me puse en la cola de la fila. Es verdad que quise ponerme en la cabeza pero a algunos de los clientes pareció no agradarles mucho. Esto lo sospeché por su lenguaje corporal y por algunos escasos vocablos, del tipo “hey hey hey hey” cantados al unísono por todos los miembros de la fila. Tan pegajoso era el estribillo que me sumé a él y empecé a bailarlo, cuando un sutil empujón con el empeine de un pié me advirtió que los gritos no eran un estribillo de moda como el de Ricky Martin (¡un! ¡dos! ¡tres! Un pasito pa´ lante, María…) sino la imperativa amenaza de que ocupara mi lugar en el apéndice de la fila. 

Una vez allí, en la cola, que hacía honor a su nombre, porque la verdad es que no olía nada bien, empecé a observar el universo del banco popular. Había cosas interesantes. Llamémoslas a manera de síntesis, vejez y decadencia: un espacio pequeño, con carteleras y avisos de un verde desteñido y curtido, fracturas en el piso, desniveles peligrosos, caprichosos diseños del mugre en las baldosas, mostradores descascarados, señoras opulentas con trajes arcaicos y miradas gachas, tan curtidas como las paredes por el paso del tiempo, por una larga vida de largas filas a la espera de cualquier cosa. Las paredes, antaño de un blanco impoluto ahora mestizas de negro mugre, de negro tiempo.

Y en este ambiente retro, retro pobre, anidaban funcionarios también populares. Uno de los que más llamó mi atención fue el de la taquilla izquierda, consignaciones y cheques. No miento. Era un señor de edad avanzada (era lo único “de avanzada” que había en el banco) por ahí de unos sesenta y tantos años, calvo, canoso, barrigón y por lo visto orgulloso de un poderoso abdomen cuyo prólogo exhibía coqueto, abiertos los tres botones superiores de la camisa, haciendo alarde de un pecho poblado de bellos y níveos vellos, sudando por reflejo al calor distribuido por tres destartalados ventiladores de techo.

Mientras hacía la fila meditaba sobre el rechoncho y veterano cajero y en todo el lugar, oponiéndolo  a los nuevos y modernos bancos privados ¿cuándo ha visto usted un cajero viejo en Bancolombia? ¿Y un cajero calvo? ¿Y un cajero barrigón? ¡Jamás! ¡el departamento de recursos humanos decapitaría inmediatamente a un aspirante con este perfil! Y es que en Bancolombia no hacen proceso de selección sino casting: cómo registra el prospecto en las cámaras, su hoja de vida con fotos en traje de noche, en vestido de baño, la coquetería… 

A propósito de Bancolombia, o  Banco-lo-odia como le dice un amigo mío, ¿qué es eso de qué tan alto quieres llegar? Han visto ustedes los cajeros electrónicos cuyos botones se encuentran a treinta y cinco centímetros del suelo y en los que una persona de estatura promedio tiene que arrodillarse para digitar la clave? Siempre que retiro dinero y tengo que agacharme para meter el hocico en la rejilla que protege el teclado viene a mi mente el slogan ¿Qué tan alto quieres llegar? Me entra cierta sospecha ¿será a las rodillas del gerente del banco? ¿No es el tamaño de los cajeros un mensaje inconsciente de hasta dónde quiere el banco que lleguen sus clientes?.

En fin, volviendo a las oficinas de Bancolombia vs Banco Popular, no es extraño que cuando uno llega a una prístina e impoluta oficina de Bancolombia y está en traje informal, de tenis y camiseta, los cajeros se miren entre sí y se digan ¿y este guache para donde viene? Yo no lo voy a atender Señor, en este centro comercial no hay oficinas del Banco Popular, ¡pero qué tal el descaro!

Salí del banco Popular rumbo a la tomadera de fotos ¿alcanzaré, no alcanzaré? It was te question. Mi reloj marcaba la hora de la cita. En ese momento recordé algunas teorías sobre el tiempo: el tiempo es relativo, el tiempo es subjetivo, el tiempo es una variable más. Decidí entonces aminorar el paso, tranquilizarme, respirar más lento para enlentecer el universo (que también es nuestra creación) y es realmente sorprendente el poder de nuestra …. Estupidez, el tiempo siguió corriendo como si nunca hubiera visto un programa de Carl Sagan, ignorante por completo de la teoría de la relatividad.

Señorita imprímame esta foto… parece que ella también había estado leyendo sobre las teorías del tiempo y tenía puesta una camiseta que rezaba “movimiento slowly”, Nada que hacer. Había un señor antes de mí, cuya foto en pantalla la señorita enderezaba, torcía, retocaba, iluminaba con una meticulosidad de orfebre. Yo brincaba y miraba el reloj, zapateaba, veía las fotos de la familia del dueño de la papelería, limpiaba con la yema de los dedos el polvo de una mesa de madera, miraba por la ventana la puerta de la registraduría, recitaba los diez primeros capítulos del Corán, mordía los cueros de las uñas, (y también los míos), recordaba cronológicamente mis estudios académicos desde el preescolar… 

Hasta que llegó mi turno: 
Señor esa foto está con gafas
¿Y…?
En la registraduría no reciben fotos con gafas (qué imperdonable discriminación), ¿quiere que se las borre con el photo shop?
Señorita por Dios… tengo una cita a las 3:00 p.m. en la registraduría y ya son las tres y diez…(angustia).
Habló la voz del pueblo, la voz de la experiencia; habló un oráculo sin ambigüedades:
Eso lo esperan... 
Y procedió a consentir la foto, ora de un tamaño, ora de otro, ensayando diferentes contrastes. Finalmente la imprimió en una impresora también del movimiento slowly, pixel por pixel, sin afán, incluso devolviéndose para corregir algunos pixeles y haciendo su sonido de robotcito silencioso tzzzz….
Serían las 3:20 p.m. cuando entré a la registraduría:
¿A-qué-hora-tiene-la-cita?
(Con pena): mmm… a las tres de la tarde… lo que pasa es que...
Ah, bien pueda siéntese ahí que ya lo van a llamar
En ese momento recordé que estaba en Colombia y que los funcionarios de la registraduría no eran ni alemanes ni ingleses. Después de esperar un buen rato pasé: nombre, teléfono, dirección: Cra tal y pascual: la funcionaria se queda mirándome, como recordando, y me dice: ¿O sea que usté todavía vive con su mamá?
Sí su señoría es que… 
Ea… ve… ma… 
¿Cómo dice?
No, nada…
Cuando el plastificador me entregó la cédula, al final del trámite, me puse contento, orgulloso de haber hecho la vuelta, de conocer el terruño. Noté que la cédula provisional no cabía en ningún bolsillo de la billetera, el papelillo en cuestión era más un poster que un documento, hasta me sirvió para guarecerme de la lluvia que empezó a caer. Más que un documento era una cartelera. Me sumé entonces a una protesta que había en la puerta de la Registraduría en la que los manifestantes habían pegado un palo de escoba a sus contraseñas y gritaban: 

¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!
¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!
¡¡Exigimos – Documentos que quepan en la billetera!!

Pero bueno, ya estaba hecho el trámite ¡y la cédula nueva para dentro de dos meses!
Un par de días más tarde descubrí que ¡!!¡Se me había perdido la contraseña!!!! La historia de cómo saqué el duplicado del documento provisional para sacar el duplicado de la cédula merece capítulo aparte porque fue mucho más difícil.