viernes, 28 de abril de 2017

NARRADURÍAS

Ahora estaba solo, totalmente solo en el cuartucho que por un momento no le pareció tan miserable; hasta bellos le parecieron los mapas de humierdad en el techo, la paciente y parsimoniosa proliferación de los hongos, su canto de humedad y moho. 

Era el momento preciso para que entrara un viento fresco de renovación pero no entró ningún viento porque el cubo de cemento que tenía por cuarto no tenía ventanas. Se quedó dormido y se desprendió de su cuerpo. Voló hasta el techo, rebotó en las paredes, su cuerpo etérneo no podía salir del cuarto porque no tenía materia para abrir la chapa y no era lo suficientemente liviano para colarse por debajo de la puerta. Su cuerpo dormía y su espíritu rebotaba en el cubo como una bola de pinball sin luces.

Despertó. Se contempló el ombligo peliforme rodeado de vellos. Por primera vez en su vida no pensó y descubrió el milagro del aire en su estómago: el vientre se ensanchaba y se desinflaba, se ensanchaba y se desinflaba. También las paredes se hinchaban y se desinflaban al ritmo de su vientre; la danza de vientre del universo.

Abrió la puerta. Sintió el malestar de un cigarrillo recién encendido, la culpa, la ansiosa espera del advenimiento de una nueva paz móvil, de una paz caminante. Bajó el mismo camino de las escaleras trillado por la ratas. No más ratas. Nunca más.

Llovía. Se dejó mojar sintiendo cómo las gotas se llevaban su malestar, se llevaban al diablo todo rasgo del pasado y del futuro. Caminó. Temblaba de frío y lloraba sutilmente una felicidad. Necesitaba salir de ahí (Dios miraba por una de las ventanas de los ranchos). Sabía  que debía salir de ahí caminando, manteniendo la fe, manteniendo la mirada puesta en el horizonte, tolerando el aparente sinsentido de su tránsito. Siempre llegaba. Siempre llegaba la paz, la luz, el aire, la levedad, la homeostasis del cerebro, del alma y del cuerpo. Iba a caminar hasta pasar al otro lado sin importar los límites transitorios de su cuerpo. Esta vez lo iba a hacer hasta el final, no importaba el sudor frío en sus piernas y en su ropa mezclado con el agua de la lluvia, pucho cerebro conectado a las piernas en pos de la liberación. Solo, todavía no preparado para encontrarse a alguien. Buscándose a sí mismo. Esta vez no iba a cejar, a distraerse con fantasías de compañía. Que la compañía lo encontrara acompañado de sí mismo. Sabía de la cursilería de estos pensamientos, pero la vida era cursi y contra eso no podía hacerse nada. La vida era un cliché, un ejercicio. Caminaría hasta llenar el cerebro de corriente y tomaría una mano verdadera, no una prolongación imaginaria de la suya. Todas las cosas que había leído en las redes sociales en los periódicos, en los libros de autoayuda eran ciertas ¿cómo no iba a ser cierto todo?...

Fantaseó. Dios sabe que fantaseó. El caldo cerebral, el oxígeno en su sangre le permitía llegar a la etapa de la fantasía. Las fantasías, el futuro, las posibilidades, se alimentan con aire en los pulmones, en la sangre, en el cerebro.  Se sentía mejor. El dolor de cabeza había desaparecido, la náusea, el malestar el sudor. Había esperanza si podía dejar de concentrarse en los dolores que el cuerpo le enviaba para que se concentrara en el camino.

Encontró un túnel. Nada de túneles metafóricos; un vulgar túnel de carretera provisto de un vulgar peaje para automóviles y de una señal radial que indicaba las normas para atravesarlo; el túnel, ese balazo en la montaña, ese enorme hueco para ratones de combustión interna (No sintió nostalgia de los ratones). Estaba prohibido atravesarlo a pié pero tampoco había vigilancia para verificar que un tonto  lo hiciera. 

Atravesó el tonto túnel  y el tonto túnel no fue la metáfora de un renacimiento. Un poco de oscuridad, pitazos azarosos de automóviles que lo regañaban, que lo insultaban por encontrarse en un lugar proscrito para transeúntes y peatones.

–¡Estúpido!

Oyó el grito como una palabra de Dios y cayó en cuenta de cuánto tiempo hacía que se encontraba solo en el mar picado de sus cavilaciones.

¡Estúpido!... Se sintió reconocido, visible. La soledad le había hecho olvidar que existía, que a lo mejor era una mente solitaria que pensaba y que alucinaba un cuerpo, un fantasma o algo por el estilo. Por lo menos contaba con que era un estúpido y eso ya era bastante. Era  mejor ser un estúpido que unas voces en su cabeza que dialogaban, que se contradecían, que se decían estúpido a sí mismas. Su estupidez o al menos la posibilidad de su estupidez ya era un dato contrastado con la realidad. Se sentía de mejor humor. “Estúpido” podía ser una reacción de alguien que se había asustado de hacerle daño, de matarlo. ¡A alguien en el mundo le importaba su vida! ¡Era amado!

¡Si el tipo de la camioneta supiera el efecto de su insulto!...  ¡si hubiera sabido que había, no salvado, sino animado una vida!… Los misteriosos caminos del señor, hubiera dicho un pastor… la ley del caos… hubiera dicho un científico. 

Siguió caminando por la carretera. Los pasos calentaban su cuerpo y su mente y oxigenaban su cerebro. Esa era toda la filosofía: oxígeno en el cerebro.

Caminó y de vez en cuando suspiraba. Nada de abstracta nostalgia; eran los músculos y el cerebro reclamando oxígeno.

Caminó y respiró y el cuerpo le iba reclamando actitudes, que él convertía en personajes. Una mano tensa le sugería una rigidez epiléptica, otras tensiones lo hacían marchar con altas elevaciones de las piernas: un dos, un dos, como un payaso soldidificado, después una cojera disimulada. Después como un autómata. Ajena a su voluntad, la cara le estiraba los labios haciendo ridículos morros y después una sonrisa inventada previa a una risa verdadera. Era la vida manifestándose en los músculos de la cara.Ese placer del cuerpo en el cuerpo, esa sensación de calor en el pecho, la mente dormida tras haber mamado su dosis urgente de oxígeno,  

Los pasos lo llevaron a las tiendas del camino que despachaban música popular a todo volumen. Un tipo negro y solo se emborrachaba en una de las mesas y se bamboleaba de camino al mostrador para hacerle la segunda a cantantes melosos que atraían a las moscas tanto como los restos de caña fermentada en el borde de las copas. La canción era sobre una fulana que había dejado a un fulano. El fulano la mancillaba con versos y acordes. Una puta, en síntesis, le decía.

Pidió una cerveza y un cigarrillo para compensar el bienestar encontrado con la caminata. Fumó el cigarrillo, se tomó la cerveza y siguió caminando. Vio un ciervo en un pastizal al borde de la carretera, un hallazgo bastante insólito en una región en la que no hay ciervos, probablemente fugado o perteneciente a algún distinguido comerciante de alcaloides. O un ciervo que había caminado muchísimo más que él y se había visto perdido aunque el pasto es lo mismo en todas partes y los ciervos no se sienten perdidos en la tierra. Y unos gavilanes. Y animales en los que no puso más cuidado que el que ponía cuando pasaba de largo los canales de la televisión.

Nuevo momento de sinsentido. Encontró un pastor de ciervos. Sin muchas ganas de hablar. Todavía no se encontraba con nadie. Que road film tan insípido de un tipo que no se encontraba con nadie, a no ser un tipo borracho en una tienda. Pero estaba bien porque no quería encontrarse con nadie. No era capaz de entablar una conversación fuera de sí mismo. Inconcebible. Le rondaba la aparición de una mujer pero le pareció demasiado trillado. Y otra vez el malestar por el cigarrillo.

Sabía que tenía que encontrarse con alguien para salir de sí mismo. O tal vez no. Tal vez siguiera horadando en sus caminos trillados, en lo mismo de siempre, en la rueda de hámster de siempre. Daría vueltas hasta salir. Tenía esa esperanza.

Cogió la tarde y un camino de vereda y una casa de madera. Había un tipo afilando un palo con una navaja, tal vez una lanza para atravesar con ella al primer caminante que pasara, tal vez para clavarla en el piso, o simplemente para hacer un palo con filo, tirarlo a un lado y seguir haciendo más palos con filo. Se acercó. El tipo estaba totalmente embebido en su tarea autista. No parecía amenazador ni amigable. Plano como el filo de la navaja, iba deslizando la hoja de acero por el palo y sacando pequeñas lajas de madera. Se sentó al lado del tipo, en un pedazo de tronco cortado y el tipo no dijo nada ni fabricó un gesto de saludo o de repulsa como si fuera un amigo silencioso con el cual no hay que hablar para sentirse cómodo.

Solo se oía la fricción de la navaja contra el palo. Lo miró hacer. El tipo se daba cuenta pero parecía indiferente a su nueva compañía. Quizá estaba acostumbrado, quizá otros caminantes se habían sentado a su lado, en el tronco cortado para acompañarlo o para ser acompañado.  O quizá él había sido el único caminante que se había sentado al lado del tipo, un tipo que parecía sacado de una estampa: sombrero con rotos, barba rala picada con canas, la piel curtida por el sol, las manos duras como la madera que retiraba de los palos.

Se sentía feliz de encontrar compañía silenciosa. La mayoría de las compañías que lograba granjearse siempre parecían alérgicas al silencio. Tarde o temprano aparecía la pregunta ¿qué pasa? ¿qué hay?,  preguntas para generar conversación, para romper un hielo que a él no le interesaba romper ¿por qué había que romper algo y no solamente dejar que la sopa cerebral hiciera su trabajo lentamente, que las palabras salieran cuando quisieran hacerlo sin catalizadores para suscitarla, acelerarla o mantenerla?

Tomó un suspiro hondo que preparaba la garganta y las cuerdas bucales para empezar  a hablar.

–Mmmmmmm….

Ya era bastante. Tenía buenas expectativas de hablar. No es que no le gustara hacerlo. Es que requería de una gran preparación para hacer cualquier cosa. Algunas veces hablaba más de la cuenta, por eso alternaba con largos silencios para compensar.
El otro tipo parecía dispuesto con igual tranquilidad a la conversación o al silencio. Al tipo de las lanzas de madera no parecía esperar nada de él.

–Mmmmmmmm…. Mmmmmmm….. empezó a entretenerse con esa especie de mugido ahogado, de mantra desprovisto de cualquier propósito espiritual iluminatorio.

–Ahhh… –parecía un suspiro de descanso, de alivio. El descanso de un largo silencio. Después de un buen rato parecía empezar a respirar.

–Mmmmmm… –respondió el tipo de la lanzas.

–Mmmmm…

Empezaron a cantar sus mmmm– Estaban jugando. Sostenían una especie de conversación vacuna.  
Y otra vez el silencio. La luz escaseaba y el frío cundía. El tipo de las lanzas –ya tenía unas veinte en el piso– se levantó, entró a la casa y sin decir nada le entregó una ruana y encendió el fuego. Lo enciende más rápido –pensó– de lo que yo enciendo la estufa eléctrica. En efecto el tipo de las lanzas las dispuso en una estructura similar a las que había visto en la piras inquisitoriales y con el mínimo estímulo de un fósforo y un puñado de paja la fogata encendió. Con una explosión similar a la que se produce cuando hay un exceso de gas en la estufa. ¡pum!. se iluminó la cara del tipo. Sus rasgos duros parecían también de madera, como si él mismo se hubiera tallado con la navaja.      

Se puso la ruana y adelantó las manos hacia el fuego. El otro tipo ya no tenía más lanzas que fabricar. 
Se aventuró:

–¿Por qué en forma de lanza?...


El otro tipo levantó los hombros de manera mínima para ser percibido y el fuego comenzó a improvisar dibujos en el aire, melenas, salamandras, y a crepitar, a lanzar pequeños proyectiles y humo que por alguna misteriosa razón nunca se dirigía hacia el tipo.

IRLO DEJANDO

No ha sido fácil dejarlo. Como se entiende, debe hacerse de manera gradual. Primero ajustarse hasta el máximo de una página y tolerar las ganas. Después, paulatinamente, dos o tres párrafos. Aunque tenía recaídas. A veces me despertaba por la noche y escribía diez, doce páginas. Ya se sabe que las recaídas son mucho más violentas que el hábito. Pero no me dejé derrotar. Volvía a empezar nuevamente desde cinco, bajando a cuatro, después a una. Después al párrafo. Después fui capaz de hacer un solo párrafo y salir corriendo para disipar la ansiedad. Hacía un párrafo y meditaba, hablaba por teléfono. Pasaba semanas así, de un párrafo.

El avance siguiente era hacer un párrafo día de por medio. Lo logré. Me sentía mucho mejor, encontraba otras cosas para hacer como lavar lo platos y/o el carro, hablar con otras personas, bañarme. 

Después fue la frase. Dos o tres, o cuatro… con el mismo procedimiento: llegar a una sola frase, por ejemplo "la tarde está fría". Suficiente. Después un sustantivo: el carro. Y así, hasta llegar a palabras solas: un día era carro, el otro perro, el otro celular.  Y después día de por medio. 

Llegó el día en que no escribí nada y pude soportarlo pero seguía sintiendo esa necesidad de golpear las teclas. Debía encontrar una forma de dejar de hacerlo de la manera paulatina como había hecho lo demás. Así que me sentaba a golpear las teclas con ritmo, pero teniendo cuidado de no escribir ninguna palabra con sentido: ñlshdg ñlajdsg ujdssna ljla lla oll.

Empecé el mismo tratamiento: del "parrafo" a la "frase" a la "palabra".

Hace varios días que no escribo nada de nada. Excepto hoy que quise explicar mi método. Claro que tendré que empezar de nuevo, pero esta vez tengo fe.

lunes, 23 de enero de 2017

RELACIONES

El tipo se esmeraba en parecer tranquilo. Ratas. Sentía su murmullo; roían, se movían, insidiosas. Se tranquilizó. Quiso ignorarlas. Por ratos se dejaban de escuchar pero entonces aparecía esa tendencia a querer que algo desaparezca pero al mismo tiempo esperar que regrese para alimentar el odio, la furia, la intolerancia. Pero no quería ir a matarla o espantarla. Le molestaban las ratas como le molestaban a cualquiera, de un modo irracional y esto no le gustaba. Ya sabía que nada podía hacerle un ser a otro que lo supera en doscientas veces su tamaño; ya sabía que el riesgo de morir, aún de enfermarse por el contacto con una rata o por su contacto con la comida era ínfimo, casi imposible. Ya se había enfrentado a ellas. En el vecindario en que vivía, las ratas eran parte del paisaje, vecinos con los que había que contar. Estaba acostado en su catre; un catre viejo. Se cuidaba de moverse aunque en la noche de su soledad el chirrido del catre –que a veces se confundía con el de las ratas– lo arrullaba, lo hacía sentir acompañado.

Después de un buen rato de esperar que las ratas dejaran de hacer ruido, que se aburrieran ­–no se explicaba cómo es que unas ratas podían entretenerse con comida inexistente o, si se trataba de comida, no podía ser la suya porque estaba más pobre que las ratas que roían algo en el cuarto del lado. Bueno, el cuarto del lado era una forma de decir, porque se trataba de una habitación de un solo mal ambiente. Se trataba, como había dicho el tipo de la inmobiliaria, si así se podía llamar al tipo enguayabado y desastrado que se ocupaba de arrendar los cuartos, de un “mono ambiente” (pensó con tonto sentido del humor que el lugar no sería digno ni siquiera para un mono: las tablas con hendijas en el piso por debajo de las cuales las ratas corrían como pasajeras de subterráneo, el olor de las ratas, las astillas sueltas que le habían perforado y cortado los empeines en más de una ocasión)
.
El lugar era una mierda, casi parecía decir el agente inmobiliario cuando ponderaba mentiras como su buena ubicación, la cercanía de la tienda del barrio y otros valores agregados que poco podían agregar a la miseria en donde había ido a dar huyendo. Casi todos los que llegaban a la mísera pensión llegaban huyendo de alguien o de algo: de la policía, de otros maleantes, de deudas, de sí mismos. Llegaban huyendo con una botella en la mano, con un pucho de marihuana. Nadie llegaba a ese barrio mirando al futuro sino huyendo del pasado.

Se levantó y se puso las pantuflas rotas que alguna vez fueron blancas pero que ahora estaban coquetamente diseñadas por el polvo convertido en tierra, por los rotos que había horadado el desgaste y a lo mejor las mismas ratas que ahora roían un pedazo de madera o de cartón.
   
Se levantó arrastrando los pies hasta la cocina en la que colgaba de un gancho una escoba rala que nunca había utilizado para barrer el cuchitril, que solo había sido utilizada para barrer ratas.

Llegó con ese estúpido sentimiento entre temor y asco que producían las hijas de putas ratas. Temor, asco y sorpresa, reflexionó. Temor, asco y sorpresa. Pensó que su vida había sido una especie de rata gigante llena de temor asco y sorpresa. Más temor y asco que sorpresa.

Dejó de pensar.

Se quedó quieto para ver si la condenada o las condenadas ratas aparecían porque las muy astutas sabían que él se había levantado. Sabían todo. Sabían que estaba acostado mientras ruñían a su antojo o a su necesidad; sabían que quería sacarlas a golpes de escoba; sabían que esperaría que se fueran y por eso se quedaban quietas y calladas un rato y volvían a ruñir porque querían enloquecerlo. Jugaban con él como el gato con el ratón, como la rata con el humano.

Por eso, cuando supieron que se levantó para matarlas se escondieron. Parecían ratas que hubieran visto dibujos animados en la televisión porque su escondite se hallaba en un hueco que hacía un arco en la pared. Eran dos. Se miraban y sonreían de la tontería del humano, de la situación ridícula del humano haciendo silencio.

–Ahora viene el grito y el estruendo –pensaron.

Y no se equivocaban. El tipo empezó a gritar y a dar golpes con la escoba como un loco:  al techo, a las paredes, a los escasos y desvencijados muebles del habitación. Al nochero. A la nevera. A las alacenas bajas. Primero empezó con unos gritos orangutanes «¡Ah! ¡Ah!» y después de una breve evolución proyectó unos gritos más humanoides más dignos de un  homo sapiens: ¡Salgan de ahí hijas de puta!... Pero entre más gritaba y más golpeaba más quietas se quedaban las ratas.

Sabía que estaban allí. Por eso se quedó quieto nuevamente. Pero cuatro pequeños ojos de rata lo vigilaban desde su escondite. Estúpido humano en silencio, conteniendo la respiración, estúpidamente parado con una escoba en su mano ¡si pudiera verse! Y después lo que las ratas sabían de memoria: fingir que se iba y regresar sigilosamente para sorprenderlas con ese sentimiento ambivalente que por un lado quería que salieran para matarlas y por otro lado no quería para evitar sentir el asco, la sorpresa, el miedo.

–Hijas de puta– volvió a pensar, teniendo cuidado de pensar en voz baja porque creía que las malditas ratas podían oír sus pensamientos. Y así era. No importaba cuan bajo pensara porque las ratas podían escucharlo. Los pensamientos, es bien sabido, son impulsos eléctricos y si bien las ratas no podían entender el lenguaje humano sí podían interpretar sus sentimientos a partir de sus impulsos. 

Se dio por vencido. No le importó que las ratas se dieran cuenta. Y sabía que una vez que se acostara volverían a iniciar su concierto para cartón y tabla en re menor.
Pero ya lo habían hecho levantar así que decidió tomarse un trago. Había llegado con una botella de brandy barato envuelta en una bolsa de papel marrón como si las bolsas de papel marrón fueran una especie de insignia como las que ganan los scouts pero en este caso por graduarse de alcohólico, aunque, como la mayoría de alcohólicos no llegaría nunca a reconocerlo.

Se sirvió un trago y hasta sonrió al oír nuevamente los ruidos de las ratas.

No estaba muy dispuesto a reconocer que la lucha con las ratas era una apariencia, un juego. No podría vivir sin ellas. Si hubiera querido eliminarlas lo hubiera hecho hacía mucho tiempo habida cuenta de instrumentos, herramientas, armas y estrategias mucho más eficaces que el palo romo de una escoba. ¿qué iba a hacer? ¿barrerlas?

Las ratas eran una buena compañía pero no podía seguir relacionándose solo con ellas. También las ratas sentían en su interior que necesitaban nuevas perspectivas, viajar, hacer nuevos amigos de otras especies. Dejar el juego histórico con el humano que no se afeitaba ni tenía barba. Por eso las ratas decidieron tomar sus pertenencias –nada– y largarse a buscar nuevos basureros, nuevos pisos de madera, nuevos cartones, nuevos restos viejos de comida.


Fue una despedida silenciosa. El tipo, acostado en su cuarto sabía que se habían ido y las despidió con agradecimiento. Un esbozo mínimo, una sonrisa interior. Descansó. Las ratas, camino abajo por las escaleras sintieron sus ondas mentales de alivio, de despedida, de agradecimiento. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

NAVIDAD

La esposa del mecánico siembra una balinera en la trastienda del taller y la riega todos los días juiciosamente con aceite de transmisión. La dedicación rinde sus frutos porque a los seis meses brota, acerado y brillante, un árbol de levas. En la navidad los hijos buscan y recogen tuercas, tornillos y arandelas que cuelgan del árbol con la remachadora y en las noches tañen campanas de freno mientras rezan un manual de operación intercalado con un sentido villancico: “ponle el tornillo a la máquina”… 

RESURRECCIÓN

El frío empezaba a calarle desde adentro. Su corazón, intermitente, los dedos ya casi en las rocas, pero tenía la certeza de que esa luz en su interior refulgía, así que todavía había esperanza para un viejo como él; ya era bastante haber transitado desde la muerte hasta el frío y sentía esa profunda conexión a la que estaba acostumbrado; sabía que sus lágrimas ya no chorrearían miserablemente por su cuerpo, que sus temblores acostumbrados volverían, que sus articulaciones le permitirían volverse a abrir al mundo, para prodigar, generoso, sus riquezas. Atrás quedaría su frustración, la dolorosa improductividad y, aunque no sabía cuánto tiempo más le quedaba de vida celebraba la felicidad de no ser ya más un congelador averiado. 

EL TATARANIETO

Se despertó una mañana sin saber si era el tataranieto de Chuang Tzu al que le habían implantado un móvil en el cerebro o era un móvil al que le habían implantado un tataranieto de Chuang Tzu en un circuito.  



DIÁLOGO DE CONSULTA

–¿Edad?...
–4470 millones de años.
–Hmmm…¿ejercicio?
–Rotación y traslación, religiosamente.  
–A ver, a ver… diga mil novecientos noventa y cinco.
–Mil novecientos noventa y cinco.
–Mmmmm…. Veo que tiene usted problemas respiratorios.
–Sí, tos, carraspera, mareos frecuentes, cambios bruscos de temperatura…
–¿Hace cuánto?...
–Cosa como de 2000 años, pero mucho más acusados en estos últimos doscientos.
–¿Le duele?
–Como por aquí, al costado derecho…
–Mmmm… Es mejor hacer exámenes de laboratorio, una biopsia, una atmosferometría...

...

–Y bien ¿qué encontró doctor?...
–Microorganismos…. Se reproducen. Le están extrayendo la  sangre, se la queman... Tiene muchos… Por otra parte le veo ese PM2,5 muy alto… vea, muestra niveles hasta de 170… ¿No ha sentido más calor últimamente?
–Mucho… pero pensé que era la geopausia…
–Y  ¿gases?...
–Muchísimos, sobre todo de efecto invernadero…
–¿Fuma?...
–¡Muchísimo!, pero a mi pesar: he sido fumadora pasiva.
–Déjeme adivinar ¿buses a diesel?...
–Sí.
–Le voy a prescribir una terapia de reemplazo: vamos a ir cambiando los buses a diesel paulatinamente por buses a gas ¿le parece?
–Todo lo que sea por mi salud doctor.

CONFUSIÓN

¿Cómo llegué aquí?... ¡Me asfixio. Este aire denso!…  ¿A qué huele?... ¿Qué es esto?... ¿Y este olor?... ¡Oh! ¡Sale de mí!... ¡Qué vergüenza!... Y este ruido ¡Dios mío!.... ¡este ruido como de ametralladora! ¡me miran, se tapan los oídos… y esas máscaras-… ¿son tapabocas?... ¡Qué vergüenza! ¡Brrrummmm, brrrummmm!... No puedo evitarlo: ¡Brrrummmm,  brrrummmm!...

–Oye… hola… hola… Despierta… ¡Despierta!... ¿Qué pasa?...  

–¡Uff!... –respira– ¡El ruido, el olor… ese aire turbio saliendo de mí!… ¡y la atmósfera!… 

–Shhh… Ya pasó, ya pasó… Tranquilo. Fue una pesadilla. Todo está bien. Eres un autobús a gas ¿no te acuerdas?…

EL HOMBRE Y LA MUJER

En la calle, de camino a la oficina el hombre mira a la mujer –otra de las cientos o miles de mujeres con que se cruza–. Pasados tres segundos el hombre ha olvidado a la mujer y la mujer, la mirada. –no es la única que recibe de camino a la oficina–.
Están sentados en sus escritorios, teléfono en mano. El hombre trabaja en la empresa cliente, la mujer en la proveedora.
–Buenas –dice el hombre– necesito equis tuercas de tal dimensión…  
–Claro, a nombre de quién, dirección...
Hablan sin saber que se han cruzado en la calle.
El hombre y la mujer salen de su trabajo. Suben al mismo vagón del metro: cientos de conversaciones presenciales y telefónicas, el parlante que dicta las normas de urbanidad y los canturreos de hombres y mujeres que oyen música con audífonos inundan el aire como avispas.
Los morrales que cuelgan de hombros reclaman su espacio en el vagón, interponiéndose como guardias en el camino de los demás. El aroma de un perfume sobresale, intermitente, en el olfato del hombre. Le recuerda cosechas de vainilla con sus abuelos, quizá un primer amor. La breve memoria es sustituida por recuerdos, planes, pequeños pensamientos que se suceden a la velocidad del tren.
A la mujer, por su parte, le llega una colonia varonil que le recuerda –no sabe por qué, nunca ha olido uno– a un actor de cine… un Humphrey Bogart, uno de esos… pero igual la asociación de la imagen y el olor es sustituida por la leche que falta en la nevera, el pago al casero, la bendita canilla que no deja de gotear…
Salen extruidos a través de la misma puerta del tren, sus cuerpos estrujados, codo con codo, la mano ajena que cada uno ha sentido y que le provoca la reacción instintiva de separarla.  
Él toma para la derecha, ella para la izquierda. Llegan a sus casas. Duermen y sueñan, el hombre con la mujer y viceversa; se levantan con la sensación de haber soñado con un desconocido conocido o viceversa. Tienen razón: se han visto, tocado, olido y oído. La pega del sueño ha hecho el resto del trabajo. 



LA DECISIÓN

Lo que le hizo tomar la decisión de no volver fue el amor por sus ideas. ¿Qué podía pasar si volviera?... su regreso iba a tener consecuencias a diferentes niveles: Por una parte –con independencia de sus ideas–, sus familiares y amigos –que dicho sea de paso no eran muchos–, iban a alegrarse, o al menos eso creía: celebraciones, repetidos “no lo puedo creer”. La incondicionalidad de los afectos.

Pero por otra parte estaban sus “seguidores” como le gustaba llamarlos. Había dos posibilidades, una, que creyeran en su regreso y entonces se sentirían decepcionados y traicionados porque su decisión de volver contradecía todas sus ideas. Otra, –que podía pasar–, era que no le creyeran e interpretaran su regreso como una jugarreta para ganar publicidad, vender libros, salir en la televisión, aumentar el tráfico en sus páginas de internet.

En cuanto a sus detractores, en caso de que le creyeran –cosa poco posible– le enrostrarían su regreso como una contradicción ideológica y por consiguiente un apoyo a la oposición. Aunque, no se decía mentiras, lo más probable era que nadie le creyera, ni seguidores ni detractores. 

Pero suponiendo que alguien le creyera ¿qué?... ¿Realmente en qué cambiarían las cosas después de su regreso?... Lo que le hizo tomar la decisión de no volver era que no iba a echar para atrás sus ideas –lo único que había tenido valor en su vida– sobre la inexistencia de la vida después de la muerte y la imposibilidad de la resurrección. Ni muerto –como estaba– iba a echarse para atrás, no señor.


DIARIO DE LA BOMBA DE GASOLINA 2

El ruido venía de la puerta del baño.
-¿Qué es eso?... se preguntó la dependienta número uno. Después, al oír un ruido que parecía de arañazos se le ocurrió, con miedo, que podía ser una rata.

Llamó a la dependienta número dos para discutir soluciones: abrir la puerta y el asco y dejar salir la rata y el miedo. O dejar la puerta cerrada y rezar para que la rata dejara de arañar, subir el volumen de la radio para que Eros Ramazzoti gritara a todo pulmón “por ti me casaré” y confiar en que ningún cliente decidiera entrar al baño.

La dependienta número uno llegó a la conclusión de que era mejor morirse de vergüenza y reconocer con humildad ante los clientes que había una rata en el baño; abrir la condenada puerta de una vez por todas y esperar con la escoba cualquier cosa que pudiera salir de ahí –Sebas, el perro de la bomba no era porque yacía la siesta en las baldosas de la entrada–. No. Tenía que ser una rata, el único animal que por su cuerpo de plastilina puede caber por debajo de la ranura de una puerta.

Después de una breve y acalorada deliberación por parte de la dependienta número uno –porque la dependienta número dos parecía más bien sosegada– sobre cómo se repartirían las funciones de la caza, la dependienta número uno asignó a la dependienta número dos sostener la escoba y golpear con contundencia a la rata después de que ella girara la chapa y abriera la puerta, asignación a la que la número dos no puso ninguna objeción. 

Así, con mano temblorosa se acercó la dependienta número uno a la chapa, bajo la mirada curiosa y divertida de algunos clientes y los gestos de desaprobación corporativa de otros. Temblaba; tomaba la chapa y la soltaba con un trémolo «no soy capaz» –la dependienta número dos ni la animaba ni la reconvenía–. Por fin tomó aire, cerró los ojos, abrió la puerta con un grito y de la puerta salió, como un misil grisáceo y voluminoso una rata gigante. Eso fue lo que vio, inyectada de adrenalina y de miedo, la dependiente número uno en la primera diezmilésima de segundo. 

Pero lo que en realidad salió por la puerta fue… ¡Una liebre! Que corrió libre como lo que era, mucho más veloz que un Nissan Sentra (que tanqueaba en el surtidor de gasolina). Cruzó la calle y se internó en un bosquecito de bambú, arbustos y guayabas de donde sería teóricamente imposible descubrirla ya que en lo práctico nadie se interesaría en dar caza a una liebre.


Después los clientes y la dependienta número uno discutieron y se preguntaron cómo diablos había aparecido una liebre en el baño de una bomba de gasolina de una ciudad en la que las liebres solo se encuentran escondidas en las fábulas de las bibliotecas. Alicia, la dependienta número dos callaba con una sutil sonrisa de complicidad. 

QUÉ TAL

Qué tal que se asomen un par de personajes de esos que nunca se asoman: el tipo de sombrero y la rubia del cartoon y de pronto se encuentren y pase algo que nunca ha pasado. El tipo le ofrece un cigarrillo, la rubia lo recibe y lo encaba en uno de esos filtros largos como los de la pantera rosa. Y qué tal que se sienten a fumar y a mirar al infinito sin decirse ni media palabra, sin que entre los dos medie ninguna historia de amor o de deseo, y que, contradiciendo todos los moldes no se enamoren el uno del otro sino que se hagan compañía y que después no tengan el afán de llamarse ni encontrarse sino que se lo dejen al destino y el destino los vuelva a juntar en la vejez cosa que ya es bastante esperanzadora y que entonces se sientan, ya no a fumar porque habrán dejado de sobra el vicio y se quedan otra vez en silencio y descubren ese par de encuentros como encuentros significativos en sus vidas porque han sido poco frecuentes, porque a lo mejor lo frecuente es la frecuencia, o por otro lado los encuentros aislados y únicos.
Y por eso se van a encontrar sin ningún tipo de nostalgia. Habrán sido, enterrados en dos cementerios distantes y sin deudos en común, el tipo del sombrero y la rubia de cartoon que solo se encontraron dos veces en la vida para contemplar el atardecer y no pasar de ahí, aunque es justo reconocer que pasar un atardecer, y en compañía, ya es bastante. 

DIARIO DE LA BOMBA DE GASOLINA

Sin aire, sin sobreponer, carriquí dando vueltas sobre mí mismo. Lo mismo de siempre, basura de Basora; la vulgar y profunda realidad, sin un objetivo concreto. Debilidad. Y esa mierda que sale, que no sale… basura. 

–¡Tiliiiín!... Es el timbre de la emisora, como de avión. ¡Tiilíiin!… una noticia nueva. "Edilberto buenos días ¿cuál es su opinión sobre el tema de hoy?"...

Todos con sus objetivos, con sus para qué, con sus porqués, con sus ponqués. Solo que hoy es más difícil. Algunos días es más difícil por lo que se siente. Algunos días Khattam Shud desde el principio. Ojalá uno pudiera salirse de sí mismo, pero no es posible a no ser después de mucho tiempo. El corazón. Siento el corazón, mucho corazón, el corazón a flor de pecho. El corazón como un croissant. Palpitante. Ese tire y afloje entre adentro y afuera.

Un tipo se rasca el cuello mientras digita su clave en el datáfono y dos tipos conscientes hablan por teléfono. Llega la policía, dos policías. No siempre cuando llega la policía es porque ha pasado algo, los policías también tanquean sus motocicletas y comen croissants y beben café. 

Rompecabezas. Pedazos que de pronto se juntan, pedazos que a lo mejor dan espacio a algún pedazo significativo, nada más que pedazos grandes. Y este sueño...

El perro de la bomba se lame la pata delantera izquierda.  El policía lee la noticia sobre el presunto robo o asesinato del alcalde. Quiere leerlo, tiene que ver con su trabajo. Un tipo ancho de camiseta y camisa desabotonada, un tipo relajado, pasa. Y una buseta verde. Y dos tipos de la mesa de al lado se ríen. 

El negrito viene con el recogedor y la escoba, con su tumbao. Con la punta de la escoba va montando pequeñas basuras en el recogedor verde. La escoba de cerdas rosadas, como todas. La señorita de la tienda sonríe porque el negrito le ha dicho algo. Van a la despensa al lado del baño, saca un jugo de caja, un jugo de cajita, un juguito de caja, un juguito de cajita para uno de los polis. Una señora pasea un perro negro grande. Otra señora pasea un perro blanco pequeño, un llavero de perro.

Uno de los policías llega a la conclusión, por el armamento de los delincuentes, que al alcalde lo iban a robar. Dice “Lo iban a robar”, con tono de cosa obvia, por el arma que tenían. Leen el periódico, se oyen comentarios por sus radios. Cosas de trabajo. Una pistola. El policía negro tiene una superpistola al cinto. Las macanas descansan sobre la mesa, macanudas macanas. 

El atrapamoscas ganadero busca su comida en una rejilla del piso. Con sabor a gasolina seguro. Moscas a la gasolina come. Sus amigos le dicen que debe dejarlo: “mirá como estás volando, mirá que podés tener un accidente”… pero él no hace caso, está demasiado enviciado a los moscos con gasolina, y además está joven; es un moscoso impertinente. Camina con su andar cómico de pájaro o de borracho. Hace pequeñas carreritas. Camina, mira. Una especie de mascota inmascotable.

Mucha comida dejan estos automovilistas pechiamarillos.  Y come y come ¿de dónde saca tanta comida? ¿cómo puede encontrarse comida en el asfalto de las bombas de gasolina?. pasa otro pájaro, un compañero más de esos que no se saludan por la costumbre y le sermonea: "Mira a los pájaros del campo ¿se preocupan?"... Preocupado no, atareado glotón que come todo el día, poquito pero constante, no sabe qué es una gastritis.

Ahora se aproxima a la tienda a la cafetería. Le valen madres los clientes y los carros. Siempre atento, se pierde debajo del Sandero. Reaparece. Pájaro mago con el pecho color de mango. Un avispón negro, helicóptero diminuto, voletea alrededor de los policías buscando protección, huyendo del atrapamoscas. 

Música guapachosa y más duro. Han subido el volumen de la radio y el policía hace lo propio con el suyo para poder oír instrucciones, comentarios, persecusiones en desarrollo.

El perro de la bomba ladra emocionado a un tipo gordo de cachucha y radio –parece personaje de reality gringo–, una segura fuente de comida. Los tipos de la mesa de al lado se montan en el Sandero para irse, el policía sacude el jugo de cajita.

Aterriza un carro frigorífico que tumba el frágil castillo de naipes del silencio. Se van los policías dejando la música electrónica y las cajas de jugo artificial en el tacho de la basura.

Se va el carro frigorífico. En el intermedio entre una canción y otra se hace un silencio relativo. Y vuelve el beat electrónico.

Una historia sin nudo y sin desenlace. Mi vida, una película sin nudos y sin desenlaces. Una de esas historias que no se sabe de qué son, una de esas historias sobre nada, sobre una cotidianidad mucho menos que común y corriente. La cotidianidad del tipo que llena el tiempo con palabras en una computadora. No es más. A la esperanza de que llegue a recogerlo una historia que muchas veces no llega. Una historia desentendida, una historia abandónica (enseñarle palabras al computador).

Volcarse hacia el maravilloso sinsentido de todo, hacia el absurdo, Alberto; hacia el Alberto, absurdo.

Ni una sonrisa se ha colado hoy por la cara del tipo.  De nada le valen las sonrisas de las señoritas de la cafetería cuando traen el café. De nada le sirven los resbalones en el piso de papiro, los resbalones de la mente. Eso, el chiste, un resbalón de la mente, un pastelazo imprevisto en la cara de la lógica previsible.

Aparece el perro lámpara. Triste. Y otro perro gordo, blanco y chiquito como un conejo.

–¿Este grande no le tira?... pregunta la “dueña” del conejo.

Y no, no le tira. “Sebas”, el perro pacífico y anaranjado de la bomba no le tira a nadie. Le tira al sueño, le tira a la siesta. Le tira a las galletas de la tienda que venden para tirarle (Tienen un tarro de galletas que dice “Galletas para Sebas”). La gente quiere a los perros. Perro gasolinero, perro de bomba de gasolina que se acurruca y se arrulla con la suave música electrónica. El perro sueña psicodelias. Sueña con luces verdes, mandalas rojos, caleidoscopios que explotan al ritmo del beat: tacatá chí. Tacatá chí. Tacatá chí… pun pun pun pun pun pun… la cola baila, izquierda y derecha, izquierda... marca el beat en el piso. Tá tac tac tac… tá tac tac tac…   Sebas no tiene problemas con la dulce monotonía de la vida.




domingo, 25 de septiembre de 2016

EN EL SUPER

En el supermercado, los estantes repletos de ataúdes, la diosa de la muerte empuja el  carrito de la compra. Su pequeño hijo de veinte siglos le hala las faldas, primero pidiendo, después suplicando:  

–¡Quiero un muerto mamá! ¡Quiero un muerto!... “el de la caja café con ventanita de vidrio”, mamá…

La mamá diosa no se lo compra. El niño dios de la muerte grita a todo pulmón con mocos y lágrimas  ¡yo quiero! ¡yo quiero! ¡yo quiero!…

Poco a poco irá aprendiendo que cada día lleva su afán y cada noche su parsimonia; que no se pueden tener todos los muertos en un día porque podrían indigestarnos, embotar nuestro deseo, y con el tiempo, hacernos incapaces de valorarlos.

LA SELVA MALL

La señora treintaycincoañera picoteaa el chat con su dedo índice. Un gallinazo, cóndor citadino y genérico, vuela suavemente por la ventana mientras en la fila del café restalla, desde un bolso de cuero, el cascabel de una serpiente. Una pareja homínida mira vitrinas en busca de objetos que sirvan a su cueva cúbica, igual que hace miles de años, en el plecioceno, buscaban bayas, palos, pieles que pudieran servir.

La selva respira todavía en los estampados tigrescos de la señora volumniosa. La selva sigue viviendo en la paciente hembra que espera a su cría mientras aprende el indispensable arte de abrir empaques de cartón.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

ZZZZZZ

Cerebráculo dormebundo que se vino a despertar a las cinco de la tarde. Cerebrículo de vacaciones, cesante; qué injusto cerebro musical: do–re–mi–do, pariendo zetas todo el día.

Quiere soñar mi cerebro –¡con esa hambre de almohada que tiene! –... y yo, verdugo, no lo dejo. 

Cabecea, cerebrea, y yo lo obligo a ver estas cosas de piedra, a oler este polvillo de cemento, efluvio de zorrillos de concreto.

Él queriendo a Bethoven vivo y yo dándole tractores, sopa de máquina a la gasolina, silbidos de obrero arreando mulas de acero revenido, gemidos de retro jugando con su comida de tierra –como prohíben las madres– sin comerla, y luego los pedruscos que caen ¡pobre cerebro! a punta de cincel.

Se va a ir de vacaciones mi cerebro, se va a ir, por la noche, para la costa de la almohada y, como Alfonsina, se va a meter al sueño hasta ahogarse de luces, de recuerdos deformados, de jeroglíficas imágenes, de promiscuos personajes.

Nunca había tenido tanto sueño tanto tiempo seguido. Qué horrorosa cuerda floja de un malabarista que queriendo caer no puede o no lo dejan. 

martes, 8 de septiembre de 2015

PERRO

Perro. Peludito, de esos perros que parecen de inmediato raza callejera, gris, con manchas negras de melanina o de mugre. Perro de barbas presumiendo de intelectual en espontáneas asambleas de basurero, perro que a fuerza de mucho condicionamiento operante aprendió a fumar la pipa como había visto que lo hacían algunos humanos mientras velaba sus mesas en la cafetería de manteles de cuadros rojos.

Perro callejero, y sin embargo, tierno. Los niños callejeros se ponían felices pues a su casa había llegado un perro nuevo. Un perro gris–negro que en sus momentos de pegamento parecía una nube que parecía un perro. Lo bautizaron con el nombre de nube. Nube gris, a punto de llover. Y en verdad que llovía a chorros, llovía sobre los hidrantes y sobre las paredes dejando su firma de grafitero efímero.  

Hambriento, hábil en la selección de la basura. Los perros de basura no comen cualquier cosa. Perro. Gris, negro, peludo, sin bañar. Una vez se bañó y le gustó, pero no siempre estaba dispuesto a dejarse mojar por la lluvia, demasiado ácida para su gusto.

No era cierto que perseguía gatos. El perro gris, peludo, barbado, se metía por callejones cuyo destino desconocía, su olfato de curiosidad insaciable lo llevó a recorrer una buena parte del mundo. Hay tanto que oler…

Un día se encontró una perra que no era gris, peluda, de barba –la barba le parecía un atributo demasiado masculino–, una perra de pelo corto, con manchas cafés y grandes. De no saber que se trataba de una perra por los delicados efluvios de su trasero, a vista compleja, a vista borrosa, se diría que era de la raza Holstein.

Se encontró con la perra en la esquina del hidrante número cuatro. Y fue muy respetuoso. No pasó de las olfateadas corteses que se obsequian los perros. No intentó, como se piensa erróneamente proponerle una intimidad o una extimidad amorosa. En cambio se ofreció a llevarle los paquetes, una bolsa raída de parva que había obtenido en un basurero exclusivo del norte.

Les pareció que hacía un buen día para hacer un pic–nic, o en su jerga, un dog–nic, a la sombra de un casco de vaca. El dog–nic no duró mucho. De un solo trago apuraron las almojábanas con hongos que los llevaron a hacer un viaje hacia su interior. Se vieron en otras vidas y descubrieron que la multiplicidad de vidas no es asunto exclusivo de gatos. Así el barbudo gris se vio acompañando a Gengis Kan y la holstein se vio en una vida muchísimo anterior, como una loba que corría con mujeres.

Después se vieron como palomas en el atrio de una iglesia y ensoñaron que les tiraban pedacitos de pan, maíz, de vez en cuando una piedra perversa. A veces perseguidos por perros, qué ironía.
Con las lenguas afuera, jadeantes, patas arriba, se calentaron con un rayo de sol que entonces les pareció un rayo extraterrestre que les abducía las pulgas y la mugre.

Nunca soñaron con tener dueños, los perros saben bien que nadie es dueño de nadie. Cuando volvieron en sí ladraron un poco para aclarar la garganta de tanto silencio y ladraron como ellos lo hacían no con esa pobre onomatopeya de humanos analfabetas en la lengua canina. Se despidieron con la cortés olida de traseros y cada uno rumbo a sus respectivos callejones. 

GALLINA

La pluma de la gallina pelirroja parecía teñida. ¡Esos visos que daba en el aire mientras caía del palo de guayabo cuando se subía a dormir! Como la gallina, la pluma también era de corto vuelo. Mírela, ahí va surfeando en el aire, pa´ cá pa´ llá, como si de un juego de parque de diversiones se tratara. Va y se devuelve, va y se devuelve, y esto lo hace como ocho veces porque la altura desde la que se madura no es mucha. Las gallinas no se preocupan por estas caídas porque saben que cada vez que una pluma cae otra nace.

Y esa gallina no tenía conflictos con nadie: picoteaba el piso, dejaba sus cagarrutas, comía maíz, y lombrices –sus preferidas– porque era una gallina italiana, de esas que saben de alimentos cilíndricos y estirados ¡mama mía! parecía decir cuando sorbía el último tramo de lombriz.

Pongamos a la gallina a encontrarse con el gallo fumando un tabaco. Realmente la comunicación de los gallináceos no es mucha; si los ponemos a hacer cosas humanas es para hacer alegorías. Uno se pone en el lugar del gallo y le parece que no hace mucho: cantar y fecundar. La gallina, cacarear –pues no es muy dada al canto–, poner huevos, comer y lo que queda dicho.

La gallina, a eso de las seis de la tarde, porque la gallina es un animal puntal como todos, se sube al palo de guayabas que el campesino, queriendo hacerle la vida un poco más fácil ha hecho accesible con una vara de bambú. La gallina sube; de vez en cuando aletea un poco para mantener el equilibrio. Se para, se acurruca, y listo, a dormir, hasta el día siguiente en que realiza el proceso inverso.

También sueñan las gallinas que se caen del árbol; y sueñan que se les cae un diente como si nada porque en los sueños es totalmente posible que las gallinas tengan dientes. También sueñan que pronuncian, desprovistas de plumas, discursos de graduación en auditorios concurridos, o que vuelven a la primaria y no logran resolver un examen. Todas estas cosas sueñan las gallinas subidas en el palo de guayabas, pues los sueños no son cosa exclusiva de los humanos; más bien, los sueños son más o menos estándar y se manifiestan en diferentes seres, así como se ha sabido de personas humanas que sueñan que ponen un huevo o hacen cortos vuelos que un psicoanalista solía interpretar como deseos de tipo sexual.

Las gallinas no van al psicoanalista; bastante acostumbradas están a esa pequeña depresión post–huevo, bastante acostumbradas están a esas relaciones tan fugaces con el gallo y a compartir los oficios amatorios con sus compañeras, aunque se tiene registro de una gallina que una vez logró elucubrar el mecanismo de la tutela para exigir lo que consideraba su derecho inalienable a la exclusividad marital.


Parece injusto, por el estilo de vida gallináceo que no figure en ningún calendario el año de la gallina (el del gallo sí) pero debería haberlo. El año de la gallina ha de ser un año en el que todo anda más o menos normal a no ser que se esté de huésped en una casa en la que escasee la comida y los anfitriones nos miren como una opción posible para el menú de la tarde. 

lunes, 31 de agosto de 2015

ESTUDIO SOBRE LA VACA

Basta con empezar a decir, por ejemplo, una vaca. Meterse en la vaca. Sentir lo que uno siente si se atraviesa una vaca en este momento aunque sea en el potrero de la imaginación.

Sentirlo de verdad. Uno de los sentimientos usuales es que la vaca nos es indiferente. Pero si la miramos bien, si nos adentramos en su bovina esencia…

Mientras en su bovina esencia le veo y le gozo…

El tema religioso es ineludible; y de la vaca a lo religioso no hay más que un paso, un mugido, baste con decir que en la india las vacas son sagradas, que los dioses hindúes parecen en Córdoba, Antioquia, tocando la cítara mientras al fondo pastan unos toros cebú…

(El ultra diestro por ahí, matando vacas sagradas, gente y dioses hindúes; dándole bala a Krishna –reguero de sangre azul– a Shajti, a Ghana, Ghanesh, Hanuman, y todos los demás).

Pero no nos engañemos; esas son asociaciones mentales de la vaca, vamos a la emoción:  Algo bonito de la vaca es el hocico. Siempre húmedo, siempre brillante, con esos puntitos. El hocico de la vaca siempre es nuevo. Y la lengua de la vaca, como de lija. Recuerdos pueden venirse pegados de la vaca, recuerdos personales: una vaca –es el nombre de la especie pero el individuo era tal vez macho– que me lamió la mano en el corral de la finca de mi papá, de “papa” como dicen los españoles. Pequeño recuerdo de sorpresa, de júbilo. No saber cómo era la lengua de la vaca y sentirla, tan diferente a la del perro… pequeña felicidad.

Lo otro es ser una vaca. Esa cosa buena de la vaca que no anda fingiendo a nadie su estado de ánimo, esa distancia de cero entre el sentimiento de la vaca y su semblante. Afortunadas las vacas a las que nadie les pregunta qué es esa cara. Esa cara de la vaca como de funcionario inexpresivo que no responde el saludo, que no da información, que solo pone el sello, entrega el recibo, indica la próxima oficina, el próximo trámite.

También la vaca se espanta las moscas con la cola. Me parece estar sintiendo el campo minado de bostas y de moscas, la vaca rumiando y dándose latigazos con la cola como si fuera un monje de esos que se autoflagelan aunque los animales no son tan estúpidos como para autoflagelarse.

Qué más de la vaca.

Los colores. 

Si las vacas no fueran normalmente sucias sus colores se verían mejor. Sus colores gustan tanto, lo que llaman “animal print”. Quitándoles lo peludo y lo maluco que huelen (aunque a decir verdad hace tanto tiempo que no huelo una vaca que digo que huelen mal por conclusión lógica, por su proximidad con las bostas –qué refinado– con la boñiga, decimos aquí).

¿A qué huele una vaca?

¿A qué huele una vaca? Ni idea. Muchos podrán utilizar el recurso fácil de decir que la vaca huele a vaca por aquello enseñado en la lógica de que siempre A=A, B=B y esas tonterías que funcionan para las letras pero no para las personas y las vacas. Habría que hacer un esfuerzo de ir a olerse una vaca y después hablar, alguna cosa habrá para decir; porque no es justo decir que la vaca huela a boñiga, sería como decir que los humanos olemos a… bueno, ya se sabe.

El sonido de la vaca:

El sonido de la vaca es como un mantra. Por eso será que son sagradas en la india. A mí me encanta el canto de la vaca y me he esmerado en imitarlo. Creo que no es ninguna novedad decir que entre la onomatopeya del sonido de la vaca y el sonido real hay varios potreros de distancia. La vaca desconoce los fonemas humanos. El fonema de la vaca no es conocido por los humanos. Se intenta aproximarlo a fonemas conocidos pero se trata solamente de eso, de una aproximación, como toda aproximación, diferente.

En una próxima edición:
Ordeñar una vaca: (¡Estos seres humanos!)
Las dificultades de la técnica de ordeño. 
Reflexiones sobre la ética del ordeño: ¿está bien ordeñar una vaca?

UNA REGLA PARA LA VIDA

UNA REGLA PARA LA VIDA

Las tijeras se encontraban metidas en un recipiente que, de no ser porque se veía repleto de “útiles”, a saber, dos lapiceros de tinta mojada (toda la tinta lo es ¿no?), un marcador, un chequeador de corriente amarillo y una pinza de colgar ropa, entre otros objetos ocultos, se diría que era un pocillo común y corriente para tomar café o cualquier tipo de bebida o de infusión.

Las tijeras eran disparejas, pero no es que se tratara de un defecto congénito o de un accidente. Se trataba de un diseño intencional. Una de las orejas superaba con creces a la otra, todos los sabemos, para que quepan más dedos. Las tijeras eran azules y amarillas; la desigualdad de sus ojos las hacía parecer un fantasma de caricatura, nada serio.  

Ahí estaban esas tijeras, quietas, esperando o no esperando –a los seres humanos se nos ha metido que las cosas esperan y las cosas simplemente están allí– esperando a que alguien las cogiera, a que alguien les atravesara por las cuencas de los ojos unos dedos dispuestos a hacer presión en ambos sentidos de un eje imaginario para cortar y abrirse. Cortar y abrirse, cortar y abrirse, no para descortar que tal cosa es imposible o si no, serían unas tijeras mágicas.

Pero sí, eran unas tijeras mágicas, como todas las tijeras de los cuentos porque unas tijeras por sí solas no darían nada para hablar a no ser que fueran meros instrumentos de personajes vivos: las tijeras de un peluquero maldito, las tijeras de un asesino a sueldo, las tijeras de una modista zombie, las tijeras de cualquiera, utilizadas siempre para delitos y homicidios y cosas malas al final, aunque al principio fungieran de instrumentos correctos para cualquier profesión u oficio.

No. Estas tijeras tenían vida propia, pero a diferencia de las tijeras de los cuentos morbosos estas tijeras eran más bien estúpidas o ridículas. Tenían una manera tan tonta de abrirse como si de unos labios sueltos y babosos se tratara. Ante cualquier movimiento o temblor se abrían y se cerraban. El eje que suele atravesar las dos patas se encontraba flácido, suelto y por eso las tijeras no tenían absolutamente ningún criterio sobre cuando abrirse o cerrarse. Y ni decir que a la hora de cortar, una de sus poquísimas funciones en la vida aparte de servir, y mal, para limpiar los intersticios entre las uñas y los dedos, su falta de rigor, la excesiva luz que quedaba cuando cerraba las piernas hacían, no solo que no cortara los papeles que le eran destinados sino que además los arrugaba, haciendo necesarios nuevos y costosos procesos en el sentido de que todo cuesta algo, así como todo, por pequeño que sea tiene una masa y un volumen.

Pero a la tijera esto le quedaba más o menos sin cuidado. Ante las burlas del destornillador y el lapicero y el marcador se defendía diciendo que ellos no sabían lo que era ser tijera, del mismo modo que ella nunca llegaría a saber qué se sentiría ser uno de ellos ni como hacer su trabajo a la perfección. –Y mientras esto decía unas pequeñas virutas de papel mal cortado se resbalaban por sus hojas. Las cosas tontas, las cosas ridículas siempre dejan caer otras cosas de sí sin que en ello medie intención consciente alguna.

Al gancho de ropa le parecía que razón podría haber en las palabras de la tijera –unas palabras a decir verdad más bien entrecortadas– aunque por su similitud sospechaba que algo no estaba bien en las tijeras. Pero no podía asegurar que la similitud asegurara una comprensión del ser–de–la–tijera–en–el–mundo, como había estudiado en los libros de filosofía para ganchos de ropa. Por lo demás el escritorio en el que vivían era tan pequeño que de más tijeras no se sabía nada más, para ellos, la ridícula tijera de ojos amarilliazules era la única tijera del mundo, la tijera primigenia, la única tijera que habían visto desde que tenían uso de metal, de plástico y de grafito.

Pero he aquí que, como era de esperarse, llegó al pueblo de escritorland, un nuevo húesped. Un nuevo forajido. Se trataba de… si… de… una regla azul.

–¿Y esta cosa tan rara qué es? Le preguntó el destornillador al marcador permanente que hacía justicia a su nombre pues ya llevaba más de cuatro años metido en el pocillo.

–No sabría decir, dijo con seca lengua de marcador viejo el marcador permanente… yo diría que se trata como de un pedazo de plástico azul trasparente con rayas y números!, y al decir frase tan larga se fue emocionando pues vino a su recuerdo el hecho de que en su juventud también el había dado mucho azul de qué hablar a hojas y cuadernos y carteleras y cuanta cosa porosa se decidiera a albergar su baba adherente y celeste.  

A las tijeras el nuevo habitante del escritorio no le produjo el más mínimo interés pues era la hora en que tomaba la luz de lámpara para mantenerse igual a como se mantenía con o sin la luz de la lámpara. Sin embargo en ese instante tuvo un momento de lucidez: ¡Qué ridícula soy!. Tuvo plena consciencia de su ridiculez de tijera fofa, de tijera patiabierta, de tijera dispareja, y mucho más ridícula y absurda aun cuando se oyó hablando en un lenguaje a claras vistas no diseñado para tijeras a quienes les queda muy difícil pronunciar fonemas para los cuales son necesarias lenguas, paladares y dientes… si al menos fuera una de esas tijeras de dientes… pero no, era lisa como una de las modelos vintage que había visto en una de sus últimas recortadas por la revista Vanidades.

En cuanto al gancho de ropa, un poco despistado, puesto en un lugar lejano al acostumbrado y que carraspeaba la lengua por ausencia de un poco de agua jabonosa, el tema de la regla sí le había dado un poco de curiosidad pero rígida como era su forma de ser, no le dio más importante de lo necesario. Pensó que nada tenía el que ver con esto y que a simple vista el artilugio no parecía tener nada que ver con ropa, jabón, alambres y ropa bailarina al compás del viento.

Se hizo, en el otro pocillo, que había otro, una asamblea de marcadores, algunos permanentes o “en propiedad” como a ellos les gustaba nombrarse y otros borrables o “provisionales” como les gustaba llamarlos a los permanentes para sentirse con un estatus mayor.

–Miren ese pedazo… –dijo uno de los más viejos–… me parece que he visto una cosa de esas antes cuando estuve en la escuela de ingeniería…

–Mmmmm… ni idea… –dijo uno negro a uno verde que estaban sin estrenar… yo hasta el momento solo he utilizado una treintaiseisava parte de mi contenido, son pocas las hojas y que han penetrado estas fibras apretadas.

–¡Uau! –Dijo el verde– No sabía que tenías talento para las palabras, nosotros, que parecemos más como de dibujo.

–No creas –dijo el negro humilde– es que llevo tanto tiempo aquí sin usar que ocupo mi mente en fantasear sobre las palabras que algún día escribiré si es que de pronto me coge un poeta o algo así y escribe cosas con migo.

–¡Con esa tapa a misa!, dijo con amargura y desilusión uno de los más viejos que era rojo. No te hagas muchas ilusiones, esta señora del escritorio no parece muy dada a hacer nada diferente a escribir en un computador (ese pretencioso computador) y no creo que algún día vaya a encontrarnos utilidad. Yo sé bien por qué te lo digo. Marcador viejo pinta parado…

En esas disquisiciones estaban cuando uno de los marcadores borrables llamó la atención:

–¡Shhh! ¡Creo que ha hablado!

Entonces todos dirigieron sus tapas de colores hacia el pedazo de plástico azul con números y rayas, suponiendo que era en la tapa en donde tenían sus oídos, aunque nunca supieron a ciencia cierta si los tenían.  Pero de todos modos era mejor, aunque fuera pretender tener oídos porque los del otro pocillo a lo mejor podían tener oídos y creerse más, y bueno… los marcadores suelen ser más bien orgullosos.

–Es que… –empezó a musitar con una suave voz, con una vocecita de oro, la reglita azul.

–¡Hey quiere hablar! –Dijo el chequeador de corriente desde el otro pocillo y ahí si todos, hasta la tijera pararon oreja (la tijera se preguntó si los huecos por donde metían los dedos eran ojos o eran orejas).

–Es que… –continuó la regla entre tímida e infantil– vine a cortar unas hojas…
Tremendos como siempre fueron los ojos que abrió las tijeras. Casi se aprieta su eje. Ahí si se cerró como una tijera inteligente.

–¿Qué has dicho?... ¿acaso has hablado de cortar hojas? ¿Es que no sabes que ese es mi trabajo?...

–Pero es que yo también sirvo para cortar hojas –dijo con su vocecita la regla.

–¡Ja! ¿tú?... permítame que me ría –y abrió y cerró las patas haciendo ese ruido como de máquina de escribir que hacen las tijeras cuando se abren y se cierran rápidamente. Y por supuesto que no era una risa sincera sino una mueca de risa, una risa sarcástica, una risa mordaz.

–¿Cómo así? –Respondió ingenua la regla– ¿Es que tú sirves para cortar hojas?

–¡Pero qué pregunta! ¡Claro que sí! –respondió cortante la tijera.

Y antes de que retara a la regla a cortar algo de papel para verlo vio como los dedos firmes de una mano se posaban en la regla que estaba encima de unas hojas de bloc. La otra mano tiró de las puntas de la hoja de block, y la tijera conoció un nuevo paradigma; vio que había otras formas de cortar hojas y que la presión era la clave para todas las cortaduras, así la juntura rigurosa de sus patas como la presión de la regla sobre las hojas y la velocidad.

Se dio cuenta que muchas eran las cosas que la separaban de la regla, muchas más de las que separaban sus patas e intuyó que la regla podía servir para otras cosas. Un poco más humilde, un poco más tranquila, ser la única tijera del universo del escritorio también era una carga considerable, decidió entablar una conversación más amigable con la regla.

–Y… con todo respeto (y hasta cariño) ¿eso es todo lo que sabes hacer? ¿sabes hacer más cosas? Eres una forma de tijera o tienes otros dones, otras virtudes?

La regla, ya sintiéndose en más confianza (le empezó a parecer que en el escritorio se practicaba una política de inclusión) dijo para tranquilizar a la tijera –la regla estaba pequeña pero no era tonta–: Esa es solo una de mis funciones, pero debo confesar –y bajó la voz un poco–, esa no es mi verdadera pasión, aún más, podría decirse que no es un uso apropiado para mí. Y ahí se le iluminaron los ojos:

–A mí lo que me gusta es servir de guía. Y se fue poniendo trascendental: yo solo soy una guía en la que vosotros, sí, vosotros, –dijo llamando la atención a marcadores, lápices, lapiceros, no al gancho de ropa, no al chequeador de corriente–, para que vosotros cumpláis vuestra labor cuando de andar por el camino recto se trate…

Yo soy guía y soy apoyo y soy también… lo dijo rascándose una inexistente barba de plástico… soy también la medida justa. Conmigo podéis contar siempre… tanto milímetros como centímetros… y.. casi dos decímetros, porque solo mido dieciocho centímetros, y nadie puede, como dijo el profeta, añadir un codo a su estatura, pero no importan las distancias, yo podré duplicarme y desplazarme y acomodarme hasta conquistar el metro, el decámetro, el hectómetro.

Soy vuestra guía, amigos, en el camino de la rectitud….

Los demás útiles quedaron estupefactos, hasta llegaron en un breve lapso sentirse inútiles pero, sin embargo, las palabras inspiradas de la pequeña regla azul llegaron a sus corazones de plástico a su sangre de tinta, a su alma de grafito.

–¿y cómo hemos de llamarte? –preguntó un cabo de lápiz que estaba en el fondo del pocillo y que sin embargo había estado atento a todos los hechos, desde las discusiones con la tijera hasta el sermón de la regla.

–¿Cómo os han dicho que me llamo?.

–No, nos han dicho, respondieron a coro todos los útiles.

–Pues llamadme regla –les dijo– y si os preguntan decid que yo soy la regla, el centímetro y la guía.

Y a vos, oh tijera que primero habéis sido inconsciente de vuestro valor y después habéis tenido celos y envidia quiero dejarte esta enseñanza: Cuando sientas que pierdes el filo… el feeling… ve a cortar lija que las suaves aspas se afilan en los duros granos.

La tijera guardó silencio y una pequeña lágrima de aire vino a correr por su ojo pequeño secando su eje y sus patas y fue a dar un abrazo a la regla que le había mostrado tantas cosas. Tan fuerte fue el abrazo de la tijera que le botó dos centímetros a la regla.     

Desde entonces puede verse en la patria de escritorland, una hueste feliz aunque las más veces inútil de útiles, un regla floja y fofa que volvió a ser afilada y patijunta y una regla sabia y azulada que sigue contando, que sigue midiendo, que sigue guiando, con toda la pasión de sus dieciséis centímetros restantes.