domingo, 20 de abril de 2014

SERVICIO AL CLIENTE


Por estos días en que el tema de servicio al cliente ha cobrado tanta importancia, no se explica uno como es que el gremio de los atracadores y ladrones no ha incorporado esta filosofía. Como sabemos, este aspecto es tan importante o hasta más que el producto o servicio que se ofrece.

Creo que todos estaremos de acuerdo en que la experiencia de un atraco es más bien desagradable, y está demostrado que lo que hace negativa la experiencia no es tanto el hecho de perder algunas pertenencias, por valiosas que sean, sino la deplorable calidad del servicio.

Hay que hacer pedagogía, y esta es la propuesta que vengo a traerles. Si entre nosotros se encuentra algún atracador o ladrón, o si entre nosotros tenemos algún familiar que se dedique a este noble oficio, estamos obligados, como ciudadanos, a transmitir estas sugerencias que quiero compartirles.

El primer aspecto que hay que tener en cuenta, desde la fase de intimidación es la comunicación, para la cual se utiliza la palabra y también otro tipo de ayudas técnicas (o didácticas) que refuerzan el mensaje. Por una parte encontramos el insulto, que varía según la época y el contexto cultural. Hoy por hoy, una de las expresiones más usadas es la de una enfermedad de transmisión sexual, o la clásica alusión a la profesión de nuestra madre. En cuanto a la expresión “bajate” puede prestarse para interpretaciones ambiguas que dificultan la recepción del mensaje. Para ilustrar esto quiero contar una experiencia que tuve, una vez iba por una calle oscura y se me aproximó un ladrón que me increpó diciéndome: “bajate de reloj h…” yo, abochornado, le dije, “qué pena ¿te lo estaba pisando? Luego, la enseñanza, es utilizar una terminología que pueda ser comprensible por el cliente, no sea que, al utilizar un lenguaje confuso, la persona pueda sentirse avergonzada por no conocer su significado y tal vez no se disponga con buena actitud para llevar a cabo el proceso del atraco. Sabemos que la efectiva comunicación con el cliente es uno de los pilares fundamentales de la experiencia de servicio.

En cuanto al contexto y época habrá que decir que es necesario que el atracador esté familiarizado con diversas expresiones según el contexto socioeconómico y cultural. Ya aquel “diculpad, vuesa merced, hacédme entrega de todas vuestras posesiones” no se usa. Los tiempos cambian.

Lo que proponemos aquí es un abordaje que tenga en cuenta el bienestar del cliente. Las palabras ofensivas sobran. Por otra parte hay que tener en cuenta el estado emocional del cliente que va a ser atracado. No todos se encuentran con buena disposición. La persona puede haber tenido un mal día en el trabajo, haber peleado con la esposa, o cosas peores como por ejemplo que haya perdido su equipo de fútbol favorito.

Por eso el abordaje que sugerimos es un abordaje cortés. La cortesía nunca pasará de moda. El respeto ante todo. Qué tal si cuando vamos a atracar a alguien le decimos:

Señor, buenas noches, permítame que le ocupe (sugerimos no decir robe) unos minutos de su tiempo. ¿Cómo está? Es posible que el cliente responda con el consabido bien, o cansado, o en fin, esas respuestas automáticas que damos, o que se trate de un buen conversador que además padece una carga emocional fuerte y sienta que, entrado en confianza pueda desahogarse un poco en ese momento: hombre, las cosas no están tan bien como quisiera, sucede que encontré a mi esposa con otro hombre, o, estoy a punto de ser despedido del trabajo…

Recomendamos enfáticamente, prestar oídos sinceros a las quejas y sentimientos de la persona que va a ser atracada. Una escucha oportuna puede ganarnos la confianza del cliente y hacer de la situación del atraco una experiencia agradable que aumenta la probabilidad de conseguir un cliente VIP, un cliente frecuente. Sugerimos también al atracador, emitir una respuesta empática, del tipo, sí, la situación está difícil, o cuando se nos cierra una puerta otras se abren…

A continuación podemos proceder a identificarnos y manifestar, sin más preámbulos nuestro objetivo (no queremos cansar al cliente, hay mucha competencia): mi nombre es Richard, yo soy quien lo va a atracar esta noche… 

Vamos a proceder con calma: quiero pedirle el favor de que entregue todas sus posesiones que tengan un valor económico significativo. Sugerimos (el plural da un aire empresarial que mejora la imagen) irlo haciendo gradualmente según su grado de apego a los objetos. Podemos comenzar por el reloj, a continuación el celular, computador portátil, y por último la billetera. Descuide, puede conservar sus documentos: solamente me quedaré con la cédula, usted sabe, para ingresarlo en la base de datos. Recomendación: no olvide solicitar las claves de las tarjetas y apuntarlas (sugerimos llevar una libreta).

Es también de suma importancia hacer explícito el encuadre, a saber las reglas del encuentro para que no se preste a malos entendidos o posteriores reclamos. Hay que dejar claramente desde un principio, que en caso de que el cliente no siga la recomendación de entregar amigablemente sus pertenencias, la consecuencia será que usted, amigo atracador, se verá obligado a hacer uso de ayudas técnicas o didácticas (palo, cuchillo, revólver, chuzo… etc.). Es también importante que exprese que el uso de las ayudas técnicas no es de su preferencia pero que usted sigue firmemente el protocolo de intervención. Es importante mostrar firmeza. Un atracador inseguro puede propiciar sensaciones desagradables que no son convenientes para un futuro con el mismo cliente. 

En el proceso de recepción de los objetos, recomendamos tener en cuenta, nuevamente, el estado emocional de la persona atracada, en muchas ocasiones los objetos, además de tener un valor económico, también tienen un valor afectivo para el cliente (¡hay cada materialista!). Recomendamos hacer alusión a los objetos que la persona va entregando, al estilo de “¡Qué reloj tan bonito! ¿dónde lo compró? ¿todavía está en garantía?”, o “está muy bonito ese portátil, tiene instalado el office? ¿alguna contraseña que deba conocer? Cuando el cliente devuelve los comentarios, en el sentido de, por ejemplo, ¿Cierto que es muy bonito?, y hace recomendaciones acerca de su uso: “recuerde desconectar el equipo cuando esté cargado, usted sabe, la batería…” puede estar seguro de que la relación con su atracado podría convertirse en una bella y duradera relación de amistad.

Al despedirse, no olvide dar las buenas noches, o si usted roba de día, pues los buenos días. Recuerde la importancia del servicio post-robo: Puede llevar consigo una pequeña encuesta de satisfacción:

Señale de 1 a 5 siendo uno la menor calificación y 5 la mayor. 

La presentación personal del atracador fue….
Las ayudas pedagógicas o el material de ayuda fueron…
Fue claro en sus explicaciones/amenazas
Volvería a solicitar el servicio…

Observaciones____________________

Y sobre todo, tenga mucha fe en su servicio. Recuerde : insistir, resistir y persistir. 

MOTO


Por el tronar de la moto como una ametralladora pensaron que se trataba de un maleante. Eso, o un furibundo motociclista apasionado por el traqueteo del motor que, entre más intenso más símbolo de poder: una explosión tras otra. Los motores a combustión no son más que el estallido controlado de pequeñas bombas. Al hombre siempre le han seducido la violencia y el poder de las explosiones. Mini bombas que aceleran el cuerpo, otro signo de poder. A los maleantes les gusta el poder, o a los hambrientos de poder les gustan las motos poderosas. 

Por eso pensaron que podría tratarse de un maleante… o de un amante de las motos ruidosas.

Además de la hora, ¿Qué persona en su sano juicio anda traqueteando una moto a las tres de la mañana de un día festivo? Desecharon la hipótesis del maleante o al menos del maleante en ejercicio de su profesión porque hasta los maleantes descansan en los días de fiesta, y, sobre todo porque ¿a la hora de malear no es mejor conducir una moto silenciosa?

Lo del maleante lo creyeron por la hora. A los maleantes, al mal, les gusta la noche, la oscuridad.

Pero también podía tratarse de un amante de las motos, o simplemente de un amante, a secas, tal vez no con un moto poderosa sino con una moto descompuesta, una moto sin mofle. Porque a los amantes como a los maleantes también les gusta la noche.

Aunque no podía descartarse la posibilidad de un maleante enamorado, de un maleante enamorado de una maleanta, o simplemente de una, a secas, enamorada también del maleante, o del amante de las motos, o del amante a secas con una moto descompuesta.

El caso es que sonó un estruendo de explosiones, un traqueteo poderoso a las tres de la mañana. Los perros de las fincas tampoco dejaron de notarlo y ladraron con la urgencia debida. Para los perros cualquiera que se meta en su territorio es un maleante por más amante de la motos que sea, por más amante a secas que sea. 

El maleante, o cualquiera de los otros había peleado con su novia. De pronto, en medio de los arrumacos y de la conversación en bajo, murmullosa, apareció una contradicción. Quizá la amante -aunque era poco probable- se hubiera negado a ir más allá en la progresión de arrumacos o tal vez se negó a hacer algo el día siguiente, o tal vez trajo a colación unos viejos celos, tal vez fundados, tal vez infundados, que hicieron enojar al de la moto, al ya no tan amante porque ¿Otra vez con lo mismo? Si ya te había explicado que, y siempre lo mismo, pero hasta cuando vos con esa maldita inseguridad y ¿sabés qué? vámonos ya, yo te llevo a tu casa, mañana hablamos cuando estemos más calmados, y ella, claro, dejémoslo así, siempre lo mismo, por qué no lo hablamos hasta el final, pero él intransigente, silencioso, montate que nos vamos o me voy ¿Y es que me vas a dejar aquí a esta hora? Por eso te digo, montate.

A regañadientes se monta la amante del amante ya no a secas porque la lluvia ha empezado a caer, hijueputa ya empezó a llover y la lluvia resuelve las dudas sobre la montada, y pestañean más seguido por el agua que les cae en los párpados. Pocos orgullos no ceden a la persuasión de la lluvia y no es del caso, de todos modos son amantes, así sea de las motos. 

A la primera patada la moto brama, traquetea más nítida que nunca acompañada por el silencio y más se hace sentir el poder y sobre todo que con más saña, con más corazón herido el de la moto acelera, que grite la moto lo que él no, que se ensordezca la fulana que muy a pesar tiene que abrazarlo para mantenerse adherida a la moto que a toda velocidad va dejando a su paso un reguero de ladridos de perro y de corazones de ex-durmientes en sobresalto.

DIVAGACIONES DE SALA DE ESPERA


Cuesta trabajo creer que esta gente tan bonita esté enferma! Q : Quirófanos. Una sala de espera de lo más elegante. Todos los muebles nuevos, flamantes sillones de cuero, me los sueño para la casa. Un diseño acabado de sacar de la fábrica. Dos grandes televisores de plasma, un pequeño oratorio para oradores con estilo. De todas formas huele un poco sospechoso encontrar un oratorio en una "empresa" que se llama Quirófanos. Supongo que habrá quirófanos. Supongo también, lo sé, que aquí viene gente a hacerse exámenes previos a quien sabe qué cirugías. Por la gente que entra, gente con clase, no podría uno imaginar que están enfermos. Es como si la elegancia de la sala y de los servicios estuviera disociada de lo que va a hacerse allí. Por ejemplo, entra una mujer que tendrá unos veintiocho, treinta años. Bonita. Bueno, la ropa hace maravillas sobre un rostro y un cuerpo relativamente armoniosos, una especie de comodín. Tacones altos, lycra, camiseta blanca, sacada de una revista de Arkitect, una chica "exito". Nada en contra, todo lo contrario, una mujer bonita que bien podría salir en una revista. Bien podría no salir también en una revista. Hay lugares en la ciudad en la que la mayoría de las mujeres parecen sacadas de una revista. Lleva una estola en el cuello. Aretes Grandes, brillantes y bamboleantes… Rubia, un poco rubia. Ahora es difícil saber el color natural del pelo de una mujer. Parece que hubiera salido de un almacén con la ropa nueva después de una escena de esas de las películas gringas en las que el personaje se cambia una y otra vez de atuendo. 

Aire acondicionado. Le da una atmósfera de impecabilidad, de esterilidad, no es para menos, se trata de una empresa de quirófanos. Es difícil imaginarse las mujeres bonitas que desfilan con los procedimientos que van a realizarles. Pasa otra, delgada, sobriamente vestida, también rubia, ¿una visitadora médica? ¿o simplemente otra enferma elegante? Interesante también el contraste entre la elegancia y sus padecimientos ¿Qué le duele a la mujer del sofá que "chatea" sonriente por su teléfono, una pelada de unos veinticinco años? ¿Qué le duele a las señoras que parlotean a mi espalda con acentos de otra parte, no de muy lejos, costeños, que en mi imaginación a veces se oyen como portugueses? Son, pienso, turistas adineradas del Brasil que han venido a hacer turismo quirúrgico. En todos los países donde hay personas pobres hay personas adineradas. 

Un cólico en el intestino, un dolor en el hígado, piedras en el riñón, no sé mucho de enfermedades. Enfermedades que generan olores nauseabundos, infecciones internas, una especie de putrefacción, de pudrición, enfermedades que hacen salir cosas miedosas en las "deposiciones"… y después van a un no menos lujoso consultorio, puede suponerse por el ostentoso diseño de la sala de espera, a desnudarse, a quitarse sus flamantes vestidos de arkitect o de marcas mejores, arkitect es del éxito… ropas de marca… a exhibir sus imposibles abdominales, los abdominales que no parecen de arkitect y que arkitect ha logrado disimular, sus estrías… a tener que hablar, haciendo a un lado cualquier pudor, sobre dolores ominosos, comportamientos excretorios, miserias humanas…. 

Uno no diría que esta gente está enferma, uno no diría que esta gente va a ser sometida a una cirugía en la que manará sangre a borbotones –para cualquiera que no sea cirujano cualquier sangre mana a borbotones– y que estarán como zombies intoxicadas por la anestesia, ya no dueñas de sí, como un trapo humano, idiotizados por los químicos que ha permitido abrirles cualquier parte del cuerpo…. Y el olor de las entrañas expuestas a la atmósfera… (Nunca asistiría a una cirugía pero puedo imaginar por lo que he visto que no debe oler nada bien…)

O tal vez se trata de cirugías "estéticas"…. quién sabe, la mujer bonita que quiere hacerse más bonita porque el cirujano sabe cómo, porque la televisión sabe como, porque las divas saben como… Pero esa ya es otra historia. 

EL HOMBRE Y LA MUJER EN EL BAR


El hombre está en el bar; un bar como cualquier otro: luces oscuras, barra, un nefando televisor ¿Desde cuándo los televisores en el bar? ¿No se supone que la gente va a los bares para no ver televisión, que se para del sillón un poco harta y dice, ¡bah! ¡vamos al bar! y siente que está haciendo algo en pos de la diversión y de la salud, –de la salud mental, se entiende–? En fin, de todas formas el tipo está en el bar; es un tímido de gama media. No un tímido del todo pero tampoco el hombre arrojado y arriesgado de sus fantasías (que tampoco son sus fantasías sino las que cosecha en el mercado de la tele, las genéricas por decirlo así): el tipo que se lleva tipas a la cama después de hacerles una sugerencia, preguntarles un par de bobadas, obediente a los consejos de la tele o de yahoo noticias: dejar que la mujer hable sobre sus cosas, ponerle o fingir que se le pone atención para después, según la franja televisiva, despertarse en la escena con la mujer tapada con la sábana hasta el cuello, él en calzoncillos bóxers de tela y equilibradamente despeinado por el equipo de maquillaje…

Más precisamente el tipo está en la barra del bar. Se hace una pregunta estúpida sobre la etimología de la barra: bar…barra… se siente un Caro y Cuervo, tal vez más Cuervo que Caro, o tal vez un Nietzsche filólogo, se mira en el espejo que hay en la barra –porque hay un espejo– y se queda un rato pegado como un mosco, un poco extrañado, sorprendido, o hipnotizado por su imagen, que de todas formas nunca deja de ser un misterio, una especie de ficción monsieur Lacan… Se aburre. Un aburrido también de gama media: no está tan aburrido para devolverse al sillón del televisor de su casa pero tampoco tan entretenido como para no estar pensando en que está aburrido.  A ratos se entretiene con una canción que conoce –han puesto solamente una– porque es martes de música desconocida. Había llenado una encuesta del bar por internet en la que le consultaban por sus preferencias musicales y habían diseñado, a la carta, un programa especial que no contenía ninguna de las canciones de su lista: música para echar a Alfredo, habrían podido poner en el volante de la programación… Intenta parecer entretenido, pero no se convence a sí mismo. Sigue de vez en cuando la batería, oye alguna cosa por ahí, una guitarra que lo sorprende como esos sonidos que uno duda si son de la música o es el timbre de un celular. La aburrición persiste, parece que tampoco se sabe las canciones.

De pronto, como todos los de prontos, aparece una "chica" que se sienta dos puestos más lejos y el hombre se pregunta qué hacer; un impulso en su interior, tal vez un personaje interiorizado de Karate Kid, le dice que debe hablarle y, como en Karate Kid, entra en conflicto. Sabe que debe hacer algo, que debe abandonar su dolorosa zona de confort:

–¿Querés hablar un ratico?… –No, responde la "chica", en cinco minutos me recogen… Parece disculparse pero sin mucho tino; no es una disculpa muy convincente pero es verosímil. A lo mejor han coincidido su desinterés con su recogida. Tal vez es también una tímida de gama media. El caso es que sale a los cinco minutos; no se ve nadie que la recoja, pero sigue siendo probable ¿Por qué mentir?, aunque… ¿Por qué no mentir? ¿No es la mentira acaso una de las formas fundamentales de la cortesía?, porque pudo haber dicho, también, inspirada por Karate Kid, ¿Por qué no te vas al demonio? Se va. Se fue. Del todo. Tal vez nunca volverá; tal vez la "chica" era solo un producto de su imaginación combustionada por el whisky genérico, por la cerveza mexicana. Otro cuento si fuera mexicano; hubiera sido más agresivo: "No aceptaré un no como respuesta" y después haría un disparo al aire con su Winchester, intoxicación estereotípica. Ya. Se fue. 

Pero ahí no acaba la función… pasa otra "chica" pero no se sienta en la barra. Sus conocimientos sobre física newtoniana le han ayudado a predecir la trayectoria de la chica: velocidad inicial, cómo se llama esa cosa… inercia… va para el baño. Ha acertado. La chica iba para el baño. Lo de la chica número uno era, piensa para sí, calentamiento. Ahora ha tendido un puente de contacto Marte-Martes-Venus. Está listo, apura otro trago de cerveza, espera. Espera. Espera; espera, espera-esperaesperaespera. Decide medir el tiempo con tragos de cerveza: dos, tres, cuatro… Fantasea con los homúnculos de Bukowsky teniendo escarceos y ajetreos en la barra. Tamborilea con los dedos. Espera.

La mujer nunca sale del baño.

LA AUDIENCIA DE TRÁNSITO


No fue como en las películas de Hollywood. No había un estrado elevado a varios metros del piso, ni había un juez con toga y martillo; tampoco había un escribano tomando atenta nota de lo que se hablaba, ni un dibujante haciendo lo suyo con lo que se veía, ni jurados, familiares, cámaras de televisión, o multitudes apostadas a la salida siguiendo las incidencias del proceso, gritando a favor o en contra de las partes.

Había una sala de espera como la de cualquier oficina pública o privada: un par de filas de sillas pegadas y recostadas contra la pared y una puerta como cualquier puerta de oficina. Para nada se trataba de esas grandes edificaciones de columnas altas y anchas como las que derribó Sansón en su época. Nada de capitolio, nada de mármol, nada de elegantes pasillos en donde los abogados se encuentran para sostener corteses amenazas, nada de portafolios brillantes de cuero.

Salió la auxiliar, una mujer como cualquier otra mujer, con nombre colombiano que ya no recuerdo. No se presentó. Supuse que era para no afectar el proceso con intimidades innecesarias -seguro había más audiencias en fila-. Tampoco puedo decir que fue descortés. Supongo que el audiente debe ser, o al menos parecer, lo más imparcial posible. Yo iba acompañado de mi flamante abogado, Juan David, nada de Mason, Mcbeal, Stone o Stark. Juan David no llevaba un portafolio con pruebas o con hojas en blanco que esgrimiría como pruebas para manipular psicológicamente a los jurados (elegidos, por supuesto, previamente por los respectivos bufetes de las partes). A cambio de eso llevaba tres hojas sujetas con un clip en la que estaba el mapa de la "colisión", la citación para la audiencia y tal vez, la lista del mercado. Eso sí, digitaba a cada rato su blackberry, quizá como parte del trabajo, quizá como entretención mientras yo hablaba y contaba "los hechos".

Antes de entrar me tranquilizó advirtiéndome más o menos lo que me iban a preguntar: la narración de los hechos según mi perspectiva y por qué creía yo que el motociclista había tenido la culpa. Respondí, como ensayo, a estas preguntas. Después editamos la versión con datos que yo había obviado en mi corto relato, a saber, las precauciones que había tomado para hacer el giro a la izquierda que terminó con el choque (perdón, con la colisión). Le dije que era la primera vez que me pasaba y que no había podido dormir angustiado por pesadillas en las que se presentaban fieros altercados entre los abogados y sus representados, interrumpidos de vez en cuando por el contundente martillazo del juez en el estrado de caoba: ¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala! !Espero, señor abogado, que este tipo de exabruptos no se vuelvan a presentar en mi corte o de lo contrario me veré forzado a sancionarlo por desacato!; ¡Señor abogado! !Controle por favor a su defendido!… ¡Señor juez!, gritaba en mi pesadilla el abogado de la contraparte: ¡Protesto, la vida marital de mi cliente no viene a caso! !No a lugar!, continúe con el interrogatorio señor abogado…

Una vez en el cubículo -nada de estrado, nada de contraparte, solo mi abogado y yo-, comenzó la audiencia. Todo se desarrolló como lo había predicho mi defensor-asesor: Narración breve de los hechos y preguntas sobre el incidente. ¿Qué precauciones tomó para hacer el giro? -Miré hacia adelante, miré hacia atrás, puse la direccional… -y algunos detalles dramáticos-: El cielo estaba oscuro, parecía petróleo… También algunas observaciones condenatorias hacia la contraparte: venía a alta velocidad…  -¿Cómo sabe qué venía a alta velocidad si dijo que no lo vio?. Por el trayecto que se desplazó después de la colisión su señoría (traducción: porque rodó varios metros y para eso tenía que venir muy rápido…)… Preguntas van y respuestas vienen entre el Preguntado y la auxiliar… Finalmente: ¿Se declara responsable? (Contundente, con golpe en el escritorio): ¡No, su señoría!…

Fin de la audiencia. 
-¿Y ahora qué sigue? -pregunté por lo bajo a mi abogado. 
-Nada, ya se puede ir… 
-¿Y no vamos a contrastar las versiones, la confrontación cara a cara entre la parte y la contraparte? 
-No, en este tránsito es así… 
¡Qué descanso!… pensé que nos íbamos a ensarzar en las discusiones airadas de mis pesadillas de la noche anterior…

Sin embargo, según me explicó mi Mason asignado por la aseguradora, el abogado tiene acceso a los expedientes y puede presenciar la audiencia de la contraparte. ¡Fantástico! solo restaba firmar la declaración y llenar la encuesta de satisfacción del abogado. Todo excelente. Las preguntas eran del tipo: Superó las expectativas, estuvo de acuerdo con sus expectativas, no llenó las expectativas… Difíciles preguntas para un libra: No tenía expectativas con respecto a las acciones del abogado, a no ser por el magnífico derroche de careo socrático en el estrado.

El fallo es el 19 de abril… dijo la auxiliar. 
-¿Puedo hacer una pregunta?, -replique. 
-A lugar…
-¿Cómo se llama usted? 
No lo recuerdo, un nombre bonito, y al decirlo sonrió. Un milisegundo. Suficiente para mí.

Después, a la salida, dejando a mi abogado con la auxiliar y la contraparte, me decepcionó no haber sido escoltado para poder caminar entre la multitud, insultado por unos y apoyado por otros que seguían con pasión el caso Franco vs Trujillo. Después de pagar el parqueadero solo venía a mi mente la frase final del La Ley de los Ángeles: ¡Se hará justicia!.

CRÓNICA DE UNA LUMBALGIA


Todo empezó desde que tuve columna. He sabido que la causa principal de la lumbalgia es tener columna. Las lombrices no saben qué es eso. Para quienes no sepan, la lumbalgia es un dolor que da en por los lados en donde la espalda pierde su casto nombre. Eso duele de tal manera que uno no puede caminar. Los músculos se contraen con fuerza y ya no pueden descontraerse. La contracción es una reacción de protección ante el miedo. Mírese la nuestra ante un balón que viene hacia nosotros o una bomba nuclear. Cerramos los ojos. Muchos se preguntan sobre la utilidad de cerrar los ojos en casos de emergencia. En fin, el cuerpo no pregunta mucho. En el caso mío, el espasmo es en la región “lumbo sacra” como quien dice en esa zona sagrada.

Yo no siempre tuve lumbalgia. Hubo una época feliz en que podía agacharme y hacer esfuerzos innecesarios y repetitivos con la columna. Caminaba, corría, me agachaba y cargaba materas sin tener cuidado de asumir la posición cómica y recomendada para levantar cosas pesadas, posición que poco usamos y en la que no se pierde el aspecto bípedo de nuestra anatomía. 

Los cuadrúpedos no sufren mucho de esta enfermedad. Es culpa de nuestro bipedismo. Nunca se ha visto gorila alguno quejarse de lumbalgia. Prueba de ello es que en las filas de la EPS o de urgencias, no se ve ningún gorila haciendo fila (aunque con algunos se tiene la duda). ¿O será que para ellos es más difícil acceder al POS?. Ignoramos si zoológicos y circos afilian a todos sus empleados a la seguridad social.

Pero volvamos al inicio de la lumbalgia. Tal vez, reconociendo el trauma inicial podamos llegar a aliviarnos de él. ¿Se imaginan que el psicoanálisis sirviera para reparar daños de infraestructura física? Bastaría con recordar vívidamente la primera vez que se tuvo el accidente y, al traerlo a la conciencia, recuperaríamos nuestro estado inicial. Si mi columna pudiera enderezarse al recordar vívidamente la primera vez que me la torcí… 

La primera vez que experimenté ese dolor paralizante fue cargando a mi hija mayor cuando tenía unos dos años. Vivía en ese entonces por un loma, bastante empinada y cuando llegué con ella  cargada a la casa (con la niña, aunque parece que viniera cargando la loma), empecé a experimentar un dolorcillo. Cuando el dolor empieza a insinuarse uno no le presta mucha atención. Siempre se tiene la esperanza, la cuasi-certeza de que el dolor va a desaparecer después del descanso.  Pues no; al otro día el dolor fue mayor y la inmovilidad también. Caminaba pequeños pasos. Era como si el cuerpo estuviera tranquilo en la quietud o en el movimiento pero no soportara el cambio de estado. Mientras estaba quieto no me dolía. Alzaba mi vuelo, un poco contrahecho, pero a medida que iba avanzando el cuerpo se sentía sin dolor y podía moverme con tranquilidad. ¡Parecía un ser humano común y corriente! Era como si me fallara el motor de arranque. 

Como no soy una persona impulsiva decidí dejar que el cuerpo volviera naturalmente a su estado de equilibrio inicial. Insistía en que el dolor tenía que desparecer en algún momento y que no era necesario acudir al médico para una revisión. No importaba que para entonces me demorara 45 minutos en llegar a la cocina y eso que vivía en un apartaestudio de esos que tienen el baño, la cocina, el dormitorio, la sala, y todo lo demás en un solo espacio. Sin embargo seguía teniendo fe. Creía que se trataba de algo transitorio. Solo llevaba dos meses en esa situación. No le llamemos a esto terquedad. Llamémoslo una fe firme en la capacidad autocurativa del cuerpo.

Después de escuchar la sugerencia de mi esposa, de mi madre, de mis hijos y de algún que otro transeúnte en la calle decidí consultar a un especialista, amigo de mi madre. Ya allí  conversaron, recordaron viejos tiempos y se preguntaron por todos los miembros de la familia, excepto por mí, a quien habían olvidado por completo, una lástima porque hubiera sido la oportunidad para exponer mi motivo de consulta. Pero por una extraña razón brincaron de mi hermano mayor a mi hermana menor. Cuando nos estábamos despidiendo la secretaria se compadeció de mí y le recordó que el paciente era yo, así que el doctor hizo una excepción y decidió atenderme, sin tener idea de quién era yo.

Me hizo quitar los pantalones. Cuando uno se enferma le hacen bajar los pantalones. Creo que los médicos automatizan la instrucción. Es bien conocida la historia del señor que llega donde el médico, éste inmediatamente lo hace desnudar, no le deja decir nada. Se encuentra con otra persona en el “vestidor” ¿o, des–vestidor? y se queja con él de que el médico no lo ha dejado hablar y lo ha hecho desvestir. “Qué diré yo que vine a revisar el teléfono”, le contesta el otro. Chiste viejo, pero cierto. Hay que bajarse los pantalones para la revisión, hay que bajarse los pantalones para la radiografía, hay que bajarse los pantalones para las inyecciones… He pensado seriamente dejar de usar pantalones mientras me alivio de esta dolencia. Ando en busca de una falda escocesa.

Me hizo quitar los pantalones y descubrió algo que aún no logro creer del todo. Sacó unas tablas, un metro, (afortunadamente no sacó clavos ni martillo, pensé que me iba a remendar en caliente) y llegó a la conclusión de que tenía una asimetría de los miembros inferiores. Es la expresión que utilizo cuando hay médicos presentes y que me hace sentir de más categoría que decir simplemente que soy cojo. A propósito de la tendencia del cuerpo a restaurar el equilibrio perdido, sabemos que el cuerpo tiende a compensar inhabilidades o falencias de unos órganos con otros; así, si uno se queda ciego oye mejor, o si no puede caminar desarrollará mucha fuerza en sus brazos. En el caso mío, me explicó el ortopedista, cuando uno tiene una pierna más corta en compensación siempre tiene la otra más larga. 

Pero volvamos al descubrimiento. ¿Cómo es que yo a los veintitantos años resulté cojo (perdón, con una asimetría de los miembros inferiores) y nunca antes nadie se había dado cuenta, incluido yo mismo?. Eso es como darse cuenta a los veinte años de que uno es negro. Pero eso sí. Desde ese momento, nunca he podido saber si es sugestión o conciencia, empecé a verme cojo. A la salida del médico vi el Coltejer como si fuera la torre inclinada de Pisa, y descubrí por qué en todas las fotos salía con la cabeza inclinada como el perrito que sale en los calendarios de las farmacias.

La recomendación que me hizo el médico fue que mandara a hacer una plantilla para poner en el zapato derecho y de esa manera corregir el pequeño desacuerdo entre los miembros. Cuando no uso la plantilla puedo dar gusto a mis congéneres. Siempre me preguntan cuánto mido, digo que 1,87 y 1,84, depende en cual pie esté parado. Cuando me dicen que soy muy alto, observación que interpreto como un anhelo de que fuera más bajo, me paro en el pie derecho. Inmediatamente la gente se siente más cercana, tienen que alzar menos la cabeza para hablarme cuando la conversación es de pie (aunque, según la persona, a veces sugiero que la conversación se verifique en posición horizontal); cuando noto que a la persona le incomoda demasiado la diferencia de estatura y ni parado en mi pie derecho puedo democratizar la conversación, le sugiero que hablemos por teléfono; es increíble como apenas se nota la diferencia de estatura.

Conseguí la plantilla y la he usado por muchos años. Recuperé la locomoción y el mundo se volvió mucho más equilibrado, mucho más derecho para mí. Ahora entiendo por qué las bolas no se ruedan de las mesas de billar hacia un lado. Ahora el mundo es plano.

Sin embargo hace poco volvió a darme la dichosa lumbalgia. Se ve que me extrañaba. ¿Qué será de Santiago? Vamos a visitarlo. Escogió una nueva cargada de niño, esta vez de mi segundo hijo,  de 6 años. Los niños vienen con el pan debajo del brazo y con la lumbalgia debajo de las axilas.

Me ha dicho un médico amigo que la causa de la lumbalgia puede ser pobreza abdominal. Es una enfermedad común en padres primerizos y también secundizos porque definitivamente el ser humano no aprende. ¡Y yo que he venido haciendo ejercicio, montando en bicicleta…! Y resulta que ese ejercicio no me protege para cargar niños. Tampoco la natación me ha servido mucho. Yo que me creía un Charles Atlas y me desencajo cargando un niño de veinte kilos!. Parece que la natación es buena pero para cargar delfines…!

Esta vez me tocó ir a urgencias. Sentí que la urgencia era mía, no de ellos. ¿La comida rápida es rápida porque la hacen rápido o porque uno se la come rápido? Además se daba la paradoja de que iba de urgencia para urgencias y apenas caminaba. ¡Voy de urgencia! Parqueé el carro a una cuadra del hospital y me demoré 35 minutos llegando. Mientras caminaba trabajosamente desde el parqueadero hasta la sala de urgencias tuve tiempo de reflexionar (aunque no de flexionar) sobre la experiencia de la enfermedad; uno de los aspectos positivos de la enfermedad es que nos damos cuenta de la solidaridad humana. En el largo trayecto hubo una señora que se ofreció, preocupada, a acompañarme hasta el hospital, y yo, con ese ego disfrazado de humildad que no cesa ni en las peores circunstancias, no gracias señora si yo estoy súper bien (y caminaba a medio km por hora). Se ve la solidaridad de la gente. También es cierto que intentaron atracarme, pero eso es otro cuento. Le sugerí al atracador que me esperara hasta que saliera para llevar el atraco de una manera digna: “ay señor, será que usted me puede atracar a la salida?” (véase el monólogo de atención al cliente). Parece que se cansó de esperar

Llegué  a la sala de urgencias. Había mucha gente, pero no había silla pa´ tanta gente. No era la primera vez que iba a urgencias allí. Había personas que estaban esperando desde mi última visita hacía cinco años. Hubo personas que se desmayaron, otras que se quejaban, otras con una bolsa de suero conectada y otras que estaban velando ahí mismo.
A mí no me gusta hablar mal de los servicios médicos. Creo que el personal hace un esfuerzo grande pero no da abasto. Cuando uno llega hay un montón de gente esperando detrás de una barra, dejando sus documentos, esperando sus fórmulas, esperando sus incapacidades, esperando ser atendidos, inclusive había una mujer esperando un bebé. Parece que el bebé no encontraba la dirección del hospital. 

Empiezan a llamar a los pacientes que han dejado su documento para clasificar si se trata de una urgencia o pueden ser atendidos por consulta externa: ¡!!Guillermo González!!! Grita una enfermera. Por alguna extraña razón, hay pacientes que han estado esperando adoloridos a ser llamados y no responden cuando se les llama. Si así es cuando los van a atender de urgencia, no creo que sean buenos compañeros para ir a un bingo. ¡B31! Y ellos como si nada. ¡!!Guillermo González!!!..., repite la enfermera, y un señor que se encuentra confundido y un poco trastornado, alcanza a gritar con voz apagada y destemplada: ¡Biiingoooooo!... Por fin Guillermo González  se dirige como un zombie hasta la puerta en donde será clasificado como urgencia, emergencia o sinvergüenzia que hace perder tiempo a los que realmente necesitan una consulta urgente.

Después llegó un funcionario del INPEC, con su uniforme de guardia. Estábamos enfermos pero somos colombianos. Hasta los más mareados, hasta una señora que se había desmayado se asomó desde el fondo de una camilla para “patearse” la llegada del guardia. Todos empezaron a murmurar: ¿le dieron un balazo? ¿una puñalada?... no, no, parece que se desmayó, está pálido… en susurros. Incluso se puso en marcha una ronda de apuestas. $20.000 a qué es puñalada…

A los veinte minutos se para Guillermo Gonzales, y una lenta muchedumbre de engendros atolondrados y pálidos, estilo Thriller, vamos rumbo a la silla que ha dejado desocupada. Carrera de tortugas, la tortuga de Aquiles. Los perdedores, extenuados por la carrera, mentamos la madre mentalmente porque no tenemos energía para hacerlo de viva voce. En un momento alcanzo la silla que ha dejado un tal Gutierrez y me siento len-ta-men-te porque mi cuerpo le ha cogido tirria al movimiento. Espero un par de horas, espero oír mi nombre, la música que me permitirá disminuir el dolor. Finalmente llega el nombre “!Diego Trujillo!”, trona la enfermera. Yo no me llamo Diego pero si Trujillo; siempre me cambian el nombre, pero si me van a aliviar el dolor puedo aceptar hasta llamarme Margarita Trujillo, no me importa. Me llaman una vez, y respondo con un grito apagado “vooooyyyy”, vuelven y me llaman, vuelvo y digo, al borde del desmayo: voooyyy… ya comprendo por qué llamaban tanto a González, no era que no respondiera sino que no tenía suficiente fuerza para hacerse oír desde el fondo de su anemia.

Entro donde una doctora Sanandresana, una maravilla ver ese swing en un hospital un poco lúgubre y blanquiazul. Tiene un libro sobre su escritorio, le hablo del libro. Yo llevo un libro también, ya somos dos, el libro abre un portal poderoso médico-paciente. Intercambiamos algunos títulos, autores y ediciones y me manda nuevamente a la sala de espera. A pesar de la bibliografía no me siento mejor. Vuelvo al pequeño purgatorio. Me han clasificado y he clasificado como urgencia. Me siento victorioso, me siento de mejor familia. ¡Realmente soy una urgencia! No soy un hijo de papi y mami que va a urgencias sin ser absolutamente necesario. ¡Soy realmente una urgencia! Y miro con cierto desprecio a quienes no clasifican como urgencia. 

Sé lo que se siente ser una no-urgencia. Una vez lo viví. Uno espera un par de medias horas y le dicen que no es una urgencia. Se siente uno como un niños mimado ¿y por esto vino el niño a urgencias?, se imagina uno que dice el médico. ¡Venga cuando le pase algo de verdad!, ¡sea macho!. La vez pasada tuve que aceptar la consulta demorable (que no es urgente), pues solamente estaba mareado, débil, con dolor de cabeza y de estómago. Una verdadera nadería ¡y yendo a urgencias!!!! Debo decir a mi favor que me incapacitaron tres días en los que hice un esfuerzo grande por sentirme mal y ser coherente con la incapacidad. 

Volvieron a llamarme: “Mauricio Trujillo”, entré y me atendió una nueva médica. Preguntas, respuestas, movimientos de las piernas que hacían ver estrellas; no me hizo bajar el pantalón, hecho que me generó cierta inquietud, hasta desconfianza. Me dieron incapacidad por tres días, medicamentos para la inflamación, para el dolor y otro para perder la razón, una  sustancia  que se llama Trabadol; o Tramadol (de la traba a la trama hay una sola consonante). Cuando lo tomé sentí una disminución significativa del dolor y además tuve la certeza de ser el nuevo mesías. Tuve una conversación interesante con extraterrestres resucitados de las pirámides aztecas. Me encomendaron una misión importantísima para el equilibrio del planeta pero ya no la recuerdo. También empecé a experimentar la sensación de ser perseguido. Creo que no me mejoré del todo de la lumbalgia porque si bien el medicamento ayudaba a mejorar, las carreras que debía hacer para huir de monstruos malignos resentían mi columna. (velo, velo)

Me empecé a sentir más o menos mejor. Pude volver a montar en bicicleta y a nadar pero eso sí con bastón. Aumenta el grado de dificultad, pero se abre la posibilidad de hacer los primeros pinos en un circo, o ser pionero de un nuevo deporte: bastoning. En cuanto a la natación, pues siempre molestaba  a los vecinos de carril. El bastón a veces golpeaba sus cabezas cuando sacaban la cabeza para tomar aire.

Además de los medicamentos, me dijo la médica que debía hacerme una radiografía dado que no era la primera vez que me lumbalgiaba. Me dieron cita para el mes siguiente, con las siguientes instrucciones: dos días antes del examen, dieta líquida excepto bebidas negras (café, cocacola, pintura…), nada de sólidos y un día antes tomarse dos frascos de una porquería dulce y espesa seguidos de ocho vasos de agua. Repetir el martirio dos veces en el día. La preparación me causó preguntas transcendentales: si uno licúa una papa (sólida) podrá pasar por líquido?. En ese momento creí que no aunque algunas personas me sugirieron licuar la comida. Según ellos bien podría conservar la misma dieta solamente que licuándola. Como quien dice carne, arroz y papas licuadas, una súper sobremesa. No seguí sus recomendaciones. También dudaba si el examen que me iban a hacer era o no invasivo. ¡Tanta preparación para una radiografía! Después me explicó alguien a quien nunca habían hecho una radiografía de ese tipo que era para que los órganos adyacentes a la columna no obstaculizaran la visión. ¡Qué manera tan elegante de decir que era para que la m… no tapara los huesos cercanos al c…!.

La preparación consistía entonces en ayuno y después, no sé cómo decirlo, en expulsión. Ayuno y expulsión. Quedé excretando líquido por el recto, voy a decirlo de la manera más basta posible, orinando por el culo como una vaca. No quiero ahondar en detalles.

Bien. Llegó el día de la radiografía lumbo-sacra. Sabía el lugar, el día y el doctor que debía practicarme la columnografía. Llegué donde la niña y le dije: señorita tengo una cita para una radiografía. 
Como si hubiera dicho algo que no le hubiera gustado me dijo con tono seco: 
Me da la orden por favor... 

Yo pensaba para mis adentros: habrá sido entrenada en el ejército, no se contenta simplemente con decírselo, así que le dije con voz de mando: ¡hágame el examen, y por si no quedó claro, es una orden!. La señorita sacó un fusil y me dijo. No, la orden escrita. Caramba, tampoco le basta con que la orden sea verbal!. Después entendí que se trataba de la orden del médico que yo no llevaba. Suponía que todo estaba en el sistema. Para no alargar el cuento, fui a la asesora del cliente, a la cajera, a la señorita, a la oficina de archivo en la cual por cierto tenían archivado bajo llave cualquier gesto de amabilidad… NO APARECE!. De regreso a la señorita (que después de tanto tiempo no era señorita ya), a la asesora, finalmente se compadecieron de mí, imprimieron una nueva orden y pude hacerme la radiografía para la cual me había preparado tanto tiempo y de manera tan espartana. 

Me hicieron quitar los pantalones… y la camisa… y las medias… y los zapatos. Tanta preparación para que el señor se despachara con un par de fotos. No pude hacer ni siquiera una pose para los rayos X. Me dijo: no respire cuando le diga (me preparo haciendo posición de yogui): “no respirerespire”, ya se puede poner la ropa. Todo tan rápido, tanta preparación, ni siquiera me dio tiempo de decir las palabras que tenía preparadas: en este día hermoso…

El proceso de la preparación para la radiografía es más interesante que la radiografía: lo recomiendo. Excepto por tener que tomarse el enema oral que tiene un sabor vomitivo, la experiencia del ayuno por dos días deja grandes enseñanzas: se valora el acto de alimentarse, se invierte solamente la energía necesaria para hacer las cosas, no se piensa en cosas innecesarias, como las tonterías que solemos pensar cuando tenemos suficiente energía. La mayoría de las fantasías son sobre comer, y lo mejor de todo, se tienen visiones místicas: volví a encontrarme con los extraterrestres resucitados de las pirámides aztecas. Recordé la misión que me encomendaron: hacer una colecta en este recinto para la salvación del mundo. 

Después de tomada la radiografía fui a tomar el desayuno, y contrario a mi expectativa no me desbordé a comer como un animal. Comí como dos animales: pan, café, chocolate… mi abnegada esposa se ofreció a prepararme el desayuno pero fue tarde. Ya había dado cuenta de la despensa. Me sentí satisfecho, pude descansar, dejar de soñar con manjares. Al día siguiente mi dolor seguía igual. Esperé otros dos días para ver si la radiografía hacía efecto, pero no fue significativo. Hablé indignado con la médica que me había prescrito la radiografía y le dije que no había dado resultado. Mi dolor seguía igual. O tal vez debería hacerme otra más? ¿a las cuantas radiografías se mejora uno doctora? No obtuve una respuesta satisfactoria. 
Después de la radiografía estuve un poco mejor, tal vez la radiografía hace efecto de a poco, hasta que fui a mi casa de campo: no sé si fue el tenis, el golf, la natación, la equitación, cuál de estas actividades me desmejoró. Lo cierto es que quedé peor pero en otra parte. Ahora el espasmo se me pasó a la región cervical. Qué raro como es que el dolor viaja de esa manera. Parece que los dolores también se dan sus vacaciones: entonces qué vamos pa´rriba? 

Ya no podía mover el cuello. A todo tuve que decir sí por esos días. Los músculos no me permitían mover la cabeza en gesto negativo. Quiere repetir el enema?… si… ¿lavar los platos? Si…

Las inyecciones: me tocó llamar a mi amigo médico para que me ayudara. Cita en la EPS otra vez? Inyecciones por tres ampollas. Llegué a la farmacia, bajarse los pantalones. De tanto repetir esta conducta, cada vez que entro a una oficina me bajo instintivamente los pantalones. En algunas partes se sorprenden o se confunden, pero en otras, como en la DIAN, aprovechan. 

El Informe de la radiografía rezaba: 
Incurvación escoliotica lumbar derecha componente rotacional I izquierdo.
No se observa colapso vertebral o fractura
No hay espondilólisis ni listesis
No hay cambios espondilósicos significativos.
El arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinopolizar, aquel que lo desarzobispoconstantinopolizare un buen desarzobispoconstantinopolizador será. 

… el argot técnico de los médicos…

Cuando me entregaron el informe con las radiografías hice lo que todos instintiva e ignorantemente hacemos: leer el informe. Quién que no sea médico ha entendido un informe de esos? No sabe uno si se va a morir, lo están insultando o se lo están gozando: ¿espondilolisis? Parece esos trabalenguas que hacen los niños para ver quien queda: una cabrita, ética espondilolítica pelem pempluda, tuvos dos hijitos ético escolióticos pelem pempludos peludos…
Qué-incur-va-cion-es-co-lio-ti-ca-lum-bar tie-nes tu?

Cuando llegué a la casa me dio por mirar las radiografías. Esa vanidad que hace que uno goce con las fotos que le toman. ¿cómo habré quedado?. Miro las radiografías y llamo indignado al departamento de quejas y reclamos de  la EPS: esa persona que me tomó la radiografía no sabe usar ese aparato: eso le quedó todo torcido!, y es que la columna parece un giro en U. qué tristeza: ¡cojo y torcido! No falta sino que salga con asma! A propósito, tengo asma, pero esa es otra historia. 

EL BICICLISMO (Un poco largo pero bue...)


Quiero contaros la historia de mi relación con la bicicleta. Estando yo muy niño, aprendí a montar en bicicleta. Punto. Fue autodidaxis. Yo creo que una de las sensaciones más maravillosas en la vida es cuando uno empieza a andar en dos ruedas, después de haber aprendido a andar en dos piernas. Es un salto milagroso, cuántico, ese momento en el que uno puede dejar de poner esporádicamente un pie en el suelo, o en otros casos menos afortunados el maxilar inferior, la nariz, los dientes… 

Me gustaba, como a la mayoría de los niños montar en bicicleta porque da una sensación de autonomía, de poderío psicomotriz. Montaba en la casa, no tenía vecinos con quien montar porque vivía en una finca, así que montaba en el corredor, en la manga, en la cocina, en el baño… montar en el baño requiere de unas habilidades avanzadas. 

Otra cosa interesante del aprendizaje en bicicleta son algunos golpes en lugares dolorosos que a mí llegaron a preocuparme pero ahora con dos hijos, veo que no era lo que me imaginaba.

Después fui creciendo y abandoné la bicicleta, hasta un día en que decidí “retomarla” como decía mi padre. A ese fin, reparé una vieja bicicleta que había en el garaje y comencé tímidamente a ir de un lugar a otro. Era la primera vez que montaba fuera de la casa. Se convirtió para mí en una actividad de mucho gozo que además me reportaba un sentimiento de bienestar físico y mental. La bicicleta era pequeña y quedaba un poco como esos payasos que en sus funciones utilizan una bicicleta en miniatura para demostrar su habilidad y equilibrio. 

Un buen día, encontrándome con otro ciclista, este más avezado, me dijo que subiera más el sillín para que la pierna pudiera hacer toda la trayectoria del pedal con más potencia. Así que subí el sillín hasta el límite posible. Mis piernas podían hacer su trabajo con mucha más eficacia pero las manos apenas si me alcanzaban para coger el manubrio. A ese fin me dejé crecer las uñas para poder alcanzar y tener un soporte mejor ya que las clavaba en la goma, sin embargo el cansancio era mayor para el cuello y tenía la desventaja de que no podía mirar al frente. Afortunadamente tengo buen oído y, cuando escuchaba el chirrido de llantas que frenaban, o los sabios consejos de peatones y automovilistas que me guiaban con emotivos “fíjese por donde anda” o “córrase hijueputa”, corregía mi trayectoria y evitaba dolorosas y conflictivas colisiones.

Tenía también mi falta de visibilidad la dificultad de que a veces resultaba en parajes desconocidos, unas veces urbanos, otras veces rurales, y algunas veces, selváticos; sabía que había montado más de la cuenta cuando pedía indicaciones sobre el lugar en el que me encontraba y las recibía en lenguas aborígenes o en idiomas diferentes.  Me recuerda el chiste del padre orgulloso que le dice al amigo que el hijo monta en bicicleta desde los cuatro años y el otro le responde ¡pero ya debe ir en la p… m…  ¡

Así que decidí comprar una nueva bicicleta, esta ya con un diseño homogéneo, porque la otra, en sus sucesivas reparaciones, ya parecía una especie de Frankenstein metálico : marco “Monark”, una rueda pirelli, la otra (marca), manubrio Arbar, pedales Shimano, todas las piezas de colores diferentes, según la disponibilidad del mercado. Algunas personas se burlaban de mi vehículo, diciéndole el bocadillo, pero yo, con más imaginación poética, me imaginaba como un raudo arco iris recorriendo el asfalto de la ciudad; una cuestión de percepción.

La nueva bicicleta era azul y el marco era más grande: para un cuadro grande, un marco grande, me dijo el vendedor apelando a mi vanidad para concretar la venta. Lo logró. El hecho de ser comparado con una gran obra de arte me convenció. Así que yo me sentía en la nueva bicicleta como el David de Miguel Ángel, y, debo admitir, trataba de emularlo en lo que más me fuera posible. Era claro que las demás personas lo percibían porque parecían asombradas cuando me veían transitar en mi flamante bicicleta con ese porte soberbio del David, con esos músculos, con esa mirada sublime… supongo que el hecho de ir desnudo también contribuía un poco a que llamara la atención más que los otros ciclistas embutidos en sus shorts de lycra, sus camisetas ultralivianas, sus gafas ergonómicas  y sus zapatillas adaptadas a la horma del pedal. 

Ser un ciclista aficionado no siempre es reconfortante para el ego. Cuando salía a montar en bicicleta nadie más en mi familia lo hace me sentía un prohombre, un Lucho Herrera, un Santiago Botero, un Airton Sena de la bicicleta. Y podía conservar ese sentimiento, esa imagen de mi mismo, hasta que veía otros ciclistas masticando a dentelladas de pedal el duro postre del asfalto. TODOS, los ciclistas que transitaban por donde yo lo hacía, sin excepción, se me pasaban, sin tener en cuenta, su condición física, religión, edad,... Cuando se me pasaban personas menores yo decía: bueno, es que están más jóvenes, la energía de la juventud. Recuerdo que en mis épocas de juventud en el año de mil novecientos… yo no me cansaba con nada. Cuando quien me adelantaba era más o menos de la misma edad yo decía “es que hay gente muy tesa; cuántos años llevarán montando… Tenían unas pantorrillas que bien podrían impulsar loma arriba una volqueta de pedales. Pero cuando se me pasaban personas de la tercera edad… ¡y señoras…! No me decía nada, no solo porque ya no tenía aliento para hacerlo, ni siquiera mentalmente, sino porque no encontraba ninguna razón que me consolara. 

Aunque me consolaba pensando que habría otros ciclistas hipotéticos que no me rebasaban porque iban muy atrás de mí y nunca llegarían a alcanzarme. Cosa realmente probable, pero que no me dejaba satisfecho. Yo soñaba con algún día podérmele pasar a alguien. Ese día no ha llegado hasta el momento.

Una cosa curiosa que sucede en el mundo del ciclismo y que no he podido explicarme, a pesar de que todos lo dicen como la cosa más natural y obvia del mundo es la siguiente: cuando usted va montando en bicicleta y otros ciclistas, que los hay muy generosos -hace parte de la psicología del ciclista-, lo ven cansado o detectan (inmediatamente por supuesto) que usted es un novato, le dicen la siguiente palabra : “¡péguese!” ¿?. Varias veces me sucedió y siempre me quedaba igual de atónito. ¿Péguese?… Lo que esta expresión quiere decir es que se vaya uno detrás del otro, o si son varios, del lote… pero… si cada uno va montado en su bicicleta, ¿cómo es que se puede pegar uno...  ¡y de dónde!? 

Cuando vamos en carro, y nos varamos, a veces aparece un generoso automovilista que se ofrece  a  remolcarnos, y para eso utilizamos una CUERDA, o una cadena, un alambre o cualquier elemento FÍSICO que se preste con eficacia a los fines de la TRACCIÓN MECÁNICA.

Pero en el caso de los ciclistas es como si uno se varara en el carro, pasa otro a sesenta kilómetros por hora y le grita por la ventanilla: “!péguese!” ¿!pero cómo!?, le gritaría el otro y sobre todo ¡Con qué! Es algo misterioso para mí, pero ellos lo dicen con la misma naturalidad con que dicen pedalee, o gire a la izquierda o cualquier otra cosa.

Los que saben de ciclismo y física dinámica seguro pueden explicar el asunto como algo que obedece a una ley natural, pero debo decir que a mí no me parece tan obvio, especialmente porque he intentado “pegarme” pero igual me dejan botado, no sé si es que me pego con pega loca chiviada, o qué… 

Solamente una vez experimenté ese misterioso fenómeno de “pegarse”. Mi reflexión era la siguiente : de lo que uno se pega es de la energía del otro. Es misterioso pero así es, o tal vez no misterioso sino invisible. Un día estaba reflexionando sobre esto mientras iba montado en mi flamante Arrow GW. Hay que pegarse de la energía del otro, pensaba. Solamente esperaba la oportunidad de que otro ciclista me pasara. Llegó uno y me deshice de todos mis prejuicios racionales “La energía, la energía”, me repetía una y otra vez, casi en trance. “La energía, la energía”, y ahí fue que sucedió. 

Yo lo sentí como un milagro, estaba muy sorprendido. Empecé a ir a la misma velocidad que mi compañero de punta. Iba siguiéndole el paso y misteriosamente, para mi sorpresa, empecé a ganar velocidad, y no solo eso, sino que además sentía que no estaba haciendo ningún esfuerzo. Era como si una fuerza misteriosa guiara mi, a esas alturas, nave espacial, para igualar la velocidad de mi compañero. Además tenía la convicción de que no solo podía igualarla sino también superarla. Pero lo más sorprendente de todo, lo que acabó de revelarme que el universo es mucho más de lo que estamos acostumbrados a suponer, fue que llegó un momento en el que dejé de pedalear, sí, dejé de pedalear, y sin embargo la bicicleta seguía rauda, supersónica, y yo sin cansancio, relajado, sintiendo la ráfaga amorosa y vigorosa del viento que ya tiraba toda la piel de mi rostro hacia atrás, como en un viaje a la velocidad de la luz. Me entregué a la experiencia, dejé de racionalizar, simplemente me dejaba llevar. Sentía un gozo indescriptible, creía que iba a volar como en la película de ET, que de pronto iba a pasar a otra dimensión a otra realidad más profunda y verdadera. Pero, paulatinamente fuimos perdiendo velocidad, la emoción fue disminuyendo, el fenómeno era cada vez menos intenso, nuestras bicicletas volvían a poner la rueda en una realidad más concreta y ordinaria. Habíamos terminado de bajar la loma. 
Tantas veces he inventado la rueda...

REVELACIÓN

A los treinta y cinco años, en la pista de baile, se dio cuenta que era negra.  

SINCRONÍA

A las dos de la madrugada un niño americano despierta a su madre porque ha tenido una pesadilla: lo persigue un león. A las siete de la mañana un niño africano cuenta a sus amigos de la escuela el terrible sueño en el que el payaso de McDonalds lo persigue.

GLOBULOS

En el preciso momento en que recibe en sueños el balón de fútbol americano que le arroja la mascota de su equipo favorito, el último glóbulo blanco es vencido por el ejército de los virus.

TRESCIENTOS METROS

¿Es que no voy a acostumbrarme nunca a la detonaciones?… A qué tanta ansiedad después de la velada apacible de anoche, los vegetales frescos, la compañía afable, casi silenciosa de los colegas, y al final, precavidos del trasnocho, caminando a paso sosegado hasta el sueño, obedientes al ruego de natura y del oficio…

Debe ser el tumulto, el bullicio que me pone nervioso. A fe que quisiera salir corriendo, pero apenas si me dejan andar: me rodean, me aguijan, me atajan, me empujan… El olor de la adrenalina adherida todavía a las calles, la euforia que brota de la manada y la sangría…

¡Pero las palmaditas condescendientes en la espalda!… y sobre todo la recarga en mi costado… ¡que me hacéis perder el equilibrio coño! ¡y esa provocación de periódico enrollado! a ver si en el ruedo me lo sigues manoteando ¿eh?…

Pero paciencia. Ya falta poco, cosa de cien metros. Cincuenta, veinticinco…  voy llegando, una vueltecita al ruedo y los últimos estrujones para regresar al silencio de mi hogar, al lado de los míos, eso espero. 

Gora, Gora San Fermín, pero es la última vez, pobre de mí, que me pongo de ciclista en el encierro de la Villavesa.

LA FELICIDAD DE PERDER TIEMPO


No es que tenga muchas ganas de café pero voy a la cocineta, confino el pocillo con agua a una pena de tres minutos en el horno y vago por el patio como un planeta errante mientras las microondas aceleran obedientes las moléculas del agua.

Después vuelvo… Y revuelvo, y  camino lento, con el pocillo calentándome las manos. Digo en voz alta que estoy perdiendo el tiempo. Pero no lo digo como un reproche; lo canto como una notificación de la conciencia. De pronto se activa el softaware de correr, pero mi cuerpo, el hardware, se rebela porque lo que quiere es perder el tiempo como pierde las uñas, el pelo,  las escamas de la piel…

Cuando subo la escalera pierdo el tiempo como suelo perder las llaves, el celular y la cartera y  gozo por un instante el placer de vivir, impunemente, fuera del mandato del programa.

miércoles, 16 de abril de 2014

DESINTOXICACIÓN

Mientras tomo un wisky y fumo un tabaco doy delete a todas las cartas que escribí para que mi papá me palmoteara la espalda

sábado, 12 de abril de 2014

El cigarrillo echaba humo por la punta y el humo subía desordenado. En sus últimas incursiones con el yajé se le había metido que el orden o el desorden del humo tenían que ver con la calidad de la energía. Aunque no podía desconocerse el trabajo del viento. Empezaba con un hilillo fino, pero a los pocos centímetros de vuelo se iba desordenando, en pequeños remolinos que de pronto, como por error, dibujaban círculos perfectos. Se decidió a cerrar la ventana para contemplar el cambio en la dinámica del humo.

El humo tardaba en configurarse según sus expectativas. Parecía que hubiera menos humo, aunque salía vertiginoso, la línea delgada mucho más larga, se iba, cómo decirlo, pequeños semicírculos que á el le parecían costillas. Creía ver en las costillas de humo un mensaje acerca de sus propias costillas, «es que todo es un mensaje lo demás es incapacidad para descifrarlo»... El ritmo de ascensión del humo había aumentado: tucu tucu tucu tucu… si tuviera sonido sería algo así.

También veía con cierta preocupación como el humo que iba ascendiendo se llevaba el cuerpo del cigarrillo, como iba consumiéndose inoficiosamente solo, difícil elegir entre el espectáculo del humo ascendiendo plácido, oficioso o fumárselo, aspirarlo. Tenía pocos cigarrillos y le preocupaba que se acabaran. Ya disminuido hasta su mínima expresión dio la última calada para matarlo, para ver cómo se extinguían los pequeños rezagos de una vida extinta.  

LLANTOTERAPIA

Yo quisiera ser un llorador profesional. Poner el alma en la diana de la ansiedad que cuelga en el pecho, concentrarme, apuntar... y disparar flechas de llanto.

¡Como es de bueno llorar! pero no soy capaz de hacerlo. A pesar de que llueve, de que el tiempo está húmedo, estoy deshidratado. Mis ojos son como un par de cuencas secas. Sería bueno, como dice Tatiana, programar las lloradas.

Tengo treinta y cuatro minutos para llorar. Tal vez pueda hacerme el que lloro y de pronto así salgan, según la misma lógica de la risoterapia, las lágrimas. Lo llamaríamos llantoterapia y crearíamos lloraderos públicos. El agua recogida serviría para múltiples usos: para el aseo, la cocina, o para crear maravillosas fuentes de llanto que irían llenándose y ganando tamaño cada vez que un nuevo llorador hiciera su aporte.

También como la risa el llanto se potencia en compañía. Dice un brujo que conozco que en los velorios solo uno llora la pérdida, que los demás lloran por ver llorar al deudo. Es uno de los pocos espacios en que se permite el llanto y cada quien llora por sus cuitas, no por el muerto, pero llorar es terapia, eso nadie lo discute. Qué triste es la gente que llora poco. Habría que enseñar en las escuelas el poema de Oliverio Girondo: Llorar ante los puertos y las puertas, llorar de flato, de frac, de flacura, llorarlo todo pero llorarlo bien…

En la llantoterapia se contrata a un llorador profesional. Pueden formarse en la costa atlántica en donde existen las plañideras. Pueden también ponerse videos de la llorona ¿dónde están mis hijos?... (Cómo le dolería a la llorona ver el anuncio de la televisión que decía ¿Sabe usted donde están sus hijos en estos momentos?...) También podrían llevarse cebollas y a cada participante darle una para que partiera en finos trozos, cada uno con su kleenex, y todos contando historias de llanto, como una especie de chistes inversos cuyo desenlace no es la risa sino el llanto: imagínese que había una vez un señor, contaría uno de los participantes que… es difícil inventar chistes a la menos uno, a cambio podrían tomarse los chistes en serio y llorar porque los chistes suelen decir cosas horribles, como de borrachos, de muerte, de dolorosos impasses sexuales…

Lo que soy yo me voy a poner a practicar. Ahora solo tengo veintiséis minutos. 

EL GUAYABO

Pido perdón a todos: a mis padres, a mis hijos, a la madre de mis hijos, a las mujeres con quienes he hablado recientemente, a Dios, a la Virgen María, a la Pacha Mama, al Gran Espíritu, y a cualquiera que se atraviese, por esta imprudencia mía de existir.

Cuando cosecho un guayabo, que siembro con dos míseras cervezas, ‒no se diga con tres‒, uno de los frutos que primero brota es el deseo de morir. Una y otra vez aparece en mi mente la imagen de yo dándome un disparo en la cabeza con un revólver. Y es que el guayabo me da por tomarme muy en serio todo, sobre todo la muerte, ese remedio que sería infalible para el hobbie insidioso de la culpa.

Cuando estoy colgado en el guayabo me tomo todo muy en serio cuando lo que tengo que tomar son cantidades ingentes de líquidos y cafeína que eviten la muerte parcial del cerebro, que eviten que una de sus divisiones me agarre a patadas como a un vagabundo al que hay que moler a palos por permitirse la imperdonable licencia de la pereza.

¿Por qué no morí cuando estaba chiquito?... Me hubiera convertido en un angelito abstemio, de esos que no se aburren en el cielo. Ahora, en cambio, superada con creces la edad angelical me da un tedio infinito en el cielo, y por eso bebo, para practicar el deporte extremo de saltar en las pailas del infierno, el infierning, aunque, inconforme, como buen humano, termino desdeñando de él; no en este caso por aburrición, sino por puro y físico dolor.

Viera usted como me tomo tan en serio todo. El guayabo es como una lupa que intensifica hasta el orgasmo mis conflictos cotidianos, que son como unos tenis o como unas gafas de poner y no quitar: el dinero, el amor y sus simulacros, y también el dinero… el dinero… el dinero, el dinero… 

Encerrado en mi iglú del polo occidental me sentaré a morir un poco, de frío también, de guayabo también... 

EL DISFRAZ

Una maestra la vio y le preguntó si eso era lo que quería ser…

En la buseta decía que el que disfraza a un niño está adorando al rey de las tinieblas, Satanás.

El psicólogo la vio y pensó que estaba integrando a la personalidad la representación de fuerzas psíquicas.

El papá la vio y casi se derrite al ver a su niña hermosa disfrazada de monstruo.

Ella simplemente dijo, quiero ese disfraz, y se lo puso. 
Ya uno es suficientemente dañino para un mismo como para juntarse con otro hijueputa que piensa igual a uno 

Café con gafas

¡Señora Gloria!... ¡Señora Gloria!....

Y la señora Gloria, sorda, continúa sentada en su silla como si nada, como si no fuera con ella.

Por eso de la mesa de la señora Gloria se levanta un señor con canas en la cabeza y en el bigote que va por el pedido de la señora Gloria. La señora Gloria parece un esperpento: tiene el pelo corto y una bocaza con la que podría tragarse el libro de tapas rojas que lee.

La señora Gloria ha pedido café. Tiene unos ojos grandotes y unas cejas largas que quizá pudieron haber enamorado al señor canoso hace muchos años.

De pronto el señor canoso, en un solo movimiento se pone de pie y empuja la silla hacia atrás. Se dirige hacia el joven de gafas que escribe que su señora Gloria tiene una gran bocaza y sin mediar palabra alguna, lo golpea directo en la nariz.

El joven que escribe experimenta una extraña sensación de placer mientras es golpeado. Por supuesto un placer que queda enterrado al instante por el dolor. De todas maneras, placer y dolor duran poco porque queda tirado en el suelo derramando sangre por la nariz, inconsciente.

El señor de las canas y el joven de las gafas han arruinado el café de los demás: el joven de barba que está sentado con dos mujeres duda si levantarse a socorrer al joven que escribe (que escribía) o quedarse sentado esperando que los dependientes del café se ocupen. Al fin y al cabo el joven que escribe les pertenece de algún modo en calidad de cliente.

El joven de la barba deja que sea así. De todos modos no tiene mucho tiempo de pensar porque ya la dependienta se acerca con una trapeadora en la mano: se siente más tranquila ocupándose de la sangre derramada en el piso que del joven, pero se siente obligada a preguntarle cómo se siente sabiendo ocultar bien un gesto de incomodidad ‒no reconoce que de asco‒ por la sangre que todavía mana de las narices afeando la imagen corporativa del café.

Igual reacción parece ocasionar a las mujeres que están con el joven de la barba que dejan empezados sus capuchinos y se levantan para irse, haciendo cara de la mayor naturalidad posible, como si su partida fuera el desenlace natural de su estadía en el café.