domingo, 20 de abril de 2014

CRÓNICA DE UNA LUMBALGIA


Todo empezó desde que tuve columna. He sabido que la causa principal de la lumbalgia es tener columna. Las lombrices no saben qué es eso. Para quienes no sepan, la lumbalgia es un dolor que da en por los lados en donde la espalda pierde su casto nombre. Eso duele de tal manera que uno no puede caminar. Los músculos se contraen con fuerza y ya no pueden descontraerse. La contracción es una reacción de protección ante el miedo. Mírese la nuestra ante un balón que viene hacia nosotros o una bomba nuclear. Cerramos los ojos. Muchos se preguntan sobre la utilidad de cerrar los ojos en casos de emergencia. En fin, el cuerpo no pregunta mucho. En el caso mío, el espasmo es en la región “lumbo sacra” como quien dice en esa zona sagrada.

Yo no siempre tuve lumbalgia. Hubo una época feliz en que podía agacharme y hacer esfuerzos innecesarios y repetitivos con la columna. Caminaba, corría, me agachaba y cargaba materas sin tener cuidado de asumir la posición cómica y recomendada para levantar cosas pesadas, posición que poco usamos y en la que no se pierde el aspecto bípedo de nuestra anatomía. 

Los cuadrúpedos no sufren mucho de esta enfermedad. Es culpa de nuestro bipedismo. Nunca se ha visto gorila alguno quejarse de lumbalgia. Prueba de ello es que en las filas de la EPS o de urgencias, no se ve ningún gorila haciendo fila (aunque con algunos se tiene la duda). ¿O será que para ellos es más difícil acceder al POS?. Ignoramos si zoológicos y circos afilian a todos sus empleados a la seguridad social.

Pero volvamos al inicio de la lumbalgia. Tal vez, reconociendo el trauma inicial podamos llegar a aliviarnos de él. ¿Se imaginan que el psicoanálisis sirviera para reparar daños de infraestructura física? Bastaría con recordar vívidamente la primera vez que se tuvo el accidente y, al traerlo a la conciencia, recuperaríamos nuestro estado inicial. Si mi columna pudiera enderezarse al recordar vívidamente la primera vez que me la torcí… 

La primera vez que experimenté ese dolor paralizante fue cargando a mi hija mayor cuando tenía unos dos años. Vivía en ese entonces por un loma, bastante empinada y cuando llegué con ella  cargada a la casa (con la niña, aunque parece que viniera cargando la loma), empecé a experimentar un dolorcillo. Cuando el dolor empieza a insinuarse uno no le presta mucha atención. Siempre se tiene la esperanza, la cuasi-certeza de que el dolor va a desaparecer después del descanso.  Pues no; al otro día el dolor fue mayor y la inmovilidad también. Caminaba pequeños pasos. Era como si el cuerpo estuviera tranquilo en la quietud o en el movimiento pero no soportara el cambio de estado. Mientras estaba quieto no me dolía. Alzaba mi vuelo, un poco contrahecho, pero a medida que iba avanzando el cuerpo se sentía sin dolor y podía moverme con tranquilidad. ¡Parecía un ser humano común y corriente! Era como si me fallara el motor de arranque. 

Como no soy una persona impulsiva decidí dejar que el cuerpo volviera naturalmente a su estado de equilibrio inicial. Insistía en que el dolor tenía que desparecer en algún momento y que no era necesario acudir al médico para una revisión. No importaba que para entonces me demorara 45 minutos en llegar a la cocina y eso que vivía en un apartaestudio de esos que tienen el baño, la cocina, el dormitorio, la sala, y todo lo demás en un solo espacio. Sin embargo seguía teniendo fe. Creía que se trataba de algo transitorio. Solo llevaba dos meses en esa situación. No le llamemos a esto terquedad. Llamémoslo una fe firme en la capacidad autocurativa del cuerpo.

Después de escuchar la sugerencia de mi esposa, de mi madre, de mis hijos y de algún que otro transeúnte en la calle decidí consultar a un especialista, amigo de mi madre. Ya allí  conversaron, recordaron viejos tiempos y se preguntaron por todos los miembros de la familia, excepto por mí, a quien habían olvidado por completo, una lástima porque hubiera sido la oportunidad para exponer mi motivo de consulta. Pero por una extraña razón brincaron de mi hermano mayor a mi hermana menor. Cuando nos estábamos despidiendo la secretaria se compadeció de mí y le recordó que el paciente era yo, así que el doctor hizo una excepción y decidió atenderme, sin tener idea de quién era yo.

Me hizo quitar los pantalones. Cuando uno se enferma le hacen bajar los pantalones. Creo que los médicos automatizan la instrucción. Es bien conocida la historia del señor que llega donde el médico, éste inmediatamente lo hace desnudar, no le deja decir nada. Se encuentra con otra persona en el “vestidor” ¿o, des–vestidor? y se queja con él de que el médico no lo ha dejado hablar y lo ha hecho desvestir. “Qué diré yo que vine a revisar el teléfono”, le contesta el otro. Chiste viejo, pero cierto. Hay que bajarse los pantalones para la revisión, hay que bajarse los pantalones para la radiografía, hay que bajarse los pantalones para las inyecciones… He pensado seriamente dejar de usar pantalones mientras me alivio de esta dolencia. Ando en busca de una falda escocesa.

Me hizo quitar los pantalones y descubrió algo que aún no logro creer del todo. Sacó unas tablas, un metro, (afortunadamente no sacó clavos ni martillo, pensé que me iba a remendar en caliente) y llegó a la conclusión de que tenía una asimetría de los miembros inferiores. Es la expresión que utilizo cuando hay médicos presentes y que me hace sentir de más categoría que decir simplemente que soy cojo. A propósito de la tendencia del cuerpo a restaurar el equilibrio perdido, sabemos que el cuerpo tiende a compensar inhabilidades o falencias de unos órganos con otros; así, si uno se queda ciego oye mejor, o si no puede caminar desarrollará mucha fuerza en sus brazos. En el caso mío, me explicó el ortopedista, cuando uno tiene una pierna más corta en compensación siempre tiene la otra más larga. 

Pero volvamos al descubrimiento. ¿Cómo es que yo a los veintitantos años resulté cojo (perdón, con una asimetría de los miembros inferiores) y nunca antes nadie se había dado cuenta, incluido yo mismo?. Eso es como darse cuenta a los veinte años de que uno es negro. Pero eso sí. Desde ese momento, nunca he podido saber si es sugestión o conciencia, empecé a verme cojo. A la salida del médico vi el Coltejer como si fuera la torre inclinada de Pisa, y descubrí por qué en todas las fotos salía con la cabeza inclinada como el perrito que sale en los calendarios de las farmacias.

La recomendación que me hizo el médico fue que mandara a hacer una plantilla para poner en el zapato derecho y de esa manera corregir el pequeño desacuerdo entre los miembros. Cuando no uso la plantilla puedo dar gusto a mis congéneres. Siempre me preguntan cuánto mido, digo que 1,87 y 1,84, depende en cual pie esté parado. Cuando me dicen que soy muy alto, observación que interpreto como un anhelo de que fuera más bajo, me paro en el pie derecho. Inmediatamente la gente se siente más cercana, tienen que alzar menos la cabeza para hablarme cuando la conversación es de pie (aunque, según la persona, a veces sugiero que la conversación se verifique en posición horizontal); cuando noto que a la persona le incomoda demasiado la diferencia de estatura y ni parado en mi pie derecho puedo democratizar la conversación, le sugiero que hablemos por teléfono; es increíble como apenas se nota la diferencia de estatura.

Conseguí la plantilla y la he usado por muchos años. Recuperé la locomoción y el mundo se volvió mucho más equilibrado, mucho más derecho para mí. Ahora entiendo por qué las bolas no se ruedan de las mesas de billar hacia un lado. Ahora el mundo es plano.

Sin embargo hace poco volvió a darme la dichosa lumbalgia. Se ve que me extrañaba. ¿Qué será de Santiago? Vamos a visitarlo. Escogió una nueva cargada de niño, esta vez de mi segundo hijo,  de 6 años. Los niños vienen con el pan debajo del brazo y con la lumbalgia debajo de las axilas.

Me ha dicho un médico amigo que la causa de la lumbalgia puede ser pobreza abdominal. Es una enfermedad común en padres primerizos y también secundizos porque definitivamente el ser humano no aprende. ¡Y yo que he venido haciendo ejercicio, montando en bicicleta…! Y resulta que ese ejercicio no me protege para cargar niños. Tampoco la natación me ha servido mucho. Yo que me creía un Charles Atlas y me desencajo cargando un niño de veinte kilos!. Parece que la natación es buena pero para cargar delfines…!

Esta vez me tocó ir a urgencias. Sentí que la urgencia era mía, no de ellos. ¿La comida rápida es rápida porque la hacen rápido o porque uno se la come rápido? Además se daba la paradoja de que iba de urgencia para urgencias y apenas caminaba. ¡Voy de urgencia! Parqueé el carro a una cuadra del hospital y me demoré 35 minutos llegando. Mientras caminaba trabajosamente desde el parqueadero hasta la sala de urgencias tuve tiempo de reflexionar (aunque no de flexionar) sobre la experiencia de la enfermedad; uno de los aspectos positivos de la enfermedad es que nos damos cuenta de la solidaridad humana. En el largo trayecto hubo una señora que se ofreció, preocupada, a acompañarme hasta el hospital, y yo, con ese ego disfrazado de humildad que no cesa ni en las peores circunstancias, no gracias señora si yo estoy súper bien (y caminaba a medio km por hora). Se ve la solidaridad de la gente. También es cierto que intentaron atracarme, pero eso es otro cuento. Le sugerí al atracador que me esperara hasta que saliera para llevar el atraco de una manera digna: “ay señor, será que usted me puede atracar a la salida?” (véase el monólogo de atención al cliente). Parece que se cansó de esperar

Llegué  a la sala de urgencias. Había mucha gente, pero no había silla pa´ tanta gente. No era la primera vez que iba a urgencias allí. Había personas que estaban esperando desde mi última visita hacía cinco años. Hubo personas que se desmayaron, otras que se quejaban, otras con una bolsa de suero conectada y otras que estaban velando ahí mismo.
A mí no me gusta hablar mal de los servicios médicos. Creo que el personal hace un esfuerzo grande pero no da abasto. Cuando uno llega hay un montón de gente esperando detrás de una barra, dejando sus documentos, esperando sus fórmulas, esperando sus incapacidades, esperando ser atendidos, inclusive había una mujer esperando un bebé. Parece que el bebé no encontraba la dirección del hospital. 

Empiezan a llamar a los pacientes que han dejado su documento para clasificar si se trata de una urgencia o pueden ser atendidos por consulta externa: ¡!!Guillermo González!!! Grita una enfermera. Por alguna extraña razón, hay pacientes que han estado esperando adoloridos a ser llamados y no responden cuando se les llama. Si así es cuando los van a atender de urgencia, no creo que sean buenos compañeros para ir a un bingo. ¡B31! Y ellos como si nada. ¡!!Guillermo González!!!..., repite la enfermera, y un señor que se encuentra confundido y un poco trastornado, alcanza a gritar con voz apagada y destemplada: ¡Biiingoooooo!... Por fin Guillermo González  se dirige como un zombie hasta la puerta en donde será clasificado como urgencia, emergencia o sinvergüenzia que hace perder tiempo a los que realmente necesitan una consulta urgente.

Después llegó un funcionario del INPEC, con su uniforme de guardia. Estábamos enfermos pero somos colombianos. Hasta los más mareados, hasta una señora que se había desmayado se asomó desde el fondo de una camilla para “patearse” la llegada del guardia. Todos empezaron a murmurar: ¿le dieron un balazo? ¿una puñalada?... no, no, parece que se desmayó, está pálido… en susurros. Incluso se puso en marcha una ronda de apuestas. $20.000 a qué es puñalada…

A los veinte minutos se para Guillermo Gonzales, y una lenta muchedumbre de engendros atolondrados y pálidos, estilo Thriller, vamos rumbo a la silla que ha dejado desocupada. Carrera de tortugas, la tortuga de Aquiles. Los perdedores, extenuados por la carrera, mentamos la madre mentalmente porque no tenemos energía para hacerlo de viva voce. En un momento alcanzo la silla que ha dejado un tal Gutierrez y me siento len-ta-men-te porque mi cuerpo le ha cogido tirria al movimiento. Espero un par de horas, espero oír mi nombre, la música que me permitirá disminuir el dolor. Finalmente llega el nombre “!Diego Trujillo!”, trona la enfermera. Yo no me llamo Diego pero si Trujillo; siempre me cambian el nombre, pero si me van a aliviar el dolor puedo aceptar hasta llamarme Margarita Trujillo, no me importa. Me llaman una vez, y respondo con un grito apagado “vooooyyyy”, vuelven y me llaman, vuelvo y digo, al borde del desmayo: voooyyy… ya comprendo por qué llamaban tanto a González, no era que no respondiera sino que no tenía suficiente fuerza para hacerse oír desde el fondo de su anemia.

Entro donde una doctora Sanandresana, una maravilla ver ese swing en un hospital un poco lúgubre y blanquiazul. Tiene un libro sobre su escritorio, le hablo del libro. Yo llevo un libro también, ya somos dos, el libro abre un portal poderoso médico-paciente. Intercambiamos algunos títulos, autores y ediciones y me manda nuevamente a la sala de espera. A pesar de la bibliografía no me siento mejor. Vuelvo al pequeño purgatorio. Me han clasificado y he clasificado como urgencia. Me siento victorioso, me siento de mejor familia. ¡Realmente soy una urgencia! No soy un hijo de papi y mami que va a urgencias sin ser absolutamente necesario. ¡Soy realmente una urgencia! Y miro con cierto desprecio a quienes no clasifican como urgencia. 

Sé lo que se siente ser una no-urgencia. Una vez lo viví. Uno espera un par de medias horas y le dicen que no es una urgencia. Se siente uno como un niños mimado ¿y por esto vino el niño a urgencias?, se imagina uno que dice el médico. ¡Venga cuando le pase algo de verdad!, ¡sea macho!. La vez pasada tuve que aceptar la consulta demorable (que no es urgente), pues solamente estaba mareado, débil, con dolor de cabeza y de estómago. Una verdadera nadería ¡y yendo a urgencias!!!! Debo decir a mi favor que me incapacitaron tres días en los que hice un esfuerzo grande por sentirme mal y ser coherente con la incapacidad. 

Volvieron a llamarme: “Mauricio Trujillo”, entré y me atendió una nueva médica. Preguntas, respuestas, movimientos de las piernas que hacían ver estrellas; no me hizo bajar el pantalón, hecho que me generó cierta inquietud, hasta desconfianza. Me dieron incapacidad por tres días, medicamentos para la inflamación, para el dolor y otro para perder la razón, una  sustancia  que se llama Trabadol; o Tramadol (de la traba a la trama hay una sola consonante). Cuando lo tomé sentí una disminución significativa del dolor y además tuve la certeza de ser el nuevo mesías. Tuve una conversación interesante con extraterrestres resucitados de las pirámides aztecas. Me encomendaron una misión importantísima para el equilibrio del planeta pero ya no la recuerdo. También empecé a experimentar la sensación de ser perseguido. Creo que no me mejoré del todo de la lumbalgia porque si bien el medicamento ayudaba a mejorar, las carreras que debía hacer para huir de monstruos malignos resentían mi columna. (velo, velo)

Me empecé a sentir más o menos mejor. Pude volver a montar en bicicleta y a nadar pero eso sí con bastón. Aumenta el grado de dificultad, pero se abre la posibilidad de hacer los primeros pinos en un circo, o ser pionero de un nuevo deporte: bastoning. En cuanto a la natación, pues siempre molestaba  a los vecinos de carril. El bastón a veces golpeaba sus cabezas cuando sacaban la cabeza para tomar aire.

Además de los medicamentos, me dijo la médica que debía hacerme una radiografía dado que no era la primera vez que me lumbalgiaba. Me dieron cita para el mes siguiente, con las siguientes instrucciones: dos días antes del examen, dieta líquida excepto bebidas negras (café, cocacola, pintura…), nada de sólidos y un día antes tomarse dos frascos de una porquería dulce y espesa seguidos de ocho vasos de agua. Repetir el martirio dos veces en el día. La preparación me causó preguntas transcendentales: si uno licúa una papa (sólida) podrá pasar por líquido?. En ese momento creí que no aunque algunas personas me sugirieron licuar la comida. Según ellos bien podría conservar la misma dieta solamente que licuándola. Como quien dice carne, arroz y papas licuadas, una súper sobremesa. No seguí sus recomendaciones. También dudaba si el examen que me iban a hacer era o no invasivo. ¡Tanta preparación para una radiografía! Después me explicó alguien a quien nunca habían hecho una radiografía de ese tipo que era para que los órganos adyacentes a la columna no obstaculizaran la visión. ¡Qué manera tan elegante de decir que era para que la m… no tapara los huesos cercanos al c…!.

La preparación consistía entonces en ayuno y después, no sé cómo decirlo, en expulsión. Ayuno y expulsión. Quedé excretando líquido por el recto, voy a decirlo de la manera más basta posible, orinando por el culo como una vaca. No quiero ahondar en detalles.

Bien. Llegó el día de la radiografía lumbo-sacra. Sabía el lugar, el día y el doctor que debía practicarme la columnografía. Llegué donde la niña y le dije: señorita tengo una cita para una radiografía. 
Como si hubiera dicho algo que no le hubiera gustado me dijo con tono seco: 
Me da la orden por favor... 

Yo pensaba para mis adentros: habrá sido entrenada en el ejército, no se contenta simplemente con decírselo, así que le dije con voz de mando: ¡hágame el examen, y por si no quedó claro, es una orden!. La señorita sacó un fusil y me dijo. No, la orden escrita. Caramba, tampoco le basta con que la orden sea verbal!. Después entendí que se trataba de la orden del médico que yo no llevaba. Suponía que todo estaba en el sistema. Para no alargar el cuento, fui a la asesora del cliente, a la cajera, a la señorita, a la oficina de archivo en la cual por cierto tenían archivado bajo llave cualquier gesto de amabilidad… NO APARECE!. De regreso a la señorita (que después de tanto tiempo no era señorita ya), a la asesora, finalmente se compadecieron de mí, imprimieron una nueva orden y pude hacerme la radiografía para la cual me había preparado tanto tiempo y de manera tan espartana. 

Me hicieron quitar los pantalones… y la camisa… y las medias… y los zapatos. Tanta preparación para que el señor se despachara con un par de fotos. No pude hacer ni siquiera una pose para los rayos X. Me dijo: no respire cuando le diga (me preparo haciendo posición de yogui): “no respirerespire”, ya se puede poner la ropa. Todo tan rápido, tanta preparación, ni siquiera me dio tiempo de decir las palabras que tenía preparadas: en este día hermoso…

El proceso de la preparación para la radiografía es más interesante que la radiografía: lo recomiendo. Excepto por tener que tomarse el enema oral que tiene un sabor vomitivo, la experiencia del ayuno por dos días deja grandes enseñanzas: se valora el acto de alimentarse, se invierte solamente la energía necesaria para hacer las cosas, no se piensa en cosas innecesarias, como las tonterías que solemos pensar cuando tenemos suficiente energía. La mayoría de las fantasías son sobre comer, y lo mejor de todo, se tienen visiones místicas: volví a encontrarme con los extraterrestres resucitados de las pirámides aztecas. Recordé la misión que me encomendaron: hacer una colecta en este recinto para la salvación del mundo. 

Después de tomada la radiografía fui a tomar el desayuno, y contrario a mi expectativa no me desbordé a comer como un animal. Comí como dos animales: pan, café, chocolate… mi abnegada esposa se ofreció a prepararme el desayuno pero fue tarde. Ya había dado cuenta de la despensa. Me sentí satisfecho, pude descansar, dejar de soñar con manjares. Al día siguiente mi dolor seguía igual. Esperé otros dos días para ver si la radiografía hacía efecto, pero no fue significativo. Hablé indignado con la médica que me había prescrito la radiografía y le dije que no había dado resultado. Mi dolor seguía igual. O tal vez debería hacerme otra más? ¿a las cuantas radiografías se mejora uno doctora? No obtuve una respuesta satisfactoria. 
Después de la radiografía estuve un poco mejor, tal vez la radiografía hace efecto de a poco, hasta que fui a mi casa de campo: no sé si fue el tenis, el golf, la natación, la equitación, cuál de estas actividades me desmejoró. Lo cierto es que quedé peor pero en otra parte. Ahora el espasmo se me pasó a la región cervical. Qué raro como es que el dolor viaja de esa manera. Parece que los dolores también se dan sus vacaciones: entonces qué vamos pa´rriba? 

Ya no podía mover el cuello. A todo tuve que decir sí por esos días. Los músculos no me permitían mover la cabeza en gesto negativo. Quiere repetir el enema?… si… ¿lavar los platos? Si…

Las inyecciones: me tocó llamar a mi amigo médico para que me ayudara. Cita en la EPS otra vez? Inyecciones por tres ampollas. Llegué a la farmacia, bajarse los pantalones. De tanto repetir esta conducta, cada vez que entro a una oficina me bajo instintivamente los pantalones. En algunas partes se sorprenden o se confunden, pero en otras, como en la DIAN, aprovechan. 

El Informe de la radiografía rezaba: 
Incurvación escoliotica lumbar derecha componente rotacional I izquierdo.
No se observa colapso vertebral o fractura
No hay espondilólisis ni listesis
No hay cambios espondilósicos significativos.
El arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinopolizar, aquel que lo desarzobispoconstantinopolizare un buen desarzobispoconstantinopolizador será. 

… el argot técnico de los médicos…

Cuando me entregaron el informe con las radiografías hice lo que todos instintiva e ignorantemente hacemos: leer el informe. Quién que no sea médico ha entendido un informe de esos? No sabe uno si se va a morir, lo están insultando o se lo están gozando: ¿espondilolisis? Parece esos trabalenguas que hacen los niños para ver quien queda: una cabrita, ética espondilolítica pelem pempluda, tuvos dos hijitos ético escolióticos pelem pempludos peludos…
Qué-incur-va-cion-es-co-lio-ti-ca-lum-bar tie-nes tu?

Cuando llegué a la casa me dio por mirar las radiografías. Esa vanidad que hace que uno goce con las fotos que le toman. ¿cómo habré quedado?. Miro las radiografías y llamo indignado al departamento de quejas y reclamos de  la EPS: esa persona que me tomó la radiografía no sabe usar ese aparato: eso le quedó todo torcido!, y es que la columna parece un giro en U. qué tristeza: ¡cojo y torcido! No falta sino que salga con asma! A propósito, tengo asma, pero esa es otra historia. 

EL BICICLISMO (Un poco largo pero bue...)


Quiero contaros la historia de mi relación con la bicicleta. Estando yo muy niño, aprendí a montar en bicicleta. Punto. Fue autodidaxis. Yo creo que una de las sensaciones más maravillosas en la vida es cuando uno empieza a andar en dos ruedas, después de haber aprendido a andar en dos piernas. Es un salto milagroso, cuántico, ese momento en el que uno puede dejar de poner esporádicamente un pie en el suelo, o en otros casos menos afortunados el maxilar inferior, la nariz, los dientes… 

Me gustaba, como a la mayoría de los niños montar en bicicleta porque da una sensación de autonomía, de poderío psicomotriz. Montaba en la casa, no tenía vecinos con quien montar porque vivía en una finca, así que montaba en el corredor, en la manga, en la cocina, en el baño… montar en el baño requiere de unas habilidades avanzadas. 

Otra cosa interesante del aprendizaje en bicicleta son algunos golpes en lugares dolorosos que a mí llegaron a preocuparme pero ahora con dos hijos, veo que no era lo que me imaginaba.

Después fui creciendo y abandoné la bicicleta, hasta un día en que decidí “retomarla” como decía mi padre. A ese fin, reparé una vieja bicicleta que había en el garaje y comencé tímidamente a ir de un lugar a otro. Era la primera vez que montaba fuera de la casa. Se convirtió para mí en una actividad de mucho gozo que además me reportaba un sentimiento de bienestar físico y mental. La bicicleta era pequeña y quedaba un poco como esos payasos que en sus funciones utilizan una bicicleta en miniatura para demostrar su habilidad y equilibrio. 

Un buen día, encontrándome con otro ciclista, este más avezado, me dijo que subiera más el sillín para que la pierna pudiera hacer toda la trayectoria del pedal con más potencia. Así que subí el sillín hasta el límite posible. Mis piernas podían hacer su trabajo con mucha más eficacia pero las manos apenas si me alcanzaban para coger el manubrio. A ese fin me dejé crecer las uñas para poder alcanzar y tener un soporte mejor ya que las clavaba en la goma, sin embargo el cansancio era mayor para el cuello y tenía la desventaja de que no podía mirar al frente. Afortunadamente tengo buen oído y, cuando escuchaba el chirrido de llantas que frenaban, o los sabios consejos de peatones y automovilistas que me guiaban con emotivos “fíjese por donde anda” o “córrase hijueputa”, corregía mi trayectoria y evitaba dolorosas y conflictivas colisiones.

Tenía también mi falta de visibilidad la dificultad de que a veces resultaba en parajes desconocidos, unas veces urbanos, otras veces rurales, y algunas veces, selváticos; sabía que había montado más de la cuenta cuando pedía indicaciones sobre el lugar en el que me encontraba y las recibía en lenguas aborígenes o en idiomas diferentes.  Me recuerda el chiste del padre orgulloso que le dice al amigo que el hijo monta en bicicleta desde los cuatro años y el otro le responde ¡pero ya debe ir en la p… m…  ¡

Así que decidí comprar una nueva bicicleta, esta ya con un diseño homogéneo, porque la otra, en sus sucesivas reparaciones, ya parecía una especie de Frankenstein metálico : marco “Monark”, una rueda pirelli, la otra (marca), manubrio Arbar, pedales Shimano, todas las piezas de colores diferentes, según la disponibilidad del mercado. Algunas personas se burlaban de mi vehículo, diciéndole el bocadillo, pero yo, con más imaginación poética, me imaginaba como un raudo arco iris recorriendo el asfalto de la ciudad; una cuestión de percepción.

La nueva bicicleta era azul y el marco era más grande: para un cuadro grande, un marco grande, me dijo el vendedor apelando a mi vanidad para concretar la venta. Lo logró. El hecho de ser comparado con una gran obra de arte me convenció. Así que yo me sentía en la nueva bicicleta como el David de Miguel Ángel, y, debo admitir, trataba de emularlo en lo que más me fuera posible. Era claro que las demás personas lo percibían porque parecían asombradas cuando me veían transitar en mi flamante bicicleta con ese porte soberbio del David, con esos músculos, con esa mirada sublime… supongo que el hecho de ir desnudo también contribuía un poco a que llamara la atención más que los otros ciclistas embutidos en sus shorts de lycra, sus camisetas ultralivianas, sus gafas ergonómicas  y sus zapatillas adaptadas a la horma del pedal. 

Ser un ciclista aficionado no siempre es reconfortante para el ego. Cuando salía a montar en bicicleta nadie más en mi familia lo hace me sentía un prohombre, un Lucho Herrera, un Santiago Botero, un Airton Sena de la bicicleta. Y podía conservar ese sentimiento, esa imagen de mi mismo, hasta que veía otros ciclistas masticando a dentelladas de pedal el duro postre del asfalto. TODOS, los ciclistas que transitaban por donde yo lo hacía, sin excepción, se me pasaban, sin tener en cuenta, su condición física, religión, edad,... Cuando se me pasaban personas menores yo decía: bueno, es que están más jóvenes, la energía de la juventud. Recuerdo que en mis épocas de juventud en el año de mil novecientos… yo no me cansaba con nada. Cuando quien me adelantaba era más o menos de la misma edad yo decía “es que hay gente muy tesa; cuántos años llevarán montando… Tenían unas pantorrillas que bien podrían impulsar loma arriba una volqueta de pedales. Pero cuando se me pasaban personas de la tercera edad… ¡y señoras…! No me decía nada, no solo porque ya no tenía aliento para hacerlo, ni siquiera mentalmente, sino porque no encontraba ninguna razón que me consolara. 

Aunque me consolaba pensando que habría otros ciclistas hipotéticos que no me rebasaban porque iban muy atrás de mí y nunca llegarían a alcanzarme. Cosa realmente probable, pero que no me dejaba satisfecho. Yo soñaba con algún día podérmele pasar a alguien. Ese día no ha llegado hasta el momento.

Una cosa curiosa que sucede en el mundo del ciclismo y que no he podido explicarme, a pesar de que todos lo dicen como la cosa más natural y obvia del mundo es la siguiente: cuando usted va montando en bicicleta y otros ciclistas, que los hay muy generosos -hace parte de la psicología del ciclista-, lo ven cansado o detectan (inmediatamente por supuesto) que usted es un novato, le dicen la siguiente palabra : “¡péguese!” ¿?. Varias veces me sucedió y siempre me quedaba igual de atónito. ¿Péguese?… Lo que esta expresión quiere decir es que se vaya uno detrás del otro, o si son varios, del lote… pero… si cada uno va montado en su bicicleta, ¿cómo es que se puede pegar uno...  ¡y de dónde!? 

Cuando vamos en carro, y nos varamos, a veces aparece un generoso automovilista que se ofrece  a  remolcarnos, y para eso utilizamos una CUERDA, o una cadena, un alambre o cualquier elemento FÍSICO que se preste con eficacia a los fines de la TRACCIÓN MECÁNICA.

Pero en el caso de los ciclistas es como si uno se varara en el carro, pasa otro a sesenta kilómetros por hora y le grita por la ventanilla: “!péguese!” ¿!pero cómo!?, le gritaría el otro y sobre todo ¡Con qué! Es algo misterioso para mí, pero ellos lo dicen con la misma naturalidad con que dicen pedalee, o gire a la izquierda o cualquier otra cosa.

Los que saben de ciclismo y física dinámica seguro pueden explicar el asunto como algo que obedece a una ley natural, pero debo decir que a mí no me parece tan obvio, especialmente porque he intentado “pegarme” pero igual me dejan botado, no sé si es que me pego con pega loca chiviada, o qué… 

Solamente una vez experimenté ese misterioso fenómeno de “pegarse”. Mi reflexión era la siguiente : de lo que uno se pega es de la energía del otro. Es misterioso pero así es, o tal vez no misterioso sino invisible. Un día estaba reflexionando sobre esto mientras iba montado en mi flamante Arrow GW. Hay que pegarse de la energía del otro, pensaba. Solamente esperaba la oportunidad de que otro ciclista me pasara. Llegó uno y me deshice de todos mis prejuicios racionales “La energía, la energía”, me repetía una y otra vez, casi en trance. “La energía, la energía”, y ahí fue que sucedió. 

Yo lo sentí como un milagro, estaba muy sorprendido. Empecé a ir a la misma velocidad que mi compañero de punta. Iba siguiéndole el paso y misteriosamente, para mi sorpresa, empecé a ganar velocidad, y no solo eso, sino que además sentía que no estaba haciendo ningún esfuerzo. Era como si una fuerza misteriosa guiara mi, a esas alturas, nave espacial, para igualar la velocidad de mi compañero. Además tenía la convicción de que no solo podía igualarla sino también superarla. Pero lo más sorprendente de todo, lo que acabó de revelarme que el universo es mucho más de lo que estamos acostumbrados a suponer, fue que llegó un momento en el que dejé de pedalear, sí, dejé de pedalear, y sin embargo la bicicleta seguía rauda, supersónica, y yo sin cansancio, relajado, sintiendo la ráfaga amorosa y vigorosa del viento que ya tiraba toda la piel de mi rostro hacia atrás, como en un viaje a la velocidad de la luz. Me entregué a la experiencia, dejé de racionalizar, simplemente me dejaba llevar. Sentía un gozo indescriptible, creía que iba a volar como en la película de ET, que de pronto iba a pasar a otra dimensión a otra realidad más profunda y verdadera. Pero, paulatinamente fuimos perdiendo velocidad, la emoción fue disminuyendo, el fenómeno era cada vez menos intenso, nuestras bicicletas volvían a poner la rueda en una realidad más concreta y ordinaria. Habíamos terminado de bajar la loma. 
Tantas veces he inventado la rueda...

REVELACIÓN

A los treinta y cinco años, en la pista de baile, se dio cuenta que era negra.  

SINCRONÍA

A las dos de la madrugada un niño americano despierta a su madre porque ha tenido una pesadilla: lo persigue un león. A las siete de la mañana un niño africano cuenta a sus amigos de la escuela el terrible sueño en el que el payaso de McDonalds lo persigue.

GLOBULOS

En el preciso momento en que recibe en sueños el balón de fútbol americano que le arroja la mascota de su equipo favorito, el último glóbulo blanco es vencido por el ejército de los virus.

TRESCIENTOS METROS

¿Es que no voy a acostumbrarme nunca a la detonaciones?… A qué tanta ansiedad después de la velada apacible de anoche, los vegetales frescos, la compañía afable, casi silenciosa de los colegas, y al final, precavidos del trasnocho, caminando a paso sosegado hasta el sueño, obedientes al ruego de natura y del oficio…

Debe ser el tumulto, el bullicio que me pone nervioso. A fe que quisiera salir corriendo, pero apenas si me dejan andar: me rodean, me aguijan, me atajan, me empujan… El olor de la adrenalina adherida todavía a las calles, la euforia que brota de la manada y la sangría…

¡Pero las palmaditas condescendientes en la espalda!… y sobre todo la recarga en mi costado… ¡que me hacéis perder el equilibrio coño! ¡y esa provocación de periódico enrollado! a ver si en el ruedo me lo sigues manoteando ¿eh?…

Pero paciencia. Ya falta poco, cosa de cien metros. Cincuenta, veinticinco…  voy llegando, una vueltecita al ruedo y los últimos estrujones para regresar al silencio de mi hogar, al lado de los míos, eso espero. 

Gora, Gora San Fermín, pero es la última vez, pobre de mí, que me pongo de ciclista en el encierro de la Villavesa.

LA FELICIDAD DE PERDER TIEMPO


No es que tenga muchas ganas de café pero voy a la cocineta, confino el pocillo con agua a una pena de tres minutos en el horno y vago por el patio como un planeta errante mientras las microondas aceleran obedientes las moléculas del agua.

Después vuelvo… Y revuelvo, y  camino lento, con el pocillo calentándome las manos. Digo en voz alta que estoy perdiendo el tiempo. Pero no lo digo como un reproche; lo canto como una notificación de la conciencia. De pronto se activa el softaware de correr, pero mi cuerpo, el hardware, se rebela porque lo que quiere es perder el tiempo como pierde las uñas, el pelo,  las escamas de la piel…

Cuando subo la escalera pierdo el tiempo como suelo perder las llaves, el celular y la cartera y  gozo por un instante el placer de vivir, impunemente, fuera del mandato del programa.

miércoles, 16 de abril de 2014

DESINTOXICACIÓN

Mientras tomo un wisky y fumo un tabaco doy delete a todas las cartas que escribí para que mi papá me palmoteara la espalda

sábado, 12 de abril de 2014

El cigarrillo echaba humo por la punta y el humo subía desordenado. En sus últimas incursiones con el yajé se le había metido que el orden o el desorden del humo tenían que ver con la calidad de la energía. Aunque no podía desconocerse el trabajo del viento. Empezaba con un hilillo fino, pero a los pocos centímetros de vuelo se iba desordenando, en pequeños remolinos que de pronto, como por error, dibujaban círculos perfectos. Se decidió a cerrar la ventana para contemplar el cambio en la dinámica del humo.

El humo tardaba en configurarse según sus expectativas. Parecía que hubiera menos humo, aunque salía vertiginoso, la línea delgada mucho más larga, se iba, cómo decirlo, pequeños semicírculos que á el le parecían costillas. Creía ver en las costillas de humo un mensaje acerca de sus propias costillas, «es que todo es un mensaje lo demás es incapacidad para descifrarlo»... El ritmo de ascensión del humo había aumentado: tucu tucu tucu tucu… si tuviera sonido sería algo así.

También veía con cierta preocupación como el humo que iba ascendiendo se llevaba el cuerpo del cigarrillo, como iba consumiéndose inoficiosamente solo, difícil elegir entre el espectáculo del humo ascendiendo plácido, oficioso o fumárselo, aspirarlo. Tenía pocos cigarrillos y le preocupaba que se acabaran. Ya disminuido hasta su mínima expresión dio la última calada para matarlo, para ver cómo se extinguían los pequeños rezagos de una vida extinta.  

LLANTOTERAPIA

Yo quisiera ser un llorador profesional. Poner el alma en la diana de la ansiedad que cuelga en el pecho, concentrarme, apuntar... y disparar flechas de llanto.

¡Como es de bueno llorar! pero no soy capaz de hacerlo. A pesar de que llueve, de que el tiempo está húmedo, estoy deshidratado. Mis ojos son como un par de cuencas secas. Sería bueno, como dice Tatiana, programar las lloradas.

Tengo treinta y cuatro minutos para llorar. Tal vez pueda hacerme el que lloro y de pronto así salgan, según la misma lógica de la risoterapia, las lágrimas. Lo llamaríamos llantoterapia y crearíamos lloraderos públicos. El agua recogida serviría para múltiples usos: para el aseo, la cocina, o para crear maravillosas fuentes de llanto que irían llenándose y ganando tamaño cada vez que un nuevo llorador hiciera su aporte.

También como la risa el llanto se potencia en compañía. Dice un brujo que conozco que en los velorios solo uno llora la pérdida, que los demás lloran por ver llorar al deudo. Es uno de los pocos espacios en que se permite el llanto y cada quien llora por sus cuitas, no por el muerto, pero llorar es terapia, eso nadie lo discute. Qué triste es la gente que llora poco. Habría que enseñar en las escuelas el poema de Oliverio Girondo: Llorar ante los puertos y las puertas, llorar de flato, de frac, de flacura, llorarlo todo pero llorarlo bien…

En la llantoterapia se contrata a un llorador profesional. Pueden formarse en la costa atlántica en donde existen las plañideras. Pueden también ponerse videos de la llorona ¿dónde están mis hijos?... (Cómo le dolería a la llorona ver el anuncio de la televisión que decía ¿Sabe usted donde están sus hijos en estos momentos?...) También podrían llevarse cebollas y a cada participante darle una para que partiera en finos trozos, cada uno con su kleenex, y todos contando historias de llanto, como una especie de chistes inversos cuyo desenlace no es la risa sino el llanto: imagínese que había una vez un señor, contaría uno de los participantes que… es difícil inventar chistes a la menos uno, a cambio podrían tomarse los chistes en serio y llorar porque los chistes suelen decir cosas horribles, como de borrachos, de muerte, de dolorosos impasses sexuales…

Lo que soy yo me voy a poner a practicar. Ahora solo tengo veintiséis minutos. 

EL GUAYABO

Pido perdón a todos: a mis padres, a mis hijos, a la madre de mis hijos, a las mujeres con quienes he hablado recientemente, a Dios, a la Virgen María, a la Pacha Mama, al Gran Espíritu, y a cualquiera que se atraviese, por esta imprudencia mía de existir.

Cuando cosecho un guayabo, que siembro con dos míseras cervezas, ‒no se diga con tres‒, uno de los frutos que primero brota es el deseo de morir. Una y otra vez aparece en mi mente la imagen de yo dándome un disparo en la cabeza con un revólver. Y es que el guayabo me da por tomarme muy en serio todo, sobre todo la muerte, ese remedio que sería infalible para el hobbie insidioso de la culpa.

Cuando estoy colgado en el guayabo me tomo todo muy en serio cuando lo que tengo que tomar son cantidades ingentes de líquidos y cafeína que eviten la muerte parcial del cerebro, que eviten que una de sus divisiones me agarre a patadas como a un vagabundo al que hay que moler a palos por permitirse la imperdonable licencia de la pereza.

¿Por qué no morí cuando estaba chiquito?... Me hubiera convertido en un angelito abstemio, de esos que no se aburren en el cielo. Ahora, en cambio, superada con creces la edad angelical me da un tedio infinito en el cielo, y por eso bebo, para practicar el deporte extremo de saltar en las pailas del infierno, el infierning, aunque, inconforme, como buen humano, termino desdeñando de él; no en este caso por aburrición, sino por puro y físico dolor.

Viera usted como me tomo tan en serio todo. El guayabo es como una lupa que intensifica hasta el orgasmo mis conflictos cotidianos, que son como unos tenis o como unas gafas de poner y no quitar: el dinero, el amor y sus simulacros, y también el dinero… el dinero… el dinero, el dinero… 

Encerrado en mi iglú del polo occidental me sentaré a morir un poco, de frío también, de guayabo también... 

EL DISFRAZ

Una maestra la vio y le preguntó si eso era lo que quería ser…

En la buseta decía que el que disfraza a un niño está adorando al rey de las tinieblas, Satanás.

El psicólogo la vio y pensó que estaba integrando a la personalidad la representación de fuerzas psíquicas.

El papá la vio y casi se derrite al ver a su niña hermosa disfrazada de monstruo.

Ella simplemente dijo, quiero ese disfraz, y se lo puso. 
Ya uno es suficientemente dañino para un mismo como para juntarse con otro hijueputa que piensa igual a uno 

Café con gafas

¡Señora Gloria!... ¡Señora Gloria!....

Y la señora Gloria, sorda, continúa sentada en su silla como si nada, como si no fuera con ella.

Por eso de la mesa de la señora Gloria se levanta un señor con canas en la cabeza y en el bigote que va por el pedido de la señora Gloria. La señora Gloria parece un esperpento: tiene el pelo corto y una bocaza con la que podría tragarse el libro de tapas rojas que lee.

La señora Gloria ha pedido café. Tiene unos ojos grandotes y unas cejas largas que quizá pudieron haber enamorado al señor canoso hace muchos años.

De pronto el señor canoso, en un solo movimiento se pone de pie y empuja la silla hacia atrás. Se dirige hacia el joven de gafas que escribe que su señora Gloria tiene una gran bocaza y sin mediar palabra alguna, lo golpea directo en la nariz.

El joven que escribe experimenta una extraña sensación de placer mientras es golpeado. Por supuesto un placer que queda enterrado al instante por el dolor. De todas maneras, placer y dolor duran poco porque queda tirado en el suelo derramando sangre por la nariz, inconsciente.

El señor de las canas y el joven de las gafas han arruinado el café de los demás: el joven de barba que está sentado con dos mujeres duda si levantarse a socorrer al joven que escribe (que escribía) o quedarse sentado esperando que los dependientes del café se ocupen. Al fin y al cabo el joven que escribe les pertenece de algún modo en calidad de cliente.

El joven de la barba deja que sea así. De todos modos no tiene mucho tiempo de pensar porque ya la dependienta se acerca con una trapeadora en la mano: se siente más tranquila ocupándose de la sangre derramada en el piso que del joven, pero se siente obligada a preguntarle cómo se siente sabiendo ocultar bien un gesto de incomodidad ‒no reconoce que de asco‒ por la sangre que todavía mana de las narices afeando la imagen corporativa del café.

Igual reacción parece ocasionar a las mujeres que están con el joven de la barba que dejan empezados sus capuchinos y se levantan para irse, haciendo cara de la mayor naturalidad posible, como si su partida fuera el desenlace natural de su estadía en el café. 

EL PIANISTA

El músico local ameniza con flautas y quenas, sobre una pista de fondo, la digestión de los comensales.

De repente de una de las mesas se para un tipo que va al escenario, sisea un par de palabras al músico y hace un gesto de permiso dirigido al piano, huérfano, hasta entonces, de intérprete.

El de las quenas corresponde con un gesto que dice que sí, que claro y entonces el tipo empieza a ejecutar una pieza de Rachmaninov que el otro secunda, obediente, con la precisión de una sombra.

A camino del segundo compás la coctelera del barman detiene abruptamente su cumbia de hielos y acero; los tenedores y los cuchillos de los comensales dejan de tintinear contra  los platos, y el parloteo multilingüe se muere en las mesas reconociendo su derrota.

Al final de la pieza el aplauso se les hace cosa de poca monta, y pasa un buen rato hasta que alguno se decide, un poco hereje, a carraspear y atacar de nuevo los platos y la comida con los cubiertos.

En cuanto al tipo, sentado de nuevo en su mesa, mastica, más que los tallarines fríos de su plato, la sorpresa de haberse visto tocando, por primera vez en su vida, el piano. 

Psicología para antioqueños

Donde dice egosintónico, léase: le importa un culo.
¿Con que esas tenemos, ¿no? -Dijo Dios. Y entonces, de pura pica, dejó de existir.

hmmm

Sonó el timbre. No le gustaban los timbres: ni el del teléfono, ni el de la puerta, ni el de la escuela, nunca le habían gustado los timbres y sabía que nadie tenía porqué timbrar. Nadie lo conocía suficientemente en el pueblo como para tocar su timbre, pero de todos modos, por reflejo, ‒no negaba que por curiosidad‒ se asomó con el sigilo suficiente para que no se dieran cuenta de que se había asomado. Dos mujeres de falda larga y sandalias, suficientes datos para saber que se trataba de cristianas. Volvió a su lugar de trabajo. El timbre volvió a llamar. Cristo no se da por vencido. Dudó entre recibir a las visitas o hacerse el pendejo. Total podía pensarse que no había nadie en la casa. Sin embargo, dado a la tarea de enfrentar la vida fuera de su casa, así fuera en la puerta, se asomó.
 
‒¡Hola!, ‒dijo una de las mujeres‒, para su sorpresa una mujer con una sonrisa angelical, o cristiana, y además hermosa; una negra–mulata–zamba, de piel brillante, portentosa, suficientemente grande. Una mujer hermosa ¿por qué es tan difícil describir una mujer hermosa?

‒Para darte un mensaje… ‒dijo la mulata.
‒Sí claro… ‒entendía que se trataba de un mensaje escrito que se podía dejar por debajo de la puerta. La mujer hizo saber que el mensaje era verbal, pero su sonrisa era incapaz de hacer violencia
Pudo desquitarse diciendo que estaba ocupado, que…
‒Está bien ‒se despidió la mulata con esa sonrisa…

No le pareció bien mirarle el culo a una mensajera de Cristo, pero estaba decidido a que la próxima vez no se conformaría con el mensaje escrito en un plegable de tanto por tanto. La próxima vez escucharía sobre Cristo y sobre el cielo y sobre los proverbios y sobre todo lo que la negra quisiera decirle con tal de poderla contemplar, con tal de poder abrevar de esa sonrisa de dientes imposiblemente blancos.

CONVERSACIONES CON MARCO

¿Si pudieras crear un Dios, cómo lo harías?, me pregunta Marco, un niño de 8 años que coincidencialmente es mi hijo.

Pienso un poco. Nunca se me había ocurrido la idea de crear un Dios. He creído vagamente, sin mucha reflexión que es al revés y ya la cultura –cualquiera que sea- me ha dicho como es Dios.

Un poco inseguro le respondo que el dios que crearía sería bueno, amoroso, que tendría paz, que daría paz. También se me ocurre que sería un Dios que haga reír. Sobre todo eso.

-¿Qué nombre le pondrías?, me pregunta Marco.
Pienso un poco. Digo lo primero que acude a mi mente: Chamalú.
-Hmmm… ¿quieres saber cómo sería el mío?
-Por supuesto, le respondo.
El mío sería, dice Marco, un aro dorado y…
El sigue hablando, dice algo del poder, de poder hacer la paz con un chasquido de dedos.
-¿Qué todo lo puede? Pregunto.
-Sí, pero solo cosas buenas.
Me doy cuenta de algo: a veces, mientras Marco habla, mi mente se dirige hacia otras cosas: recuerdos aderezados con fantasías puestas en un futuro hipotético. Me voy, me pierdo. Dejo de estar con él, de escucharlo. Se lo digo; que me distraigo muy fácil. Me cuesta trabajo imaginar lo que me dice. Marco tiene una gran capacidad imaginativa. Siempre está dibujando, creando. A veces quiere explicarme sobre sus juegos de video y computador, pero a la primera frase yo ya tengo varias preguntas que no estoy seguro si él tiene la paciencia de responder. Me nombra personajes como si yo ya los conociera. Yo pregunto ¿Quién es ese, o qué es?, ¿Qué hace, es bueno o malo?. El supone que estos personajes me son familiares, y no. Somos de distintas familias. Mi mente no es capaz de recrear las imágenes que Marco me propone.
Me detengo, le vuelvo a preguntar ¿Es un aro dorado? (¿o de oro?) eso lo entiendo. Puedo imaginar un aro dorado; una ula – ula dorada. Listo. Lo siguiente que entiendo es que del arco dorado sale él mismo, Marco, pero su cuerpo es dorado y tiene alas de plata. Me parece una imagen soberbia, con un profundo sentido simbólico, arquetípico: la plata, el oro, los seres alados. Le entiendo que del aro sale otro igual a él ¿o es él mismo? Como un doble.
Después de que me dice que Dios solo hace cosas buenas quiero indagar por su posición, por su creencia con respecto a Dios.
-¿Y tú crees que ya existe un Dios?
-… No sé.
-O sea, insisto, ¿que ya hay un Dios?
-… No entiendo. ¿Uno distinto al que yo creé?
-Sí… O sea… (siento que no nos estamos comprendiendo, que no logro transmitirle mi pregunta). ¿Crees que Dios existe?
-¿Cómo así, otro?, ¿El que yo digo u otro?, o sea, ¿el que conocemos, u otro?
-Sí, el que conocemos, digo retomando sus palabras. Mejor dicho, le digo, el común y corriente, y en eso estallo en risas ¡El común y corriente! Me río y repito. Marco también se ríe.
-¿De qué te ríes? Me pregunta. Yo vuelvo y digo ¡El dios común y corriente! Jajajajaja
-No entiendo de qué te ríes, repite Marco, y yo no soy capaz de explicarle por qué me da risa. Yo no lo entiendo muy bien. Creo que mi risa surge del contraste entre la omnipotencia de Dios y su carácter de “común y corriente” en oposición a los otros dioses de reciente creación como los de Marco o los menos creativos míos, más cercanos al común y corriente, al genérico, digamos.
Pensar que nuestro Dios es común y corriente causa risa y es verdad: es un Dios común y corriente. Eso no lo hace menos dios ni menos poderoso. Después le pregunto:
-¿Tú crees que Dios existe? (me refiero al común y corriente) y me contesta sin dudas: Sí.
-Porque -le advierto-, hay personas que no creen que Dios exista y otras que sí.
-Si -responde sin dudas. (Parece que puede admitir que otros puedan creer que dios no existe).
Me parece importante y valioso, más que inculcar la existencia de Dios a los niños, sondearlos en términos del significado que para ellos tiene Dios y la experiencia que puedan tener del mismo. Si Dios está ahí, tal vez no se trata de forzar a que el otro crea que exista. Si realmente creemos que existe entonces no hay que convencer a nadie, sino hablar sobre él y compartir la experiencia y sus significados.
De todas maneras, arco dorado del cual sale Marco hecho oro, plata y alas, o especie de payaso cósmico que  hace reír, o ser común y corriente, o hasta ese que no existe… que de todas maneras nos ayude.


Apenas palpita mi corazón de brea. Pero no desespero. Me doy cuenta de que un ciclo me vive, y espero, como la camisa ahogada en la Whirlpool, que el tambor convulsione, que un diluvio de jabón se cierna o que caiga un rayo del alambre.


La cafeína se demora en explotar. 

viernes, 24 de enero de 2014

Cosechando guitarras...

jueves, 23 de enero de 2014

EL VECINO NUEVO

Al barrio llega un nuevo vecino. Es silencioso. Nunca se le oye música ni conversaciones, ni cacharros chocando en la cocina ni vaciar el retrete, nada. No hace ningún ruido. Los vecinos empiezan a preocuparse; no porque crean que está muerto o algo por el estilo. Ven que sale por las mañanas y entra por las tardes. Cuando se lo encuentran él hace una pequeña genuflexión, dobla un poco la cabeza hacia abajo. Parece amable.

Después empieza a causar fastidio entre sus vecinos. Es el único del barrio que no pone el equipo de sonido a todo volumen. No discute airadamente con su esposa y/o hijos, nada.

Cuando los vecinos hacen sus fiestas con vallenatos a todo volumen a altas horas de la noche, encuentran que el vecino no hace ningún ruido, ni siquiera va a quejarse aunque a veces le suben un poco más el volumen para provocarlo, para generar en él algún sonido. Preocupados, llaman a la policía. Les perturba el silencio del vecino. A la policía le parece sospechoso. Llegan en su patrulla que ulula a todo decibel. Tocan a la puerta del vecino. Este abre la puerta. El policía con la libreta en la mano le espeta el protocolo. El tipo escucha y asiente. A la pregunta sobre si es mudo responde negando con la cabeza. El policía le advierte ‒levantando el dedo índice‒ que en lo sucesivo haga más bulla, usted sabe, el bien común por encima del bien individual…

El vecino no hace caso de la advertencia y se enterquece en su silencio. Pero las cosas empeoran. Ahora su silencio empieza a ser contagioso. La señora que se queda en la casa todo el día de pronto le baja un poco el volumen a Cristal Estéreo. A la semana ha dejado de oírla por completo. El televisor sigue el mismo comportamiento. Solo se admite la vibración de la nevera. El marido de la señora también empieza a ser más silencioso. Al principio habla más bajo, solo lo necesario. Después la casa vecina empieza a hacerse tan sospechosa como la casa del vecino silencioso. Los demás vecinos empiezan a rumorear pero, cosa curiosa, empiezan a rumorear en un tono más bajo del habitual. Siguen rumoreando para no perder la costumbre y se empeñan, cada vez más a su pesar a subir el volumen de radios y televisores. Pero esto solo dura un par de semanas. Radios, televisores y megáfonos se van silenciando paulatinamente. Inclusive, cosa que llama la atención de los medios de comunicación (que ninguno de los vecinos utiliza a no ser por la prensa cuyas páginas pasan con el mayor sigilo posible) los automóviles, camiones y motocicletas que pasan por los dominios del barrio se silencian. Los conductores y pasajeros apagan motores y empujan los vehículos a lo largo de la cuadra que ocupa la manzana.  Los únicos que hacen caso omiso de la peste silenciosa, son los pájaros que en cambio cantan a todo pulmón, parece que compensan el ruido de otros lugares, parece que ya no cantan sino en el par de manzanas.

Después son tres manzanas las que sucumben al silencio. Nadie llama a la policía. Los teléfonos se han convertido en un adorno interesante, en una especie de nostalgia inconsciente.

Pasados dos meses el vecino se va de la casa, la devuelve a la inmobiliaria. Sin que él lo sepa, todos se reúnen y hacen una fiesta de despedida a la que no lo invitan. Hacen un baile. Los pájaros se encargan de la música.

lunes, 30 de diciembre de 2013

ESCENAS DE SUPERMERCADO

El alcalde de la ciudad también va de compras al supermercado local como cualquier ciudadano de a pie: toma un trevejo de la góndola, lo examina, lo valora, mira el precio…
Sin embargo, a diferencia del ciudadano de a pie, no va empujando el carrito de mercado. Alguien que viene detrás de él lo empuja, y no es una señora como suele ser. Es un guardaespaldas.
Va pasando un funcionario del supermercado. Se despide de otros dos funcionarios. Va caminando y me da la espalda. Yo lo veo y le digo en voz alta ‒sin que él me escuche por supuesto‒: “subite esos pantalones por amor a Dios”. Los lleva caídos. Parece, como dice un amigo mío, que ha dejado el culo olvidado en los otros pantalones.
Pasa una negra hermosa y yo hago ese gesto difícil de describir que consiste en estirar los labios, los dientes casi cerrados deteniendo la lengua y aspirando una bocanada de aire (si se hace por mucho tiempo los dientes se secan) Después digo: ¡Eh avemaría qué negra!



Como estoy tomando café me da por orinar. Veo a un tipo ‒iba a decir un negro pero no me parece preciso el concepto‒ que me da la espalda. Está con una viejita ‒creo que es su madre‒. Veo la espalda del tipo y pienso en describir la banda tejida con la que se sujeta el pelo de la cabeza (tengo horror a la palabra “cabello”) pero dudo: No sé si describir la banda o ir al baño a orinar. Mientras dudo y tomo la decisión el tipo se va. Supongo que para el baño.



Pasa una mujer que despierta mi instinto sexual. No puedo describirla bien en este momento, se ha ido mientras escribía lo del moreno con la banda tejida ‒no se pueden hacer dos cosas al mismo tiempo‒. La mujer se acerca a la barra del café. Sin duda pide algo. Cuando atraviesa mi campo visual la miro: lleva una falda larga. Siempre me ha gustado que las mujeres las usen y además lleva una camiseta que deja ver su vientre y sus hombros sin estorbos. Le obsequio una mirada fija y sostenida, una mirada semipenetrante. Una mirada de esas que a uno no le importa que la mujer se dé cuenta que es una mirada de deseo. Parece que ella recibe la mirada, ¡qué bien!, a eso le llamo yo cultura sexual: Saber dar y recibir una mirada de deseo que se queda ahí, que satisface, como decía S. Freud, una pulsión parcial.

Ahora que lo recuerdo la mujer pasa dos veces: una cuando va a comprar el café. Otra cuando se aleja con el botín. Acabo de caer en cuenta también que he olvidado retener la imagen del culo en mi memoria. Quizá fue más prominente, más impactante, el escote tipo “strapless” (tampoco me gusta esa palabra. Me parece que pertenece al argot femenino y hago todo lo posible por huir de mis identificaciones femeninas).

Desde entonces no ha vuelto a pasar otra mujer que excite mis instintos sexuales.

¿Una mirada libidinosa puede ser respetuosa? Yo creo que sí.


Otra escena interesante: Una señora empuja a otra señora “de edad” (como si fuera posible no tener edad) que va en una silla de ruedas. Al mismo tiempo la señora de edad empuja un carrito de mercado ¡pero no cualquier carrito! Se trata de uno de esos carritos que tienen forma de carrito de niños. La escena sería completa, increíble, si en el carrito fuera también metido un niño. A ver si la próxima vez se ponen en ello para satisfacer el apetito de observadores, fotógrafos y  coleccionistas de curiosidades.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Fue una falsa alarma, dijeron, después de abandonar el lugar de los hechos, los policías de mentiras.

martes, 10 de diciembre de 2013

No es que me hagas falta. Es que experimento un síndrome de abstinencia de ti.

No de otro modo podía ser. El falsificador, después de siete años de huir de la justicia fue apresado con una orden de captura falsa.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Esta mañana, muy cerca de mi casa ‒a veces no podemos creer que la respuesta a nuestras súplicas se encuentre literalmente a la vuelta de la esquina‒ encontré mi respuesta:


 

SOLTERITAS
$500
 

 
 
Escogí la más dulce; nos hemos mirado a los ojos y hemos acordado, sin dilaciones, cambiar lo más pronto posible nuestro estado civil.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Por más mal hecho que esté, quedo mejor hecho que si no lo hubiera hecho
Por lo general la mujer más hermosa del mundo no existe; aunque existirán excepciones...

domingo, 29 de septiembre de 2013

El baño siempre me ayuda. Pero olvido que el baño me ayuda para recordar, cuando el baño me ayuda, que lo hace. Gozo inventando la rueda todos los días.

viernes, 20 de septiembre de 2013

...Y a aquel pueblo violento llegó una horda de pacifistas...

sábado, 14 de septiembre de 2013

Que la inspiración te sorprenda jugando

jueves, 5 de septiembre de 2013

Soy una especie de payaso razonante
Es muy humano ser inhumano

jueves, 29 de agosto de 2013

Uno es una güeva cuando piensa que lo es -aunque no lo sea-... aunque también pensar que uno lo es no siéndolo es un signo de que, al final sí es una güeva.

martes, 27 de agosto de 2013

Señorita: Reciba mi más sentido bésame

jueves, 8 de agosto de 2013

TDAH

No es que sea distraído. Es que me concentro en muchas cosas por breves períodos de tiempo

martes, 23 de julio de 2013

Los Azules

De todos los gallinazos, los que más le gustaban eran los azules... Y no es que los rojos estuvieran mal porque el rojo es el color del amor y de las comidas rápidas y eso... pero los azules... con ese brillo que les daba el sol y que les sacaba a la fuerza destellos de verde colibrí... Por eso sacaba la carne recién descompuesta de la nevera y se sentaba a alimentarlos, a disfrutar de la gracia de sus saltitos y de sus peleas fingidas al arrebatarse un tendón, un músculo, algún órgano esponjoso...

Lo otro era verlos volar. Pocas aves demuestran mayor suavidad, especialmente los azules, cuando el cielo cambia su habitual morado por el infrecuentísimo azul y solo atinan a aparecer con nubes de fondo, estas sí blancas desde siempre y hasta el fin de los tiempos.

Los azules... los azules.

lunes, 15 de julio de 2013

No tenía ánimos ni para ser pesimista

miércoles, 10 de julio de 2013


...Y frustré sobre ti todas mis volcaciones

sábado, 15 de junio de 2013

Deja todo ese futuro en el pasado.

viernes, 24 de mayo de 2013

Una frase profunda

!Qué hueco tan hondo!
Le gustaban los cisnes: su cuello largo de suave blancura. Le gustaba verlos en el lago, en los estanques artificiales, reflejados en el cristal del agua, y sobretodo las puestas de sol detrás de la forma misteriosa del cisne. Le gustaba el encuadre de los cisnes en su visión. Siempre están en el centro, pensaba. Cuando no hay centro todo está en el centro.  Y luego el sutil pataleo del cisne en el agua convertido en silenciosos desplazamientos, como barbera en mantequilla. Le gustaban los cisnes y las cisnas. Se consideraba a sí mismo el más apasionado de los cisneastas.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Todos sabemos todo de todos

miércoles, 1 de mayo de 2013

Desganado, hastiado, inapentente,

aburrido, cansando, harto...

Eran unos sinónimos...

Sin ánimos.

jueves, 18 de abril de 2013


-Oye, -le dijo halándole la manga de la camiseta- Te has parado en mi ego…

-Qué pena, no lo había visto

¿Cómo?, se preguntó, ¿es que no era lo suficientemente grande para verlo?

-Es que es muy grande…

-Ah… No fue mi intención.

-Realmente no es gran cosa, pero el asunto es que se demora mucho para curarse. La otra vez se demoró como un mes. Algunas veces ha durado años… 

-Ah, ¿Y no ha buscado de pronto uno más chiquito?

-Eso me han dicho varias veces, lo que pasa es que me gusta así grande, para poderlo mostrar. Viera usted, ya lo he llevado a varias exposiciones y me siento muy orgulloso de él. El problema es que entre más grande más frágil… ¡Y duele!, y tampoco puede uno deshacerse de él a la fuerza porque es peor. Más lucha por conservar su lugar. En el fondo, aunque es muy grande es como un niño. Lo único que necesita es que le soben la cabeza cuando se raspa las rodillas o se cae del triciclo. A veces hasta me río de él, es mi compañero desde hace muchos años. Debo tenerle paciencia. 

martes, 16 de abril de 2013

LA SELVA DE BALDOSA

La mujer pequeña, morena, vestida de leopardo, con tacones altos y plataforma. No sabía que existía esa combinación. Pensé que con los tacones era suficiente. Pero además tienen plataformas… bueno, pensé que la mujer tal vez, sin los tacones de plataforma sería muy bajita, tal vez no alcanzaría la altura de la taquilla del banco en el que estábamos haciendo la fila. Contemplo la falsa piel de leopardo, también la verdadera de la mujer. Medito. Viene a mi mente el hombre primitivo, el hombre de las cavernas que se vestía con pieles de animales. Pienso en la transferencia de poder del vestido. Ponerse una piel de leopardo podría significar muchas cosas: en principio, un signo de la habilidad para atrapar un animal de estos sin ser antes devorado. Un trofeo de caza. Un símbolo de la superioridad –al menos en una ocasión– del homo sapiens sobre la panthera pardus. El hombre que se ponía la piel gozaba de respeto. La mujer que se la ponía era la mujer del hombre que merecía respeto. Seguramente no era lo mismo ponerse una piel de mamut que una de leopardo o de mono o de bisonte… El traje del animal transmite las propiedades del animal. Y allí vemos, muchos siglos después –hace 4 millones de años que el homo erectus medra en estas tierras– a una señora haciendo fila en un banco que utiliza lo último en tecnología. Me doy cuenta de que la supuesta piel de leopardo es realmente una tela de algodón estampado –a la mujer le parece extraño que un desconocido toque su vestido para comprobar el material del que está hecho. 

Miro a los demás hombres de la fila para ver quién contempla a la leoparda: Hay bastantes, unos cuatro o cinco pero solamente dos, los especímenes más viejos, la contemplaban con una relativa atención. Es lógico, ellos están más cerca de la época en que se ponían los trajes originales de leopardo, aunque más lejos de la época de cazar leopardas en las filas de los bancos. 

La mujer transmite de manera inconsciente un mensaje felino: !No te acerques! o, acércate, pero debes saber que soy salvaje y puedo matarte. La fila avanza. La mujer llega a su puesto en la ventanilla blindada. Saca de su cartera, esta no de leopardo ni de culebra ni de animal, una tarjeta de plástico que pasa por un dispositivo lector. La cajera le entrega un fajo de billetes. La mujer mira disimuladamente a los lados mientras guarda su dinero en el bolso de piel lisa. Da las gracias a la cajera. Solo un observador entrenado, un etólogo como yo, puede darse cuenta del imperceptible gesto de temor de la cajera que le responde un “con mucho gusto” mientras se quita una pelusa de su camisa estampada de piel de zebra.


LOS BAÑOS


Que no les funciona el trinquete y uno está a la espera de que le abran. Trata de detener la puerta con una mano pero queda lejos, trata con el pie pero la posición resultante impide acometer la tarea. Aunque hoy he pensado algo diferente. Estar preparado para la apertura, recibir al huésped sorpresivo: ¡Hola!, con alegría, con un gesto amigable. Total ¿no es algo que todos hacemos? así nos veamos un poco estúpidos con los pantalones abajo, no como para una revista de moda. Aunque podría ponerse de moda siempre y cuando un personaje famoso, una Britney Spears digamos, se fotografíe para la portada de una revista en esa posición, coqueta, mientras tiene los calzones de Gucci abajo, sonriendo y haciendo un gesto de picardía. Entonces todos tomándose la misma foto para el Facebook.

La musicoterapia, ciencia joven o no tan joven porque todo lo joven resulta al fin milenario, ha descubierto que hay cierto tipo de música que ayuda a diferentes males o padecimientos. Se ha descubierto que la tocatta y fuga y algunas sinfonías de Vivaldi son buenas para la digestión. Para acelerar lo que –hemos aprendido en los comerciales de yogourt y en los de cereales– se llama tránsito lento. Así, existe un nuevo servicio, una nueva opción laboral en los baños públicos: el cantador de la digestión. Se trata de un hombre o una mujer –según se trate del baño de los unos o de las otras– que entona las arias correspondientes para un proceso eficaz: “El vals de la expulsión”, “Despedida”, “Que la fuerza te acompañe” (adaptación de la guerra de las galaxias), entre otras. Los clientes, agradecidos, dejan caer algunas monedas en un recogedor de basura que el armónico catalizador de la expulsión asoma en el espacio que deja la puerta con el piso, ese mismo que deja ver los pantalones caídos del cliente. Algunos clientes, incluso, llegan a aplaudir, no se sabe si por la interpretación musical, por una victoria más del hombre sobre el estreñimiento o por la situación general, toda vez que, como se sabe, el todo es más que la suma de las partes.

miércoles, 27 de marzo de 2013


Conocí un 1 cuyos 2 tenían un 3 por los 4 pues pensaban que los 4 seguían viviendo entre los 2

jueves, 14 de marzo de 2013


Un café espresso, una soda, un paquete de malboro rojo de diez… Acuérdate de mí. Se lo dijo como una súplica. Las veces anteriores lo habían dejado abandonado, con el pedido en la boca, ilusionado, pensando que su pedido iba a llegar, que era verdad, que era una ley, que al hacer el pedido se entendía que iba a ser dado, pero no había sido así. 

Las otras veces era solo un espresso. Ni siquiera consultaba la carta que en ese café parecía una especie de biblia, una especie de cuadernillo, de librillo, de cuajar… Una carta tan larga, con diseños tan profundos y filosóficos que uno se perdía entre tanta información. Le faltaba un índice, pensaba.

Había pedido un café espresso otro día. Se fue. Nunca se lo trajeron. Volvió al mes y a los cinco minutos de llegar le dijeron: su café… Qué velocidad –pensó–… solo cinco minutos, ¡y no he pedido nada!… Era el mismo café que había pedido un mes antes.

miércoles, 6 de marzo de 2013

FREO

Qué día tan freo; día entre frío y feo

FRÍO

Qué frío el que está-va-a-hacer-siendo...!

viernes, 1 de marzo de 2013


  Se sentó en el excusado. Sin libros o revistas para leer se ocupó de contemplar el rollo de papel higiénico que estaba encima del lavamanos. Azul. El lavamanos. Recordó a Faulkner: Si miras algo atentamente termina por volverse interesante. 
  
  Primero vio el rollo en conjunto —el bosque, no el árbol—, y notó que el extremo libre de papel se torcía diagonal sobre el rollo. Le pareció un bonito detalle, como en los hoteles en donde una camarera se ocupa, por una miseria, de cuidar detalles de ese tipo. Imaginó el papel higiénico de la casa de la camarera; no muy chick. Después enfiló hacia los detalles: el rollo estaba lleno de puntitos. Diseño, pensó. Y a continuación descubrió, como una revelación, como esas imágenes computarizadas que se ven al rato después de mirar a cierta distancia, que había flores. Papel higiénico con puntitos y flores diseñadas. Se alegró. Pensó en qué otras maravillas se esconderían detrás de la ceguera de la costumbre: la lavadora; cantaba su monótono y rítmico traqueteo. Compases de cuatro por cuatro: tac tac tac tactac tac tac tac... Tenía ya la banda sonora del papel higiénico; flores y tac tac tac… Celebró la luz —sutilmente oscilante, aunque más rápida que la lavadora— y salió del baño haciendo gestos de director de orquesta, guiando el tempo de la lavadora. Lo esencial es invisible a los ojos, se dijo recordando una de las miles de presentaciones de power point que había recibido de Johnbo.